Buga y Riosucio.
No tendré cómo agradecer el homenaje que hoy me tributa el
"Centro Histórico Leonardo Cabal". Mis aficiones
interiores se amplían, al poder denunciar que esta oportunidad
honrosísima, me ha puesto en la posibilidad de comprobar las
ataduras entre mi pueblo de nacimiento, Riosucio, y Buga. A la
generosidad espiritual de Gladys Azcárate, a su inclinación por la
colaboración, debo el poder hacer referencia a algunos sucesos que
entremezclan la vida histórica de estos dos municipios. Los
documentos a los cuales voy a hacer referencia, abren las
perspectivas para apasionantes pesquisas. Lo que deseo decir,
evidentemente, es que este encuentro con Buga me ha llevado a otra
serie de fervores, que penetran al pasado y la rememoración, hacia
esta comarca.
En un estudio de Diógenes Piedrahita, publicado en el Boletín
histórico del Valle, titulado "Ciudades coloniales:
Toro", hallamos el siguiente dato: "Fundada la
República, se creó el cantón de Toro, por ley del 23 de junio de
1824, perteneciente a la provincia de Popayán. Por el artículo 4o.
del Decreto de 18 de mayo de 1834, se creó la provincia del Cauca,
con capital en la ciudad de Buga, compuesta de los cantones de
Supía, Anserma, Toro, Cartago, Buga y Palmira, esto es, casi lo que
hoy forma el Valle de Cauca, exceptuándose la provincia o cantón de
Cali". Habría que agregar que una extensión viene a ser
del Gran Caldas. Riosucio no se señala, pues su fundación apenas
tenía cinco años. Su progreso y crecimiento, son notorios.
Siguiendo algunas disposiciones administrativas, hallamos que el
avance e registraba en los reconocimientos que recibía la aldea
regional. El 24 de octubre de 1855 se dicta en Buga, la ordenanza
"sobre división territorial de la provincia", y
decreta en el art. 2º: "Habrá en la provincia diez y siete
distritos parroquiales. Entre ellos uno con el nombre de Bolívar y
su cabecera Riosucio". En la ordenanza 42, de julio 14 de
1896, se habla de la "Provincia, de Marmato, capital de
Riosucio". Cuando se enumeran los distritos, aparece el
pueblo. Alcanzaba una señalada categoría. Se va avanzando. Hay una
región a la cual le tenemos especial fervor los riosuceños, como es
la que hoy se conoce como el corregimiento de San Lorenzo, con sus
habitantes étnicamente indios, y la cual se incorpora al dominio
municipal desde el 26 de junio de 1898, de conformidad con la
ordenanza 24, de esa fecha.
En Popayán se distribuían los auxilios regionales. Leyendo el
capítulo referente al "Departamento de beneficencia y
caridad", en el capítulo 37, "Auxilios a
hospitales", se consagra: "A los hospitales de
Riosucio y Supía, Provincia de Marmato, a $100,oo cada uno, $4.800
al año". El 27 de junio de 1898, se lee al pie de página
"Publíquese y Ejecútese. Manuel M. Sanclemente".
Por ordenanza 26, del 11 de julio de 1896, se autoriza para cobrar
hasta quince centavos por el uso de los puentes y barcas que en los
ríos funcionen. De la "Sección del norte",
destaco este dato: "3: el camino de Cali a Riosucio por
Vijes, Yotoco, Huasanó, Pescador, Roldanillo, Hato y
Toro".
En la cultura tuvimos tratamiento muy destacado. En el capítulo
"Subvenciones y auxilios", hallamos:
"Art. 54: Para el Instituto Caldas de Riosucio, mensuales,
$100.oo ... $200.oo". En Riosucio, desde esa época, la
educación ha sido preocupación primordial. Mereció, desde muy
pronto, tratamiento singular. En el numeral cuarto, se pone al
municipio en la misma categoría de otros que ya eran patrimonio de
la historia y de la cultura nacionales: "A los Directores
de las Escuelas de los Distritos de Popayán, Buga, Bolívar, Cali,
Cartago, Ipiales, Pasto, Riosucio (Provincia de Marmato), Túquerres
y Tuluá... $75,oo". No terminan las preocupaciones: en la
ordenanza 46, del 27 de junio de 1894, auxilian a la Iglesia de la
Candelaria, con mil pesos.
De esta manera, en la imaginación, estoy regresando a la ciudad
donde me hubiera tocado iniciar mi carrera política, en caso de
haber vivido en esos años. Mi interés por el servicio público,
seguramente me hubiera traído hasta Buga, para recibir, desde ese
momento, el efluvio de su señorío y el acicate de su inteligencia.
