IMPORTANCIA DE LA PROVINCIA

EN LA HISTORIA NACIONAL 75


Voy a referirme a la "Importancia de la provincia en la historia nacional". La significación de este seminario es básica por algo que es esencial: se vuelve la mirada sobre la realidad de nuestras comarcas. La historia nacional se ha movido a través de la exaltación de grandes personajes y de singulares acontecimientos.
Hemos renunciado a toda la crónica de los pequeños episodios históricos, que son los que nos rodean. Ella está dirigida a rescatar la identidad de nuestros pueblos, la autenticidad de sus héroes populares, la riqueza de las luchas comunitarias. Por haber abandonado aquel relato menor, no contamos con la sensación de tener una epopeya magna que nos pertenezca; que nos ubique; que nos dé guías; que nos permita deducir nuestro sitio en todo el conjunto del pasado nacional y proyectar tas acciones hacia el porvenir.


Las historias regionales.


Hablaré, por lo tanto, de lo que llaman las "historias regionales". Que es examinar, con perspectiva, lo que ha armado nuestra propia objetividad, la que alimentó la bizarría en los hombres y los sucesos. La que perdura en el recuerdo de las mínimas hazañas; en las actitudes cotidianas; en la decisión intelectual; en la capacidad de ensueño; en el denuedo permanente de creación en favor del servicio de los grandes beneficios de la comarca, que se confunden con los de la patria. Hacia ello es que tenemos que volver. Si ambicionamos lograr éxito, se requiere tener humildad, perseverancia y vencer dificultades en la investigación, porque sólo ahora el país comienza a volcarse sobre esa preocupación. No ha existido constancia, ni ha sido propósito de los indagadores a más alto nivel. Además, porque no había tradición cultural de recoger el pretérito modesto. Pondré algunos pocos ejemplos, muy saltuarios, pues los acontecimientos en esta parte del occidente caldense, son muy abundantes. De opulencia con múltiples matices. Pero las versiones serán parcas.
Quiero llamar la atención sobre todo este afán del "Instituto Caldense de Cultura", que revela la preocupación que hay en las gentes por conocer su propio mundo legendario y su ayer. Al hallar éste, se denuncia la identidad: quiénes somos, cómo nos hemos comportado, qué conductas hemos tenido frente a los sucesos; de qué manera nos proyectamos como grupo social. Es una forma de ser y de ver lo remoto. Así entrelazamos nuestras regiones con toda la tradición colombina y volvemos los minúsculos episodios, parte activa de la grandeza de la patria. Mientras no tengamos esta integración, no vamos a sentir la historia nacional como un mandato personal. Desde luego, es difícil unirse a la convicción de hacer versiones de lo pequeño. Se impone derrotar múltiples pedagogías que nos predicaron.
La mala interpretación ibérica de lo americano, la que nos alentó la cultura eurocentrista, es lo que se llama la historia del imperio influyendo sobre nosotros. Acercarse a lo que propongo, es vencer el complejo que nos creó la voluntad "hispanista", que sentenciaba que los indoamericanos no teníamos alma, sin poder proyectar, entonces, ninguna imagen de gesta. Acceder a las "historias regionales', implica batir demasiados prejuicios. Es derrotar parte de la cultura fundamental que nos han dado de viático en las universidades donde nos formamos. Donde nos han favorecido, a la vez, con estímulos para indagar nuevos derroteros.
Lo que he dicho, lo vengo proponiendo desde hace tiempo. Agradezco los comentarios que ha hecho don Jorge Eliécer Zapata Bonilla y el que haya exaltado esa posición mía -la del afán de rescatar el carácter popular de nuestra cultura- en la cual he sido un combatiente intelectual.
En Caldas, hemos tenido que librar una gran batalla en favor de la provincia y del estudio de su entorno, porque venimos de muchos deliquios espirituales; de arrobada visión estética; de excesiva ensoñación verbal, que nos mantuvo alejados de lo entrañablemente caldense. Nos condujo a vivir al margen de nuestra propia autenticidad e identidad. Contra eso tenemos que rebelarnos.


Caldas: realidad compleja.


Caldas es una presencia muy compleja, desde los puntos de vista social, racial y de los derroteros económicos. No es tan simple nuestra formación. Esta se encuentra llena, y toda nuestra existencia, de demasiadas interioridades, que no hemos querido desentrañar y que apenas nos acercamos a desbrozar.
La historia regional, está referida a descubrir lo que nos ata como pueblo, como aldea, como región, como comarca, como departamento, a los anales grandes de la patria. La actitud mental, obedece a un avance: la aparición de aquélla no ha sucedido espontáneamente. Tuvo que producirse la Segunda Guerra Europea; hacerse la presentación de las grandes tesis del desarrollo. Se derivó a los procesos comarcanos, para concluir en una planeación nacional. Para hacer ésta, se requería conocer el pasado social, político y económico de cada uno de los territorios. De allí que los planes nacionales colombianos no se hayan aplicado, ni han comprometido la conciencia nacional, porque están concebidos olvidando el pasado y la tradición de las provincias colombianas. Es un mandato general, pero no es un análisis de nuestra propia circunstancia. Pasan sin eco: ni estremecen la conciencia política, ni compro meten la actitud de la nación.
La historia regional, es algo complicado. Difiere de la anécdota local, de la crónica. No es tampoco un propósito sin intención. Es algo que busca unas concordancias que nos permitan crecer, progresando. No en el sentido económico, sino en el intelectual y el social. Implica investigación metódica. No tenemos archivos, no contamos con tradición sobre las cosas que han formado el pasado nuestro. Ése es un pretérito escondido, casi clandestino, que nos hemos propuesto desconocer, porque nos habían indicado que sólo los grandes acontecimientos, formaban e integraban los valores de la nacionalidad.
Es una ciencia. No hay que ignorarlo. Es una ciencia de compromiso. Estamos en la médula de nuestra propia vida y de lo que nos ha integrado. El deber es descubrir esos materiales y poderlos compilar. Ordenarlos, para hacer la revalorización de lo aldeano, de lo campesino, de lo rural. De lo "puebleño", para usar una palabra que entendemos en su hondo significado. Es, no lo omitimos, el gran incitante de las ciencias sociales.


