Milagros y espantos.
Mi niñez asistió, asombrada y sobrecogida de temor, a los relatos
más espectaculares acerca de milagros y espantos. La fe nos
permitía aceptar muchas de las leyendas que circulaban entre
nuestras gentes y las repetían con convicciones, Algunos se habían
especializado en contarlas con cierta macabra teatralidad.
Entonces, aumentaban nuestras aprensiones. La noche se entenebrecía
con el terror; agudizaba la imaginación; despertaba más angustias
espirituales.
Los mitos, los cuentos de Sebastián de las Gracias y los que se
habían tomado de la literatura universal, circulaban como parte de
la pericia de quienes los relataban. Existían algunos que eran
verdaderos magos para trasmitir el sentido, agudeza y alcance de
aquéllos. Suspenso en las palabras; gritos espectaculares;
lanzamientos de sombreros y ruanas al espacio; brincos y
desplazamientos sin barreras; la luz que se apagaba. Todo servía
para conturbarnos. Y pasábamos atados al miedo, a la gracia y a la
espectacular y dinámica manera de contar. Hoy, pensamos que eran
expertos en el manejo del relato, con verdadera vocación
teatral.
Muchos consideran que la aparición de la luz eléctrica rompió el
encanto de los espantos. Estos necesitaban el amparo de la noche;
la cautelosa penumbra; la soledad de las vías; el desplazamiento
libre.
El milagro, en cambio, es algo que mueve la fe, alentada por la
creencia en un poder sobrenatural. Se alimenta de valores
espirituales. Tiene su raíz en la certidumbre de que un ser
perpetuo nos gobierna la vida desde el nacimiento hasta la muerte.
En Boussingault leemos cómo se representa uno de aquéllos:
"Me hospedé en casa de la Señora Margarita en cuya alcoba
estaba suspendido óleo que representaba un milagro: se le veía
extendida en su cama y su marido, vestido a la francesa, estaba de
rodillas rezando para sacar un diablo que se alcanzaba a ver dentro
de la alcoba y que tenía cuernos y garras magníficos. He aquí el
hecho: una noche Margarita, entonces, joven y bella, se había
dormido cuando sintió una mano vigorosa que la estrangulaba: era el
diablo; mientras gritaba y se debatía evocaba a no sé cuál santo y
el espíritu maligno desapareció; ella no sufrió sino una equimosis
y de acuerdo con los informes que pude recoger, resultaría que el
diablo era el esposo, quien por interés o por celos, había resuelto
estrangular a su mujer. Entre los que participaban en esta opinión,
se hallaba el padre Bonafont".
El sabio francés también nos da la noticia de un espanto, por
cierto lleno de gracia y de melindres: "El 17 de octubre
de 1825 salí en dirección a Antioquia, acompañado del Ingeniero
Walker y nos alojamos en la hacienda de Marugá, en un gran
cobertizo en donde se pueden amarrar las hamacas. Me había dormido
a pesar de los mugidos del río, pero había tenido la precaución de
dejar una vela prendida para espantar las ratas. Hacia la media
noche -hora de las apariciones- fui despertado por una fuerte
sacudida y me encontré en presencia de una mujer a medio vestir y
con la cabeza cubierta de una mantilla amarilla. Era una joven
mulata de la hacienda que me proponía que le comprase oro; a pesar
de mi negativa, me llevó a otro sitio y me dijo: "Don
Juan, no tema nada; he revisado todo y no hay serpientes".
Luego, colocando en tierra la luz que traía, me hizo una exhibición
de sí misma: era una bella estatua. !Qué muslos! !Qué senos! y todo
proporcionado a su estatura, 1,58 metros".
El escritor riosuceño Elberto Velasco, publicó en la Revista
Atalaya, de Manizales, dos relatos de espantos: el primero
se refiere a Bermúdez quien mató a su madre en Popayán. En esta
ciudad lo condenaron a viajar a la ciudad de Santa Fe de Antioquia
en cuatro horas. Entonces, se llamó su peregrinaje, "el
ventarrón de Bermúdez", Se instaló en Riosucio: detenía a
los trasnochadores del Mochilón, la Carrera de Velasco, a los Pie
del Llano. Para ahuyentarlo, pusieron una cruz en la casa que fue
de don Ramón Hoyos, como faroles en las esquinas de arriba de la
Calle Real y en la que da frente a la Casa Consistorial. Estas
precauciones, derrotaron la primacía del temor.
