ALCANCE DE LAS HISTORIAS REGIONALES 78
Un proceso con audiencia internacional.
He venido con el mayor entusiasmo a participar en la apertura de
este ciclo de conferencias, en torno a la importancia de las
"Historias Regionales".
El tema ha crecido paulatinamente en la audiencia internacional. En
el país, la teoría de las historias regionales, es bastante
reciente. Comienza después de la irrupción de las ciencias
sociales, hace aproximadamente cuarenta y cinco años. Ellas, en
relación con la antropología, la sociología, la economía, la
historia, etc., van sufriendo una metamorfosis. Se van combinando
con la planeación, que reclama para hacer el despegue regional, el
conocimiento de la realidad etnográfica, social, política y del
pasado de la comarca donde se va a aplicar el plan de
desarrollo.
Así se fue creando la inaplazable urgencia de conocer lo que atañe
a la región, a la comarca, al departamento. Ha sido un transcurso
lento, con mucho desenvolvimiento en el último tiempo, con motivo
de la obra divulgadora de un grupo brillantísimo de narradores en
Francia, especialmente, el que se llama la "Generación de
los Anales". Ella explica, cómo es el desenvolvimiento de
estudio de las historias regionales. Éstas no se refieren a lo
menor de la comarca. No son monografías No es un simple escarceo
sobre uno o dos hechos. Es algo que nace y se fortalece en función
de armar la historia regional y entrelazarla con la historia
nacional y, finalmente, con los sucesos de la vida internacional.
Tiene una gran proyección. Ella se muestra modesta, pequeña,
reducida, pues nos han educado insistiendo en que lo valioso son
los héroes, los singulares hechos, los elevados personajes.
Alejándonos de la grandeza patria.
La manera como han explicado los sucesos nacionales colombianos nos
ha ido divorciando de su grandeza, al no sentirnos formando parte
de sus episodios. No nos hemos compenetrado con sus esencias. Nos
han alejado de ella por el desdén a todo lo que tenga acento
provincial. La educación ha sido metropolitana. La orientación de
la cultura la han dirigido desde las ciudades, volcada sobre los
intereses y proyección de dos, o tres personajes; de cuatro o cinco
fechas históricas; de seis o siete grandes batallas, y, luego,
desaparece el registro del aporte intelectual, humano, político,
social, de lo que integra las historias regionales.
He insistido en que debemos trabajar estos episodios con seriedad.
Con alegría, pues existen posibilidades de penetrar en zonas
incitantes que desconocemos. Aquí en Pereira observo que hay un
florecimiento extraordinario de escritores, de poetas, de
cuentistas, de hombres que están haciendo la cultura de Risaralda;
ellos tienen la obligación de investigar y de situar los acaeceres
de su contorno, de los pueblos del departamento. Es igual la
obligación ineludible que reciben las universidades de la comarca.
Éstas se han ido desplazando, lentamente, en todo el país, hacia
investigaciones generales, olvidando sus obligaciones con lo que
deben organizar como mandato de la cultura que propician. Si están
en ella, es para hacer el registro de todos los grandes hechos.
Deben estimularlos para que se produzcan. Ponerlos en orden. Esa es
función de las aulas. Si hay otras entidades que lo puedan hacer,
pues bien, que vengan también a contribuir. El deber primordial es
de la universidad, porque es ella la que nos representa, la que
hace la motivación de la vida y logra la proyección del
pensamiento, de la sensibilidad de las gentes del terruño.
Quiero llamar la atención, con especial énfasis, sobre esa
obligación colectiva: la de vigilar estas materias.
Las leyes sociales de la comunidad.
La historia se ha preocupado, durante mucho tiempo, de los héroes y
los personajes, como lo he dicho. Ha cambiado el enfoque de ella en
las tesis generales. Hoy se trata de establecer cuáles son las
leyes sociales de la comunidad. Es la gran revolución. Es volver
hacia el origen popular de los actos. Para eso, se tiene que
aceptar que el líder, el conductor, el director de una sociedad, no
hace más que percibir el rumor de lo que hace ese pueblo. Ellos no
inventan, escuchan al común y, en un momento dado, son los
transmisores de su mensaje ante el país.