Las ciencias sociales.


La aparición de éstas, es muy reciente, y en la misma forma ha sido el desenvolvimiento de las "historias regionales". Es volver sobre las minisociedades, las culturas locales; nuestras comidas; costumbres; fiestas. Todo lo que desprecia la gran cultura metropolitana. No estamos confrontando culturas nuestras, con otras. Pero había un desdén desde la cúspide, por lo que somos y representamos.
Es el cronicón aldeano el que nos lleva al cordón de la epopeya nacional. Hay reseñas parroquiales de gran alcance. Escritas por gentes que no tienen metodología, pero que dejan constancias. A esto hay que darle valor. Después vendrá el gran investigador o el intérprete, que dirá cómo ellas engendraron los sucesos políticos, sociales, económicos relacionados con lo macrohistórico colombiano.
Nada, absolutamente nada, por modesto y sencillo que sea, deja de poseer interés en las historias regionales. En ocasiones, sólo va a prevalecer lo romántico, lo que nos llena de entusiasmo, las adherencias sentimentales a todo lo que es pasado de la niñez, que viene a ser el gran alud que nos lleva hacia la infantilidad.
Hay historia de carácter científico. Si alguien se preocupa por puntualizar cómo ha sido la cianurización de las minas de Marmato o de las de Vendecabezas en Riosucio; o la refinación de la sal en Quinchía; o el manejo del carbón, vamos a hallar que ésas son crónicas de carácter científico que necesitamos investigar y conocer.


La historia de los próceres y de los humildes.


Las leyes de investigación de la pequeña historia, son más severas que para la otra. La hazaña del general Bolívar o la del general Santander, es fácil seguirla: escribieron sus documentos, los ordenaron. Hubo contemporáneos que se preocuparon de valorarlos y estabilizarlos con su proyección. A los grupos sociales altos les organizan sus papeles. Porque los archivos clasifican lo que se relaciona con ellos. En cambio, no lo hacen con la gente común, que es a la que nosotros queremos investigar. Para que se conviertan en parte de la gesta colombiana. No se establece memoria de los actos ordinarios. La prensa local, cuando existe, es muy intermitente y no logra registrar y comentar la totalidad de los acaeceres.
La historia regional recurre a la suma de los elementos. A diversas cosas que desprecia el gran relato que tiene: a su disposición, los grandes archivos.
Por eso apela a los utensilios, a las construcciones, a la transmisión oral. Vuelve sobre cada una de las humildes cosas. Acumula los papeles de familia, cartas en las cuales hay la referencia a lo cotidiano de una comarca. En donde se concretan los hechos políticos, sin intención histórica. Si, como hombre de gobierno, produzco un manifiesto, sé que organizo materiales sobre mi pasaje significativo para la patria. El que escribe la misiva y rememora el suceso político; o la actividad social que atraviesa el pueblo, o los cambios que se están cumpliendo, lo hace sin intención de que sus palabras perduren. Por eso tiene espontaneidad; un zumo de variedad de interpretaciones y de valoraciones, sin espíritu deliberado. En cambio, sí lo dejan explícito el jefe político o el estadista. El hombre común que comenta a su amiga, a su amigo, a su hijo, a su mujer, lo hace desprevenidamente. Es parte de su intimidad y dice: aquí está sucediendo ésto. Y agrega: veo la violencia de esta manera; juzgo el problema de narcotráfico con este enfoque; entiendo la inquietud del secuestro por tales razones. Está dando una visión distinta del mensaje que puede concebir el Presidente o el Ministro o el Gobernador. Éstos, dan una explicación de un acontecimiento social, pero, a la vez; pueden estar redactando su defensa política. Quien envía la misiva íntima, expresa su concepto personal, que nos puede dar claridad a quienes nos preocupamos de las "historias regionales".
Las escrituras contractuales, descubren aspectos muy diversos: cómo se transformó la propiedad; de qué manera evolucionó. En una investigación que he estado realizando sobre la colonización del Quindío -tan distinta en otros datos a ésta de Caldas-, he hallado que, en las escrituras, hay cláusulas que dicen cuál era la conducta de los terratenientes para amarrar a los colonos, para que no tuvieran defensa de sus sembrados. Consignaron los términos autoritarios de cómo ellos querían usurpar esa tierra, sobre la cual hay todavía dudas de si les pertenecía.
Los registros eclesiásticos señalan cómo fue la evolución de la familia; de qué manera se integraron los hogares. Colaboran con eficacia los baustismos, las confirmaciones, los matrimonios, los pagos de impuestos, las compraventas, los testimonios, los censos de población, los informes de los sacerdotes a su superior, lo que dicen los alcaldes a los gobernadores, lo que manifiestan éstos a su Presidente o al Ministro.
Hay algo muy peculiar: podemos tomar apartes de los libros de los viajeros. Por ejemplo, qué dijo Boussingault cuando arribó aquí, a Supía. He apelado a las Memorias de este francés, para contar cuentos graciosísimos de los sacerdotes de Riosucio y de muy diversos episodios de la vida comunitaria. Cuando él, con Roulín, visitaron a Riosucio, el cura vino y les dijo: "¿Ustedes dizque tienen un aparato que hace llover?" Le contestó Roulín: "No. Nosotros no hacemos llover. Tenemos un medidor de temperatura que marca el grado de humedad".
Le contestó el levita de Riosucio: "Ah, ¡qué bueno! Porque tengo un santo muy milagroso. No lo puedo exponer y sacarlo, en esta época, que hay sequía. Ustedes me avisan cuándo se debe hacer la procesión".
Le avisaron que era aconsejable hacerla. Al terminar el recorrido por el pueblo, llovió. Se produjo el milagro y, en Riosucio, todavía lo celebramos.
Estas observaciones de los libros de los viajeros, nos van dando la medida de cómo fue la situación local de las creencias, prejuicios, leyendas, en una etapa determinada.
El macrohistoriador cuenta con los archivos, las bibliografías, lo numismático, los aportes de los arqueólogos, de los geógrafos, los filógrafos, los lingüistas, los filósofos, los logistas. Cada cual está al servicio de aquél. En cambio, quien está precisando la historia regional, no tiene amparo.
Veo aquí al doctor Alfredo Cardona Tobón. Él me ha ilustrado con sus trabajos sobre el Gran Caldas y, especialmente, acerca del occidente. Ha hecho esas investigaciones con una dedicación realmente impresionante. Ha ido por los archivos de Popayán, pues nosotros fuimos caucanos administrativamente; los ha explorado en los anaqueles del municipio de Toro. Revisó los periódicos de esa época; lo mismo que las sacristías, las notarías, estableciendo el hilo conductor de los grandes acontecimientos que nos hacen sobresalir.
El historiador de la comarca debe cumplir un viacrucis. Lo que les estoy proponiendo es una gran aventura. Cada una de ellas, cuando se es intelectual, llena de alegrías, de sorpresas gratísimas, amplificadoras de escenas que le dan aliento a la inteligencia y al espíritu. Pero para ello se requiere, también, capacidad comprensiva. Porque se roza con las minisociedades. Y hay que puntualizar cómo son estos ambientes que, a veces, son complejos, muy difíciles, sumamente abstractos en varias de sus manifestaciones.