En la medida en que la energía eléctrica fue apareciendo, también
dejó de conmocionar el perro que arrastraba una cadena y echaba
chispas por los ojos, que salía del ceno, se internaba por la calle
de Carabobo y se perdía cerca del papal de don Benigno.
La bruja del Banqueo también perdió la influencia cuando iluminaron
la cuadra.
Doy mi testimonio personal: durante muchos meses en Riosucio se
hablaba del "ánima blanca" que salía de
determinada casa y se perdía en otra, a varias cuadras de
distancia. Volvía a aparecer y más tarde hacía el mismo recorrido
de vuelta. Un borrachito conocido y lleno de valor, se encontró con
ella, afrontándola. Le quitó el velo. Se descubrió que era una
bella dama que así eludía el control de sus requerimientos
sexuales. En nuestro pueblo se comentó el hecho. Yo lo escuché de
los relatos, ásperos y eruditos en artes elementales de la paganía,
de los arrieros que invadían las oficinas de mi padre. Siempre soñé
con ese 'ánima blanca' en noches de desvelos de mi juventud, porque
la señora era espectacularmente hermosa.
Reconstruir ese mundo de fantasía y de terror, necesita varios
escritores que indaguen, confronten datos. El relato oral, salvará
del olvido parte da la grandeza - misterios y espantos - de nuestro
pueblo, se enriquecerá la literatura con la fantasía. El material
permite el goce de los mayores recursos literarios. Será obra que
perdurará dentro del fabular nacional.
La lengua.
Jacinto Jijón y Caamaño, citado por Luis Duque Gómez, nos recuerda
que las lenguas que se usaban por las distintas tribus que
habitaron por las regiones de Riosucio y otros municipios,
siguiendo la dirección del río Cauca, "estaban muy
emparentadas, siendo sólo diversos dialectos..."; esta es
una de las bases primordiales. Luego, viene el imperio del
castellano. Más tarde, el de las corrientes migratorias que se
presentaron en el país. Sabemos que varias, aquí, tomaron asiento.
La riqueza de los aportes de los extranjeros, principiando por los
africanos, le da un marco especial a la forma como hablamos.
Pero el hecho es que en Riosucio utilizamos una parla popular, con
acentos, modalidades y términos muy particulares. Esa jerga no se
escucha en ninguno de los municipios circunvecinos, ni en otros
lugares. Hay sustantivos y adjetivos que sólo los entendemos
quienes por allí tuvimos nuestro origen. Es un modo que corresponde
a que el lenguaje pertenece a cada grupo, a sectores específicos de
la sociedad. Son variaciones que van operando por las necesidades
sociales, la economía o la política. Nosotros hemos debido hacer
muchos préstamos lingüísticos a los foráneos. De esa manera, la
palabra principia a tener un valor multidimensional, en lugar de
decir que nos ahorra lo provinciano. El vocabulario es muy rico en
apelativos singulares, a los cuales me he venido refiriendo. Me
gustaría que se hiciera un catálogo de
"riosuceñismos", que alguien podría calificar de
vulgarismos. Pero no: es otra manifestación de la hibridación
idiomática, del mestizaje lingüístico. Viene desde la prehistoria.
Se ha fortalecido de esa manera una fabla criolla. A veces, tiene
forma dialectal. Otras, es una manifestación de la realidad
regional, que nos distingue. Ello no tiene por qué preocuparnos.
Algunos puristas levantarán sus voces de repudio. Pero nosotros
sabemos cuantas hazañas hemos tenido que compartir. Con cuántas
gentes nos ha tocado explorar la existencia. En qué multitud de
denuedos populares, nos hemos comprometido. Esto nos da el aliento
par poder afirmar que tenemos nuestro idioma con matices propios,
diferentes. Bien seleccionado, por cierto.
El oro.
El oro ha sido uno de nuestros signos de distinción. Siempre se ha
hablado, desde el comienzo de la Independencia, de la abundancia
aurífera de Riosucio, Supía y Marmato. Es el mejor filón histórico
que tenemos los caldenses para explotar. De una riqueza
inimaginable. Es tema, debe estudiarse en conjunto. Entonces,
habría que comenzar por escribir la biografía de Ana de Castro,
quien fuera dueña de parte de ese patrimonio fabuloso. Para eso,
inclusive hay necesidad de examinar sentencias de la corte y las
referencias a la política nacional. Muchas decisiones se tomaron
sin conocer la región y favoreciendo a personalidades que no tenían
mayor conciencia de cómo podría ser la riqueza nacional y el manejo
de nuestros recursos naturales.
