TRASCENDENCIA, DIMENSIÓN Y PROYECCIÓN DE LAS HISTORIAS REGIONALES O LOCALES


Recobro de lo cotidiano.


En cuanto nos percatemos del alcance esencial de lo que es la historia local, la regional, que conduce a la de las mentalidades, sabremos que estamos en un mundo fascinante. Es donde más incide lo cotidiano. Lo que nos ha tocado ver, crecer, expandirse, perpetuarse o perderse en los vericuetos de la memoria. Que persiste, quizás, en algunas personas, las más devotas en fidelidad o en pequeños papeles que las gentes juzgan sin importancia o categoría. Sumergidos en sus avatares, nos comprometemos con un pasado que ha sido menospreciado y se ha dejado al margen, desdeñado y arrinconado. Con el cual es deslumbrante buscar el parentesco. Establecer los hilos que nos atan a su origen, que es tan exigente identificarlo, tanto, como el más dinámico, protuberante y revelador de los hechos nacionales.
En este tipo de investigación que recomendamos, estamos en el vientre de cada suceso histórico, que nos pertenece por haber sido protagonistas mediatos o inmediatos. Lo hemos escuchado relatar; conocemos a sus actores; es tradición en el diálogo familiar, a veces. O parte de lo que la colectividad ha oído en coloquios accidentales, donde la anécdota real se cuenta como e simple suceso aledaño de la vida diaria. Porque es lo que nos ciñe todos los días. Lo que da alegría, asombro, patetismo, fuerza, convergencia social o simple especulación amable. Con la metodología histórica que aquí se expone, ese material menospreciado adquiere una singular categoría. La que viene de la entraña popular. No hay desperdicio porque se piensa sobre la patria con una nueva dimensión y con el afán de rescatar lo que ata la unidad nacional. Es el orto de experiencia mágica, donde lo inmediato, considerado intrascendente y pequeño, irradia por amplios campos de investigación científica. Nuestro cercano mundo se incorpora ya, definitivamente, a la tradición.
Esta historia destacará lo que ha sido parte de nuestro proceso vital. Puede que se haya participado o no en el acontecimiento, pero corresponde a nuestro tiempo local. Se ha percibido cómo fue su acción y quiénes los protagonistas. Es lo del diario, que identifica a la comunidad. Que puede haber durado años para realizarse y, a veces, varios más para saber cómo fue su dinamismo social. Es el lento proceso de tareas, simples, modestas, pero que, en el controvertido espacio colectivo, alcanzan una categoría específica. Son actos, a veces, sin relieve. Con excepciones, cuando sus habitantes se comprometen en hazañas extremas; en heroísmos que confluyen en los más disímiles capítulos de la historia mayor. Pero esas acciones simples, visualizadas con crítica dan los perfiles a la patria, pues es lo pequeño que se multiplica en realizaciones, formando la nacionalidad. En otros momentos lo que se hace evidente es una vocación de amor a la lucha colectiva.
Será fácil acercarnos a ese mundo, aunque la investigación padece de limitaciones. No ha existido conciencia de su importancia y, por lo tanto, no se han organizado los elementos que la permitan. Pero allá, además, se acerca, minuciosamente, a lo más elemental. Nada se excluye.
Este sistema pertenece a la renovación que vive el estudio del pasado. No hay que olvidar que cada generación, con tesis ideológicas, con metodologías, con idioma y nuevos elementos de indagación, recrea el pasado. Lo valora en forma diferente, lo carga de sus visiones doctrinarias y de sus calidades suigéneris. Es lo que han llamado el pensar histórico. Cae dentro del marco de la evolución de éste, que tiene un dinamismo que no se logra detener.