Los apoyos culturales.


No descuidan el criterio de que el gran historiador viene acompañado de la novela, de la filosofía y de la poesía. La novela y la poesía, que dan estilo. En Caldas se tiene fama de escribir bien. O al menos de pretender hacerlo. Sobre el problema de la cultura en Caldas, para poder entender el de la historia de las menudencias, hay que hacer una digresión.
Aquí han tenido prestigio prosistas muy brillantes; oradores admirables; gentes exploradoras de la estética universal; conocedores del pensamiento de ensayistas europeos. Con ese viático nos criaron y nos alimentaron, culturalmente, durante años. ¿Es despreciable esa posición cultural? No. Nos ennoblece, nos estimula. Pero nos tuvo alejados totalmente de lo inmediato del departamento. La preocupación por Goethe o por Erasmo, nos separaba del problema del negro de Marmato, o de Supía, de la Virginia, del Chamí. O de la gran mezcla mestiza que somos en Riosucio. No hay atisbos en los grandes escritores caldenses acerca del problema indígena que confrontamos. Ni cómo ha sido el desenvolvimiento de nuestra abundancia minera. No existen. ¿Es censurable ello? No; es una época, una generación. Es algo que corresponde a las prédicas de la Regeneración Conservadora de Núñez y de Caro, que quisieron volver hacia el hispanismo, desconociendo que nosotros, en Colombia, y en el continente, somos una substantividad indoamericana, totalmente distinta, sepa rada; que sí pudimos, a pesar de la condena española de que no poseíamos alma, dar respuestas. Contamos con una filosofía, una literatura, un arte en el continente. No estamos cegados de visión espiritual para poder decir, cómo era nuestra forma de juzgar lo que nos rodea y poder conducir esos juicios a las diferentes concepciones estéticas.
Nacen unas nuevas generaciones en Caldas. Se comienza a penetrar en los problemas sociales, sin descuidar el idioma. No hay por qué abandonar la cercanía de la poesía que nos ennoblece, nos influye en el estilo y capacidad para utilizar una adjetivación noble y elevada. Lo mismo que la novela, que da oportunidad de enriquecer la imaginación. Así, un asunto se puede presentar con tres o cuatro perspectivas, con las técnicas que han creado los fabuladores. Al hacer esta diferenciación, no estoy haciendo un reproche, ni aconsejando que debamos entrar en Caldas a la barbarización literaria. No.


Hay un nuevo enfoque.


Esos desdenes por lo sencillo, son los defectos de orientación y de cultura a que me he venido refiriendo, desde el comienzo de la conferencia. Entonces, admitimos que hay una nueva apreciación. Por ejemplo, los caldenses, cuando vino el maestro Rafael Maya 76, un extraordinario poeta, grande por su obra rica en matices, densidades y rigores; y uno de los prosistas más sabios, por el equilibrio y la mesura; por la destreza con que califica; por la escogencia de los adjetivos y la precisión en el análisis, pronunció un bellísimo discurso y sostuvo que éramos un pueblo sin historia. Todos aplaudimos. Pero no era cierto. Nosotros la tenemos. Abundante, compleja, llena de incidencias. De allí que proponga que pensemos en lo nuestro, en lo de Supía, en lo de Marmato, en lo de Riosucio, en lo de Quinchía, en lo de Anserma, en lo de Pereira, en lo del Quindío, en lo del norte, en lo del oriente del Gran Caldas. Todo es muy laberíntico. Vamos a referirnos más delante a diferentes fases.
Nosotros obedecemos a otras conformaciones: ciudad y campo. Porque, a pesar de ser los nuestros unos municipios humildes, tienen un acento social, unas preocupaciones. Lo que estamos realizando, no se concebía en una aldea de esta naturaleza. Pero lo que se manifiesta es la expresión popular. Demanda tener, por lo tanto, una explicación, estudiando pueblos como Supía, o como los "Encuentros de la palabra", en Riosucio, donde no pretendemos aplaudir solamente lo que otros piensan, sino entregar nosotros, los riosuceños, parte de lo que hemos pensado, escrito y dicho sobre Colombia o el departamento. Son ya demostraciones de cómo comenzamos a valorizar lo que representamos como fuerza de la cultura popular del país.
Nosotros somos campo y ciudad. Rememoremos las tesis del gran argentino José Luis Romero, cuando sostiene que dar un juicio en torno de Indoamérica no es tan fácil. Para el historiador metropolitano, decir y afirmar tales ligerezas es sencillo. Pero lo inmediato es más complicado. Está entrelazada la ciudad con el campo. Y durante años, tuvo preeminencia la escuela "documentalista". Si no existía un documento, no se podía probar. ¿Y la tradición oral, la presencia de las fiestas populares, la erudición de las conversaciones? ¿Qué es todo ese material? Eso es parte de la cultura viva. La que hemos creado, la que despertamos. No es improvisación al margen, pero es parte de la historia menuda, la pequeña.
Las monografías de los pueblos, no es lo que estamos predicando. Pero son indispensables. Hay que propiciarlas; darle estímulos a quien las acometa; situarlas en su valor, porque esos textos lo tienen. Esa es la acumulación de mensajes que han hecho las gentes encopetadas, de que he hablado aquí. Ellas, relataron su propia leyenda. Aquellos libros, van recogiendo elementos para el gran investigador, para el elaborador de las "historias regionales".