En el caso del contrato con Vásquez Cobo, establecer cómo se llegó
a él. Qué pasó en la región. Recopilar los informes de prensa. En
La Opinión, el periódico de Rafael Ángel y, más tarde, de
Clemente Díaz Morkum, se encuentran muchos datos. Pero, igualmente,
hay un personaje de la Guerra de los Mil Díaz, el negro y el
general Ramón Marín, que le escribió tantas cartas al pensador
Uribe Uribe en las cuales relataba las peripecias de los mineros
pobres. Este varón necesita una biografía que relieve cómo fue su
inteligencia, su valor, y lo duro de su ascenso humano y, más
tarde, el abandono en que dejó el país a esos héroes anónimos.
Gabriel García Márquez, en El Coronel no tiene quien le
escriba, cuenta la soledad de esos soldados defensores de la
libertad . Marín pasó mucho tiempo en Riosucio, después de su
fulgurante carrera. Era un hombre de estatura nacional que nos
permitiría, en su crónica, relatar muchas de las condiciones
innatas de nuestra tierra.
Hay un episodio histórico trascendental: la lucha de la región
contra la compañía minera inglesa. Nadie estuvo ausente de ella: ni
las gentes de la comarca; ni los jefes políticos de Caldas y del
país; ni la prensa nacional. Fue un debate gigantesco, promovido a
través de los rudimentarios telégrafos de la época. Allí hay un
filón para explorar siguiendo el curso de la economía y de la
política nacional.
En Riosucio tuvimos un gran escenario de poder. Los dueños de las
minas -los hermanos de la Roche- dominaron con su batalla aurífera;
sus condiciones humanas eran muy amplias; con sus afanes de
cordialidad y solidaridad con el pueblo. A éste le entregaron parte
de su riqueza, repartida en múltiples generosidades. Cuando llegó
la violencia, en 1946, tuvieron que abandonar a Riosucio por ser
jefes liberales; suspendieron los trabajos; y nos fuimos
sumergiendo en grandes zonas de pobreza. Es otro episodio grande de
la historia nacional. Lo local, lo regional, lo popular de estos
matices de esa batalla, se entrelazaron con lo más dramático y
doloroso que ha vivido el país. Alguien debe contar cómo fue la
abundancia del oro y cómo nos arropó la miseria: detallando cómo
eran sus vidas; de qué manera tenían el sentido del gozo; cómo
compartieron su esplendor entre abundancias espectaculares y,
luego, carencias dramáticas de años; cómo los signaron episodios
conturbadores en sus vidas personales. Se puede escribir una gran
novela donde un hilo de oro de la literatura irá guiando el relato.
Esto está por escribirse, para reseñar cómo es el capital bohemio
de los mineros nacionales. Entre el júbilo y la soledad, se
desenvuelven esas vidas.
Historia de las comunidades, de las veredas, de las luchas
campesinas.
Valdría la pena escribir, metódicamente, la historia de nuestras
comunidades indígenas.
Es un aspecto al cual nos referimos con de Hay luchas campesinas,
como las de Lomaprieta y Cañamomo, que durante muchos años se
libraron ante gamonales, terratenientes, tribunales y recursos
administrativos, defendiendo sus tierras y salinas. El interés
político ha desviado el juicio imparcial, la rectitud en las
apreciaciones, la síntesis de esos crueles dramas. Es para un
hombre de estudio, sereno y erudito, que vaya revisando infolios,
desenvolviendo la madeja conductora de una larga provisión de
episodios.
Lo mismo que alguien debe consignar cómo han sido nuestras veredas.
Su conformación social. Sus diferencias profundas. La legislación
indígena. Nos serviría, inclusive, para intentar, por primera vez
en el país, el ordenar una geografía agraria y ganadera de un
municipio. Contando, también, en qué momento llegaron determinadas
especies vegetales; algunos pastos; ciertas semillas y cómo ha sido
su evolución. Mencionar, con detenimiento y honda simpatía humana,
cómo aparecieron hace muchísimos años los caballos de paso
colombiano; dónde crecieron y cómo entraban sus chalanes,
luciéndolos, a la plaza principal.