Esa parte se está revalorando en la época contemporánea, y dentro
de ella tiene un valor esencial lo relacionado con las historias
regionales. Durante años se desconoció lo que hacían las masas
anónimas. Prevalecía lo que se llama la "historia
blanca". Es la de los grandes valores. Éstos dejan su
acción escrita a través de su propia producción, de sus mensajes,
de los manifiestos, de sus cartas que cobran una importancia
inusitada. En igual grado aparecen en las regiones esos materiales
dispersos y menospreciados por su origen modesto. Con desdén se
miran y se les deja al margen.
Una de las promociones que favorece este estudio, es destacar la
identidad. Saber qué es. Conocer el crecimiento nuestro; qué es lo
representativo; qué es lo que nos da valor; qué es lo que nos da
permanencia; qué es lo que nos proyecta hacia el futuro. Eso es lo
básico de nuestro mestizaje que propicia otro aliento más, como es
la posibilidad de presentar nuestra propia versión y explicación de
lo que acaece.
Las historias locales están descubriendo lo que anunciamos y buscan
la comprensión y la explicación de los sucesos. Éstos, desde los
aspectos sociológicos, económicos, políticos, humanos,
etnográficos, etc.
La historia no es lo más remoto.
Ya pasó la creencia de que lo histórico es lo más remoto, lo más
lejano en el tiempo. Durante años hemos oído decir que no se
analizan determinados hechos, porque sucedieron en cercanía. Hay
que esperar que el milagro de los años decante y dé una versión de
ellos. Se pierde así el juicio de los testigos, de quienes los
gozaron o sufrieron; los proyectaron, los concibieron. Fallecen,
hundiéndose la posibilidad de saber realmente que fue lo que pasó.
Por eso el relato se debe escribir contemporáneamente. En Europa,
las "memorias" son abundantes: de los estadistas,
los guerreros, la gente influyente, los intelectuales, los
científicos, los artistas.
En América, es rarísimo que alguien las publique. En Colombia no
tenemos sino el caso, en esta época, de Carlos Lleras Retrepo, que
está editando su Crónica de mi propia vida. Es un venero de
datos, con riqueza de detalles. Episodios que sólo él conoció,
porque fue compañero de los personajes que trabajaron "su
etapa".
Mañana puede venir el analista que diga que hay exageraciones, que
no le gusta determinada interpretación. Es lo natural, porque la
existencia es compleja, hierve, tiene contradicciones. Ella no se
detiene, ni es serena, impasible, como quieren presentarla algunos
de los historiadores que aceptan una concepción academicista del
fluir vital.
La historia es un torrente.
La historia es un torrente: ella es la que nos sacude, nos golpea,
nos ilumina, nos da dolor o alegría, la que nos incentiva el sueño
y la que nos doblega con sus desgarraduras. Se ha vuelto dinámica
en la etapa contemporánea.
La historia regional no debe confundirse con la local. No es una
evocación de lo pequeño. Tiene otra dimensión. Ella debe aspirar a
superar lo comarcano, a trascenderlo y a unirse,
indispensablemente, con lo nacional y lo internacional. Supera lo
que sea exclusivamente parroquial. Pero utiliza sus
elementos.
El solo examen de las razones para la fundación del departamento
del Gran Caldas, nos conduce a varias revelaciones. El primero que
propuso la fundación fue el pensador Rafael Uribe Uribe, en el
Congreso de 1886. El consideraba que se justificaba organizar una
institución entre el Cauca y Antioquia.
Otro detalle que no debemos eludir, es ahondar en una circunstancia
que debió haber jugado un papel primordial: la disputa entre
antioqueños y caucanos. Es muy fuerte y se va prolongando inclusive
con las calificaciones hasta los últimos tiempos.
Arturo Campo Posada, galeno eminente de esta ciudad, en su libro
Una vida, un médico, dice: "Llegado a la
Presidencia de la República, el general Rafael Reyes decidió
terminar con los estados soberanos de la federación, poniendo en
práctica el gobierno presidencial de dirección central propuesto
por Rafael Núñez y creó los departamentos desmembrados de los
estados soberanos. Así nació en 1905 el departamento de Caldas,
tomando tierras del Estado Soberano del Cauca, y del de Antioquia.
