Intermedio con Riosucio.
Lentamente, en la medida en que se avanza en el repaso de sucesos y
personajes, hallamos que se establece una interrelación honda entre
Cartago y Riosucio, mi pueblo. Éste pertenecía al Viejo Cauca.
Revisando actas, documentos, proclamas, en Popayán, Buga y Toro,
participamos, desde el comienzo de la Colonia, en ataduras que nos
fraternalizan. Más tarde, en muchas hazañas contra las dictaduras
de Bolívar y de Rafael Urdaneta. Cuando el general Pedro Murgueitio
presidía o vigilaba reuniones de amigos de la libertad, allí
estaban los delegados de mi aldea nutricia.
Con Cartago la cercanía ha sido muy constante en las raíces
espirituales. El origen de nuestro actual municipio, son sus
fundaciones iniciales -"Quiebralomo" y
"la Montaña' - que tenían sus identidades propias. De
Cartago asomaron a ellas los presbíteros Diego y José Ayala Rada,
Francisco de Paula Sáenz y José Alejandro Castillo y Ayora. Cuando
se hizo la fundación 110, al pie del cerro del
"Ingrumá", acompañaron a la feligresía José
Joaquín Hoyos, que difundió cultura con afanes religiosos, y
Clímaco Antonio Gallón, quien, a pesar de haber nacido en Toro, en
esta ciudad tuvo su formación. Don Rafael Llanos, pedagogo de mi
lar, rector de mi colegio paternal, nos relata que estando en el
Colegio Mayor del Rosario, en compañía de Roberto Delgado y de
Braulio Rentería, aceptó el mandato interior de su vocación
religiosa. A Riosucio llegó como su pastor y se rememora por
algunos que mis paisanos vieron cómo "con asombrosa
expedición analizaba y clasificaba las plantas; manejaba el
teodolito y la brújula, explicaba el maravilloso mecanismo de los
mundos siderales; pintaba al fresco o al pastel; disertaba sobre
los diversos órdenes de la arquitectura; penetraba en las regiones
de la metafísica y la dialéctica y hacía vibrar en sus versos, como
en una caja de armonía, las notas sonoras de un alma bella, grande
y generosa". Sus Memorias aún no han sido publicadas. Es
un compromiso rescatarlas.
A Riosucio lo fundaron, mediante la unión de
"Quiebralomo" y "La Montaña",
dos sacerdotes: José Bonifacio Bonafont y José Ramón Bueno. Éste,
en la lucha de la Independencia no estuvo muy cercano a sus
propósitos. Por su cuarto pasaron gentes de su familia y otros
amigos que temían represalias de los patriotas. Él los amparó. A
algunos -con su hermano Manuel- los favoreció en su huída, los
protegió. Los acusaron. Los llevaron Bogotá para ser juzgados por
Santander, quien los absolvió, y el padre José Ramón regresó a
Cartago -donde murió muchos años después- como cura de San Jorge.
Es otra cercanía espiritual a través de un sacerdote que ejerció
tanto poder sobre sus fieles con el estilo de su oratoria y su
orientación en los deberes cívicos.
Se presenta otra ligadura más sutil y lejana. Don Gabriel Ambrosio
de la Roche se presentó en Cartago, en 1808, después de residir en
Cartagena y Cali. Venía de Francia, donde nació en San Andrés de la
Foret. Huía de la dureza imperial de Napoleón. Conocía la
cosmografía, la geografía y las ciencias exactas. Su hijo, Manuel
Vicente de la Roche, prolonga las virtudes intelectuales de la
ciudad de Cartago. Médico de amplia reputación, fue rector de la
ilustre Universidad de Antioquia y allí quedan memorias de sus
investigaciones. Los de la Roche son pocos en el país; unos
vivieron en Rionegro. Y otros, en Riosucio. Eran los dueños de las
minas de Vendecabezas, de Gavia, de Gasparillo. Eran altos, con
elegancia que contradecían ligeros gestos de brusquedad. Venían del
goce, de las pasiones de la vida. Eran liberales radicales en un
medio donde los conservadores ejercían su primacía electoral.
Dieron sus lecciones de libertad y democracia. Es un tronco común,
que nos vuelve a poner en los linderos humanos y espirituales con
Cartago.
Un reclamo fraternal: he leído que aquí consideran a Andrés
Mercado, hijo de la ciudad. Consultando a Rafael Vinasco Trejos,
quien con dedicación benedictina y entrañable devoción histórica
recoge el transcurso de grandeza de Riosucio, establece que él es
del "limo de la tierra riosuceña". Allí
nació.
Su obra poética nos estremece a quienes tenemos propensión a
escuchar las voces líricas. De suerte que la fuerza creadora vuelve
a unir a Cartago y Riosucio en sus devociones intelectuales.
La inteligencia.