Las fiestas.
Las fiestas populares demandan examen sociológico. El espíritu de
los pueblos, su carácter, aparece con sus más elocuentes
expresiones, porque no hay vigilancia sobre cada acto. Se
manifiesta espontaneidad. Por allí se expanden sus poderes
psíquicos. Es una "simple sencillez de su
primitividad". Nos denuncian sus conductas. Un pueblo que
tiene fiestas, revela la juventud de su espíritu. No puede ser
interferido ni absorbido por ningún otro. Las alegrías colectivas
son la muestra de que hay, sin dubitaciones, una comunidad que
obedece a reglas propias. Que además, aglutinan a las personas para
otras empresas: porque tienen solidaridad y hay un principio de
predisposición para encontrarse en colaboración. El hecho de que el
regocijo no tiene fines económicos; ni se confunde con utilitarios
afanes, le da una independencia recreadora a favor de la
sociedad.
En Riosucio tenemos dos tipos de fiestas diferentes, igualmente
protegidas por el fervor comunitario. Están comprometidas con la
raíz espiritual de nuestras gentes. Son el Carnaval y las que
dedican a los santos. Veamos algunos poquísimos de sus matices: en
el primero, hay un aire de paganía, que gobierna el júbilo que es
ancestral. Que tiene una vigencia en el alma de todos, confundida
con el más remoto pasado. Es fuego encendido en hombres y mujeres.
Es un torrente de vitalidad que se desparrama en cantos, afectos,
ternuras, goces y proclamas. Se va desde el "decreto
carnavalesco" hasta la "alborada", donde
cada quien busca manifestar su capacidad de comunicación humana,
entrañable, dadora y recibidora de alegrías. El Diablo larga su
honda de chispas, que enciende de ligereza de espíritu vida y los
corazones. No hay desinencias. La unanimidad del placer se apodera
para escuchar, bailar, comprender el significado de las letras,
apreciar la riqueza de los vestidos, aprovechar el mensaje de
pasión enteriza que recorre las horas de la existencia. Es el
comienzo de un renacer. Se prolonga en ondas de euritmia por el
resto de los días del recuerdo de las fiestas carnavalescas.
Los días consagrados a los santos, tienen particularidades, que
sólo allí se estilan. Cada gremio económico o social, apodera a uno
de los santos para financiar y celebrar su consagración. Hay una
permanente vigilancia sobre lo que serán ellas; la manera de llevar
algún elemento nuevo a su aniversario; acentuar el sentido
religioso de las gentes. Recordemos algunas fechas como la de San
Sebastián o la de la Candelaria, San Isidro, la Navidad, la Semana
Santa. Todas no hacen sino revelar el espíritu cívico de nuestras
gentes; sus devociones colectivas; el arrebato natural por estar
unidos frente a la fe o al gozo.
Naturalmente, esta disciplina es una conducta abierta para lo
cívico. Muchas de las mejores empresas nuestras -unidas
entrañablemente a la vida- como el cementerio, las escuelas, el
orfanato, el ancianato, son la culminación de afanes de la
comunidad. Tal civismo nace espontáneamente, porque una tradición
de fiestas, les ha enseñado a mis paisanos que lo gratificante no
es lo utilitario, sino lo que entregue descanso y esperanza a la
gente. Lo que ayude a que la sociedad tenga menos apremias. Cuando
un acto cívico nos llama, cada uno se siente comprometido. Es la
raíz de su sangre ancestral, la que se revela. El estudioso
encontrará, entonces, una relación sociológica entre el goce y la
solidaridad; entre la alegría y el deber cívico; entre el júbilo
colectivo y los deberes sociales.
Boussingault menciona al pueblo como el "Río Sucio de
Engurimá". Desde el comienzo de su vida civil, tuvo muchos
privilegios. Influyó sobre la comarca. Tuvo distinciones que le
daban primacía histórico-administrativa: fue prefectura regional.