Ejemplos de historias regionales.


Pero la gente me ha dicho: ¿qué es eso de las historias locales en Caldas? Por aquí no ha pasado nada. He contestado. ¿Cómo que no? Veamos tres o cuatro ejemplos para no prolongar demasiado esta conversación:


Rebeliones de 1552 y 1557.


Si se revisa la rebelión de 1552, se comprueba que por aquí tuvo aliento inicial: por Riosucio, por Marmato, por Supía. Fue la reacción contra el comienzo del dominio español. Los indígenas de esta comarca, se amotinaron. Es que el relato americano, está escrito con mentiras estabilizadas. Uno oye decir: la colonia, el gran poderío: la "calma chicha" ¿Qué no hubo nada?. No hubo paz, en ninguna parte de lndoamérica. Motines constantes, permanentes. Evoquemos los ataques contra los alcaldes, contra los virreyes, contra todo asomo de autoridad. Ello ocurrió durante la Colonia -período mal estudiado, incompletamente desbrozado del tronco nacional-. En 1557, volvemos a tener otra revuelta por estas montañas. Los indígenas de Quinchía, los de Anserma, los de Riosucio, se aglutinaron y combatieron contra el sojuzgamiento. Eso no lo han mencionado con cuidado, con método. Nos toca escudriñarlo.


Los Comuneros en Caldas.


En 1781, viene la Revolución de los Comuneros. Y se nos dice: en Santander, Galán, y allí terminan la enunciación. Esta anduvo por Guarne. Después de que el maestro Pedro Nel Gómez hizo un gran mural, vino una explosión de alusiones a ese suceso comunitario. Operó en el Chocó. Y por estos lados se guerreó con ardentía. ¿Por qué no explicamos esos acontecimientos, que están unidos a lo nacional, y tuvieron entronques con un movimiento continental? Porque los Comuneros no es acción de campesinos de Colombia; son el Túpac Amaru, del Perú, y el Túpac Catari de Bolivia, y los comuneros del Paraguay. Es el continente levantando contra el conquistador. En estas breñas se combatió igualmente en 1781. Anserma, Supía, Quiebralomo, fueron los principales fuertes de ese gran movimiento colectivo. Eso no se ha relatado. ¿Por qué nos lo ocultan? ¿Por qué no nos preocupamos nosotros de hallar estos datos?


Insubordinación de Carrapas y Quimbayas.


Debemos saber que los Carrapas, por donde queda hoy Filadelfia, al otro lado del Cauca, se insubordinaron. Hicieron una revolución con los Quimbayas, cerca de Chinchiná. Fue impresionante dentro de la epopeya del Gran Caldas. A pesar de estos sucesos de gran calado, seguimos repitiendo la frase del Maestro Maya: "Caldas, departamento sin historia". Es para que vean cómo una frase literaria puede desviar la atención de un contexto social. Esto es sumamente grave.


La Independencia y la lucha contra la dictadura.


Tenemos protagonistas de la Independencia, que no evocamos. No hemos recuperado a Pedro José García, ni a Gervasio de Lemus, nacidos en Supía, y quienes fueron personajes heroicos de la Independencia. ¿Por qué no narramos estas biografías para sentirnos héroes? ¿Por qué no han escrito sobre esto? Los pueblos necesitan acicates; alguien que les enaltezca la moral; la capacidad de reacción, de palestra, de ensueño. De allí, que haya que proyectar estas parábolas. A eso he venido hoy: a invitarlos a una gran cruzada en favor de los anales regionales.
Esta comarca resistió a la dictadura de Rafael Urdaneta. El padre José Gregorio Benítez era cura de Anserina y venia por estos lados a "cristianizar". Fue el delegado de la provincia cuando se reunió en Buga el Primer gran Congreso contra aquél. Hay un libro de Tulio Enrique Tascón en torno de la vida de Pedro María Murgueitio, un general amigo de Urdaneta, en donde éste le dice: se está reuniendo un Congreso de patriotas; por favor: vigílelo, disuélvalo, si no es amigo de lo que estamos "estabilizando'. Es decir, la tiranía de Rafael Urdaneta. Y le agrega: por favor, cuidado con ese par de bandidos de José Hilario López y José María Obando. Quienes habían sido los enemigos del cesarismo de Simón Bolívar y de Rafael Urdaneta. ¡Por eso eran calificados así! Porque amaban la libertad. Ellos habían combatido por la Independencia para librarse del yugo español. No toleraban, por lo tanto, ningún despotismo: ni el del señor Simón Bolívar ni el del señor Urdaneta. Dos venezolanos por coincidencia. Con otras concordancias: el general Bolívar, antes de destituir al general Santander de Vicepresidente de la República, separó a los comandantes y gobernadores de origen neogranadino y nombró venezolanos. Sólo había dos generales nuestros de la Independencia prestando los servicios. Entonces José Gregorio Benítez, fue uno de los curas que expresó el sentimiento de la comarca en contra de Urdaneta. Sí estamos unidos a la gesta política nacional.
Aquí se organizó un frente de rechazo a José Maria Melo. En Supía, se levantaron en rebelión contra Mosquera. ¿Por qué no localizamos los documentos? Acá ustedes tienen un archivo de gran valor para el examen de nuestro fastos. De los que tienen concomitancias con nuestras vidas. Lo iba a quemar un alcalde, pero se evitó ese atentado. En cambio, desapareció el departamental en la dictadura de Rojas Pinilla, alegando que para qué tanto papel inútil. Es decir, los expedientes, innecesarios; el pasado, superfluo; ¡la tradición, sin importancia! Ésta es dinámica para enseñar, para incitar, para conjurar, para levantar el espíritu nacional y comarcano. La memoria de los pueblos es viva, está vibrante, sueña despierta, concita a las gentes. Las reúne, las congrega, las compromete. Eso es lo que no consienten que veamos quienes están subrayando los testimonios metropolitanos.


