IMPORTANCIA DE LA PROVINCIA
EN LA HISTORIA NACIONAL 75
Voy a referirme a la "Importancia de la provincia en la
historia nacional". La significación de este seminario es
básica por algo que es esencial: se vuelve la mirada sobre la
realidad de nuestras comarcas. La historia nacional se ha movido a
través de la exaltación de grandes personajes y de singulares
acontecimientos.
Hemos renunciado a toda la crónica de los pequeños episodios
históricos, que son los que nos rodean. Ella está dirigida a
rescatar la identidad de nuestros pueblos, la autenticidad de sus
héroes populares, la riqueza de las luchas comunitarias. Por haber
abandonado aquel relato menor, no contamos con la sensación de
tener una epopeya magna que nos pertenezca; que nos ubique; que nos
dé guías; que nos permita deducir nuestro sitio en todo el conjunto
del pasado nacional y proyectar tas acciones hacia el porvenir.
Las historias regionales.
Hablaré, por lo tanto, de lo que llaman las "historias
regionales". Que es examinar, con perspectiva, lo que ha
armado nuestra propia objetividad, la que alimentó la bizarría en
los hombres y los sucesos. La que perdura en el recuerdo de las
mínimas hazañas; en las actitudes cotidianas; en la decisión
intelectual; en la capacidad de ensueño; en el denuedo permanente
de creación en favor del servicio de los grandes beneficios de la
comarca, que se confunden con los de la patria. Hacia ello es que
tenemos que volver. Si ambicionamos lograr éxito, se requiere tener
humildad, perseverancia y vencer dificultades en la investigación,
porque sólo ahora el país comienza a volcarse sobre esa
preocupación. No ha existido constancia, ni ha sido propósito de
los indagadores a más alto nivel. Además, porque no había tradición
cultural de recoger el pretérito modesto. Pondré algunos pocos
ejemplos, muy saltuarios, pues los acontecimientos en esta parte
del occidente caldense, son muy abundantes. De opulencia con
múltiples matices. Pero las versiones serán parcas.
Quiero llamar la atención sobre todo este afán del
"Instituto Caldense de Cultura", que revela la
preocupación que hay en las gentes por conocer su propio mundo
legendario y su ayer. Al hallar éste, se denuncia la identidad:
quiénes somos, cómo nos hemos comportado, qué conductas hemos
tenido frente a los sucesos; de qué manera nos proyectamos como
grupo social. Es una forma de ser y de ver lo remoto. Así
entrelazamos nuestras regiones con toda la tradición colombina y
volvemos los minúsculos episodios, parte activa de la grandeza de
la patria. Mientras no tengamos esta integración, no vamos a sentir
la historia nacional como un mandato personal. Desde luego, es
difícil unirse a la convicción de hacer versiones de lo pequeño. Se
impone derrotar múltiples pedagogías que nos predicaron.
La mala interpretación ibérica de lo americano, la que nos alentó
la cultura eurocentrista, es lo que se llama la historia del
imperio influyendo sobre nosotros. Acercarse a lo que propongo, es
vencer el complejo que nos creó la voluntad
"hispanista", que sentenciaba que los
indoamericanos no teníamos alma, sin poder proyectar, entonces,
ninguna imagen de gesta. Acceder a las "historias
regionales', implica batir demasiados prejuicios. Es derrotar parte
de la cultura fundamental que nos han dado de viático en las
universidades donde nos formamos. Donde nos han favorecido, a la
vez, con estímulos para indagar nuevos derroteros.
Lo que he dicho, lo vengo proponiendo desde hace tiempo. Agradezco
los comentarios que ha hecho don Jorge Eliécer Zapata Bonilla y el
que haya exaltado esa posición mía -la del afán de rescatar el
carácter popular de nuestra cultura- en la cual he sido un
combatiente intelectual.
En Caldas, hemos tenido que librar una gran batalla en favor de la
provincia y del estudio de su entorno, porque venimos de muchos
deliquios espirituales; de arrobada visión estética; de excesiva
ensoñación verbal, que nos mantuvo alejados de lo entrañablemente
caldense. Nos condujo a vivir al margen de nuestra propia
autenticidad e identidad. Contra eso tenemos que rebelarnos.
Caldas: realidad compleja.
Caldas es una presencia muy compleja, desde los puntos de vista
social, racial y de los derroteros económicos. No es tan simple
nuestra formación. Esta se encuentra llena, y toda nuestra
existencia, de demasiadas interioridades, que no hemos querido
desentrañar y que apenas nos acercamos a desbrozar.
La historia regional, está referida a descubrir lo que nos ata como
pueblo, como aldea, como región, como comarca, como departamento, a
los anales grandes de la patria. La actitud mental, obedece a un
avance: la aparición de aquélla no ha sucedido espontáneamente.
Tuvo que producirse la Segunda Guerra Europea; hacerse la
presentación de las grandes tesis del desarrollo. Se derivó a los
procesos comarcanos, para concluir en una planeación nacional. Para
hacer ésta, se requería conocer el pasado social, político y
económico de cada uno de los territorios. De allí que los planes
nacionales colombianos no se hayan aplicado, ni han comprometido la
conciencia nacional, porque están concebidos olvidando el pasado y
la tradición de las provincias colombianas. Es un mandato general,
pero no es un análisis de nuestra propia circunstancia. Pasan sin
eco: ni estremecen la conciencia política, ni compro meten la
actitud de la nación.
La historia regional, es algo complicado. Difiere de la anécdota
local, de la crónica. No es tampoco un propósito sin intención. Es
algo que busca unas concordancias que nos permitan crecer,
progresando. No en el sentido económico, sino en el intelectual y
el social. Implica investigación metódica. No tenemos archivos, no
contamos con tradición sobre las cosas que han formado el pasado
nuestro. Ése es un pretérito escondido, casi clandestino, que nos
hemos propuesto desconocer, porque nos habían indicado que sólo los
grandes acontecimientos, formaban e integraban los valores de la
nacionalidad.
Es una ciencia. No hay que ignorarlo. Es una ciencia de compromiso.
