Milagros y espantos.


Mi niñez asistió, asombrada y sobrecogida de temor, a los relatos más espectaculares acerca de milagros y espantos. La fe nos permitía aceptar muchas de las leyendas que circulaban entre nuestras gentes y las repetían con convicciones, Algunos se habían especializado en contarlas con cierta macabra teatralidad. Entonces, aumentaban nuestras aprensiones. La noche se entenebrecía con el terror; agudizaba la imaginación; despertaba más angustias espirituales.
Los mitos, los cuentos de Sebastián de las Gracias y los que se habían tomado de la literatura universal, circulaban como parte de la pericia de quienes los relataban. Existían algunos que eran verdaderos magos para trasmitir el sentido, agudeza y alcance de aquéllos. Suspenso en las palabras; gritos espectaculares; lanzamientos de sombreros y ruanas al espacio; brincos y desplazamientos sin barreras; la luz que se apagaba. Todo servía para conturbarnos. Y pasábamos atados al miedo, a la gracia y a la espectacular y dinámica manera de contar. Hoy, pensamos que eran expertos en el manejo del relato, con verdadera vocación teatral.
Muchos consideran que la aparición de la luz eléctrica rompió el encanto de los espantos. Estos necesitaban el amparo de la noche; la cautelosa penumbra; la soledad de las vías; el desplazamiento libre.
El milagro, en cambio, es algo que mueve la fe, alentada por la creencia en un poder sobrenatural. Se alimenta de valores espirituales. Tiene su raíz en la certidumbre de que un ser perpetuo nos gobierna la vida desde el nacimiento hasta la muerte. En Boussingault leemos cómo se representa uno de aquéllos: "Me hospedé en casa de la Señora Margarita en cuya alcoba estaba suspendido óleo que representaba un milagro: se le veía extendida en su cama y su marido, vestido a la francesa, estaba de rodillas rezando para sacar un diablo que se alcanzaba a ver dentro de la alcoba y que tenía cuernos y garras magníficos. He aquí el hecho: una noche Margarita, entonces, joven y bella, se había dormido cuando sintió una mano vigorosa que la estrangulaba: era el diablo; mientras gritaba y se debatía evocaba a no sé cuál santo y el espíritu maligno desapareció; ella no sufrió sino una equimosis y de acuerdo con los informes que pude recoger, resultaría que el diablo era el esposo, quien por interés o por celos, había resuelto estrangular a su mujer. Entre los que participaban en esta opinión, se hallaba el padre Bonafont".
El sabio francés también nos da la noticia de un espanto, por cierto lleno de gracia y de melindres: "El 17 de octubre de 1825 salí en dirección a Antioquia, acompañado del Ingeniero Walker y nos alojamos en la hacienda de Marugá, en un gran cobertizo en donde se pueden amarrar las hamacas. Me había dormido a pesar de los mugidos del río, pero había tenido la precaución de dejar una vela prendida para espantar las ratas. Hacia la media noche -hora de las apariciones- fui despertado por una fuerte sacudida y me encontré en presencia de una mujer a medio vestir y con la cabeza cubierta de una mantilla amarilla. Era una joven mulata de la hacienda que me proponía que le comprase oro; a pesar de mi negativa, me llevó a otro sitio y me dijo: "Don Juan, no tema nada; he revisado todo y no hay serpientes". Luego, colocando en tierra la luz que traía, me hizo una exhibición de sí misma: era una bella estatua. !Qué muslos! !Qué senos! y todo proporcionado a su estatura, 1,58 metros".
El escritor riosuceño Elberto Velasco, publicó en la Revista Atalaya, de Manizales, dos relatos de espantos: el primero se refiere a Bermúdez quien mató a su madre en Popayán. En esta ciudad lo condenaron a viajar a la ciudad de Santa Fe de Antioquia en cuatro horas. Entonces, se llamó su peregrinaje, "el ventarrón de Bermúdez", Se instaló en Riosucio: detenía a los trasnochadores del Mochilón, la Carrera de Velasco, a los Pie del Llano. Para ahuyentarlo, pusieron una cruz en la casa que fue de don Ramón Hoyos, como faroles en las esquinas de arriba de la Calle Real y en la que da frente a la Casa Consistorial. Estas precauciones, derrotaron la primacía del temor.
En la medida en que la energía eléctrica fue apareciendo, también dejó de conmocionar el perro que arrastraba una cadena y echaba chispas por los ojos, que salía del ceno, se internaba por la calle de Carabobo y se perdía cerca del papal de don Benigno.
La bruja del Banqueo también perdió la influencia cuando iluminaron la cuadra.
Doy mi testimonio personal: durante muchos meses en Riosucio se hablaba del "ánima blanca" que salía de determinada casa y se perdía en otra, a varias cuadras de distancia. Volvía a aparecer y más tarde hacía el mismo recorrido de vuelta. Un borrachito conocido y lleno de valor, se encontró con ella, afrontándola. Le quitó el velo. Se descubrió que era una bella dama que así eludía el control de sus requerimientos sexuales. En nuestro pueblo se comentó el hecho. Yo lo escuché de los relatos, ásperos y eruditos en artes elementales de la paganía, de los arrieros que invadían las oficinas de mi padre. Siempre soñé con ese 'ánima blanca' en noches de desvelos de mi juventud, porque la señora era espectacularmente hermosa.
Reconstruir ese mundo de fantasía y de terror, necesita varios escritores que indaguen, confronten datos. El relato oral, salvará del olvido parte da la grandeza - misterios y espantos - de nuestro pueblo, se enriquecerá la literatura con la fantasía. El material permite el goce de los mayores recursos literarios. Será obra que perdurará dentro del fabular nacional.