La colonización en Caldas.


Estoy diciendo que hay unas nuevas gentes con otros recursos intelectuales. Creo que coincide con el despertar de mi generación cuando principia a preocuparse de la realidad. La primera interpretación social de la colonización, por ejemplo, me tocó escribirla. Antes, se conocían datos acerca de ella, y el importante libro del geógrafo James J. Parsons. Pero no se había intentado saber cómo fue el fenómeno social, las incidencias políticas, y de qué manera se resolvió el tema por los gobiernos centrales. Conté algo que no se había establecido claramente y fue que quienes vinieron, eran gente pobre. El libro mío, Testimonio de un pueblo, durante años, no se leyó ni se le dio crédito en Manizales. Porque pretendían ser ricos y blancos. La materia es muy intrincada y sobre ella siguen pesando prejuicios.
Pero, además, hay una delimitación que es bueno advertir. Un grupo conservador, tiene un encauzamiento estético, dentro de la literatura caldense. Los primeros que indagan lo inmediato y lo social, son ensayistas de izquierda. Bernardo Arias Trujillo, que puede considerarse un grecolatino por su exaltación lírica, es el primero que se preocupa de decir en su novela Risaralda que hay unos negros en estas regiones. Que cuenta que en ese valle hubo otra colonización, que él no analiza, pues no era su propósito mental. Exalta los elementos más rudimentarios del hombre: los que éste utiliza en las faenas rurales. Hace el elogio de la música popular nuestra y de los instrumentos con que se toca, que eran mirados con desafecto.
Veo con preocupación que no hemos adelantando sino sobre dos o tres exterioridades de este acaecer social. Es muy vario. Demanda demasiados esfuerzos para llegar a tener claridad total. Me voy a permitir enunciar algunas de sus características. Apenas son referencias muy saltuarias. En el siglo XIX, en el territorio de lo que, luego, sería el Gran Caldas, se cumplieron tareas de esta naturaleza. Que alcanzaban ciertas condiciones básicas: su marcada expresión comunitaria. La importancia de lo colectivo. Se buscaba que se impusiera el valor del trabajo contra unas reales cédulas coloniales, en las cuales se hincaban los terratenientes que reivindicaban, para sí, esas tierras. También lo hicieron abusando de la apropiación de baldíos. El Radicalismo Liberal tino una política que amparaba a quien explotara. La olvidó la Regeneración de Núñez y de Caro, la cual facilitó la concentración de la propiedad. Ésta, en muchas ocasiones, la consentían jueces, inspectores, policías, personal del resguardo de rentas -que era contratado por los propietarios-, pues existía el nefando sistema del "remate de rentas". En la mayoría de las ocasiones les colaboraban los levitas. Gozaban del amparo de jefes políticos de la mayor jerarquía en la capital de la república, algunos con el título de expresidentes.
Como las soluciones de tipo nacional -y todas adquirían este carácter- se demoraban treinta y hasta sesenta años para decidirse, esto inducía a la indecisión de las autoridades locales. A ello se apelaba con denuncias de policía y con demandas de carácter civil ante el poder judicial. Todo se volvía muy intrincado. Contribuían las oscilaciones del poder ejecutivo, que resolvía, mediante decreto, que determinados terrenos eran baldíos y, en otro gobierno, se volteaba la disposición, Así se imponía contra los campesinos el poder político y económico.
La colonización en Caldas; presenta muy diversas particularidades. No se puede hablar de la del norte, como si fuera semejante a la del Quindío, o la de la región de Pereira o la del occidente de Caldas. La del oriente y las riberas de La Dorada, es más reciente y posee otras características, peculiares, que no se repiten. Unas pocas, tuvieron alcances políticos.
El negocio de tierra, tuvo su importancia. Pero no fue el signo de las colonizaciones. Se presenta en etapas posteriores. En éstas, se corrigieron errores de táctica de la primera época: se hacían adjudicar un lote por la Regeneración y se tomaban más tierras de las indicadas en los linderos. Trataron de no pelear con los colonos. Al contrario, los atraían y les daban ventajas, para de esa manera reclamar el título sobre el fundo. Así no tenían que combatir contra los trabajadores. Otro sistema fue regalar los terrenos para los pueblos, con la teoría de que quien dona es propietario. Eso ocurrió en Salamina y Caicedonia. Con esas entregas, mejoraban sus títulos para alegar ante las autoridades locales y los juzgados. Pero ninguno de esos sistemas puede permitir la conclusión de que la colonización fue una empresa capitalista. Su carácter es social. Quienes impulsaron esa verdadera hazaña- no quienes la pervirtieron para mantener sus privilegios - eran hombres paupérrimos. Venían de sufrir hambres. Por ello, hay que analizar cada episodio con metodología particular que no concuerde con la anterior. Porque se cometen desajustes totales en su interpretación. La colonización es el acto masivo, después de la Independencia, más trascendental social, económica, humanamente.


Dos hombres de la región.


Hubo dos hombres de esta región: don Rudesindo Ospina y don Bartolomé Chaves, que fueron inmensamente ricos. Negociaron en minas. Vale la pena revisar la vida de estos dos personajes y cómo fue su actitud frente a la colonización. Ellos hicieron parte de la invasión al Resguardo de Quinchía. Es una de las etapas que hay que valorar.


Una colonización política.