Sólo arribo ahora, con uncioso recogimiento, y siento que estoy
repasando mis pasos de antiguo combatiente por la libertad.
La Guerra de los Mil Días.
Las ataduras continúan y son fecundas. Leyendo el periódico Boletín
militar que se editaba en ésta ciudad, es posible encontrar mil
informes, partes, telegramas, mensajes de riosuceños que tuvieron
poder administrativo en la Guerra de los Mil Días. Me ha interesado
el elogio que Simeón Santacoloma - pedagogo y orientador de la
comunidad, autor del 'Himno del carnaval"- hace de don
Clemente Díaz Mórkum, jefe conservador y quien merece un estudio
detenido por su gran aporte en la información de nuestra
identidad.
En el "Centro Histórico Leonardo tascón", se
hallan los originales de la resolución del lo. de diciembre de
1885, dictada en homenaje a los muertos y heridos en
"Partidas" y "Quiebralomo". Al
pronunciarla se dice que realizan ese acto con mis paisanos
ejerciendo "la municipalidad de Toro, en nombre de su
pueblo comitente". Las vinculaciones históricas cada vez
van siendo más explícitas.
En diciembre 3 de 1885, envían una comunicación de Riosucio en la
cual hay condenas un poco contundentes contra la guerra que culminó
en el desastre humano, político e intelectual de mi partido liberal
en la Humareda. Perdono los adjetivos con los cuales se refiere
Miguel A. Palau, de tanta figuración en esta provincia, a la hazaña
de la colectividad. Él dice que protesta "...por la
insania y desatentada rebelión que no ha muchos días tuvo su
término en las playas del Atlántico".
Hay dos documentos a los cuales es pertinente hacer comentarios. No
puedo eludirlo. El primero es un informe de guerra, en el cual
acusan a Rómulo Cuesta de haber causado un gran desastre en las
comunicaciones telegráficas, por su actitud revolucionaria. Se le
señala a la vindicta pública. Me ha estremecido leer este escrito.
La visión que tengo de don Rómulo, es la del más patriarcal y dulce
de los varones. Lo evoco por la calle del comercio. Cuando
avanzaba, nadie se consideraba con derecho de usar la acera.
Invariablemente bajábamos a la calzada. Era un homenaje a su
autoridad moral.
Cordial y generoso se detenía, agradecía y decía sentencias amables
que se ataban a lo cotidiano. Él era la encarnación de lo
intelectual. En su novela Tomás que se une a muchos sucesos de la
guerra, los que cruzan son nobilísimos, en medio de grandes hazañas
amorosas. "La vida es varia", como dice el poeta.
Es lo único que nos consuela al descubrir sus ademanes de
revolucionario.
Hay multitud de documentos publicados en los cuales se registra la
volteada de liberales al conservatismo. Declaran que lo hacen
porque pueden tolerar los irrespetos, descreencias, dudas en las
cuales se debate el gran partido rojo. Se les nota sofocados,
cruelmente excitados, desbordados de preocupaciones espirituales,
pues señalan que si continúan atados a nuestra colectividad, su
alma sucumbirá en medio de las llameantes lujurias del juego de los
infiernos. Lo único que me consuela al leer esas declaraciones, es
que tuvieron el aliento del ejemplo del señor Núñez. Las emitían
con testigos. Ello me hace pensar cómo estarían de hostilizados por
mis paisanos, los conservadores. Quizás algunos más que salvar sus
almas, aspiraban a conservar la vida. ¡¡¡ Ojalá lo hayan alcanzado,
es mi aspiración desde éstas lejanías del tiempo!!!
Dos valores riosuceños.
Como es elemental, estoy haciendo observaciones saltuarias de cómo
fueron nuestras relaciones con Buga. Los temas están para ser
investigados. Sólo los denuncio a quienes, desde Riosucio, a través
de los "Encuentros de la palabra" que realizan,
pueden internarse en un mundo inexplorado, muy rico en vecindades a
la historia nacional.