Estamos en la médula de nuestra propia vida y de lo que nos ha
integrado. El deber es descubrir esos materiales y poderlos
compilar. Ordenarlos, para hacer la revalorización de lo aldeano,
de lo campesino, de lo rural. De lo "puebleño",
para usar una palabra que entendemos en su hondo significado. Es,
no lo omitimos, el gran incitante de las ciencias sociales.
Las ciencias sociales.
La aparición de éstas, es muy reciente, y en la misma forma ha sido
el desenvolvimiento de las "historias
regionales". Es volver sobre las minisociedades, las
culturas locales; nuestras comidas; costumbres; fiestas. Todo lo
que desprecia la gran cultura metropolitana. No estamos
confrontando culturas nuestras, con otras. Pero había un desdén
desde la cúspide, por lo que somos y representamos.
Es el cronicón aldeano el que nos lleva al cordón de la epopeya
nacional. Hay reseñas parroquiales de gran alcance. Escritas por
gentes que no tienen metodología, pero que dejan constancias. A
esto hay que darle valor. Después vendrá el gran investigador o el
intérprete, que dirá cómo ellas engendraron los sucesos políticos,
sociales, económicos relacionados con lo macrohistórico
colombiano.
Nada, absolutamente nada, por modesto y sencillo que sea, deja de
poseer interés en las historias regionales. En ocasiones, sólo va a
prevalecer lo romántico, lo que nos llena de entusiasmo, las
adherencias sentimentales a todo lo que es pasado de la niñez, que
viene a ser el gran alud que nos lleva hacia la infantilidad.
Hay historia de carácter científico. Si alguien se preocupa por
puntualizar cómo ha sido la cianurización de las minas de Marmato o
de las de Vendecabezas en Riosucio; o la refinación de la sal en
Quinchía; o el manejo del carbón, vamos a hallar que ésas son
crónicas de carácter científico que necesitamos investigar y
conocer.
La historia de los próceres y de los humildes.
Las leyes de investigación de la pequeña historia, son más severas
que para la otra. La hazaña del general Bolívar o la del general
Santander, es fácil seguirla: escribieron sus documentos, los
ordenaron. Hubo contemporáneos que se preocuparon de valorarlos y
estabilizarlos con su proyección. A los grupos sociales altos les
organizan sus papeles. Porque los archivos clasifican lo que se
relaciona con ellos. En cambio, no lo hacen con la gente común, que
es a la que nosotros queremos investigar. Para que se conviertan en
parte de la gesta colombiana. No se establece memoria de los actos
ordinarios. La prensa local, cuando existe, es muy intermitente y
no logra registrar y comentar la totalidad de los acaeceres.
La historia regional recurre a la suma de los elementos. A diversas
cosas que desprecia el gran relato que tiene: a su disposición, los
grandes archivos.
Por eso apela a los utensilios, a las construcciones, a la
transmisión oral. Vuelve sobre cada una de las humildes cosas.
Acumula los papeles de familia, cartas en las cuales hay la
referencia a lo cotidiano de una comarca. En donde se concretan los
hechos políticos, sin intención histórica. Si, como hombre de
gobierno, produzco un manifiesto, sé que organizo materiales sobre
mi pasaje significativo para la patria. El que escribe la misiva y
rememora el suceso político; o la actividad social que atraviesa el
pueblo, o los cambios que se están cumpliendo, lo hace sin
intención de que sus palabras perduren. Por eso tiene
espontaneidad; un zumo de variedad de interpretaciones y de
valoraciones, sin espíritu deliberado. En cambio, sí lo dejan
explícito el jefe político o el estadista. El hombre común que
comenta a su amiga, a su amigo, a su hijo, a su mujer, lo hace
desprevenidamente. Es parte de su intimidad y dice: aquí está
sucediendo ésto. Y agrega: veo la violencia de esta manera; juzgo
el problema de narcotráfico con este enfoque; entiendo la inquietud
del secuestro por tales razones. Está dando una visión distinta del
mensaje que puede concebir el Presidente o el Ministro o el
Gobernador. Éstos, dan una explicación de un acontecimiento social,
pero, a la vez; pueden estar redactando su defensa política. Quien
envía la misiva íntima, expresa su concepto personal, que nos puede
dar claridad a quienes nos preocupamos de las "historias
regionales".
Las escrituras contractuales, descubren aspectos muy diversos: cómo
se transformó la propiedad; de qué manera evolucionó. En una
investigación que he estado realizando sobre la colonización del
Quindío -tan distinta en otros datos a ésta de Caldas-, he hallado
que, en las escrituras, hay cláusulas que dicen cuál era la
conducta de los terratenientes para amarrar a los colonos, para que
no tuvieran defensa de sus sembrados. Consignaron los términos
autoritarios de cómo ellos querían usurpar esa tierra, sobre la
cual hay todavía dudas de si les pertenecía.
Los registros eclesiásticos señalan cómo fue la evolución de la
familia; de qué manera se integraron los hogares. Colaboran con
eficacia los baustismos, las confirmaciones, los matrimonios, los
pagos de impuestos, las compraventas, los testimonios, los censos
de población, los informes de los sacerdotes a su superior, lo que
dicen los alcaldes a los gobernadores, lo que manifiestan éstos a
su Presidente o al Ministro.
Hay algo muy peculiar: podemos tomar apartes de los libros de los
viajeros. Por ejemplo, qué dijo Boussingault cuando arribó aquí, a
Supía. He apelado a las Memorias de este francés, para
contar cuentos graciosísimos de los sacerdotes de Riosucio y de muy
diversos episodios de la vida comunitaria. Cuando él, con Roulín,
visitaron a Riosucio, el cura vino y les dijo: "¿Ustedes
dizque tienen un aparato que hace llover?" Le contestó
Roulín: "No. Nosotros no hacemos llover. Tenemos un
medidor de temperatura que marca el grado de
humedad".
Le contestó el levita de Riosucio: "Ah, ¡qué bueno! Porque
tengo un santo muy milagroso. No lo puedo exponer y sacarlo, en
esta época, que hay sequía. Ustedes me avisan cuándo se debe hacer
la procesión".
Le avisaron que era aconsejable hacerla. Al terminar el recorrido
por el pueblo, llovió. Se produjo el milagro y, en Riosucio,
todavía lo celebramos.