En Cartago, lo cultural fue un mandato desde la iniciación de su
vida civil. Don Lorenzo de Gardea y Bazualdo recomienda fundar la
primera escuela y hace una apropiación testamentaria. La albacea,
su viuda, que pasa a segundas nupcias, mediante subterfugios de su
nuevo consorte trata de evitar la voluntad de darle aliento a la
educación local. Hubo vigilancia de la ciudadanía, pues ésta
entendió que lo que indicó el donante era buena condición para sus
hijos. Aquél había dicho que para acceder a la instrucción no
debería haber discriminación por nacimiento y que el
establecimiento estuviera cerca de la plaza para que lo
"gocen todos". Era la concepción de la educación
democrática. No la han abandonado. Cuando Isaac F. Holton M. A.,
pasó por Cartago, anota que 'la escuela de niñas me pareció bien
cuidada. El patio estaba lleno de flores, seguramente mejor
cultivadas que en cualquier otra parte de toda la provincia. Las
niñas parecían más vivaces y amables que de ordinario y creo que
esto se debe a la dedicación de la maestra, que me pareció mucho
mejor preparada para desempeñar su oficio de lo que es corriente
aquí. Que se le den libros y sus alumnas se convertirán en
verdaderas damas..." 111.
Estas dos referencias, nos sirven para advertir el clima espiritual
que ha vivido la ciudad. A Cartago se le ha llamado la
"casa del talento". No podemos mencionar la
totalidad de sus nombres representativos. Recordemos,
saltuariamente, personalidades intelectuales y artísticas: José
Gregorio Piedrahíta se consagró cuando leyó su elogio póstumo de
don Vicente Azuero, el gran ciudadano de la cultura, de erudita
formación jurídica, de los recios e indeclinables principios
democráticos. A Ramón Martínez Benítez se le llamó el 'magistrado
incorruptible", redactor del código penal, rector de la
Universidad de Antioquia. Julio César García le consagró una página
que enaltece su trayectoria humana y de jurista. Heliodoro Peña
Piñero, en la geografía; Jorge Durán Peña, en la historia; Carlos
Nicolás Rosales, como estadista, especialista en hacienda pública;
Manuel Antonio Bonilla, como gramático y filólogo, son nombres
resplandecientes. Trinidad Lasprilla López nos dejó una obra para
seguir el transcurso de su gente eminente: Cartago y sus varones
ilustres. Don Marco Fidel Suárez, al referirse a Roberto
Delgado manifestó que 'no tengo para qué decir que fue bueno en su
casa, en su ciudad y en la república y que se distinguió por su
inteligencia e ilustración". Daniel Collazos Rojas nos ha
legado su libro de poemas Rostro lírico de Cartago en el
cual se lee: "Cartago: Fuego del alma. Brasa del silencio.
Llama fértil. La voz de la armonía en la garganta del
paisaje"112.
Este escrito, es un repaso a velocidades que no permiten enumerar
las disímiles riquezas de la historia de Cartago. Si nos
detuviéramos en la vida de José Francisco Pereira, no sabríamos qué
destacar más: si al hombre de letras; al luchador contra la
esclavitud; al educador que participa en la más honda reforma del
continente indoamericano en materia de educación, que dirigió
Francisco de Paula Santander; al luchador por la independencia; al
constitución de 1853; o al profesor que forma epígonos, en la
cultura y en la defensa de un liberalismo social, como Ezequiel
Rojas, Florentino González, defensa de un liberalismo social como
Ezequiel Rojas, Florentino González, Luis Vargas Tejada, Miguel
Gamba y Lorenzo María Lleras. Siguiendo la biografía de José
Ignacio Vernaza 113, lo vemos desplazarse en servicio
de lo más auténtico de lo que es la república. Asombra como hombre
de ciencia que implanta las cátedras de economía política y de
derecho administrativo. Es decir, estaba en el orto de lo que
gobernaría jurídicamente al siglo XX. Asistió al Congreso Admirable
que desplazó la dictadura de Bolívar y eligió a uno de sus enemigos
doctrinarios, don Joaquín Mosquera, para regresar así a la elección
de sus, primeros magistrados. Censuró los actos de Rafael Urdaneta
cuando anula los autos de la alta corte de justicia para complacer
las ardentías alocadas que guiaron a quienes querían imponer
castigos, aunque fueran deliberadamente injustos, como sucedió al
juzgar a varios participantes, reales unos y otros inexistentes,
pero que debían recluirse para manejar con mayor autonomía el mundo
político, de acuerdo con las aberraciones absolutistas 114. Más tarde da otro
ejemplo: cuando la dictadura de Urdaneta, rechaza el cargo de
intendente de Cundinamarca, que éste le ofrece. En cambio, va hasta
Purificación, en el Tolima, para acompañar a Domingo Caicedo, para
que reasumiera el poder legítimo, cuando sacan a Urdaneta. Él marca
las pedagogías de la identidad en su lucha y en su obrar
administrativo. Nadie lo perturba en su camino democrático.