En el "Centro Histórico Leonardo Tascón", exhiben
cuadros del riosuceño Manuel A. Castaño: un José María Córdoba con
una guerrera en oro que deslumbra como su figura de luchador
democrático; el padre Racines; Belalcázar, el Conquistador; Camilo
Torres, Antonio Ricaurte, José María Obando y Joaquín Ricaurte y
Figueroa. Además, en los pueblos cercanos y en las casa de familia,
se conservan muchos Castaños y Palominos. Su producción pictórica
enorgullece a sus paisanos. Tenía vocación por el retrato y la
alegoría, que daba alta alcurnia en quien pintaba al óleo. Su hija
Idalí, heredó la maestría en la suntuosidad del color. Castaño fue
un ser de regio coraje. Peleó en el Alto de Guática, lugar cercano
a la cabecera de mi pueblo entrañable, contra el entonces coronel
Uribe Uribe y el general Olivares. Estuvo en "Los
Chancos", confundido entre gritos religiosos y
escapularios que garantizaban el triunfo. En Santo Domingo y en
Carolina (Antioquia) recibió títulos de capitán y sargento, que le
otorgó el general Braulio Henao. Cuando guerreaba con Julio
Arboleda, en la batalla de los Cristales, recibió la consagración
de coronel. Por esas calendas, pintó al guerrero y al poeta. El
cuadro, que produjo gran admiración, se lo donó a don Clemente
Díaz. Tenemos que rescatarlo como compromiso con la tradición
pictórica de la comarca. Así Buga nos vuelve a incitar para
citarnos, a los riosuceños, sin exclusiones, con la aventura de la
inteligencia.
De Valerio Felipe Palomino conservan aquí sus creaciones. Se
distinguió por su elegancia; fue gran orador; y, como abogado,
fiscal del circuito y juez municipal. En un acaecimiento
relacionado con el desarrollo político de los efectos de la guerra
de Los Chancos, el 23 de junio de 1877, él le dirigió un memoral al
general Trujillo. En nuestro centro, custodian el original. Ya éste
dirigía el poder en Antioquia. Le pregunta que si la Capitulación
ajustada el 6 de abril, también cobija a los ciudadanos caucanos
que actuaron en el ejército antioqueño. E insiste en que si esas
ventajas cubren a quienes se portaron como héroes en el cerro de
"Batero". Relata que algunos viajaron a Antioquia
y otros se quedaron en el cantón de Supía. Su queja la radica en
estas consideraciones: que "los actuales empleados del
Municipio de Toro, civiles y militares, interpretan que aquella
capitulación sólo se refiere a los hijos de Antioquia". De
este repaso, nos damos cuenta de cómo se hacían interpretaciones de
los documentos. Como en las diferentes épocas, lo primordial del
texto comentado, es el orden del racionamiento; el juicio en el
empleo de los adjetivos; la serena prudencia para reclamar sin
debilidades.
Las devociones por el Libertador.
Entre los escritos de Buga, dos han sobresalido por su rendición al
Libertador. Ambos lejanos en el tiempo, en la posición literaria y
en la manera de aprovechar los instrumentos de la escritura. El
uno, de una etapa romántica, sostenida sobre el fuego de los
sueños. El otro, de nuestros días, cercanos a los afanes sociales
de su pueblo. Coincidentes en el lugar del nacimiento: Buga.
Cornelio Hispano, quien pasó años de su vida investigando, leyendo
infolios, descubriendo documentos ligeramente amarillentos, para
poder escribir El Libro de oro de Bolívar. Más tarde, se fue
detrás de la gloria y del amor del Libertador. Lo siguió con mirada
de escrutadora comprensión, para publicar La Historia secreta de
Bolívar. Por cierto, ya tenía una obra considerable en lo
poético; había ideado textos en los cuales se manifestaban sus
desvelos estéticos. En este último libro, reunió en cercanía la
figura de Bolívar las mujeres que circundaron su vida de romances y
de leyendas. Desde María Teresa, la esposa, a la cual fue fiel la
memoria del héroe, Cornelio nos vuelve seres del diálogo y de la
complicidad a Luisa Crober, la dominicana; nos cuenta cómo eran las
Aristiguetas y, entre ellas, Teresa, a la cual le escribe Bolívar
donde desea precisar el azogue de su existir. Pasa por el salón de
Fanny de Villars refrescando el aire que avanzaba desde los
jardines paganos de París. Anita Leonoit, la mandamita de la
Salamina bolivarense, quien, como un junco delicado, iba
extendiendo su poder en las evocaciones del guerrero; Josefina
Madrid tan plena de poderíos en su gracia y en su inteligencia.
Isabel, que "era rubia, esbelta y de manos
finas". Y Gertrude de Toro, quien pasa rauda entre
devaneos y arrumacos. Bernardita Ibañez, doblemente poderosa, en
belleza y en su capacidad de dominio. Las Garaycoas, con gracias y
raros encantos, inclinadas a las sutilezas y ternuras. Manuelita
Madroño, que daba para que la imaginación amorosa se iluminara de
fantasía. Y Manuela Sáenz, ardorosa, conflictiva y alocada. En una
síntesis, Cornelio Hispano las evoca: "Más que por su
belleza, le cautivaron por su gracia y por su inteligencia.