Estas observaciones de los libros de los viajeros, nos van dando la
medida de cómo fue la situación local de las creencias, prejuicios,
leyendas, en una etapa determinada.
El macrohistoriador cuenta con los archivos, las bibliografías, lo
numismático, los aportes de los arqueólogos, de los geógrafos, los
filógrafos, los lingüistas, los filósofos, los logistas. Cada cual
está al servicio de aquél. En cambio, quien está precisando la
historia regional, no tiene amparo.
Veo aquí al doctor Alfredo Cardona Tobón. Él me ha ilustrado con
sus trabajos sobre el Gran Caldas y, especialmente, acerca del
occidente. Ha hecho esas investigaciones con una dedicación
realmente impresionante. Ha ido por los archivos de Popayán, pues
nosotros fuimos caucanos administrativamente; los ha explorado en
los anaqueles del municipio de Toro. Revisó los periódicos de esa
época; lo mismo que las sacristías, las notarías, estableciendo el
hilo conductor de los grandes acontecimientos que nos hacen
sobresalir.
El historiador de la comarca debe cumplir un viacrucis. Lo que les
estoy proponiendo es una gran aventura. Cada una de ellas, cuando
se es intelectual, llena de alegrías, de sorpresas gratísimas,
amplificadoras de escenas que le dan aliento a la inteligencia y al
espíritu. Pero para ello se requiere, también, capacidad
comprensiva. Porque se roza con las minisociedades. Y hay que
puntualizar cómo son estos ambientes que, a veces, son complejos,
muy difíciles, sumamente abstractos en varias de sus
manifestaciones.
Los apoyos culturales.
No descuidan el criterio de que el gran historiador viene
acompañado de la novela, de la filosofía y de la poesía. La novela
y la poesía, que dan estilo. En Caldas se tiene fama de escribir
bien. O al menos de pretender hacerlo. Sobre el problema de la
cultura en Caldas, para poder entender el de la historia de las
menudencias, hay que hacer una digresión.
Aquí han tenido prestigio prosistas muy brillantes; oradores
admirables; gentes exploradoras de la estética universal;
conocedores del pensamiento de ensayistas europeos. Con ese viático
nos criaron y nos alimentaron, culturalmente, durante años. ¿Es
despreciable esa posición cultural? No. Nos ennoblece, nos
estimula. Pero nos tuvo alejados totalmente de lo inmediato del
departamento. La preocupación por Goethe o por Erasmo, nos separaba
del problema del negro de Marmato, o de Supía, de la Virginia, del
Chamí. O de la gran mezcla mestiza que somos en Riosucio. No hay
atisbos en los grandes escritores caldenses acerca del problema
indígena que confrontamos. Ni cómo ha sido el desenvolvimiento de
nuestra abundancia minera. No existen. ¿Es censurable ello? No; es
una época, una generación. Es algo que corresponde a las prédicas
de la Regeneración Conservadora de Núñez y de Caro, que quisieron
volver hacia el hispanismo, desconociendo que nosotros, en
Colombia, y en el continente, somos una substantividad
indoamericana, totalmente distinta, sepa rada; que sí pudimos, a
pesar de la condena española de que no poseíamos alma, dar
respuestas. Contamos con una filosofía, una literatura, un arte en
el continente. No estamos cegados de visión espiritual para poder
decir, cómo era nuestra forma de juzgar lo que nos rodea y poder
conducir esos juicios a las diferentes concepciones
estéticas.
Nacen unas nuevas generaciones en Caldas. Se comienza a penetrar en
los problemas sociales, sin descuidar el idioma. No hay por qué
abandonar la cercanía de la poesía que nos ennoblece, nos influye
en el estilo y capacidad para utilizar una adjetivación noble y
elevada. Lo mismo que la novela, que da oportunidad de enriquecer
la imaginación. Así, un asunto se puede presentar con tres o cuatro
perspectivas, con las técnicas que han creado los fabuladores. Al
hacer esta diferenciación, no estoy haciendo un reproche, ni
aconsejando que debamos entrar en Caldas a la barbarización
literaria. No.
Hay un nuevo enfoque.
Esos desdenes por lo sencillo, son los defectos de orientación y de
cultura a que me he venido refiriendo, desde el comienzo de la
conferencia. Entonces, admitimos que hay una nueva apreciación. Por
ejemplo, los caldenses, cuando vino el maestro Rafael Maya 76, un extraordinario
poeta, grande por su obra rica en matices, densidades y rigores; y
uno de los prosistas más sabios, por el equilibrio y la mesura; por
la destreza con que califica; por la escogencia de los adjetivos y
la precisión en el análisis, pronunció un bellísimo discurso y
sostuvo que éramos un pueblo sin historia. Todos aplaudimos. Pero
no era cierto. Nosotros la tenemos. Abundante, compleja, llena de
incidencias. De allí que proponga que pensemos en lo nuestro, en lo
de Supía, en lo de Marmato, en lo de Riosucio, en lo de Quinchía,
en lo de Anserma, en lo de Pereira, en lo del Quindío, en lo del
norte, en lo del oriente del Gran Caldas. Todo es muy laberíntico.
Vamos a referirnos más delante a diferentes fases.
Nosotros obedecemos a otras conformaciones: ciudad y campo. Porque,
a pesar de ser los nuestros unos municipios humildes, tienen un
acento social, unas preocupaciones. Lo que estamos realizando, no
se concebía en una aldea de esta naturaleza. Pero lo que se
manifiesta es la expresión popular. Demanda tener, por lo tanto,
una explicación, estudiando pueblos como Supía, o como los
"Encuentros de la palabra", en Riosucio, donde no
pretendemos aplaudir solamente lo que otros piensan, sino entregar
nosotros, los riosuceños, parte de lo que hemos pensado, escrito y
dicho sobre Colombia o el departamento. Son ya demostraciones de
cómo comenzamos a valorizar lo que representamos como fuerza de la
cultura popular del país.