La lengua.


Jacinto Jijón y Caamaño, citado por Luis Duque Gómez, nos recuerda que las lenguas que se usaban por las distintas tribus que habitaron por las regiones de Riosucio y otros municipios, siguiendo la dirección del río Cauca, "estaban muy emparentadas, siendo sólo diversos dialectos..."; esta es una de las bases primordiales. Luego, viene el imperio del castellano. Más tarde, el de las corrientes migratorias que se presentaron en el país. Sabemos que varias, aquí, tomaron asiento. La riqueza de los aportes de los extranjeros, principiando por los africanos, le da un marco especial a la forma como hablamos.
Pero el hecho es que en Riosucio utilizamos una parla popular, con acentos, modalidades y términos muy particulares. Esa jerga no se escucha en ninguno de los municipios circunvecinos, ni en otros lugares. Hay sustantivos y adjetivos que sólo los entendemos quienes por allí tuvimos nuestro origen. Es un modo que corresponde a que el lenguaje pertenece a cada grupo, a sectores específicos de la sociedad. Son variaciones que van operando por las necesidades sociales, la economía o la política. Nosotros hemos debido hacer muchos préstamos lingüísticos a los foráneos. De esa manera, la palabra principia a tener un valor multidimensional, en lugar de decir que nos ahorra lo provinciano. El vocabulario es muy rico en apelativos singulares, a los cuales me he venido refiriendo. Me gustaría que se hiciera un catálogo de "riosuceñismos", que alguien podría calificar de vulgarismos. Pero no: es otra manifestación de la hibridación idiomática, del mestizaje lingüístico. Viene desde la prehistoria. Se ha fortalecido de esa manera una fabla criolla. A veces, tiene forma dialectal. Otras, es una manifestación de la realidad regional, que nos distingue. Ello no tiene por qué preocuparnos. Algunos puristas levantarán sus voces de repudio. Pero nosotros sabemos cuantas hazañas hemos tenido que compartir. Con cuántas gentes nos ha tocado explorar la existencia. En qué multitud de denuedos populares, nos hemos comprometido. Esto nos da el aliento par poder afirmar que tenemos nuestro idioma con matices propios, diferentes. Bien seleccionado, por cierto.


El oro.