Románticas y soberbias hembras, las impulsó la sensualidad y las
fascinó el esplendor, el poder, el estrépito de las armas, el ruido
de los festines; quisieron ser célebres y grandes, y quizá soñaron
en la legendaria inmortalidad de las clásicas heroínas: Thais,
Cleopatra, Teodora".
Vienen y se suceden los años. Otro hijo de Buga, - heredero de las
virtudes nostálgicas de su padre, un luchador rebelde, Camilo Cruz
Perdomo- a más de cincuenta años de las ediciones primeras de
Hispano, presenta una fantasía histórica sobre Bolívar. Elia se
refiere a sus últimos días. Fernando Cruz Kronfly, en su novela
La ceniza del Libertador, nos da una visión en la cual el
sueño, el entresueño de la fiebre, conduce al delirio. Pasan
episodios heroicos; se gritan nombres de batallas; se repiten
escenas de la vida política; se entrelazan angustias de las horas
desoladas y los júbilos de la apoteosis. Se va revolviendo la
memoria. Irrumpe, naturalmente, el amor. Viene el desfile de las
bellas acompañantes de la gloria. Y en un momento, se hace patente
quién ejerce el poder sentimental y humano. Quién tiene el dominio
de los sentidos. Leámoslo: "La fila es perfecta,
intachable, pero incompleta. Faltan allá muchas otras mujeres. De
pronto vuelve a modificarse la disposición de las cosas, hay
movimientos en el tumulto. Arrastrando la cola de su vestido
aparece la prima Fanny. Habla en francés, saborea su lengua tan
dulce como una golosina de altas frambuesas. Se pavonea distante
propietaria de la sangre, sobradora.
"Finalmente suena todo el alboroto. Cargando un látigo
brota de las aguas de la popa una mujer que viene rodeada por
docenas de gatos, un oso joven, varios pájaros cantores, una
esclava tan linda que parece pintada y otra a su lado vestida de
soldado, maloliente, perversa en la rota señal de sus labios, fiel
y oculta, un trapo rojo amarrado en su cabeza. Grita:
"-¡ Largo de aquí, yo soy la Sáenz!
"Todas corren, se espantan, desaparecen en lo invisible.
Ha llegado la Sáenz también, agitando su látigo en las
sombras".
Es, sin duda, un delirio conmovedor.
Y así Buga, a través de dos de sus escritores, rinde pleitesía a
quien fue, con dramático desvío, el mejor amante de la
libertad.
La inteligencia en vigilia.
En el Compendio de geografía de la República de Colombia,
que publicó Ángel M. Díaz Lemos, en la imprenta del departamento,
en Medellín, en 1887, se concluye que los habitantes del Cauca son,
en general, muy inteligentes, de una imaginación viva y de un
corazón ardiente: "Apasiónanse fácilmente por la causa de
sus convicciones, por la cual ellos sacrifican todo cuanto pos el
bienestar, la familia y la vida".
De esa estirpe provienen los de la cultura bugueña. Desde los
principales humanistas, y, para unir dos generaciones, nos
detendremos en Francisco María Rengifo y en Fernando Antonio
Martínez. Del primero dijo Jaime Jaramillo Uribe: "...
muestra un conocimiento muy completo de la ciencia de su tiempo,
especialmente de la física, la biológica, las
matemáticas". Martínez fue lingüista, filólogo, escritor y
catedrático. En esa alta casa de la cultura que es el Instituto
Caro y Cuervo, ocupó el cargo de jefe del Departamento de
Lexicografía y continuaba la obra del Diccionario de Cuervo.
José Manuel Rivas Sacconi lo definió con exactitud: "Hijo
de una noble tierra, a la que amó hasta lo último, encarnó las
virtudes de su estirpe y descolló en el ámbito nacional En verdad
encontró su libertad, como Cuervo, su maestro y su guía, a quien
siguió y continuó con fidelidad absoluta. Y al igual que a Cuervo,
podría definírsele como hombre puro de ciencia".