Nosotros somos campo y ciudad. Rememoremos las tesis del gran
argentino José Luis Romero, cuando sostiene que dar un juicio en
torno de Indoamérica no es tan fácil. Para el historiador
metropolitano, decir y afirmar tales ligerezas es sencillo. Pero lo
inmediato es más complicado. Está entrelazada la ciudad con el
campo. Y durante años, tuvo preeminencia la escuela
"documentalista". Si no existía un documento, no
se podía probar. ¿Y la tradición oral, la presencia de las fiestas
populares, la erudición de las conversaciones? ¿Qué es todo ese
material? Eso es parte de la cultura viva. La que hemos creado, la
que despertamos. No es improvisación al margen, pero es parte de la
historia menuda, la pequeña.
Las monografías de los pueblos, no es lo que estamos predicando.
Pero son indispensables. Hay que propiciarlas; darle estímulos a
quien las acometa; situarlas en su valor, porque esos textos lo
tienen. Esa es la acumulación de mensajes que han hecho las gentes
encopetadas, de que he hablado aquí. Ellas, relataron su propia
leyenda. Aquellos libros, van recogiendo elementos para el gran
investigador, para el elaborador de las "historias
regionales".
Ejemplos de historias regionales.
Pero la gente me ha dicho: ¿qué es eso de las historias locales en
Caldas? Por aquí no ha pasado nada. He contestado. ¿Cómo que no?
Veamos tres o cuatro ejemplos para no prolongar demasiado esta
conversación:
Rebeliones de 1552 y 1557.
Si se revisa la rebelión de 1552, se comprueba que por aquí tuvo
aliento inicial: por Riosucio, por Marmato, por Supía. Fue la
reacción contra el comienzo del dominio español. Los indígenas de
esta comarca, se amotinaron. Es que el relato americano, está
escrito con mentiras estabilizadas. Uno oye decir: la colonia, el
gran poderío: la "calma chicha" ¿Qué no hubo
nada?. No hubo paz, en ninguna parte de lndoamérica. Motines
constantes, permanentes. Evoquemos los ataques contra los alcaldes,
contra los virreyes, contra todo asomo de autoridad. Ello ocurrió
durante la Colonia -período mal estudiado, incompletamente
desbrozado del tronco nacional-. En 1557, volvemos a tener otra
revuelta por estas montañas. Los indígenas de Quinchía, los de
Anserma, los de Riosucio, se aglutinaron y combatieron contra el
sojuzgamiento. Eso no lo han mencionado con cuidado, con método.
Nos toca escudriñarlo.
Los Comuneros en Caldas.
En 1781, viene la Revolución de los Comuneros. Y se nos dice: en
Santander, Galán, y allí terminan la enunciación. Esta anduvo por
Guarne. Después de que el maestro Pedro Nel Gómez hizo un gran
mural, vino una explosión de alusiones a ese suceso comunitario.
Operó en el Chocó. Y por estos lados se guerreó con ardentía. ¿Por
qué no explicamos esos acontecimientos, que están unidos a lo
nacional, y tuvieron entronques con un movimiento continental?
Porque los Comuneros no es acción de campesinos de Colombia; son el
Túpac Amaru, del Perú, y el Túpac Catari de Bolivia, y los
comuneros del Paraguay. Es el continente levantando contra el
conquistador. En estas breñas se combatió igualmente en 1781.
Anserma, Supía, Quiebralomo, fueron los principales fuertes de ese
gran movimiento colectivo. Eso no se ha relatado. ¿Por qué nos lo
ocultan? ¿Por qué no nos preocupamos nosotros de hallar estos
datos?
Insubordinación de Carrapas y Quimbayas.
Debemos saber que los Carrapas, por donde queda hoy Filadelfia, al
otro lado del Cauca, se insubordinaron. Hicieron una revolución con
los Quimbayas, cerca de Chinchiná. Fue impresionante dentro de la
epopeya del Gran Caldas. A pesar de estos sucesos de gran calado,
seguimos repitiendo la frase del Maestro Maya: "Caldas,
departamento sin historia". Es para que vean cómo una
frase literaria puede desviar la atención de un contexto social.
Esto es sumamente grave.
La Independencia y la lucha contra la dictadura.
Tenemos protagonistas de la Independencia, que no evocamos. No
hemos recuperado a Pedro José García, ni a Gervasio de Lemus,
nacidos en Supía, y quienes fueron personajes heroicos de la
Independencia. ¿Por qué no narramos estas biografías para sentirnos
héroes? ¿Por qué no han escrito sobre esto? Los pueblos necesitan
acicates; alguien que les enaltezca la moral; la capacidad de
reacción, de palestra, de ensueño. De allí, que haya que proyectar
estas parábolas. A eso he venido hoy: a invitarlos a una gran
cruzada en favor de los anales regionales.
Esta comarca resistió a la dictadura de Rafael Urdaneta. El padre
José Gregorio Benítez era cura de Anserina y venia por estos lados
a "cristianizar". Fue el delegado de la provincia
cuando se reunió en Buga el Primer gran Congreso contra aquél. Hay
un libro de Tulio Enrique Tascón en torno de la vida de Pedro María
Murgueitio, un general amigo de Urdaneta, en donde éste le dice: se
está reuniendo un Congreso de patriotas; por favor: vigílelo,
disuélvalo, si no es amigo de lo que estamos
"estabilizando'. Es decir, la tiranía de Rafael Urdaneta.
Y le agrega: por favor, cuidado con ese par de bandidos de José
Hilario López y José María Obando. Quienes habían sido los enemigos
del cesarismo de Simón Bolívar y de Rafael Urdaneta. ¡Por eso eran
calificados así! Porque amaban la libertad. Ellos habían combatido
por la Independencia para librarse del yugo español. No toleraban,
por lo tanto, ningún despotismo: ni el del señor Simón Bolívar ni
el del señor Urdaneta. Dos venezolanos por coincidencia. Con otras
concordancias: el general Bolívar, antes de destituir al general
Santander de Vicepresidente de la República, separó a los
comandantes y gobernadores de origen neogranadino y nombró
venezolanos. Sólo había dos generales nuestros de la Independencia
prestando los servicios. Entonces José Gregorio Benítez, fue uno de
los curas que expresó el sentimiento de la comarca en contra de
Urdaneta. Sí estamos unidos a la gesta política nacional.