La provincia de Pereira pertenecía al Cauca que limitaba con
Antioquia por el río Arma.
"Esta departamentalización tuvo muchos opositores que no
aceptaban la desmemebración y la pérdida de la autonomía y poder de
los estados soberanos. Mi padre, como buen caucano, se apuntó a los
opositores y propugnó porque la provincia de Pereira continuara
perteneciendo al Cauca. Como casi la totalidad de los colonizadores
del nuevo departamento de Caldas eran Antioqueños, la oposición a
sus propósitos fue grande.
"Un día, los gamonales del pueblo movilizaron a toda la
población campesina y artesanal contra él y produjeron una asonada
frente a su casa en la que pedían su cabeza y su expulsión de
Pereira. Pretendió salir al balcón para explicar las razones que lo
asistían, pero mi madre, temerosa por su sida, se lo impidió. Se
dedicó entonces a la defensa de su patrimonio y de su familia y
siguió imperturbable en estos empeños.
Pasaron muchos años antes de que los habitantes del pueblo
reconocieran su honestidad, laboriosidad y
progresismo".
El relato nos revela cómo era de recomendable la creación del Gran
Caldas. Y la ardentía entre los habitantes de los departamentos de
Antioquia y Cauca. Ese es un asunto para una nueva exploración
analítica.
Las leyes del Cauca eran muy liberales frente al fenómeno de la
tierra. Hubo invasión de 'paisas'. En Pereira, que era del Cauca,
se libraron combates entre los hijos de los dos
departamentos.
Es bueno advertir que los antioqueños, que en ese momento se
confundían en demasía con los conservadores con los católicos, se
vinieron y colonizaron el norte de Caldas, hasta Manizales. Los
caucanos mantenían gran rivalidad con aquéllos. Los negros caucanos
- así los llamaban los "paisas" - se venían
armados de machetes, invadían a Bogotá, desalojaban del poder a los
conservadores. Es una entre las varias y disímiles causas de encono
entre los habitantes de los dos departamentos. Hay otras. Se
resolvió que había que levantar una ciudad que se opusiera a
Manizales, que era una aldea. Fundaron otra aquí, para atajar la
ardentía conservadora sobre el departamento del Cauca. Así fue
emergiendo Pereira, como una manera de detener el empuje
reaccionario que implicaba aquella. De suerte que hay razones de
táctica que señalan el carácter de las fundaciones. Alcanzar a
comprender el cabal sentido de éstas, es un examen hacia múltiples
raíces. De igual manera a como se organizó Pereira, se proclamó la
urgencia de Villamaría.
Fundación del departamento.
En la fundación del departamento, se entrelazan varias razones.
Debemos aclaradas. Al hacerlo, Pereira tiene un gran papel. Su
aparición es parte de un desenvolvimiento integrador del país. El
mismo autor citado antes, aclara el advenimiento: "La
Colombia de hoy fue descubierta por los liberales desterrados de la
guerra de los Mil Días. Se regaron por todo su territorio
descuajando selvas, socavando sus entrañas para buscar minerales y
riquezas del subsuelo, enfrentándose al trópico, colonizando las
vegas malsanas de los ríos. Haciendo la riqueza del Quindío,
ensayando pastos y cultivos, fundando pueblos que hoy son
magníficas ciudades, creando riquezas en todas partes. A esta
generación de liberales derrotados en los Mil Días debe Colombia lo
que es".
¿Cómo se logró la creación del departamento de Caldas? He insistido
en que hay falta de honestidad histórica, porque se señala a Rafael
Reyes como el fundador. Él firmó la ley, que fue incompleta. La
iniciativa la tuvo el pensador Rafael Uribe Uribe. Ya lo conté en
mi libro Cátedra caldense. Pero es necesario insistir con
nuevos datos. Planteé la necesidad de que, al lado de la estatua de
Reyes, en Manizales, se levante una de Uribe Uribe. Lo mismo debe
ocurrir a la entrada de la gobernación de Caldas, al colgar un
retrato del mártir del Capitolio. Es una obligación de respeto por
los anales y una ocasión para exaltar la fidelidad a los grandes
fastos de nuestra tradición.