Hay una colonización de orientación francamente política. La hizo un jefe conservador de Riosucio, de mucha notoriedad: don Clemente Díaz Morkum. El movilizó unos "godos" del Carmen del Viboral y los organizó en San Clemente, para controlar a los liberales de Quinchía, de Bonafont y de Anserma. Para tener un dominio político, "establecieron" esa colonización. Es un tipo de organización social bien distinta. Con ese grupo y con el de San Lorenzo, ponían en jaque a los liberales de Anserma - donde el liberalismo contó mayorías hasta la Violencia de 1946-, de Quinchía y de Supía, y controlaban así a los "negros" de Marmato, municipios liberales.


Habilidades de una Compañía.


Los paisas localizaban tierras baldías. Otras veces, se veían obligados a adquirirlas a los terratenientes. Llegó un instante en que éstos dijeron frente a las resistencias de los campesinos: ¿qué hacemos para poder conservar los títulos?
En el caso de Salamina, por ejemplo, el señor Aranzazu -o la compañía González y Salazar-, cedió los terrenos, que no eran de ellos, de acuerdo con la solución que les había dado a los reclamos el gobierno de Mosquera, al indicar que los terrenos eran baldíos. Aranzazu o la Compañía, para mejorar sus títulos, concedieron el área donde está construida Salamina. Así preconstituían la prueba de que la tierra era de ellos y entraban a vender y a reclamar con la crueldad que los distinguió. La pregunta es muy clara: si yo regalo, ¿quién es el dueño? La deducción es elemental: el que obsequió. Con ese antecedente continuaba la persecución a los colonos. Y argumentaban: la prueba es que los de Salamina admitieron la propiedad mía. Luego, ustedes, colonos pobres, no la pueden discutir. A Fermín López que rechazó ese falso título, lo sacaron de lo que era la antigua Antioquia que venía hasta el límite con Villamaría. Él tuvo que irse a Santa Rosa, que ya era terreno del Cauca. El tema contiene múltiples argucias. Hay que estudiarlas y darles su alcance. Pero es bueno que vayamos clasificando estos materiales, que son parte de la conformación social, en relación con las gestas regionales, por las cuales tratamos de despertar interés.


Los antioqueños ricos.


Los antioqueños ricos, entre ellos don Pedro Orozco - que, si no cuento mal, fundó a Támesis- compró unos baldíos. Y se hizo la pregunta: ¿qué hago para que no me peleen como a la compañía "González y Salazar" y a los Gutiérrez de Manizales, en Burila? Fue y trajo los cultivadores; les dio semillas; les entregó herramientas para que pudieran cultivar las tierras. De esa manera, los tenía atados. No le podían discutir. Es otra modalidad de colonización. Pero fueron excepciones. Aquélla, siempre tuvo acento comunitario de reivindicación.


Lucha entre caucanos y paisas.


Estas colonizaciones trajeron otros problemas. Uno de ellos lo he enunciado varias veces. Principio a tener, ahora, un poco de claridad: la lucha entre caucanos y antioqueños. El Cauca venía hasta Marmato, por este lado. Llegaba hasta Villamaría, por el otro. En esa época, Pereira pertenecía a este estado. Hubo demasiadas aprensiones.
Una ordenanza del gobierno caucano, del 26 de octubre de 1855, disponía que cualquier colono, tendría protección y ayuda del gobierno. Esa medida legislativa les permitió a los "paisas" invadir lo que conformó parte del Gran Caldas.
Los caucanos se sintieron despojados, porque políticamente tuvieron una vieja disputa con Antioquia. El sentimiento contra los antioqueños en el Cauca, ha sido fuerte. Todavía se oye que a éstos, los llaman, en el Valle, "paisarretes".
Discutiendo con el profesor Javier Ocampo López sobre qué sentido tiene la palabra, nos acercamos a una especulación teórica: "jarrete" es lo que está contra la tierra: el paisa del jarrete, el paisa del suelo, o en el suelo.
Preguntando por la razón de esta ardentía, me dan una explicación que debemos explorar: fue que aquéllos vinieron aquí y se casaron con todas las bonitas del Valle; por eso les tenemos recelo. Viene, pues, otra interpretación, de odio sexual. Las disputas tuvieron cúmulo de características. Voy a referir una de ellas: la colonia de "paisas" en Buga, fue muy grande. La encabezaron los familiares del pensador Uribe Uribe. El padre de éste, tuvo que encarar dificultades que le suscitaron sus negocios. Lo cuenta Julián Uribe Uribe en sus Memorias aún inéditas.
En una ocasión, se llevó a cabo una gran procesión en homenaje al Milagroso de Buga. Los antioqueños custodiaban la imagen en unos bellísimos caballos. Don Francisco Campo intentó reírse de aquello. Atendamos a los siguientes versos. Esto es parte del problema, de la contienda de caucanos y antioqueños.
Dijo así:
"Sacratísimo rey de los mortales,
divino Santo Cristo Milagroso:
en ti encuentran el ciego y el leproso,
y el tullido, el alivio de sus males.
De tu amor infinito en los raudales,
todo aquél que te implora fervoroso
halla alivio y consuelo generoso
y recibe favores especiales.
A estas tierras lejanas hacen viaje
los más sabios y dignos extranjeros,
a rendirte tributo y homenaje;
Te veneran con fe los misioneros,
sólo en Buga, creyéndote salvaje,
¡¡¡te llevaron al templo con vaqueros!!!"