En la presidencia de Francisco de Paula Santander, Pereira es
consejero de estado, redacta los códigos políticos y municipal, el
de procedimiento civil y el de reformas judiciales. Apoya las
expediciones botánicas de Juan María Céspedes al Opón, fue
periodista en El Cultivador Cundinamarqués y en el
Constitucional. Este último, que marcó tantas orientaciones
en defensa del porvenir republicano colombiano. Pereira fue
candidato a la presidencia de la república. Su vida es ejemplar,
porque, desde su primera juventud, luché por la democracia y por la
libertad. Sus tesis tenemos que custodiadas.
Brevísimas referencias a los músicos Agustín Payán Arboleda, quien,
siguiendo las cátedras del profesor Fischer 115, y de don Julio Valencia, padre del
creador Antonio María Valencia, fue uno de los más expertos
directores de bandas. Compuso "Serenata aldeana",
que sigue despertando la emoción cordial de los oyentes, y más de
trescientas obras que son parte del patrimonio artístico nacional.
Pedro Morales Pino, el autor de "Lunares", que es
una síntesis de una visión amorosa, es gloria musical de la patria.
El maestro Guillermo Valencia dijo palabras que nos revelan de
decir otras: "Vivió en íntimo contacto con la escasez y el
desamparo. A geniales aletazos se defendió de los vampiros que le
amargaban. Cada rasgo de su inspiración cruzaba las adustas
nieblas, como el relámpago en la noche, iluminando y sacudiendo la
lejanía espacial. Fue el maravilloso intérprete del alma de su
pueblo y de su tiempo... Pueden correr los tiempos, mudarse los
estilos, complicarse los métodos y hasta los modos de receptividad
humana, pero quien penetró muy hondo en los enigmas de la vida y
sintió en lo profundo el lacerante dardo de los quebrantos
irredentos, que supo traducir en endechas para ser cantadas bajo la
tienda de los peregrinos, vivirá en el porvenir como perduren las
miserias humanas. De esos intérpretes rarísimos fue nuestro
compatriota Pedro Morales Pino".
Los escaños de Cartago.
En la historia nacional no hay mucha precisión en cómo y por qué se
hicieron los fusilamientos del 8 de julio de 1841, que se conocen
como el desgarrador episodio de los "escaños de
Cartago". Evoquemos los hechos políticos:
Por el Patronato Real, en la Colonia, tenía el gobierno, la
prerrogativa para la fundación o supresión de conventos y la
designación de jerarquías eclesiásticas y curatos. En el Congreso
de Cúcuta, en 1821, se dictó una ley que autorizaba la supresión de
aquellos que tuvieran menos de ocho religiosos. Bolívar, el 27 de
agosto de 1828, violando la ley, y en el furor de su dictadura,
buscando el apoyo clerical, restableció los abolidos. La convención
de Nueva Granada, que expidió nuestra primera constitución, en
1832, con el carácter de la república independiente, después de la
disolución de la Gran Colombia, declaró nulos tales actos. Eliminó
varios conventos, menos el de Pasto y los del Desierto de la
Candelaria, en la provincia de Tunja. El congreso de 1839, por
petición razonada del obispo de Popayán, clausuró los de
"La Merced", "Santo Domingo",
"San Francisco", y "San
Agustín", de la ciudad de Pasto. El padre Francisco
Villota desató una rebelión. Pero es indispensable hacer unas
precisiones. Aquéllos dependían, de las casas provinciales del
Quito. Sus rentas llegaban al país vecino. No eran, por lo tanto,
recomendables ni para la iglesia ni para el estado
colombiano.
Nació "La Guerra de lo Supremos", que fue la
primera en Nueva Granada, después de la Gran Colombia. Para suceder
a Francisco de Paula Santander, para el cuatrenio 1837-1841,
triunfó José Ignacio de Márquez, uno de los
"ministeriales" o conservadores, quienes fueron
los amigos más beligerantes de la dictadura de Bolívar y,
posteriormente, de la del general Rafael Urdaneta. Si el
liberalismo no se divide, probablemente no se presenta esta guerra
civil. Los votos se distribuyeron así: Márquez, 622; Obando, 555;
Vicente Azuero, 164. La mayoría liberal, como en otras ocasiones,
se dilapidó.
El presidente Márquez, para debelar a Villota, envió tropas al
mando de Pedro Alcántara Herrán, quien sometió a los insurgentes en
Buesaco, el 31 de agosto de 1841.
Comenzaba la campaña presidencial para suceder a Márquez:
1841-1844. Uno de los candidatos era Herrán, yerno de Mosquera.