El oro ha sido uno de nuestros signos de distinción. Siempre se ha hablado, desde el comienzo de la Independencia, de la abundancia aurífera de Riosucio, Supía y Marmato. Es el mejor filón histórico que tenemos los caldenses para explotar. De una riqueza inimaginable. Es tema, debe estudiarse en conjunto. Entonces, habría que comenzar por escribir la biografía de Ana de Castro, quien fuera dueña de parte de ese patrimonio fabuloso. Para eso, inclusive hay necesidad de examinar sentencias de la corte y las referencias a la política nacional. Muchas decisiones se tomaron sin conocer la región y favoreciendo a personalidades que no tenían mayor conciencia de cómo podría ser la riqueza nacional y el manejo de nuestros recursos naturales.
En el caso del contrato con Vásquez Cobo, establecer cómo se llegó a él. Qué pasó en la región. Recopilar los informes de prensa. En La Opinión, el periódico de Rafael Ángel y, más tarde, de Clemente Díaz Morkum, se encuentran muchos datos. Pero, igualmente, hay un personaje de la Guerra de los Mil Díaz, el negro y el general Ramón Marín, que le escribió tantas cartas al pensador Uribe Uribe en las cuales relataba las peripecias de los mineros pobres. Este varón necesita una biografía que relieve cómo fue su inteligencia, su valor, y lo duro de su ascenso humano y, más tarde, el abandono en que dejó el país a esos héroes anónimos. Gabriel García Márquez, en El Coronel no tiene quien le escriba, cuenta la soledad de esos soldados defensores de la libertad . Marín pasó mucho tiempo en Riosucio, después de su fulgurante carrera. Era un hombre de estatura nacional que nos permitiría, en su crónica, relatar muchas de las condiciones innatas de nuestra tierra.
Hay un episodio histórico trascendental: la lucha de la región contra la compañía minera inglesa. Nadie estuvo ausente de ella: ni las gentes de la comarca; ni los jefes políticos de Caldas y del país; ni la prensa nacional. Fue un debate gigantesco, promovido a través de los rudimentarios telégrafos de la época. Allí hay un filón para explorar siguiendo el curso de la economía y de la política nacional.
En Riosucio tuvimos un gran escenario de poder. Los dueños de las minas -los hermanos de la Roche- dominaron con su batalla aurífera; sus condiciones humanas eran muy amplias; con sus afanes de cordialidad y solidaridad con el pueblo. A éste le entregaron parte de su riqueza, repartida en múltiples generosidades. Cuando llegó la violencia, en 1946, tuvieron que abandonar a Riosucio por ser jefes liberales; suspendieron los trabajos; y nos fuimos sumergiendo en grandes zonas de pobreza. Es otro episodio grande de la historia nacional. Lo local, lo regional, lo popular de estos matices de esa batalla, se entrelazaron con lo más dramático y doloroso que ha vivido el país. Alguien debe contar cómo fue la abundancia del oro y cómo nos arropó la miseria: detallando cómo eran sus vidas; de qué manera tenían el sentido del gozo; cómo compartieron su esplendor entre abundancias espectaculares y, luego, carencias dramáticas de años; cómo los signaron episodios conturbadores en sus vidas personales. Se puede escribir una gran novela donde un hilo de oro de la literatura irá guiando el relato. Esto está por escribirse, para reseñar cómo es el capital bohemio de los mineros nacionales. Entre el júbilo y la soledad, se desenvuelven esas vidas.


Historia de las comunidades, de las veredas, de las luchas campesinas.


Valdría la pena escribir, metódicamente, la historia de nuestras comunidades indígenas.
Es un aspecto al cual nos referimos con de Hay luchas campesinas, como las de Lomaprieta y Cañamomo, que durante muchos años se libraron ante gamonales, terratenientes, tribunales y recursos administrativos, defendiendo sus tierras y salinas. El interés político ha desviado el juicio imparcial, la rectitud en las apreciaciones, la síntesis de esos crueles dramas. Es para un hombre de estudio, sereno y erudito, que vaya revisando infolios, desenvolviendo la madeja conductora de una larga provisión de episodios.
Lo mismo que alguien debe consignar cómo han sido nuestras veredas. Su conformación social. Sus diferencias profundas. La legislación indígena. Nos serviría, inclusive, para intentar, por primera vez en el país, el ordenar una geografía agraria y ganadera de un municipio. Contando, también, en qué momento llegaron determinadas especies vegetales; algunos pastos; ciertas semillas y cómo ha sido su evolución. Mencionar, con detenimiento y honda simpatía humana, cómo aparecieron hace muchísimos años los caballos de paso colombiano; dónde crecieron y cómo entraban sus chalanes, luciéndolos, a la plaza principal.