Nuestro colegio fue el centro educacional de los más diversos
amigos de fuera. Llegaban como a su ámbito intelectual. Sus ferias
semestrales de ganados, regulaban los precios en la comarca; sus
tiestas siempre han congregado a los vecinos que comparten nuestras
alegrías. Sería bueno saber el desarrollo político que tuvo para
convertirlo en el eje público, lo mismo que en el económico y en el
cultural. Las relaciones con los otros pueblos, por lo tanto, han
sido tranquilas, tolerantes, inclusive, cuando se han vuelto
agresivos contra nuestra identidad. Nunca se ha levantado una
agresión contra el vecino. Es otra fuente de estudio de cómo el
poder se puede ejercer sin contrariar las gentes; sin atropellar
sus derechos; sin requerirles, impertinentemente, subyugación. Es
una conducta pública. Creo que no es despreciable la ancha avenida
de problemas, que se pueden ordenar, para dar la imagen
totalizadora de un pueblo.
Los "Encuentros de la Palabra".
Por fortuna, para tareas tan complicadas, prolijas y exigentes,
como las que aquí me he permitido insinuar, tenemos muchas personas
que comprenden cuál puede ser la metodología y que aprecian, sin
dubitaciones, sus alcances. Me refiero a las gentes jóvenes que han
venido incitando a nuevas cruzadas intelectuales en los
"Encuentros de la Palabra". En el país, es
imposible encontrar, en ningún, pueblo de la república, un
espectáculo intelectual de tan refinada intención y alcance. En
ellos, se concentran los más altos valores de la inteligencia
internacional y nacional, alternando con los riosuceños que
desempeñan tareas mentales. Se promueven debates sobre los temas
más incitadores culturalmente y cada asistente recibe una cátedra
que seguirá enalteciendo, en el recuerdo, su vida. Los
"Encuentros de la Palabra", son cátedras
abiertas; aulas en la periferia; constancia y vocación por lo que
ha ennoblecido la vida riosuceña.
Quiero destacar algunas de las funciones primordiales que cumplen
los "Encuentros de la Palabra":
1. Ellos ponen a Riosucio, sin exclusiones y sin egoísmos, en
contacto con las corrientes más modernas del pensamiento universal.
Lo contemporáneo de la cultura, allá se expone con método y con
rigor. Con voluntad de entregar pedagogías;
2. Se pretende así, despertar conciencia de lo que Riosucio ha sido
y es en los frentes de la creación. No hay asunto que no se haya
controvertido. Varios de ellos tienen relación con nuestra vida
civil y con la capacidad de proyección espiritual de los
riosueeños;
3. Se han rescatado muchos valores de los cuales no se tenía
noticias - en la escritura, en la música, en la pintura, en la
poesía, en el cuento, en la artesanía-. Son nombres nuestros, que
han principiado a tener una exaltación y una consagración. En los
aspectos externos - en arquitectura, en el paisaje, etc. -
igualmente se ha logrado una divulgación, que nos debe
enorgullecer;
4. Se han ordenado materiales que todos sabíamos que existían, pero
que nadie había podido apreciar. Ahora están allí, en los volúmenes
publicados, denunciando las calidades intrínsecas de la
tierra;
5. Los paisanos nuestros intervienen: relatan historias; cuentan
cómo son las hechicerías por esas laderas; indican cómo es la
personalidad de sus habitantes; destacan la categoría de quienes
están vinculados a la vida creadora de la cultura.
Hasta este año (1991), se han publicado seis libros que recogen las
Memorias de los "Encuentros de la
Palabra". Los expertos los elogian, sin reservas, por la
calidad del contenido; por la bellísima diagramación; por la
denuncia, a través de cuadros, dibujos y fotografías, de lo que nos
avala y consagra. Sé que son consultados con avidez en las
bibliotecas del país. El nombre de nuestro pueblo, entonces, se
repite con admiración y agradecimiento por la inmensa tarea
intelectual que está cumpliendo. Es ejemplar en la república.
Estos "Encuentros de la Palabra", han ordenado
muchos materiales. La incitación que hace a la gente, ayudará a
cumplir los propósitos que aquí se enuncian. A su director, al
grupo de muchachos que lo acompañan, - lo mismo que a quienes se
preocupan por su éxito desde Medellín o Bogotá-, Riosucio tiene que
extenderles su reconocimiento. Viviremos con cada uno de ellos en
deuda por el apasionado afán al prestigio del pueblo del amor y la
leyenda.
Un repaso incompleto.