Durante muchos años, han prevalecido prejuicios contra los sectores populares. En nuestro país, siguiendo las enseñanzas de la Regeneración Conservadora de Núñez y de Caro, que no hemos logrado desterrar, se volvió al hispanismo. Éste se singularizó y así actúa hacia el futuro, ante su desdén por nuestro mestizo colombiano. Que se acentuaba en desprecio. Así, con otras motivaciones nacidas de las élites, en otros sitios, se ha proclamado la imposibilidad de que la gente común pueda participar en algún acto de grandeza: ni en la inteligencia, ni en la guerra, ni en la ciencia. Resabios que han sido y son aún, en nuestra época, difíciles de desarraigar.
Esta nueva metodología de escribir la "historia de la gente" producirá una revolución en los juicios del futuro. No persistiremos en desvíos, desestimas equivocadas, manipulaciones de clase. No hay imperio de personas y grupos. Quien sobresale es porque a su voluntad se le adicionan las voces susurrantes o explosivas del pueblo. Es la historia del común. Uno de sus exegetas decía que era la "arqueología" de lo cotidiano, de la vida material "inclusive".
Adquiere una extraña y mágica dimensión, porque "quien la refiere suele ser parte del asunto relatado, y quien la lee lo mismo". Ella no desdeña el hecho menudo. Está cercana a lo más circunstancial. Porque ya no interesa sólo lo político y lo militar. Se vincula a los más simples hechos: a su irradiación menor; a su fuerza elemental; a su cotidiano juego de vigilancia. En ello es evidente que lo que prima es la "historia de la totalidad social", por la sencilla razón de que aquélla es formadora de la conciencia nacional. De aquí que ningún grupo pueda desconocerse. Se necesita llegar a los espacios menos significativos. Con esto se busca entender qué pasó. El reunir materiales nuevos nos indicará que, para enfocar los temas, se demandan juicios y perspectivas novedosos. Una tendencia a la sorpresa guiará su exploración y su escritura. Fernando Braudel ha hablado de tres ritmos de tiempo: un lento, otro mediano y uno más veloz. Como también se ha afirmado que la "micro historia y la literatura son hermanas gemelas", lo que no es desdeñable, porque se escribirá con la fuerza de la ternura, que da estremecimientos a las palabras. Porque quienes van a relatar están comprometidos con lo vecino. Les sacude, entonces, su fuerza espiritual. Una tibia temperatura de amor de lumbre a cada adjetivo. Un surtidor de alimentos del alma, atado a lo local o regional, irá suministrando clasificaciones nobilísimas a cada episodio. Los personajes nacerán entre frases de reconocimiento a quienes ennoblecieron el contorno. Las cosas, los lugares, las peripecias humanas, los desvelos de la comunidad, serán el bagaje de quienes escriben. Es apenas natural que las proyecten con la nobleza intelectual que demanda lo que amamos. Las palabras se salpicarán de conducciones estéticas. Se recreará un ambiente de la pasión lenta; de la devoción apasionada, del ensueño comunitario. En el pueblo o en la región, los actos nos pertenecen a todos. Así, al relatarlos o cantarlos, los vocablos se empinan con dulzura y se van internando para calificar.
Fernando Picó, en su ensayo "Por una historia en que la gente encuentre sus apellidos" 1 nos da pautas que es bueno consignar para ir estableciendo la profundidad de este nuevo interés histórico:
"Para escribir una historia donde la gente se pueda ubicar, donde encuentre sus apellidos, los nombres de escuelas donde estudió, de fincas donde trabajó, de charcos en el río en los que cuando muchacho se tiró, de callejones donde peleó a pedradas y cercados donde comió guayabas ajenas, se necesita sin embargo de la confianza de saber que todo esto es importante y sirve a un propósito. Esta confianza escasamente se logra cuando se reduce la historia local al ámbito algo sacarino en que la coloca Luis González en su Invitación a la microhistoria 2 al hacerla equivalente a historia matria, que en contraposición a patria, designaría el mundo pequeño, débil, femenino, sentimental, de la madre; es decir, la familia, el terruño, la llamada hasta ahora patria chica".