Aquí se organizó un frente de rechazo a José Maria Melo. En Supía,
se levantaron en rebelión contra Mosquera. ¿Por qué no localizamos
los documentos? Acá ustedes tienen un archivo de gran valor para el
examen de nuestro fastos. De los que tienen concomitancias con
nuestras vidas. Lo iba a quemar un alcalde, pero se evitó ese
atentado. En cambio, desapareció el departamental en la dictadura
de Rojas Pinilla, alegando que para qué tanto papel inútil. Es
decir, los expedientes, innecesarios; el pasado, superfluo; ¡la
tradición, sin importancia! Ésta es dinámica para enseñar, para
incitar, para conjurar, para levantar el espíritu nacional y
comarcano. La memoria de los pueblos es viva, está vibrante, sueña
despierta, concita a las gentes. Las reúne, las congrega, las
compromete. Eso es lo que no consienten que veamos quienes están
subrayando los testimonios metropolitanos.
La colonización en Caldas.
Estoy diciendo que hay unas nuevas gentes con otros recursos
intelectuales. Creo que coincide con el despertar de mi generación
cuando principia a preocuparse de la realidad. La primera
interpretación social de la colonización, por ejemplo, me tocó
escribirla. Antes, se conocían datos acerca de ella, y el
importante libro del geógrafo James J. Parsons. Pero no se había
intentado saber cómo fue el fenómeno social, las incidencias
políticas, y de qué manera se resolvió el tema por los gobiernos
centrales. Conté algo que no se había establecido claramente y fue
que quienes vinieron, eran gente pobre. El libro mío, Testimonio
de un pueblo, durante años, no se leyó ni se le dio crédito en
Manizales. Porque pretendían ser ricos y blancos. La materia es muy
intrincada y sobre ella siguen pesando prejuicios.
Pero, además, hay una delimitación que es bueno advertir. Un grupo
conservador, tiene un encauzamiento estético, dentro de la
literatura caldense. Los primeros que indagan lo inmediato y lo
social, son ensayistas de izquierda. Bernardo Arias Trujillo, que
puede considerarse un grecolatino por su exaltación lírica, es el
primero que se preocupa de decir en su novela Risaralda que
hay unos negros en estas regiones. Que cuenta que en ese valle hubo
otra colonización, que él no analiza, pues no era su propósito
mental. Exalta los elementos más rudimentarios del hombre: los que
éste utiliza en las faenas rurales. Hace el elogio de la música
popular nuestra y de los instrumentos con que se toca, que eran
mirados con desafecto.
Veo con preocupación que no hemos adelantando sino sobre dos o tres
exterioridades de este acaecer social. Es muy vario. Demanda
demasiados esfuerzos para llegar a tener claridad total. Me voy a
permitir enunciar algunas de sus características. Apenas son
referencias muy saltuarias. En el siglo XIX, en el territorio de lo
que, luego, sería el Gran Caldas, se cumplieron tareas de esta
naturaleza. Que alcanzaban ciertas condiciones básicas: su marcada
expresión comunitaria. La importancia de lo colectivo. Se buscaba
que se impusiera el valor del trabajo contra unas reales cédulas
coloniales, en las cuales se hincaban los terratenientes que
reivindicaban, para sí, esas tierras. También lo hicieron abusando
de la apropiación de baldíos. El Radicalismo Liberal tino una
política que amparaba a quien explotara. La olvidó la Regeneración
de Núñez y de Caro, la cual facilitó la concentración de la
propiedad. Ésta, en muchas ocasiones, la consentían jueces,
inspectores, policías, personal del resguardo de rentas -que era
contratado por los propietarios-, pues existía el nefando sistema
del "remate de rentas". En la mayoría de las
ocasiones les colaboraban los levitas. Gozaban del amparo de jefes
políticos de la mayor jerarquía en la capital de la república,
algunos con el título de expresidentes.
Como las soluciones de tipo nacional -y todas adquirían este
carácter- se demoraban treinta y hasta sesenta años para decidirse,
esto inducía a la indecisión de las autoridades locales. A ello se
apelaba con denuncias de policía y con demandas de carácter civil
ante el poder judicial. Todo se volvía muy intrincado. Contribuían
las oscilaciones del poder ejecutivo, que resolvía, mediante
decreto, que determinados terrenos eran baldíos y, en otro
gobierno, se volteaba la disposición, Así se imponía contra los
campesinos el poder político y económico.
La colonización en Caldas; presenta muy diversas particularidades.
No se puede hablar de la del norte, como si fuera semejante a la
del Quindío, o la de la región de Pereira o la del occidente de
Caldas. La del oriente y las riberas de La Dorada, es más reciente
y posee otras características, peculiares, que no se repiten. Unas
pocas, tuvieron alcances políticos.
El negocio de tierra, tuvo su importancia. Pero no fue el signo de
las colonizaciones. Se presenta en etapas posteriores. En éstas, se
corrigieron errores de táctica de la primera época: se hacían
adjudicar un lote por la Regeneración y se tomaban más tierras de
las indicadas en los linderos. Trataron de no pelear con los
colonos. Al contrario, los atraían y les daban ventajas, para de
esa manera reclamar el título sobre el fundo. Así no tenían que
combatir contra los trabajadores. Otro sistema fue regalar los
terrenos para los pueblos, con la teoría de que quien dona es
propietario. Eso ocurrió en Salamina y Caicedonia. Con esas
entregas, mejoraban sus títulos para alegar ante las autoridades
locales y los juzgados. Pero ninguno de esos sistemas puede
permitir la conclusión de que la colonización fue una empresa
capitalista. Su carácter es social. Quienes impulsaron esa
verdadera hazaña- no quienes la pervirtieron para mantener sus
privilegios - eran hombres paupérrimos. Venían de sufrir hambres.
Por ello, hay que analizar cada episodio con metodología particular
que no concuerde con la anterior. Porque se cometen desajustes
totales en su interpretación. La colonización es el acto masivo,
después de la Independencia, más trascendental social, económica,
humanamente.
Dos hombres de la región.
Hubo dos hombres de esta región: don Rudesindo Ospina y don
Bartolomé Chaves, que fueron inmensamente ricos. Negociaron en
minas. Vale la pena revisar la vida de estos dos personajes y cómo
fue su actitud frente a la colonización. Ellos hicieron parte de la
invasión al Resguardo de Quinchía. Es una de las etapas que hay que
valorar.
Una colonización política.