Desde cuando comencé a idear qué diría esta tarde para agradecer el
homenaje de los "Riosuceños en Santafé de
Bogotá", sabía que sólo expresaría parte de la grandeza,
de lo que roza con mi pueblo del afecto íntimo. Y en cuanto he ido
avanzando, me asaltan temores de que no relaté cómo es allí la vida
política: cómo fue la presencia de las organizaciones
"democráticas" y las "católicas' que en
esta comarca tuvieron tanta significación en su espectáculo en la
lucha encendida por principios doctrinarios, en la mitad del siglo
pasado. Ni he consignado la actitud de Riosucio, siempre
defendiendo la integridad departamental cuando se propusieron
derrumbar su vida administrativa. No mencioné cómo fue la presencia
de los antioqueños en la época de la colonización. Ni las
reacciones clericales por la presencia de Jorge lsaacs como
director de instrucción pública. Aquéllas eran muy violentas,
porque no examinaban la política educativa, sino el contenido del
"Programa Liberal" que él había redactado con
César Conto, en la época del Radicalismo. Ni he recordado -con
exclusión de una- las guerras que atravesaron nuestro suelo; ni he
hecho referencia a los varones nuestros que se distinguieron por su
heroísmo.
Creo que es indispensable contar sobre extranjeros que a nuestro
mundo se vincularon; los que se entretejieron con los raizales; los
que aquí dejaron fortuna y familia de categoría; los que nos dieron
una nueva visión del mundo. El hecho de ellos venir con otra
dimensión de la cultura; de lo que era y puede ser el gobierno,
diferente al que se conocía entre nosotros, de la religión que no
coincidía con la nuestra, nos facilitó la comprensión del universo.
Nos civilizaron para la tolerancia. Su presencia y su conducta, nos
disciplinaron para ser más abiertos a la solidaridad.
Nunca cancelaremos la deuda con los educadores y maestros que nos
formaron. Nos dejaron una élite de mujeres, de las cuales nos
sentimos orgullosos por el destello de sus inteligencias; por el
brillo de sus virtudes en el hogar, en la amistad, en el amor; por
todo lo que ellas reparten como fulgor de gracia en el fino manejo
de la existencia. Los docentes han sido tradicionalmente quienes
han formado varias generaciones de caldenses: disciplinados,
humildes, con paciencia para buscar la verdad científica. Nos
dieron aliento para buscar la identificación de nuestra vida con
nuestros sueños.
Mis agradecimientos.
Gracias a los "Riosuceños en Santa Fe de Bogotá",
que se han reunido para decirme las mejores palabras de amistad. El
vocero que escogieron, el doctor Augusto Trejos Jaramillo, tiene
los títulos de la inteligencia, que como una razón de ser, alumbra
la vida de mis paisanos.
Mis palabras van dirigidas a que tomen conciencia de su designio
las clases más disímiles, las cuales han conformado nuestra cultura
popular. Ellas deben tener, permanentemente, un papel de decisión
social. Que estos propósitos, estimulen el sentimiento de la
dignidad personal y colectiva, en la hora de ahora, tan menguada a
nivel nacional e individual. Hacer un buen pueblo es fácil si se
apela a las fuerzas de su mejor tradición. Esto es lo que estoy
proponiendo.
En este momento como sentimiento interior de lo que excita mi alma,
sólo me queda expresar mi Credo riosuceño.
Mi credo riosuceño.
En este momento, no me queda más que repetir mi credo
riosuceño:
CREO en las fuerzas ancestrales de mi tierra.
CREO en los símbolos de amor que congregaron y armonizaron el
propósito de sus gentes para afincar su grandeza.
CREO en los desvelos patrióticos que unifican los afanes
nobilísimos de la fundación.
CREO en el imperio de su inteligencia.
CREO en la fuerza tradicional de la alegría.
CREO en su continua lucha por lo colectivo
CREO en su pasión por la solidaridad.
CREO en el destello de pagana luz en las horas carnavalescas.
CREO en el poder de la palabra, que nos alienta y empuja hacia el
porvenir.
CREO en la fe con la cual educaron a sus hombres y mujeres.
CREO en el ejemplo de varones que dejaron rutas marcadas, dirigidas
hacia la superación.
CREO en el Cerro del "Ingrumá" que nos da
fortaleza contra las durezas de la existencia.
CREO en los hombres y mujeres que, con palabras de fe y de ternura,
me hablaron de nuestro destino parroquial de Dios y de
Colombia.
CREO en el futuro fecundo y creador de mi tierra.