"La Historiografía"


¿Pero cómo se llegó a ese mundo circunstancial, pequeño y lejano que es el histórico de la provincia? El recorrido ha sido muy largo en el tiempo. Charles Olivier Carbonel ha publicado un libro breve e intenso: La Historiografía 3. En él nos recuerda cómo es de trágico, por las equivocaciones que se cometen, el destino de los pueblos que sufren de amnesia. Los que no cuentan con reminiscencias. Los que han olvidado -o nunca han tenido- memoria cultural, ni conciencia de su tiempo mítico. Luego entra en un recorrido por las distintas fases de cómo se ha concebido la historia. Lo hace a través de los diferentes sistemas que han prevalecido y de sus principios doctrinarios. Nosotros, en extraño atrevimiento mental, nos proponemos hacer una síntesis. Pedimos excusas por las limitaciones de espacio y por la arbitrariedad con que la acometemos. Pero queremos dejar en claro que cada generación vuelve sobre el pasado con renovado interés interpretativo, con metodologías diversas; obedeciendo a escuelas que van recreando el arsenal ideológico crítico. Lo hemos querido efectuar para que no se piense que quien escribe aquélla lo hace obedeciendo a simples impulsos patrióticos. Hay fuerzas intelectuales y estéticas que gobiernan su creación.
Heródoto fue contemporáneo de Eurípides y de Sócrates. Con él nace la historia, y su misión fue "impedir que caigan en el olvido las grandes hazañas realizadas por los griegos y los bárbaros" durante las Guerras Médicas. Recorre mucho: por eso lo asisten la geografía y la etnografía. Después Tucídides, en la Guerra del Peloponeso, considera que la historia es humana y que es ciencia. Su espacio y su tiempo, más reducido que el del primero. Su obra fue escrita hace veintitrés siglos. A aquélla se llega porque, rompiendo el sentido individual del ciudadano, se comienza a hablar de que se pertenece a la humanidad.
Aparecen Jenofonte y Polibio. El autor conceptúa que "conocemos mal a los historiadores griegos". Porque su obra se dispersó. Nos llegó en fragmentos, en citas.
Desde el siglo IV, ella pasa a confundirse con el arte oratorio, tomándose la acumulación de los lugares comunes. Surge Teopompo; Calístenes acompaña a Alejandro y éste le encarga que cuente sus campañas. Vienen otros nombres.
Pero a la atracción oratoria sucede el compromiso con lo político, que lleva a las contradicciones. Luego la tentación ética la reduce a máximas, a recontar la moral cotidiana.
Aristóteles, en su texto Poética, sostiene que "la poesía es más filosófica y de un género más noble que la historia, porque la poesía se eleva hasta lo general, mientras que la historia no es sino la ciencia de lo particular'.
Después, con tendencias opuestas, está Eforo de Cimea, cuya propensión es la bella expresión para relatar. En sus anales hay un buen gusto estético. Es quien intenta el primer recuento universal: desde la expansión romana de 221 a 146, con carácter mundial, apoyado en fuentes, con referencias morales. Igualmente, utiliza los relatos orales. Se le considera como el iniciador de la historiografía romana.
En Roma, sólo hacia 200 A.C., Fabius Pictor y Cinicius Alimentus, conciben los primeros Anales que se dirigen a hechos en orden cronológico, en lengua griega.
Catón el Antiguo (234-149 A.C.) relata la primera historia en latín y en prosa, en su obra Orígenes. Ésta es la génesis de la historiografía romana. Fueron consagrándose Salustio, César, Tito Livio, Tácito, Suetonio.
Mas luego viene una "historia monográfica y contemporánea. César escribe unos Comentarios, sin adornos retóricos".
La biografía conduce a que aparezca como una rama de la moral. Cornelio Nepote busca orientar a través de los exempla. A veces les interesa más señalar conductas que ceñirse a las cronologías. Así acontece con Valerio Máximo. Lo mismo con Plutarco en sus Vidas paralelas. Las Vidas de los doce Césares, de Suetonio, "es la única obra amoralista de la historiografía romana". Cicerón, que no fue historiador, y Quintiliano sostienen que es un "género literario".


Los cristianos.


La Biblia es también un libro de esa categoría. Luego el transcurso de los cristianos lo escriben Eusebio de Cesarea, Julio Africano, Osorio. La ciudad de Dios de San Agustín abre el camino hacia la filosofía de la historia.


La historiografía china.


El catálogo de los libros dignos de ocupar un lugar en la biblioteca imperial, establecido de 1772 a 1781, encuentra 3.642 obras históricas formando 36.300 volúmenes y menciona 6.734 menos dignas de interés. En la China, Confucio es el padre de la historia. Allí brota de la leyenda y de la crónica; de la fuerza de los mitos. Más tarde se apoya en documentos. Los augures van diciendo cómo fue el pasado y cómo será el destino. Más tarde al historiador se le consideró un "funcionario del tiempo". Las primeras Memorias históricas fueron escritas por Shich-Chi y se juzgan padres de la historia a Sse-ma Ch'an y a su hijo Sse-ma Ch'ien. Todos tienden a una incitación moralizadora, sin respetar la cronología continuada. La hacen por comportamientos. No tratan de analizar o comprender el pasado.


Cristiandad e historia.


En la Edad Media, lo afirma Ch. - y. Lauglois, lo histórico se ha "vuelto a la infancia". Hay dos Crónicas: una, de Isidoro, obispo de Sevilla, y otra, de Beda, un monje de Durham. Las escriben con perspectivas Eginardo, Ernoldo el Negro, el monje Widukind, el obispo Liutprando. Un nieto de Carlomagno, Nithard, Alfredo el Grande. EL emperador bizantino Constantino Porfirogeneta.
Hasta más allá del año mil, la gente de la Iglesia posee poder de contar, en estilo religioso, con carácter teológico, eclesiástico, ético. Lo mismo que tuvieron auge las cronologías. Más tarde, vienen las vidas de los santos.
En la Edad Media no hay conciencia del tiempo. A esta circunstancia hacen referencias Marc Bloch y Philippe Ariés: "...No hay verdaderos historiadores en la edad media, sino teólogos moralistas, filósofos, canonistas, predicadores que hacen, al llegar la ocasión, obra histórica".
Con las Cruzadas aparecen aspectos familiares ligados a excursiones extrañas y los "gentiles hombres y los burgueses componen en lugares vulgares obras cuyo carácter histórico se reconoce actualmente". En esa forma se desplazaron a los latinistas y los eruditos: "es cuando la historia es un estatuto definido". Ésta se confunde, además, con la aparición de las literaturas nacionales: "La Nueva Crónica del negociante Giovanni Villani (1280 - 1348) señala el nacimiento de una historiografía burguesa, social y sobre todo política".