Hay una colonización de orientación francamente política. La hizo
un jefe conservador de Riosucio, de mucha notoriedad: don Clemente
Díaz Morkum. El movilizó unos "godos" del Carmen
del Viboral y los organizó en San Clemente, para controlar a los
liberales de Quinchía, de Bonafont y de Anserma. Para tener un
dominio político, "establecieron" esa
colonización. Es un tipo de organización social bien distinta. Con
ese grupo y con el de San Lorenzo, ponían en jaque a los liberales
de Anserma - donde el liberalismo contó mayorías hasta la Violencia
de 1946-, de Quinchía y de Supía, y controlaban así a los
"negros" de Marmato, municipios liberales.
Habilidades de una Compañía.
Los paisas localizaban tierras baldías. Otras veces, se veían
obligados a adquirirlas a los terratenientes. Llegó un instante en
que éstos dijeron frente a las resistencias de los campesinos: ¿qué
hacemos para poder conservar los títulos?
En el caso de Salamina, por ejemplo, el señor Aranzazu -o la
compañía González y Salazar-, cedió los terrenos, que no eran de
ellos, de acuerdo con la solución que les había dado a los reclamos
el gobierno de Mosquera, al indicar que los terrenos eran baldíos.
Aranzazu o la Compañía, para mejorar sus títulos, concedieron el
área donde está construida Salamina. Así preconstituían la prueba
de que la tierra era de ellos y entraban a vender y a reclamar con
la crueldad que los distinguió. La pregunta es muy clara: si yo
regalo, ¿quién es el dueño? La deducción es elemental: el que
obsequió. Con ese antecedente continuaba la persecución a los
colonos. Y argumentaban: la prueba es que los de Salamina
admitieron la propiedad mía. Luego, ustedes, colonos pobres, no la
pueden discutir. A Fermín López que rechazó ese falso título, lo
sacaron de lo que era la antigua Antioquia que venía hasta el
límite con Villamaría. Él tuvo que irse a Santa Rosa, que ya era
terreno del Cauca. El tema contiene múltiples argucias. Hay que
estudiarlas y darles su alcance. Pero es bueno que vayamos
clasificando estos materiales, que son parte de la conformación
social, en relación con las gestas regionales, por las cuales
tratamos de despertar interés.
Los antioqueños ricos.
Los antioqueños ricos, entre ellos don Pedro Orozco - que, si no
cuento mal, fundó a Támesis- compró unos baldíos. Y se hizo la
pregunta: ¿qué hago para que no me peleen como a la compañía
"González y Salazar" y a los Gutiérrez de
Manizales, en Burila? Fue y trajo los cultivadores; les dio
semillas; les entregó herramientas para que pudieran cultivar las
tierras. De esa manera, los tenía atados. No le podían discutir. Es
otra modalidad de colonización. Pero fueron excepciones. Aquélla,
siempre tuvo acento comunitario de reivindicación.
Lucha entre caucanos y paisas.
Estas colonizaciones trajeron otros problemas. Uno de ellos lo he
enunciado varias veces. Principio a tener, ahora, un poco de
claridad: la lucha entre caucanos y antioqueños. El Cauca venía
hasta Marmato, por este lado. Llegaba hasta Villamaría, por el
otro. En esa época, Pereira pertenecía a este estado. Hubo
demasiadas aprensiones.
Una ordenanza del gobierno caucano, del 26 de octubre de 1855,
disponía que cualquier colono, tendría protección y ayuda del
gobierno. Esa medida legislativa les permitió a los
"paisas" invadir lo que conformó parte del Gran
Caldas.
Los caucanos se sintieron despojados, porque políticamente tuvieron
una vieja disputa con Antioquia. El sentimiento contra los
antioqueños en el Cauca, ha sido fuerte. Todavía se oye que a
éstos, los llaman, en el Valle,
"paisarretes".
Discutiendo con el profesor Javier Ocampo López sobre qué sentido
tiene la palabra, nos acercamos a una especulación teórica:
"jarrete" es lo que está contra la tierra: el
paisa del jarrete, el paisa del suelo, o en el suelo.
Preguntando por la razón de esta ardentía, me dan una explicación
que debemos explorar: fue que aquéllos vinieron aquí y se casaron
con todas las bonitas del Valle; por eso les tenemos recelo. Viene,
pues, otra interpretación, de odio sexual. Las disputas tuvieron
cúmulo de características. Voy a referir una de ellas: la colonia
de "paisas" en Buga, fue muy grande. La
encabezaron los familiares del pensador Uribe Uribe. El padre de
éste, tuvo que encarar dificultades que le suscitaron sus negocios.
Lo cuenta Julián Uribe Uribe en sus Memorias aún
inéditas.
En una ocasión, se llevó a cabo una gran procesión en homenaje al
Milagroso de Buga. Los antioqueños custodiaban la imagen en unos
bellísimos caballos. Don Francisco Campo intentó reírse de aquello.
Atendamos a los siguientes versos. Esto es parte del problema, de
la contienda de caucanos y antioqueños.
Dijo así:
"Sacratísimo rey de los mortales,
divino Santo Cristo Milagroso:
en ti encuentran el ciego y el leproso,
y el tullido, el alivio de sus males.
De tu amor infinito en los raudales,
todo aquél que te implora fervoroso
halla alivio y consuelo generoso
y recibe favores especiales.
A estas tierras lejanas hacen viaje
los más sabios y dignos extranjeros,
a rendirte tributo y homenaje;
Te veneran con fe los misioneros,
sólo en Buga, creyéndote salvaje,
¡¡¡te llevaron al templo con vaqueros!!!"
La disensión entre antioqueños y caucanos, debe tener más
reconditeces de las que aparentemente se identifican. Intentemos,
en un alarde de buscar precisión en los ímpetus que la mueven,
referirnos a varios de sus aspectos:
1. Sin ninguna duda, las beligerancias políticas. En éstas, existía
el anhelo de preponderancia del poder en el país. Los antioqueños,
que tenían prepotencia en el mundo político -no en la totalidad de
su población-, se acercaban a una visión conservadora, híspida y
dominante. La repudiaban las mayorías de los caucanos. Éstos,
varias veces, inflingieron derrotas a aquéllos. La guerra, que era
expresión de la política, generó un buen aliento para las
repulsas.