En 1886, en el Congreso, Uribe Uribe, en un discurso sostuvo:
"...Si para mejor impulsar los intereses públicos es o
llega a ser necesario crear una nueva identidad administrativa que
abrace el territorio comprendido entre la Vieja y el Arma,
Cañaveral y Arquía y las dos cordilleras Central y Occidental, o
bien hasta las riberas del Magdalena por un lado y hasta las playas
del Pacífico por otro, con Pereira, Riosucio o Manizales, como
antioqueño no le tendré miedo a que se haga esa doble segregación
de territorio...".
Pero no se detuvo allí Uribe Uribe. Comenzando el siglo, con el
doctor Valerio Antonio Hoyos, a quien llamaba "el Catón
manizaleño", presentó un proyecto de ley para crear el
"departamento de Córdoba", con Manizales como
capital. La iniciativa produjo actividad del concejo de esta ciudad
y de la prensa, para impulsarla, justificarla e imponerla. De esa
manera se aprobó la ley 17 de 1905 que le dio el nombre de
Departamento de Caldas. Los límites eran incompletos en cuanto se
relacionaban con la propuesta de 1896. Inicialmente lo conformaron
las provincias del sur de Antioquia y las caucanas de Marmato y
Robledo.
Hubo necesidad de hacerle adiciones. Al efecto, por decreto 763 del
29 de junio de 1907, se creó la provincia y el Circuito Judicial de
Manzanares, para unirlo a Caldas, que comprendía a Marulanda y
Victoria, al corregimiento de Buenavista y a Pensilvania con tres
corregimientos. Se tuvo que dictar otro el 916 de 1908, que
agregaba Armenia, Calarcá, Finlandia y Circasia. La ley 31 del 1º
de octubre de 1912 tomó el municipio chocoano de Pueblo Rico. De
suerte que se dieron demasiadas vueltas para aceptar las tesis de
Uribe Uribe. Éste tuvo la visión de la urgencia de nuestra entidad
administrativa y su nombre no puede ser, desconocido por el acierto
que implicó su iniciativa. El Gran Caldas, fue ejemplo nacional.
Sus características se siguen señalando, como ejemplo, en los
juicios políticos, económicos y humanos de Colombia.
¿Cómo fue la conformación social?
Para la conformación social se manifestaban dos reacciones: una,
del grupo de antioqueños, contra el caucano; y la otra, contra la
creación del departamento de Caldas y el deseo de regresar a las
fuentes originarias del Cauca Grande. Al efecto, en un periódico de
Riosucio, hay una demostración palmaria de expresiones que
comprometían a las gentes en esos denuedos. En La Opinión se
puede leer multitud de artículos y de informaciones que analizaron
el problema. ¿Alguien se ha preocupado por ordenar esos materiales
y contarnos las diferentes razones para ello?
En aquel semanario se denuncian dos acaeceres: el que se hubieran
derramado contribuciones impositivas y el que se estuvieran
repartiendo inequitativamente en el nuevo departamento. Un interés
centralista opacaba la justa distribución. Fue la misma razón que
se argumentó para hacer la actual división, que a todos nos
conturba. Ese es un expediente que nos daría datos de singular
alcance acerca de cómo, por ejemplo, fue la integración de grupos
raciales; las proporciones con que contribuyeron, las dificultades
que se presentaron entre ellos, los desafíos recíprocos. De esa
investigación podría desprenderse el puntualizar cómo es el
carácter de los pueblos; cómo es cada una de sus modalidades,
inclusive su conformación política. De dónde vinieron sus
nutrientes psicológicos, sociales, políticos; cómo operó su
organización económica. Qué normas imperaron. Inclusive se puede
hacer un inventario de apellidos para determinar las familias
predominantes. Se habla de influjo de varios grupos en la
conformación social, pero, realmente, sólo conocemos los caracteres
de lo que es el espíritu antioqueño. Que nos ha dado la marca
diferencial a todos. Sus criterios de la familia, de la comida, del
alcance de los negocios, de lo comunitario, de la frugalidad en las
costumbres, de la reciedumbre en la triple brega: la estabilidad
económica del hogar; su unidad y el estudio para los descendientes,
son marcas características. Como el realce del honor en las
transacciones y en la vida sexual. A la vez, una vocación cívica,
que se complementa con el cuidado y dedicación. El adorno -por
modesto que sea- de la casa. Pesa la inclinación religiosa, como es
evidente su tendencia hacia la habilidad de las transacciones y el
valor de la palabra empeñada, que surte de ejemplos la leyenda
comarcana.