Las fiestas.


Las fiestas populares demandan examen sociológico. El espíritu de los pueblos, su carácter, aparece con sus más elocuentes expresiones, porque no hay vigilancia sobre cada acto. Se manifiesta espontaneidad. Por allí se expanden sus poderes psíquicos. Es una "simple sencillez de su primitividad". Nos denuncian sus conductas. Un pueblo que tiene fiestas, revela la juventud de su espíritu. No puede ser interferido ni absorbido por ningún otro. Las alegrías colectivas son la muestra de que hay, sin dubitaciones, una comunidad que obedece a reglas propias. Que además, aglutinan a las personas para otras empresas: porque tienen solidaridad y hay un principio de predisposición para encontrarse en colaboración. El hecho de que el regocijo no tiene fines económicos; ni se confunde con utilitarios afanes, le da una independencia recreadora a favor de la sociedad.
En Riosucio tenemos dos tipos de fiestas diferentes, igualmente protegidas por el fervor comunitario. Están comprometidas con la raíz espiritual de nuestras gentes. Son el Carnaval y las que dedican a los santos. Veamos algunos poquísimos de sus matices: en el primero, hay un aire de paganía, que gobierna el júbilo que es ancestral. Que tiene una vigencia en el alma de todos, confundida con el más remoto pasado. Es fuego encendido en hombres y mujeres. Es un torrente de vitalidad que se desparrama en cantos, afectos, ternuras, goces y proclamas. Se va desde el "decreto carnavalesco" hasta la "alborada", donde cada quien busca manifestar su capacidad de comunicación humana, entrañable, dadora y recibidora de alegrías. El Diablo larga su honda de chispas, que enciende de ligereza de espíritu vida y los corazones. No hay desinencias. La unanimidad del placer se apodera para escuchar, bailar, comprender el significado de las letras, apreciar la riqueza de los vestidos, aprovechar el mensaje de pasión enteriza que recorre las horas de la existencia. Es el comienzo de un renacer. Se prolonga en ondas de euritmia por el resto de los días del recuerdo de las fiestas carnavalescas.
Los días consagrados a los santos, tienen particularidades, que sólo allí se estilan. Cada gremio económico o social, apodera a uno de los santos para financiar y celebrar su consagración. Hay una permanente vigilancia sobre lo que serán ellas; la manera de llevar algún elemento nuevo a su aniversario; acentuar el sentido religioso de las gentes. Recordemos algunas fechas como la de San Sebastián o la de la Candelaria, San Isidro, la Navidad, la Semana Santa. Todas no hacen sino revelar el espíritu cívico de nuestras gentes; sus devociones colectivas; el arrebato natural por estar unidos frente a la fe o al gozo.
Naturalmente, esta disciplina es una conducta abierta para lo cívico. Muchas de las mejores empresas nuestras -unidas entrañablemente a la vida- como el cementerio, las escuelas, el orfanato, el ancianato, son la culminación de afanes de la comunidad. Tal civismo nace espontáneamente, porque una tradición de fiestas, les ha enseñado a mis paisanos que lo gratificante no es lo utilitario, sino lo que entregue descanso y esperanza a la gente. Lo que ayude a que la sociedad tenga menos apremias. Cuando un acto cívico nos llama, cada uno se siente comprometido. Es la raíz de su sangre ancestral, la que se revela. El estudioso encontrará, entonces, una relación sociológica entre el goce y la solidaridad; entre la alegría y el deber cívico; entre el júbilo colectivo y los deberes sociales.
Boussingault menciona al pueblo como el "Río Sucio de Engurimá". Desde el comienzo de su vida civil, tuvo muchos privilegios. Influyó sobre la comarca. Tuvo distinciones que le daban primacía histórico-administrativa: fue prefectura regional. Nuestro colegio fue el centro educacional de los más diversos amigos de fuera. Llegaban como a su ámbito intelectual. Sus ferias semestrales de ganados, regulaban los precios en la comarca; sus tiestas siempre han congregado a los vecinos que comparten nuestras alegrías. Sería bueno saber el desarrollo político que tuvo para convertirlo en el eje público, lo mismo que en el económico y en el cultural. Las relaciones con los otros pueblos, por lo tanto, han sido tranquilas, tolerantes, inclusive, cuando se han vuelto agresivos contra nuestra identidad. Nunca se ha levantado una agresión contra el vecino. Es otra fuente de estudio de cómo el poder se puede ejercer sin contrariar las gentes; sin atropellar sus derechos; sin requerirles, impertinentemente, subyugación. Es una conducta pública. Creo que no es despreciable la ancha avenida de problemas, que se pueden ordenar, para dar la imagen totalizadora de un pueblo.