2. La noción aristocrática, que primaba en Popayán, daba un toque
de resistencia al antioqueño, que era producto de sus actos, de su
energía, de lo que creaba con su trabajo. La exclusiva buena sangre
no determinaba el imperio sobre sus conciudadanos. En aquella
ciudad ilustre, sí. Eran dos concepciones de la existencia que se
enfrentaban: la de un noble reclamo y la de una diferente actitud
social del antioqueño.
3. El estado del Cauca dictó una serie de leyes para favorecer la
colonización. Inclusive presionó la creación de aldeas como la de
Villamaría y ciudades como Pereira con un fin determinado: detener
el poderío católico y conservador de Antioquia. Pero se produjo un
hecho bien diferente: el aprovechamiento de las medidas legales,
incitó a una invasión masiva de los antioqueños.
4. Era radicalmente sectaria la visión política de Antioquia a
través de sus ideas retardatarias. Operó, igualmente, con extrema
coordinación la atadura político-religiosa. No hubo límites en el
imperio de sus avasalladoras energías. Desde luego, había un
repudio contra el liberalismo del cauca, inclinado, éste, a
disímiles ansias sociales, a veces, en contravía de lo que se
sugería en Popayán. A pesar de ser igualmente católico, estaba al
margen de toda incidencia agresiva.
5. Coincidiendo con la parte final de la colonización, a comienzos
del siglo XX, se produjeron las desmembraciones de los estados
soberanos de Antioquia y del Cauca. Esta nueva sección
administrativa, produjo otras confrontaciones, muy radicales, entre
grupos que aceptaban y censuraban la división. Se hizo evidente, en
ese momento, parte de la controversia que durante tanto tiempo
había primado.
6. Falta estudiar la colonización con más arraigo sociológico,
económico y humano. No sólo como espectáculo. Darle la categoría
colectiva -de respuesta popular - que ella alcanzó. Es un hecho
histórico que se cumple en las dos cordilleras: la Occidental y la
Central. Los pueblos del Valle, que se asentaron, poseen un caudal
de datos aprovechables para una buena y nueva cercanía a la gran
epopeya nacional más importante en la etapa moderna. Así la juzga
el arquitecto Harold Martínez Espinal, quien trabaja la trama con
devoción.
7. El mismo autor nos recuerda que las beligerancias entre
antioqueños y caucanos vienen de años atrás. Desde los tiempos de
Francisco Pizarro y Pedro de Heredia, es decir, entre Lima y
Cartagena. Los límites del Cauca Grande alcanzaban hasta Urabá, en
el Océano Atlántico. Hoy pertenece a Antioquia. Para él, la
colonización marca "el fin de tres siglos de hegemonía
económica y política caucana sobre el territorio
nacional". Como lo venimos denunciando, ésta es una
materia del mayor calado histórico.
Consultas inquisidoras.
En el interés de establecer el fastidio de los vallunos contra los
antioqueños, hemos buscado el juicio de amigos entrañables. Ernesto
Herrera Giraldo, hombre de vocación jurídica, cercano a lecturas
eruditas, nos dice que las diferencias eran detemperamento,
geografía y vecindad.
La geografía antioqueña determinó un hombre rústico, altivo y
emprendedor, según su juicio. "El que creció a orillas del
Cauca, en cambio, su existencia discurría en forma placentera y
acomodaticia. La guerra de 1876 trajo al Valle mucho paisa. Éste
descubrió en esta tierra magnánima ingentes posibilidades. La
corriente migratoria - que había comenzado en la colonización- se
aceleró. Se aumentó la animosidad que existía anteriormente. El
valluno era pobre en oro. Algunos doblones trajeron los invasores.
Los vallunos vieron pasar, adquiridas con esos dineros, parte de
sus tierras a manos de 'los carrielones'".
Tal grado alcanzó la pugna, que los Líderes políticos de fines del
siglo pasado y primeras décadas de éste, prometían a sus electores
impedir el arribo de los antioqueños. El enunciado servia para
eventos democráticos. Era una verdadera batalla. En Buga y Cartago
había poderosas "colonias" de paisas. En la
primera ciudad, los tenían arrinconados en el barrio "El
Molino", "donde frecuentemente eran apedreados y
obligados a vivir encerrados en sus casas'. Todo ello ha ido
desapareciendo, pues los pueblos de las dos cordilleras los
poblaron gentes de Antioquia y Caldas. Y en el centro del Valle, se
ha producido una integración racial y económica.
Jorge Caro Copete es miembro de la Academia Colombiana de Historia
y vicepresidente de la del Valle. En buena página, en donde aparece
su enfoque de penalista perito en controversias, sostiene que ese
duelo entre antioqueños y caucanos lo acrecenté la guerra del 76,
que comenzó en "Llanogrande", en Palmira, y la
secundaron los estados de Antioquia y Tolima. Los conservadores de
estos dos estados, creían contar con la ayuda de los
"independientes", o sea, la facción a la cual
pertenecía Rafael Núñez, contra el radicalismo. Había un
antecedente de invasión cuando la guerra de 186O que comandó el
antioqueño Braulio Henao, quien fue preso por Eliseo Payán y,
finalmente, rescatado por Julio Arboleda. Aquél comandaba tropas
"paisas". En aquellos años, Tomás Cipriano de
Mosquera declaró desde Cali, el 18 de abril de 1860, que el Cauca
"no continuaría haciendo parte de la Confederación bajo
los poderes que han roto el pacto, y asumiría la plena
soberanía". Era una protesta bélica por las leyes de orden
público y la 59 electoral, que impedía cualquier representación al
liberalismo y que promulgó Mariano Ospina Rodríguez.
"Paisarrete"
Caro Copete confiesa que desconoce el origen del término
'paisarrete', lanzado para calificar a los antioqueños, que se
pronunciaba con sentido peyorativo, entre "irónico y
desafiante". Herrera Giraldo manifiesta que con él y en
"tono despectivo la aristocracia agropecuaria de esta
región señalaba a todo antioqueño andariego y aventurero y que
también, envuelve el concepto de trotamundos, avivato,
cazafortunas, canibalachero, bravucón".