Podríamos incluir otras características: el aceptar que todo oficio
es noble y ninguno merece despreciarse, el respeto a la compañera,
la primacía de lo familiar sobre cualquier otra efusión. Si las
clasificamos, veremos con claridad en cuáles coincidían los
diferentes grupos y aquéllas en que se separaban. Ese es oficio
para historiadores, asistidos de dones de sociólogos con la ayuda
de antropólogos, etnógrafos, etc.
Me he detenido en este punto, sólo para que observemos cómo es de
sugerente el mundo de la investigación.
Allí está la fuente para penetrar en la historia regional que es
tan llena de matices, profunda y comprometedora como la nacional.
Ésta, no se puede organizar sabiamente si no se tiene el apoyo de
aquélla.
El pasado indígena.
Los hijos del Gran Caldas, nos encontramos con un problema
sumamente grave: no tenemos historia sobre nuestro pasado
primitivo. Tuvimos una de las más grandes civilizaciones, la
Quimbaya, y no hay un texto, escrito por hijos de la región, acerca
de la calidad y la trascendencia de esa cultura. No se conoce un
tratado, no digo sustancial, sino siquiera informativo, sobre los
habitantes primitivos; cómo fue la evolución de las tribus; sus
beligerancias internas; sus características más destacadas. Es como
si hubiéramos nacido sin antecedentes, sin pasado indígena, el cual
hemos desconocido, a pesar de estar presente en nuestro transcurso
vital. ¿Por qué no se estudia ese aspecto fundamental de nuestra
historia?
Desde luego, es historia regional, pero con ataduras a lo
macrocolombiano, porque está interrelacionada con la formación de
la nacionalidad. Se refiere a la identidad más remota. La evolución
de lo indígena igualmente alcanza para comprender el mestizaje y la
organización de nuestros pueblos.
¿A qué se debe que tengamos tan poco interés por el más hondo
pasado de nuestras savias? Se pueden considerar varios aspectos.
Tratemos de enumerarlos: el tipo de educación que se suministró en
Colombia, que reproducía el desdén por lo ancestral. No parecía
razonable exaltarlo cuando se había ocultado y desconocido. La
Independencia no alcanza a damos elementos para indagar nuestra
identidad. Eso viene mucho más tarde cuando se hace la reforma
educativa de 1870, en la época del Radicalismo Liberal. Lo otro
era, pues, una prolongación del hispanismo.
Luego, nuestros más grandes intelectuales se desligaron de la
realidad local. Sus escritos, de alta calidad estética, no entraban
al análisis de lo inmediato. Y hemos adolecido de tener pocos
historiadores.
Igualmente, las ciencias sociales, entre ellas la antropología,
cuentan con sólo cincuenta años de haberse establecido en los
estudios de Colombia, en el gobierno de Eduardo Santos, después de
1938.
Desde nuestra juventud, durante años se ha escuchado la prédica de
que el Gran Caldas es un territorio sin historia. Esto es cierto si
se acepta lo anterior de que sólo aquello alcanzaba valor si se
refería a héroes o hazañas personales. Pero los hechos culturales,
sociales de gran profundidad, están abandonados, para que entre a
clasificarlos el científico. Se ha necesitado que operen nuevos
derroteros en la interpretación histórica, como una de las más
recientes generaciones -que he clasificado como generación de
las identidades- para que comience una nueva visión de lo que
es nuestro pasado y el presente. Me tocó comenzar a trabajar en
esas materias y a denunciar nuevos matices esenciales de nuestro
devenir, desde que me fue dado el manejo del idioma.