Historiografía árabe.


Como ya lo hemos dicho, la historiografía es, esencialmente, religiosa. Los árabes la conciben desde un punto de vista diferente de lo que es la Revelación para occidente. Ibn At-Tigtaga en su Historia de las dinastías musulmanas, comienza con una alabanza a Dios, "que todo lo da". Analiza las virtudes: valentía, piedad, astucia, y los vicios como la doblez, la crueldad y la iniquidad de los héroes.
Muerto el profeta Mahoma se recopilan seiscientos mil temas, de los cuales Bukari destaca 7.275 de esos relatos orales. En la serie de biografías acerca de aquél, la más antigua de Ibn Isham comprueba, corrige, la autenticidad de las fuentes. Deviene, entonces, profana. Del siglo X al XIII presenta rasgos originales. Macudi la define diciendo: "Todo lo que encanta, todo lo que asombra, lo recoge. Cautiva el oído del docto y del ignorante... Todas las inteligencias le conceden el primer lugar....'. Enseña porque es "donadora de lecciones". El autor considera que le método de Ibn Jaldum- que no somete sus relatos a una coherencia, ni explica los hechos- será el que "empleará la Europa renaciente".


El tiempo y la historia de los humanistas (Siglos XV-XVI)


El tratadista reseña tres hechos: 1410, Gutemberg en Strasburgo, da a la prensa caracteres móviles; en Roma, Lorenzo Valla demuestra la falsedad del acta que se conoce como Donación de Constantino, que cede al Papado una parte de su imperio; en 1453, Bizancio es dominada por los asaltos otomano para concluír que ello estimula nuevas técnicas de difusión, nuevo método de análisis, nuevas fuentes...". Renacimiento y reforma, la Utopía: "el tiempo ya no procede de Dios, ni está destinado a volver a Él; inmanente, indefinido, se humaniza. Para decir su sentido, el historiador sucede al teólogo".
Se anhelan obras de arte y nace la arqueología. La filología se convierte en ciencia auxiliar de la historia. Toman categoría la numismática, los archivos.
En el Quattrocento italiano se concibe una "historia crítica, documental". En Francia, en la mitad del siglo XVI, nacen los teóricos de la historia "perfecta", que es humana. La ciencia admite que los conocimientos históricos son relativos, pero se reclama una "historia cabal": "en tanto que Bodín anuncia a Montesquieu y Voltaire, la Popeliniere anuncia, confusamente, a Hegel, y Lucien Febvre".
Se señala la época como el advenimiento de la "historiografía humanista", que difunden los embajadores, los ministros, los jurisprudentes. Adviene el nacionalismo historiográfico. Se entra a las comprobaciones. Se controvierte lo escrito. Llega la "guerra de los infolios".


La historia de los eruditos, filósofos y literatos (Siglos XVII-XVIII)


El siglo XVII se aparta de la historia, según P. Chaunu. En cambio, Marc Bloch le da singular sitio al analizar la publicación De re Diplomática, de Mabillon, en 1681. Porque se considera que así nació el método histórico, "el que permite separar lo verdadero de lo falso, confundir a los crédulos y a los escépticos, dotar la historia de un estatuto científico". Es cuando los instrumentos de investigación se perfeccionan: la bibliografía retrospectiva, los catálogos de bibliotecas; se crean las ciencias auxiliares, la heráldica, la cronológica, la publicación de fuentes. Se combinan radicalmente las condiciones del oficio de historiador.
E. Gibbon pide que los historiadores sean filósofos. En el Siglo de las Luces se confunden los dos criterios. A la vez, muchos de éstos devinieron en historiadores. "Teología, ciencia, filosofía: lo recuerda el autor citado, Charles Olivier Carbonell-: en el viraje del año 1860, Clío repudia a la primera; pero renunciando a la laboriosa y dura autonomía que promete la segunda, sucumbe, por un tiempo, a los hechizos de la tercera... Para Clío, el riesgo de filosofar es el de morir".
En los siglos XVII y XVIII crece la afición a la historia. Son cuatro los signos que atraen y comprometen: la historia inmediata de memorias y diarios; la de los Estados, que se confunde con la de sus Príncipes; la de Roma y la exótica, o sea, el extremo Oriente y la de América. Se reclama que la asista un aire de novela. Luego viene lo que determinan Inglaterra y Alemania, donde nace la historiografía universitaria, la docta, la de los profesores.