Los "Encuentros de la Palabra".


Por fortuna, para tareas tan complicadas, prolijas y exigentes, como las que aquí me he permitido insinuar, tenemos muchas personas que comprenden cuál puede ser la metodología y que aprecian, sin dubitaciones, sus alcances. Me refiero a las gentes jóvenes que han venido incitando a nuevas cruzadas intelectuales en los "Encuentros de la Palabra". En el país, es imposible encontrar, en ningún, pueblo de la república, un espectáculo intelectual de tan refinada intención y alcance. En ellos, se concentran los más altos valores de la inteligencia internacional y nacional, alternando con los riosuceños que desempeñan tareas mentales. Se promueven debates sobre los temas más incitadores culturalmente y cada asistente recibe una cátedra que seguirá enalteciendo, en el recuerdo, su vida. Los "Encuentros de la Palabra", son cátedras abiertas; aulas en la periferia; constancia y vocación por lo que ha ennoblecido la vida riosuceña.
Quiero destacar algunas de las funciones primordiales que cumplen los "Encuentros de la Palabra":
1. Ellos ponen a Riosucio, sin exclusiones y sin egoísmos, en contacto con las corrientes más modernas del pensamiento universal. Lo contemporáneo de la cultura, allá se expone con método y con rigor. Con voluntad de entregar pedagogías;
2. Se pretende así, despertar conciencia de lo que Riosucio ha sido y es en los frentes de la creación. No hay asunto que no se haya controvertido. Varios de ellos tienen relación con nuestra vida civil y con la capacidad de proyección espiritual de los riosueeños;
3. Se han rescatado muchos valores de los cuales no se tenía noticias - en la escritura, en la música, en la pintura, en la poesía, en el cuento, en la artesanía-. Son nombres nuestros, que han principiado a tener una exaltación y una consagración. En los aspectos externos - en arquitectura, en el paisaje, etc. - igualmente se ha logrado una divulgación, que nos debe enorgullecer;
4. Se han ordenado materiales que todos sabíamos que existían, pero que nadie había podido apreciar. Ahora están allí, en los volúmenes publicados, denunciando las calidades intrínsecas de la tierra;
5. Los paisanos nuestros intervienen: relatan historias; cuentan cómo son las hechicerías por esas laderas; indican cómo es la personalidad de sus habitantes; destacan la categoría de quienes están vinculados a la vida creadora de la cultura.
Hasta este año (1991), se han publicado seis libros que recogen las Memorias de los "Encuentros de la Palabra". Los expertos los elogian, sin reservas, por la calidad del contenido; por la bellísima diagramación; por la denuncia, a través de cuadros, dibujos y fotografías, de lo que nos avala y consagra. Sé que son consultados con avidez en las bibliotecas del país. El nombre de nuestro pueblo, entonces, se repite con admiración y agradecimiento por la inmensa tarea intelectual que está cumpliendo. Es ejemplar en la república.
Estos "Encuentros de la Palabra", han ordenado muchos materiales. La incitación que hace a la gente, ayudará a cumplir los propósitos que aquí se enuncian. A su director, al grupo de muchachos que lo acompañan, - lo mismo que a quienes se preocupan por su éxito desde Medellín o Bogotá-, Riosucio tiene que extenderles su reconocimiento. Viviremos con cada uno de ellos en deuda por el apasionado afán al prestigio del pueblo del amor y la leyenda.


Un repaso incompleto.