Se ha sostenido que vivimos en la adolescencia histórica, que
estamos en crecimiento. Que contamos con tan poca tradición y que,
por ello mismo, no pesan los prejuicios. Lo riguroso es que hay un
pasado indígena que no hemos explorado. No nos hemos asomado a su
calidad y trascendencia. No conocemos sus sistemas biológicos; ni
sus organizaciones políticas o comunitarias. Quiero llamar la
atención sobre estos visos para que se entienda que aún contamos
con demasiadas vertientes para confrontar.
Ya hemos recordado que por aquí estaban los Quimbayas. Pereira,
integraba su territorio. Los Ansermas eran de familia caribe, y
habitaron en cercanía. Por Quinchía hallamos los Tapasco y los
Guaquesamaes. En las selvas del Atrato, en las vecindades de este
departamento, se agrupaban los Tatamaes y los Zitaraburaes, que,
por cierto, ocuparon ese territorio huyendo de los españoles. Sería
imposible desconocer a los Guáticas, los Humbras y los Apías. Los
Irras estaban al otro lado del Cauca. Los Chamíe lado istrató. Los
Irras estaban al otro lado del Cauca. Los Chamíes vivían al lado
del Mistrató. Los arrinconaron contra el Chocó. Se pueden enumerar
más tribus: los Catíos, los Pirzas, los Chaverra.
Todo esto merece estudio serio, profundo. Hugo Angel Jaramillo
viene trabajando en peculiaridades de la cultura indígena. Ojalá lo
acompañen en la empresa otros investigadores.
El tratamiento a las gentes primitivas.
Por eso es que no terminan las obligaciones. Hay que reseñar las
razones de su motividad. ¿Cómo vivían antes y cuál fue su
comportamiento después de la llegada de los conquistadores?
Los asuntos se diversifican. Se libraron muchos combates entre tos
Ansermas y los Chocoes. Al oidor Lesmes de Espinosa lo preocupaba
la dispersión que se presentaba y 'trató de agrupar las tribus. Esa
es una de las explicaciones para la aglomeración en el poblado de
"Opiramá".
Valdría, después, indagar, por qué se borra su existencia: ¿no hubo
investigación?; ¿se excluyeron los grupos entre sí?; ¿otro orden
administrativo los hizo huir? Los interrogantes crecen. Hay que
predicar una comparación: cómo vivían antes de llegar los españoles
y que les pasó después. Por qué se les fue acentuando su existencia
hacia el signo de la pobreza. Su desespero por contribuciones al
rey y a los curas doctrineros. Recordemos que, en 1627, el cacique
Sebastián Mamia y el alcalde del resguardo Pedro Bartolo, de los
Quinchías, denuncian a fray Ambrosio de Ávila, franciscano, por
usar la iglesia como cárcel para los que no contribuyeran
adecuadamente; por comprar a menor precio el maíz y por el acoso
sexual a las mujeres de la tribu. Se encuentran cuatro materiales
de gran calado, que abren diversas perspectivas al estudioso. O
pongamos otro ejemplo: el predicador Pedro Orozco, en 1774, obligó
a huír al pueblo para evitar el exceso de pagos que tenían que
ofrendarle. Es una materia que sirve para profundizar en la
picaresca.
Un hombre de agallas sin término, se apoderó de los terrenos de los
Chamíes. En Pindamá de los Cerritos comenzó un pleito en 1743, y el
alcalde de Cartago, a quien le tocaba resolver, ubicó a los
indígenas en las peores tierras. A los sesenta y siete años, el 8
de enero de 1810, se da el fallo. Es un tema que permite contar
cómo era el abuso con la tierra de los indígenas y cómo los pleitos
por su posesión hasta nuestros días, sufren los más crueles y
dilatados retardos para la sentencia.