El siglo de la historia.


En el siglo XIX, Guizot decía en carta a Barante: "Hay cien maneras de escribir la historia". La época del romanticismo está dominada por las restauraciones y las revoluciones. La poesía ejerce su poder fascinante, lo mismo que los relatos populares y las leyendas. En 1831, Chautebriand dice: "Todo adopta hoy la forma de la historia: polémica, teatro, novela, poesía". Se escuchan nombres como los del checo Palacky, de Adam Mickiewicz, que escribe la Historia popular de Polonia, los de Thiers y Mignel, Guizot, Michelet, Foustel, Caoulanges, Carlyle.
Y después, Marx y su lucha de clases; Gobineau y las razas; Taine y su teoría del hombre determinado por la raza, el momento y el medio. "Toda reflexión debe, por lo tanto, alimentarse del pasado; nada de filosofía, sino una historia de la filosofía y una filosofía de la historia (Hegel), nada de ciencia del derecho, sino una historia del derecho (Savigny), nada de estética sino una historia de la estética (Schlegel)".
Se radicaliza una fiebre documental. El estado ayuda a los investigadores e historiadores, se crean las cátedras de historia, los archivistas conservan las bibliotecas y museos, se organizan las comisiones de monumentos históricos, etc.
La historia erudita acepta que su fundador fue Leopold von Ranke: hay que considerar el método que asocia erudición y escritura, que marca y explica, que no juzga ni filosofa, que saca su sustancia de las fuentes primarias, rebuscadas en archivos y bibliotecas.
En Francia, la historiografía universitaria se caracteriza por: publicación de textos, que permite al historiador escribir páginas de presentación, y hay "derroche de notas infrapaginales"; monografías que agotan los documentos relativos a un individuo (biografías), a un hecho o a un lugar; "monotonía y exigüidad del territorio recorrido: historias institucional, política, diplomática y militar".
En 1890 entran los militares marxistas.


La historiografía marxista.


Ni Karl Marx ni Fiedrich Engels fueron historiadores. Por eso es difícil decir "cuál es la práctica marxista. Fueron, o bien, filósofos de la historia, o teóricos" de ella. Pues fundaron, con le materialismo histórico dialéctico y científico, un método de análisis de lo real y una filosofía de la historia". El marxismo ejerció una influencia limitada, al final del siglo XIX y principios del presente. De 1930 a 1960 -la fase stalinista- la historiografía marxista vivió su edad dogmática. Pero el mismo escritor acepta "la aportación original de la historiografía marxista".
Ella "concede atención privilegiada a los fenómenos sociales", lo mismo que a lo económico, al examen de la cultura material, que es lo que se refiere a la producción. "Estructura", "coyuntura", "duración..."; no pocos de los conceptos fundamentales de la Nueva Historia pertenecen al lenguaje de los historiadores marxistas".


Hoy, la Nueva Historia.


Se dice que ella nació en 1929 con la aparición de la revista Annales, dirigida por Lucien Febvre y Marc Bloch. Sin olvidar a Flenri Pirenne, el pionero belga; a Huizinga, quien con su Otoño de la Edad Media, funda, en 1919, la historia de las mentalidades; el polaco Znaniecki constituye el grupo "Historia Vivida", que recopila relatos autobiográficos populares; el alemán Wiebe, que "inventa" la historia de los precios en 1903; el aporte soviético en la cultura material; a Estados Unidos en la historia oral. No hay que desconocer que "la actividad historiográfica fue esterilizada o descarriada por el totalitarismo en los países de Europa".
"Los redactores de los Annales - dice el autor que arbitrariamente hemos sintetizado- rechazan la historia de sucesos, biográfica, historizante, la erudición monográfica, el corporativismo celoso y fácilmente imperialista de los historiadores del establishment universitario, su fe ingenua en el método milagroso gracias al cual el hecho brota del texto".
Así, vale recordar que estamos en "un mundo donde las masas son interpeladas por la Historia e invitadas a hacerla.., en que se inicia la triple decadencia de Europa: cultural, demográfica, política".
El campo historiográfico, se amplía. En el año 30 se adicionan la economía y la sociología; la historia social se extiende a los grupos (academias, salones, cafés, sociedades deportivas), las minorías, los marginados, los encerrados también. La geo-historia, estudio del clima. Después de los 50 viene la historia demográfica, la de la mortalidad, la de la muerte, la de la natalidad, la de los comportamientos sexuales, la de los partos, la de la madre, la del niño. "Se ha llegado así a lo más secreto y a lo más profundo del hombre (Ph. Aries), a las mentalidades, es decir -y se extiende la lista que remite al hombre inagotable-, a los sentimientos y pasiones colectivas (el amor, el miedo), a las representaciones, a los sueños, a los mitos, esos sistemas del cifrado social que permiten al grupo humano sumido en esa misma cultura aprehenderse a sí mismo, comprender el mundo y actuar sobre él. Paralelamente se ha elaborado una historia del cuerpo, de la enfermedad, del consenso de los gestos...".
Se ha cambiado el sentido del tiempo. El corto, el del sueño, el de la biografía, el de la política, el de la guerra. La larga duración son las civilizaciones. Vuelve a ser cierto lo que decía Guizot: "Hay cien maneras de escribir la historia", terminando con esta cita esta apretada síntesis del libro La Historiografía de Charles Olivier Carbonell.