Alvaro Bejarano, poeta y prosista de excelencias reconocidas y
consagradas por la admiración, dice que esa palabra se acuñó como
"reacción de unos 'bucólicos seres', ante el empuje
'paisa'". La comarca -con "paisaje ensoñado y
tierra fértil" - predisponía a la conquista. En el Valle
prevaleció, por décadas, una "sociedad feudal de grandes
señorones, terratenientes lentos, y eso generó un segmento social
que se adjetivó a las negaciones del destino, y se polarizó la
riqueza casi que con determinación luterana, Unos muy ricos -dueños
de todas las tierras- y, otros, muy pobres que no hacían nada por
salir de esa posición".
Las gentes de la colonización, denunciaron la munificencia de esas
llanuras y laderas. Fundaron ciudades como Sevilla -Heraclio Uribe
Uribe- o como Caicedonia: "Estos paisas que llegaron
comenzaron a trabajar y prosperar y las lindas vallecaucanas
pasaron a ser pasto canónigo o conquistado de esos recién llegados.
Así se generó el término que más significaba un resquemor que una
descripción. 'Paisarrete' nació de la rabia, de la frustración, de
la envidia inconfesada". Hay, también, un elemento de
recelo sexual, que guarda su nombre. Más tarde, durante La
Violencia que comenzó en 1946, aparecen los 'pájaros' en los
pueblos cordilleranos. La mayoría eran 'paisas' con algún viático
de boyacenses. Todo volvía a ser culpa de los
"paisarretes". Bejarano en su dinámica y bella
prosa concluye: "El término 'paisarrete' es una venganza
verbal de los vallunos raizales frente al empuje paisa que ayudó a
desarrollar al departamento y a Cali".
Estos tres juicios van dando pautas históricas, sociológicas,
humanas, para entender una parte de la integración de nuestros
pueblos. En el fondo de algo que parece circunstancial, hay una
pujanza para ir armando los que van siendo los cimientos de la
nacionalidad.
El problema clerical.
Pero volvamos a las "historias regionales". Hay
un libro muy hermoso y muy importante, Quinchía mestizo, del
doctor Alfredo Cardona Tobón, quien allí cuenta parte de los
conflictos religiosos que se suscitaron. Para entender bien la
situación, tenemos que mencionar que en Colombia los cotejos han
sido, más que por principios filosófico-religiosos, por conductas
clericales. El sacerdocio ha tenido demasiado poder en Colombia y
lo ha ejercido involucrándose con los intereses del conservatismo.
La lucha que se ha sostenido en el país ha sido muy larga. En 1860
y en 1876, padecimos dos guerras religiosas, esencialmente. En
ellas fue total en el país el sentimiento de odio contra toda
expresión o representación del liberalismo. A lo cual contribuyó,
eficientemente, la prédica de Pío IX que hablaba del liberalismo
universal; el de la libertad, que lo mezclaban con el del
libertinaje; al que consideraban paganismo. Aquí las emprendieron
contra nosotros, los liberales católicos de Colombia, en batalla
despiadada. Esto fue sumamente grave. Nos cobraba el clero que
aceptáramos la tesis de que el poder emanaba del pueblo. Pero,
también, por otras causas. El Radicalismo Liberal había destruido
el régimen fiscal de la Colonia; tomaron las tierras de la iglesia
que pasaron a ser parte del mercado nacional; estimularon la
colonización; a los ejidos y a los resguardos les dieron
utilización económica; ampliaron el comercio exterior; crearon
puertos; abrieron vías e hicieron una verdadera revolución
educativa.
Cardona Tobón cuenta los bochinches con el padre Herrera, de
Quinchía. A mí me tocó conocerlo. Tenía unas sobrinas muy lindas,
que las turnaba. Los quinchieños maliciosos, de origen indígena,
decían que no eran sobrinas, sino algo más cercano a la intimidad.
Para el cambio del padre Herrera, se necesitó librar un combate
sumamente intrincado, político y religioso.
En Quinchía, en unos carnavales, Teófilo Cataño, radical, amigo de
la política de Murillo Toro y de los avances revolucionarios, le
hizo unos versos a aquél, describiendo cómo eran, no sólo la
fisonomía y el carácter, sino su conducta sentimental, para decirlo
con una palabra suave:
"Otro dolor que tuviste,
Diablo de la lengua afuera,
es ver salir al padre Herrera
tan repudiado y tan triste.
Era vuestro fiel devoto,
pastor de las cucarachas.
Amable con las muchachas
y regañón con las viejas.
De tanto atraer ovejas,
llevaba el cayado roto,
descargó mucho coroto
y aterrizó en Montenegro.
Pero no llevaba suegro
y por eso se aburrió...
En Armenia levantó
su puesto de medianía
pero suegro no tenía
y a San Joaquín se voló.
Ya ha pasado en romería
de la Ceca hasta la Meca,
pero, si le dan manteca,
transige con la herejía.
No te olvides del curita, Satanás.
Sé compasivo, mira que barbas de chivo
le queman por donde va...".
Estos versos, son parte del testimonio popular que relata cómo fue
la actitud de un sacerdote. Se puede estudiar cómo nos educaron.
Cuáles eran los ejemplos que teníamos. De qué manera nos
'acristianaron'. Casi con seguridad, será posible, mediante severo
análisis, recurriendo a las fuentes del diálogo, comprender por qué
en Quinchía hay la influencia de tanta secta religiosa, con
adhesiones ciudadanas. Éste estudio sería un estudio que llevaría a
verificar los efectos de as que han sido las acciones clericales en
Colombia.
| 75 |
Improvisación en el Primer Congreso de Historia de Caldas, en Supía, el 1º de febrero de 1988. |
| 76 |
Del discurso titulado Vida muerte y resurrección de una ciudad, 1939: "No tenéis historia, ciudadanos de Caldas, hijos de Manizales, y eso mismo confunde al sociólogo y pasma al poeta. Quien desee conoceros, en lugar de peregrinar hacia atrás, en busca de vuestros orígenes, tiene que avanzar hacia el porvenir para encontraros. Es como si la naturaleza, invirtiendo los términos habituales de la vida, os hubiese obligado a recorrer al revés el camino de la historia, haciendo que la raza saliera del sepulcro para encontrar su cuna...". |