No es posible en un discurso donde sólo se rozan algunos de los
multifacéticos aspectos de la rica vida cultural, social y política
de Buga, alcanzar a mencionar siquiera sus caracteres más
representativos. Como es obvio, no se olvidaría a Rivera y Garrido,
ni se ocurriría ocultar lo que significó, en los estadios múltiples
de lo nacional, Teodoro Valenzuela; ni sería posible dejar de citar
a un renovador del arte de las tablas, como Bernardo Romero Lozano;
ni jamás podrá disminuirse el resplandor intelectual de maestro que
caracteriza a Armando Romero Lozano. Alvaro Bejarano nos debe el
libro que ya comenzó a asomar en el público, Redes y viento
donde se hace tan deliberante la exaltación de los valores
positivos del hombre. El poeta, ensayista y catedrático Harold
Alvarado Tenorio, lo mismo en New York que en Bogotá, da respuestas
a quien lo interrogue sobre los últimos movimientos intelectuales
colombianos o universales. El ciclo no se cierra. Continúa fluyendo
la fuente de lo creador. Buga cada día nos iluminará con su frente
pensadora, reclinada, apasionadamente, sobre el destino de la
patria.
Los encuentros.
Mis encuentros con Buga, los puedo evocar con precisión. Los
primeros, fugaces, en el atropello del tren que pasa. Venía de
Cartago a Popayán, la culta, para ir desvaneciendo mis tosquedades
mentales. Cuando se anunciaba el arribo, nos incorporábamos para
festejar el paso de sus mujeres que, en la estación, imponían la
majestad de su belleza. Un aire de distinción las rodeaba. No era
sino el sello de la estirpe. Las recordamos recogiendo sus faldas,
que las arremolinaba, indiscretamente, el viento. De aquello, nos
queda la marca del sello sentimental.
Vine a estarme varias semanas -largas, intensas, dramáticas,
desgarra doras- cuando, en el gobierno de Alberto Lleras, el
primero del Frente Nacional, éste aseguraba la paz de la República.
Esa etapa la evoco, porque descubrí que a la ciudad la determinaba
una austeridad, que se volvía sobrio ademán en sus varones y
discreto juego de gracia en sus damas. Aquello no impedía que
siempre atravesase el ensueño. Me detuve a mirar el Colegio
Académico y pensaba cómo sería su ebullición cuando podía otorgar
títulos académicos en abogacía o medicina. Mi devoción jurídica me
conducía hacia el tribunal que, desde 1799, venía imponiendo
sentencias a la comunidad. Sus jurisprudentes primigenios, algunos
próceres de la Independencia, habían dejado las pautas de la
sabiduría para renovarla en quienes los sucedieran. Su arquitectura
nos detenía en asombro. Después hallé en un ensayo de Jaime Salcedo
preocupaciones que comparto y que es bueno repetir para evitar que
continúe la devastación que propician urbanizadores, directores de
institutos oficiales y planificadores sin claridad estética. El
dice: "La arquitectura contemporánea ha hecho ya irrupción
en el centro, con los resultados empobrecedores de la imagen urbana
que ha afectado a otras ciudades colombianas.... La protección de
la arquitectura bugueña está, sin embargo, en manos de los
ciudadanos, que, en los últimos tiempos, han redescubierto las
cualidades de la vieja arquitectura, que hace más amable el clima,
protege mejor la privacidad de la vida familiar, y ofrece los
hermosos rasgos de una artesanía irrecuperable y el ambiente
extrañamente tranquilo en una ciudad que ya invadieron los
automóviles y los productores de cine. Encontró Buga asiento cómodo
y permanecedero. Ojalá permanezca también su
arquitectura".
Las tardes eran propicias para pasear y descubrir, detrás de la
celosía, un rostro que iluminaba el paso de los seres. En otras
ocasiones, nos quedábamos escuchando el golpear de las aguas de su
río tutelar en las piedras milenarias. Una vez llegamos a lanzar
consignas políticas. Fuimos a conocer el Cristo Milagroso. Lo
reconocimos moreno, con una mirada de honda comprensión, como
dirigida a la vigilancia de los dolores de la humanidad.
Ahora el "Centro de Historia Leonardo Tascón", me
hace volver a la casa solariega. A la vez, me ha permitido el
hallazgo con la historia regional, que es la única que le da
contenido y permanencia a la nacional. La de estos valles está
sumergida con la más emocionante y resplandeciente de
Colombia.
Insisto en pregonar que la de Colombia y la de Indoamérica, lo que
nos dará seguridad en el caminar interpretativo, es que la
ajustemos a los riesgos mestizos. Lo otro, es permanecer subyugados
por juicios europeos estadounidenses. No son los nuestros. Hoy
puedo proclamarlo. Otra vez; el amparo del Cristo mestizo que
reconforta de fe a sus gentes. Y con la benevolencia de ustedes,
permitidme que repita el verso que proclama los altos designios de
la ciudad:
¡Salve, salve, ciudad, reina ilustre!