Historia de lo reconocible.


En la tesis que proyectamos en el primer enunciado de este ensayo y que se comprueba con el resumen que hemos procurado de Carbonell nos damos cuenta de que la evolución histórica es radical y acelerada. Estamos invitando a una historia que fluye hacia los espacios más olvidados de la patria. Seguramente vamos a encontrar fuentes primitivas para reconstruir un pasado mítico. Lo más antiguo de nuestras civilizaciones y culturas primigenias, alcanzará audiencia. Con el acopio de apoyos en los descubrimientos más recientes -en tas ciencias humanas, en la biología, en la física, en el arte- podremos penetrar con mayor confianza en el pretérito, que aparece ampliado en múltiples direcciones. Avanzamos así, sin dudas, al encuentro de universos desconocidos, que nos pertenecen. Los hemos tenido al margen, sin exploración. Creo que estamos en el orto de una gran experiencia histórica. Es una de las maneras de hacer una dinámica extensión cultural. Todo esto es mayormente sugestivo si pensamos que hay pueblos o regiones que son un mundo por sí mismos. Con sus reglas y sus misterios. Ese examen de lo cotidiano no nos debe impedir tener conciencia de lo nacional, avalado en forma extraordinaria en la época contemporánea. Fernand Braudel en varias oportunidades ha reconocido el estímulo recibido por las tesis de Lucien Febvre y Marc Bloch. Para aquél, "la historia se nos presenta, al igual que la vida misma, como un espectáculo fugaz, móvil, formado por la trama de problemas intrincadamente mezclados, que puede revertir, sucesivamente, multitud de aspectos diversos, contradictorios'. Más adelante hace advertencias ilustrativas: 'En realidad, la historia se ha beneficiado, ante todo, del empuje victorioso de las jóvenes ciencias humanas, más sensibles que ella a las coyunturas del presente.... No es necesario multiplicar los ejemplos para explicar hasta qué punto se ha enriquecido la historia en los últimos años gracias a las adquisiciones de las ciencias vecinas. De hecho puede decirse que se ha construido de nuevo". Y una advertencia más del erudito: "El tiempo no es nunca totalmente pasado, y algunas veces el presente está más cerca del pasado que del porvenir" 4.
En reflexiones anteriores dijimos que la cercanía afectuosa de los seres, de los hechos, conducía fácilmente a la exaltación literaria. Está bien que así sea. Pero no podemos olvidar que hay un deber crítico en quien escribe, porque no se trata de hacer una simple reminiscencia sentimental. Lo que se propone no tiene arraigo tradicional. Sobre esa materia podría pesar lo que llamaba la griega Heléne Arch-Weiler, en reciente simposio, la "larga duración de la desconfianza" 5 que es la que tenemos que desterrar. En reportaje de Emmanuel Le Roy Ladurie, profesor de historia en el College, con Enrique Krauze 6, dice que ahora no se trabaja la vida de las élites, sino la de las masas. Recuerda que en su libro Montaillou, aldea occitana de 1294 a 1324 7, lo que recrea es el ambiente, el paisaje, precisar las instituciones. Después hace la historia de las mentalidades. Para lo cual se preocupa de cómo vivían las gentes, cómo se reían, lloraban, se saludaban, pensaban, hacían el amor, el sentido de la muerte, cómo se portaban frente a los hijos. Él dice: 'El hombre no vive solamente en las estadísticas; también existen el amor, la muerte y las otras experiencias vitales dentro de las pequeñas comunidades... (El oficio) del historiador es cómo hacer hablar a los muertos.... Explorar un suceso y a través de éste tratar de comprender la estructura global de una sociedad.... La historia es, también, la historia de la pobreza, la historia de las necesidades".
Por ello, en el tipo de reconstrucción de épocas que comentamos, tienen un sitio, igualmente, los mendigos que divulgan cómo es de injusta y cruel la sociedad en que viven. O posee rasgos de ser generosa y comprensiva. Lo mismo que los locos, los brujos, los inválidos, los extranjeros, las prostitutas, con sus prohibiciones y sus aislamientos. A nadie se puede tachar. Porque ésta que se llama "microhistoria" va a lo colectivo. En ella debe caber holgadamente toda la población, sin exclusiones. Buscando contar con mucha minuciosidad y precisión. Es, en últimas, una historia reconocible. Pero en ningún momento se toleraría escribir una historia apocada. El municipio, el pueblo, la provincia, son los que forjan la grandeza y dan margen para referir sus anales.