Desde cuando comencé a idear qué diría esta tarde para agradecer el homenaje de los "Riosuceños en Santafé de Bogotá", sabía que sólo expresaría parte de la grandeza, de lo que roza con mi pueblo del afecto íntimo. Y en cuanto he ido avanzando, me asaltan temores de que no relaté cómo es allí la vida política: cómo fue la presencia de las organizaciones "democráticas" y las "católicas' que en esta comarca tuvieron tanta significación en su espectáculo en la lucha encendida por principios doctrinarios, en la mitad del siglo pasado. Ni he consignado la actitud de Riosucio, siempre defendiendo la integridad departamental cuando se propusieron derrumbar su vida administrativa. No mencioné cómo fue la presencia de los antioqueños en la época de la colonización. Ni las reacciones clericales por la presencia de Jorge lsaacs como director de instrucción pública. Aquéllas eran muy violentas, porque no examinaban la política educativa, sino el contenido del "Programa Liberal" que él había redactado con César Conto, en la época del Radicalismo. Ni he recordado -con exclusión de una- las guerras que atravesaron nuestro suelo; ni he hecho referencia a los varones nuestros que se distinguieron por su heroísmo.
Creo que es indispensable contar sobre extranjeros que a nuestro mundo se vincularon; los que se entretejieron con los raizales; los que aquí dejaron fortuna y familia de categoría; los que nos dieron una nueva visión del mundo. El hecho de ellos venir con otra dimensión de la cultura; de lo que era y puede ser el gobierno, diferente al que se conocía entre nosotros, de la religión que no coincidía con la nuestra, nos facilitó la comprensión del universo. Nos civilizaron para la tolerancia. Su presencia y su conducta, nos disciplinaron para ser más abiertos a la solidaridad.
Nunca cancelaremos la deuda con los educadores y maestros que nos formaron. Nos dejaron una élite de mujeres, de las cuales nos sentimos orgullosos por el destello de sus inteligencias; por el brillo de sus virtudes en el hogar, en la amistad, en el amor; por todo lo que ellas reparten como fulgor de gracia en el fino manejo de la existencia. Los docentes han sido tradicionalmente quienes han formado varias generaciones de caldenses: disciplinados, humildes, con paciencia para buscar la verdad científica. Nos dieron aliento para buscar la identificación de nuestra vida con nuestros sueños.


Mis agradecimientos.


Gracias a los "Riosuceños en Santa Fe de Bogotá", que se han reunido para decirme las mejores palabras de amistad. El vocero que escogieron, el doctor Augusto Trejos Jaramillo, tiene los títulos de la inteligencia, que como una razón de ser, alumbra la vida de mis paisanos.
Mis palabras van dirigidas a que tomen conciencia de su designio las clases más disímiles, las cuales han conformado nuestra cultura popular. Ellas deben tener, permanentemente, un papel de decisión social. Que estos propósitos, estimulen el sentimiento de la dignidad personal y colectiva, en la hora de ahora, tan menguada a nivel nacional e individual. Hacer un buen pueblo es fácil si se apela a las fuerzas de su mejor tradición. Esto es lo que estoy proponiendo.
En este momento como sentimiento interior de lo que excita mi alma, sólo me queda expresar mi Credo riosuceño.

Mi credo riosuceño.

En este momento, no me queda más que repetir mi credo riosuceño:
CREO en las fuerzas ancestrales de mi tierra.
CREO en los símbolos de amor que congregaron y armonizaron el propósito de sus gentes para afincar su grandeza.
CREO en los desvelos patrióticos que unifican los afanes nobilísimos de la fundación.
CREO en el imperio de su inteligencia.
CREO en la fuerza tradicional de la alegría.
CREO en su continua lucha por lo colectivo
CREO en su pasión por la solidaridad.
CREO en el destello de pagana luz en las horas carnavalescas.
CREO en el poder de la palabra, que nos alienta y empuja hacia el porvenir.
CREO en la fe con la cual educaron a sus hombres y mujeres.
CREO en el ejemplo de varones que dejaron rutas marcadas, dirigidas hacia la superación.
CREO en el Cerro del "Ingrumá" que nos da fortaleza contra las durezas de la existencia.
CREO en los hombres y mujeres que, con palabras de fe y de ternura, me hablaron de nuestro destino parroquial de Dios y de Colombia.
CREO en el futuro fecundo y creador de mi tierra.

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