La disensión entre antioqueños y caucanos, debe tener más reconditeces de las que aparentemente se identifican. Intentemos, en un alarde de buscar precisión en los ímpetus que la mueven, referirnos a varios de sus aspectos:
1. Sin ninguna duda, las beligerancias políticas. En éstas, existía el anhelo de preponderancia del poder en el país. Los antioqueños, que tenían prepotencia en el mundo político -no en la totalidad de su población-, se acercaban a una visión conservadora, híspida y dominante. La repudiaban las mayorías de los caucanos. Éstos, varias veces, inflingieron derrotas a aquéllos. La guerra, que era expresión de la política, generó un buen aliento para las repulsas.
2. La noción aristocrática, que primaba en Popayán, daba un toque de resistencia al antioqueño, que era producto de sus actos, de su energía, de lo que creaba con su trabajo. La exclusiva buena sangre no determinaba el imperio sobre sus conciudadanos. En aquella ciudad ilustre, sí. Eran dos concepciones de la existencia que se enfrentaban: la de un noble reclamo y la de una diferente actitud social del antioqueño.
3. El estado del Cauca dictó una serie de leyes para favorecer la colonización. Inclusive presionó la creación de aldeas como la de Villamaría y ciudades como Pereira con un fin determinado: detener el poderío católico y conservador de Antioquia. Pero se produjo un hecho bien diferente: el aprovechamiento de las medidas legales, incitó a una invasión masiva de los antioqueños.
4. Era radicalmente sectaria la visión política de Antioquia a través de sus ideas retardatarias. Operó, igualmente, con extrema coordinación la atadura político-religiosa. No hubo límites en el imperio de sus avasalladoras energías. Desde luego, había un repudio contra el liberalismo del cauca, inclinado, éste, a disímiles ansias sociales, a veces, en contravía de lo que se sugería en Popayán. A pesar de ser igualmente católico, estaba al margen de toda incidencia agresiva.
5. Coincidiendo con la parte final de la colonización, a comienzos del siglo XX, se produjeron las desmembraciones de los estados soberanos de Antioquia y del Cauca. Esta nueva sección administrativa, produjo otras confrontaciones, muy radicales, entre grupos que aceptaban y censuraban la división. Se hizo evidente, en ese momento, parte de la controversia que durante tanto tiempo había primado.
6. Falta estudiar la colonización con más arraigo sociológico, económico y humano. No sólo como espectáculo. Darle la categoría colectiva -de respuesta popular - que ella alcanzó. Es un hecho histórico que se cumple en las dos cordilleras: la Occidental y la Central. Los pueblos del Valle, que se asentaron, poseen un caudal de datos aprovechables para una buena y nueva cercanía a la gran epopeya nacional más importante en la etapa moderna. Así la juzga el arquitecto Harold Martínez Espinal, quien trabaja la trama con devoción.
7. El mismo autor nos recuerda que las beligerancias entre antioqueños y caucanos vienen de años atrás. Desde los tiempos de Francisco Pizarro y Pedro de Heredia, es decir, entre Lima y Cartagena. Los límites del Cauca Grande alcanzaban hasta Urabá, en el Océano Atlántico. Hoy pertenece a Antioquia. Para él, la colonización marca "el fin de tres siglos de hegemonía económica y política caucana sobre el territorio nacional". Como lo venimos denunciando, ésta es una materia del mayor calado histórico.


Consultas inquisidoras.


En el interés de establecer el fastidio de los vallunos contra los antioqueños, hemos buscado el juicio de amigos entrañables. Ernesto Herrera Giraldo, hombre de vocación jurídica, cercano a lecturas eruditas, nos dice que las diferencias eran detemperamento, geografía y vecindad.
La geografía antioqueña determinó un hombre rústico, altivo y emprendedor, según su juicio. "El que creció a orillas del Cauca, en cambio, su existencia discurría en forma placentera y acomodaticia. La guerra de 1876 trajo al Valle mucho paisa. Éste descubrió en esta tierra magnánima ingentes posibilidades. La corriente migratoria - que había comenzado en la colonización- se aceleró. Se aumentó la animosidad que existía anteriormente. El valluno era pobre en oro. Algunos doblones trajeron los invasores. Los vallunos vieron pasar, adquiridas con esos dineros, parte de sus tierras a manos de 'los carrielones'".
Tal grado alcanzó la pugna, que los Líderes políticos de fines del siglo pasado y primeras décadas de éste, prometían a sus electores impedir el arribo de los antioqueños. El enunciado servia para eventos democráticos. Era una verdadera batalla. En Buga y Cartago había poderosas "colonias" de paisas. En la primera ciudad, los tenían arrinconados en el barrio "El Molino", "donde frecuentemente eran apedreados y obligados a vivir encerrados en sus casas'. Todo ello ha ido desapareciendo, pues los pueblos de las dos cordilleras los poblaron gentes de Antioquia y Caldas. Y en el centro del Valle, se ha producido una integración racial y económica.
Jorge Caro Copete es miembro de la Academia Colombiana de Historia y vicepresidente de la del Valle. En buena página, en donde aparece su enfoque de penalista perito en controversias, sostiene que ese duelo entre antioqueños y caucanos lo acrecenté la guerra del 76, que comenzó en "Llanogrande", en Palmira, y la secundaron los estados de Antioquia y Tolima. Los conservadores de estos dos estados, creían contar con la ayuda de los "independientes", o sea, la facción a la cual pertenecía Rafael Núñez, contra el radicalismo. Había un antecedente de invasión cuando la guerra de 186O que comandó el antioqueño Braulio Henao, quien fue preso por Eliseo Payán y, finalmente, rescatado por Julio Arboleda. Aquél comandaba tropas "paisas". En aquellos años, Tomás Cipriano de Mosquera declaró desde Cali, el 18 de abril de 1860, que el Cauca "no continuaría haciendo parte de la Confederación bajo los poderes que han roto el pacto, y asumiría la plena soberanía". Era una protesta bélica por las leyes de orden público y la 59 electoral, que impedía cualquier representación al liberalismo y que promulgó Mariano Ospina Rodríguez.