La historia no es sólo lo político y militar.


Nos acostumbramos a unas descripciones en las cuales primaba lo político y lo militar. Lo primero como expresión de un mundo en el cual lo del estado tenía presencia mayestática. Además, en torno de éste se movía una serie de procesos, de acontecimientos, de leyendas, de personajes, que mantienen en vela la imaginación de las gentes. El poder domina, atrae, despierta expectativas, y aparece lo político como fuerza creadora. Como determinante de la violencia o víctima de ésta. Como proyector de luces hacia las tragedias, carencias, demandas de un pueblo. Con ciertas personalidades que se empinan por su acción y la prédica ideológica. Otras que vienen de la guerra y ejercen el gobierno: tienen dobles atributos y los biógrafos los han hecho crecer en su dimensión, confundidas con su verdadera actividad y presencia. Es como que en esa figura naciera el devenir de ese país.
En ocasiones son militares que han desplegado su osadía, inundando de episodios parte del transcurrir nacional, confundiéndose con vitales momentos de la vida política. Se toman o llegan al poder, empujados por su leyenda. Sin dejar de considerar que la formación de nuestros países tuvo en los actos bélicos una dinámica, en ocasiones creadora, en el sentido de abrir perspectivas doctrinarias. Igualmente, lo militar ha influido en el destino del continente con actos sucesivos de fuerza que han llevado a que prime la barbarie contra la democracia. Entonces, también, con su luz opaca, ayudan a que se escriba una historia de generales. Son varias y disímiles las perspectivas. Otras veces lo que opera es el sentido primitivo del escritor: su concepción autoritaria; su afán de represión; su visión torcida del destino ideológico de un pueblo.
Ese tipo de historia ha sufrido mengua en esta época. La visión municipal de los hechos políticos es, apenas, un reflejo del interés por la realidad colombiana. Es inmiscuirse en sus diferentes aspectos; en su torbellino agresivo de hechos que, en ocasiones, si no se van examinando localmente, no se desentraña su alcance y su perspectiva. De otra parte, la historia política fue cediendo ante las ciencias sociales, la geografía, la economía y la sociología. No se libró de la fuerza develadora de ellas. Aspirar a estar encastillada e intocable, era pretender desconocer la fuerza arrolladora de las nuevas guías de investigación científica. Así descendió de su imperio para que principiara a ser mejor observada por el hombre de la calle. Éste tenía su poder determinante de ejecutor de hechos -a nivel local- que entrelazados revelaban el mundo total del destino político. Sin desconocer hoy que el historiador necesitaba detenerse para formular juicios, acerca de la demografía, la sociedad, la religión, las ideas y su historia, las creencias, las actitudes, el arte, la ciencia y la cultura popular. El universo es vasto y múltiple. No puede un solo actor-político o militar- congelar la imaginación humana.
Es que hoy se admite que la historia no es solamente de lo político. Ella abre y cubre los aspectos de la cultura, en su multiplicidad. Las posibilidades que se ofrendan al investigador son de una infinita riqueza espiritual y humana. Hay que ver cómo su acción influyó en los pueblos; fortaleció sus calidades; torció su destino; amplió su mundo. Se dio fuerza a otras perspectivas locales o las eliminó con sus ideas, sus medidas y su obrar.
Pero, entonces, se puede interrogar: ¿van a desaparecer los hombres representativos? No, de ninguna manera. Se valoran con el acopio de otros elementos. El escenario deja de ser exclusivo. Esto sí es una actitud irreversible. Pero no se desconocerán ni ocultarán los altos varones de la patria. Estarán allí, reflejando los dones y el reconocimiento a sus calidades. Ya hemos dicho que se escribirá una historia de pobres. De gentes que antes se desconocían, pues eran seres al margen de toda posibilidad de análisis. La historia no tenía en cuenta el pueblo. Venían pesando los criterios de que aquélla era un mandato de Dios o del Rey. En el caso de Indoamérica, seguían los prejuicios españoles -indio y mestizo sin calidades espirituales- impidiendo que el vulgo pudiese ser actor en la creación, inspiración o representación de los grandes hechos.