Hay otro estudio apasionante: el de las aldeas indígenas: cómo se
fundaron y cuáles fueron las causas para su hundamiento; cuáles
evolucionaron y avanzan hasta nuestros días con otros nombres.
Hagamos referencias: La Paz o Pindamá de los Cerritos, Condina,
cuyos habitantes vinieron a engrosar a Pereira; Tachiguí, algunos
de cuyos vecinos salieron a fundar a Belén; los de Papayal fueron a
dar, en su mayoría, a Apía; Quinchía -viejo- se trasladó cuatro
kilómetros de su primitivo lugar; Guntras, que es hoy Mistrató, fue
arrasada por los Noanamaes es 1601; San Juan de Tatamá tuvo vida
cerca del río San Juan; San Juan del Chamí, Ubrí, Opiramá,
Buenavista, que estaba cerca del cerro de Batero; Irriada por el
actual sitio de Irra.
Debo advertir que estoy haciendo referencias muy incompletas. Mi
interés consiste en que nos demos cuenta de que hay un mundo por
revelarse a nuestra curiosidad. Con estos datos, deseo incitar la
inquietud de hombres investigadores. Dejar puertas abiertas para
los jóvenes historiadores. Mi afán es sacudir, crear el asombro
hacia nuestro pasado; despertar las conciencias acerca de cómo fue
el pretérito. Estamos en el deber de revelarlo a las gentes que se
preocupan por lo más insondable de la historia.
Una fuente: la de los conquistadores.
Para penetrar en el estudio de lo indígena, es apremiante que
utilicemos los escritos que dejaron los conquistadores,
encomenderos, autoridades locales, curas doctrineros. Estos
materiales nos entregarán una serie de datos de gran alcance y
trascendencia. Se puede preguntar: ¿hemos aprovechado ese caudal?
La respuesta es muy simple: desde luego que no. El aporte será
valiosísimo. Porque en esos apuntes, hallamos demasiadas tesis
esclarecedoras. Se nos revelaría, en parte, el habitat indígena.
Nos hallaríamos con la versión española, la oficial, de cómo eran y
cómo actuaron frente a sus reclamos. Pero quedan demasiados caminos
por explorar: la conducta que exhibían, sus comportamientos
familiares, sociales, sexuales; su actitud ante los misterios
universales. Nada es despreciable. Se debe, eso sí, hacer un juicio
valorativo de sus afirmaciones. No hay por qué aceptarlas en su
totalidad. Se pueden mirar con ojo censor, como es aconsejable
detenerse en cada reflexión.
Ellas nos despejan las pistas sobre las diferentes tribus con que
contamos; el grado de su cultura; su bravura o su espíritu
pacífico. Esencialmente, establecemos cuáles fueron sus reacciones
iniciales. Éstas nos ponen en la mira de su acontecer anímico y de
sus creencias fundamentales. Nos permite adivinar parte de su vida,
porque no se vivió y no se registró en las historias. Citemos
algunos nombres: fray Pedro Simón, tan rico en descripciones y que
se mueve con minuciosidad por algunos despeñaderos de nuestro río
Cauca.
O Pascual de Andagoya, o don Juan de Castellanos, o Pedro Cieza de
León. Lo mismo fray Gerónimo de Escobar, Juan López de Velasco,
Jorge Robledo, Francisco Guillén Chaparro, Pedro Sarmiento, Lesmes
de Espinosa. O Pedro de Alvarado, que repartió las tierras de
Quinchía y Tanchiguí, en el año de 1597, en nombre de Felipe It.
Sirven, igualmente, los textos de Aldana o los de Juan Bautista de
Serdella. Son fuentes casi totalmente desdeñadas. La orientación
del juicio histórico del Gran Caldas, nos obliga a que nos pongamos
atentos a estas posibilidades que se abren en riquísimos y
disímiles caminos críticos. Es hora de iniciar la tarea. Nos
tocaron la campana. Entremos en aulas del escritor para analizar,
valorar y replantear. No se debe hacer un ademán pedagógico de
resignación. Estemos alertas a descubrir y enunciar nuestras
propias respuestas.
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Improvisación en Pereira el 17 de febrero de 1988. |