"Paisarrete"


Caro Copete confiesa que desconoce el origen del término 'paisarrete', lanzado para calificar a los antioqueños, que se pronunciaba con sentido peyorativo, entre "irónico y desafiante". Herrera Giraldo manifiesta que con él y en "tono despectivo la aristocracia agropecuaria de esta región señalaba a todo antioqueño andariego y aventurero y que también, envuelve el concepto de trotamundos, avivato, cazafortunas, canibalachero, bravucón".
Alvaro Bejarano, poeta y prosista de excelencias reconocidas y consagradas por la admiración, dice que esa palabra se acuñó como "reacción de unos 'bucólicos seres', ante el empuje 'paisa'". La comarca -con "paisaje ensoñado y tierra fértil" - predisponía a la conquista. En el Valle prevaleció, por décadas, una "sociedad feudal de grandes señorones, terratenientes lentos, y eso generó un segmento social que se adjetivó a las negaciones del destino, y se polarizó la riqueza casi que con determinación luterana, Unos muy ricos -dueños de todas las tierras- y, otros, muy pobres que no hacían nada por salir de esa posición".
Las gentes de la colonización, denunciaron la munificencia de esas llanuras y laderas. Fundaron ciudades como Sevilla -Heraclio Uribe Uribe- o como Caicedonia: "Estos paisas que llegaron comenzaron a trabajar y prosperar y las lindas vallecaucanas pasaron a ser pasto canónigo o conquistado de esos recién llegados. Así se generó el término que más significaba un resquemor que una descripción. 'Paisarrete' nació de la rabia, de la frustración, de la envidia inconfesada". Hay, también, un elemento de recelo sexual, que guarda su nombre. Más tarde, durante La Violencia que comenzó en 1946, aparecen los 'pájaros' en los pueblos cordilleranos. La mayoría eran 'paisas' con algún viático de boyacenses. Todo volvía a ser culpa de los "paisarretes". Bejarano en su dinámica y bella prosa concluye: "El término 'paisarrete' es una venganza verbal de los vallunos raizales frente al empuje paisa que ayudó a desarrollar al departamento y a Cali".
Estos tres juicios van dando pautas históricas, sociológicas, humanas, para entender una parte de la integración de nuestros pueblos. En el fondo de algo que parece circunstancial, hay una pujanza para ir armando los que van siendo los cimientos de la nacionalidad.


El problema clerical.


Pero volvamos a las "historias regionales". Hay un libro muy hermoso y muy importante, Quinchía mestizo, del doctor Alfredo Cardona Tobón, quien allí cuenta parte de los conflictos religiosos que se suscitaron. Para entender bien la situación, tenemos que mencionar que en Colombia los cotejos han sido, más que por principios filosófico-religiosos, por conductas clericales. El sacerdocio ha tenido demasiado poder en Colombia y lo ha ejercido involucrándose con los intereses del conservatismo. La lucha que se ha sostenido en el país ha sido muy larga. En 1860 y en 1876, padecimos dos guerras religiosas, esencialmente. En ellas fue total en el país el sentimiento de odio contra toda expresión o representación del liberalismo. A lo cual contribuyó, eficientemente, la prédica de Pío IX que hablaba del liberalismo universal; el de la libertad, que lo mezclaban con el del libertinaje; al que consideraban paganismo. Aquí las emprendieron contra nosotros, los liberales católicos de Colombia, en batalla despiadada. Esto fue sumamente grave. Nos cobraba el clero que aceptáramos la tesis de que el poder emanaba del pueblo. Pero, también, por otras causas. El Radicalismo Liberal había destruido el régimen fiscal de la Colonia; tomaron las tierras de la iglesia que pasaron a ser parte del mercado nacional; estimularon la colonización; a los ejidos y a los resguardos les dieron utilización económica; ampliaron el comercio exterior; crearon puertos; abrieron vías e hicieron una verdadera revolución educativa.
Cardona Tobón cuenta los bochinches con el padre Herrera, de Quinchía. A mí me tocó conocerlo. Tenía unas sobrinas muy lindas, que las turnaba. Los quinchieños maliciosos, de origen indígena, decían que no eran sobrinas, sino algo más cercano a la intimidad. Para el cambio del padre Herrera, se necesitó librar un combate sumamente intrincado, político y religioso.
En Quinchía, en unos carnavales, Teófilo Cataño, radical, amigo de la política de Murillo Toro y de los avances revolucionarios, le hizo unos versos a aquél, describiendo cómo eran, no sólo la fisonomía y el carácter, sino su conducta sentimental, para decirlo con una palabra suave:
"Otro dolor que tuviste,
Diablo de la lengua afuera,
es ver salir al padre Herrera
tan repudiado y tan triste.
Era vuestro fiel devoto,
pastor de las cucarachas.
Amable con las muchachas
y regañón con las viejas.
De tanto atraer ovejas,
llevaba el cayado roto,
descargó mucho coroto
y aterrizó en Montenegro.
Pero no llevaba suegro
y por eso se aburrió...
En Armenia levantó
su puesto de medianía
pero suegro no tenía
y a San Joaquín se voló.
Ya ha pasado en romería
de la Ceca hasta la Meca,
pero, si le dan manteca,
transige con la herejía.
No te olvides del curita, Satanás.
Sé compasivo, mira que barbas de chivo
le queman por donde va...".

Estos versos, son parte del testimonio popular que relata cómo fue la actitud de un sacerdote. Se puede estudiar cómo nos educaron. Cuáles eran los ejemplos que teníamos. De qué manera nos 'acristianaron'. Casi con seguridad, será posible, mediante severo análisis, recurriendo a las fuentes del diálogo, comprender por qué en Quinchía hay la influencia de tanta secta religiosa, con adhesiones ciudadanas. Éste estudio sería un estudio que llevaría a verificar los efectos de as que han sido las acciones clericales en Colombia.

75
Improvisación en el Primer Congreso de Historia de Caldas, en Supía, el 1º de febrero de 1988.
76
Del discurso titulado Vida muerte y resurrección de una ciudad, 1939: "No tenéis historia, ciudadanos de Caldas, hijos de Manizales, y eso mismo confunde al sociólogo y pasma al poeta. Quien desee conoceros, en lugar de peregrinar hacia atrás, en busca de vuestros orígenes, tiene que avanzar hacia el porvenir para encontraros. Es como si la naturaleza, invirtiendo los términos habituales de la vida, os hubiese obligado a recorrer al revés el camino de la historia, haciendo que la raza saliera del sepulcro para encontrar su cuna...".
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