Grave error, por cierto. Ahora, con los nuevos planteamientos, comenzamos a establecer una escala desconocida de valores. Jacques Julliard 8, en su estudio, hace dos afirmaciones que es necesario recoger: "De ahí la renovación de la historia política se hará -está haciéndose- en contacto con la ciencia política, disciplina todavía joven y vacilante, pero en plena expansión, y de la que el historiador no puede ya ignorar las investigaciones, como no puede desinteresarse de los logros de la economía política, de la demografía, de la lingüística o del psicoanálisis. No hay más que considerar, por ejemplo, los dos volúmenes muy sugestivos que René Rémond, profesor a un tiempo, lo que no es casual, en la Universidad de Nanterre y en el Instituto de Estudios Políticos de París, consagrara a la vida política en Francia de 1789 a 1879. Pues, en adelante, según confesión general, no hay más historia que la historia social, eso es, colectiva, que pone en escena a grupos, y no a individuos aislados.
Es parte, también, de un proceso en el cual el pueblo, centro del pluralismo y de la participación, recibe poderes y los ejerce, como un reconocimiento explícito. Era que antes no le permitían cercanía al poder político. Estaba ausente del juicio político. Así, la pregunta buena para encarar es: ¿entonces, antes, no actuaba; ni tenía acción; ni se movía en actos creativos? De ninguna manera. La prueba es que cuando el escritor se quitaba la venda, principiaba a hallar al común haciendo la historia. Y en Indoamérica y en Colombia con mayor ahínco. No hay dudas de que ello fue, es y será así. El recortado criterio de algunos veedores del pasado quiso poner la marca de incapacidad a la masa, que dimanaba del desprecio a ella. Pero su sagacidad desbordaba los miopes criterios.
Lentamente fue progresando un rechazo a las divisiones disciplinarias de la investigación, que han predominado y que se juzgan hoy limitantes y artificiales. Ya la cronología y sus actos, obedecen a otro enfoque social. Es un cambio profundo y dinámico. Se quería tener un pueblo que no supiera cuál era su identidad; que no tuviera conciencia de su capacidad de influir y determinar; que estuviera ausente de la creación; en el trasfondo de los hechos. Sin presencia y sin voz. Dentro de la nueva concepción, ello es imposible. No puede escribirse la historia de una ciudad, de un pueblo, de un barrio, de una región, de una aldea, de una finca, sin buscar a la gente. Sin ésta, aquélla no tendría explicación. Lo mismo que las revoluciones; los grandes y acelerados cambios políticos; los movimientos sociales de todos los tiempos.
Un crítico de estas actitudes mentales, lanzaba la pregunta: ¿cómo se puede examinar el sistema y el espacio político; la legitimidad de un hecho histórico; la cultura y el poder político, si se excluye al pueblo?
Regresando a Jacques Julliard, él nos recuerda que hay varias maneras de apreciar un hecho político: el oficial, el privado indiferente que no tiene interés en lo acaecido, y el del personal afectado por la situación. Por eso, en este tipo de historia que recomendamos, la versión de los particulares es tan trascendental. Ella puede contradecir lo que se expresa por quien representa al gobierno. De allí la importancia de todo aquello que no sea documento oficial: el relato del periódico local; la carta familiar que describe; la misiva privada entre negociantes que registra los acontecimientos. Ésas son las fuentes para confrontar, hasta lograr una visión de lo sucedido. Es lo que el autor llama la "historia de las menudencias". Pero que tiene un valor trascendental, porque se relaciona con el poder y su reparto. Como éste invade todos los espacios, el local no está excluído, por ser parte de aquél. De suerte que andamos en el estudio de lo nativo. De lo que se excluyó por mucho tiempo.

1
FERNANDO PICÓ: Capítulo del libro Una historia de servicio, San Germán, Puerto Rico, 1978. Publicación con motivo de los 66 años de la Universidad Interamericana de San Germán.
2
LUIS GONZÁLEZ: Invitación a la microhistoria.
3
CHARLES OLIVIER CARBONELL: La historiografía. Colección 'Brevarios', Fondo de Cultura Económica. Primera edición en español, México, 1986.
4
FERNAND BRAUDEL: La historia y las ciencias sociales, Alianza Editorial -Madrid-, Séptima Edición de Bolsillo, 1934.
5
VARIOS AUTORES: Una lección de historia, de Fernand Braudel, Colección Popular Fondo de Cultura Económica, México, 1989.
6
ENRIQUE KRAUSE: Personas e ideas, Editorial 'Vuelta' México, 1989.
7
EMMANUEL LE ROY LADURIE: Montaillou, aldea occitana de 1294 a 1324, Editorial Taurus, Madrid. 1981.
8
JACQUES JULLIARD: Hacer la historia, Ob. Cit.
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