Ambos, "ministeriales" y sostenedores del
despotismo bolivariano. Era difícil que ganara en votación limpia:
se apeló a todos los trucos, tropelías, abusos y azarosos
menesteres políticos. Obando se perfilaba como su contrincante muy
popular. Lo primero que hicieron fue revivir la acusación por la
muerte de Sucre, hecho ocurrido en Berruecos, diez años antes, en
junio de 1830. A la vez, los "ministeriales"
contrataron a Irisarri para que escribiera y distribuyera un libro
contra Santander y Obando, pues aspiraba a mermar la imagen
internacional de éstos. Para aquéllos no contaba que a Obando lo
hubiera absuelto la H. Corte Suprema de Justicia en 1832, a
solicitud suya para posesionarse, provisionalmente, de la
presidencia de la república. Se desconocía una sentencia de más
alto tribunal de justicia. Obando se insurreccionó en Timbío. Se
firmó un armisticio en Arboledas.
El enfoque económico colonial aún predominaba. La prensa proclamaba
la federación como la mejor solución.
Arrecia la campaña contra Obando. En junio de 1840, éste lanza
proclama pidiendo apoyo a sus amigos, pues alega estar
"perseguido por un gobierno de origen impopular".
Además manifiesta que le devolverá a la Nueva Granada "su
libertad e integridad con el renacimiento de Colombia bajo un
sistema federal, que es el grito nacional".
Se profundiza la oposición a Márquez, la cual proclama la
federación. El gobierno de éste pide a Juan José flores, quien
ejerce su hegemonía despótica, que invada el territorio colombiano
para combatir a Obando. Flores fue enemigo, tradicionalmente, de
Colombia. Ahora aspira a anexarse parte del territorio sur
colombiano.
Las tensiones políticas se agudizan. La situación de persecución
toma el furor de todas las crueldades. Se persigue a los
periodistas: a Manuel Azuero y Fernando Nájera, directores de El
Latigazo, los condenan a trabajos forzados, entre ellos dos
infamantes para unos escritores: empedrar las calles de Bogotá y
conducir al cementerio soldados muertos por la peste de viruela;
confiscan sus bienes y destruyen la imprenta. Murillo toro, quien
era su colaborador, huye al Socorro. Desde luego, se apropian de
más periódicos.
La cátedra universitaria estaba controlada. Rememórase el proceso
contra el profesor José Duque Gómez "por opiniones
emitidas en la clase de Derecho Constitucional del Colegio del
Rosario" 116. Era el control del pensamiento.
Esto llevaba a que sintiera el ciudadano -y con mayor razón,
quienes manejaban ideas, como eran los jefes de ese tiempo- una
imposición de silencio a la discusión pública. El gobierno de
Márquez aplicaba con exceso de rigor el código penal de 1837. Jesús
Torres Almeida 117, hace un resumen en estas palabras:
"El mencionado estatuto acababa con los derechos
individuales y garantías sociales, sustituyendo tácitamente la
constitución de 1832. Por el mencionado Código Penal se instauraba
la pena de muerte por delitos políticos y comunes, y contaba con
extenso articulado represivo donde predominaba el derecho penal
europeo anterior a la revolución francesa de 1789.
"Las penas corporales se complementaban con doce años de
reclusión y diez, sin agravantes. Por los artículos 42 y 50 se
ordenaba imponer los 'oficios más duros' para las mujeres, con diez
y seis años de reclusión y doce de trabajos forzados. En lo
relativo a culpas y a penas contra la Constitución, se instauraba
el delito de opinar, privándose a la oposición de sus derechos
políticos. La sedición era penada con la ejecución e indicios
contra la seguridad del Estado con penas de diez y seis a doce años
de trabajos forzados, y tres años de vigilancia policiva.
"Por los artículos 202 a 209 se tipificaban delitos contra
la religión estableciéndose la 'venganza divina'. El artículo 205
rezaba: 'Los que en público blasfemen contra Dios sufrirán una pena
de uno a cuatro meses de prisión, y una multa de veinticinco a cien
pesos. Si este delito se cometiera por la imprenta, la pena se
triplicará al editor'.
"Los delitos de "Libelos difamatorios"
comprendían los Títulos Segundo y Tercero de la Sección Tercera del
Libro Cuarto, en los cuales se eliminaba la libertad de imprenta. Y
por el artículo 760 se establecían penas de reclusión de seis meses
a un año y multas de cien pesos 'a quien en público leyese o
perorase delante de más de ocho personas'. También era delito
criticar a los empleados públicos. El artículo 772 decía: 'La
injuria grave cometida en discurso público o en manuscrito leído,
en conversación en sitio de reunión pública, o en la concurrencia
particular que pase de ocho personas, será castigada con la pena de
reclusión por tres meses a un año, y multa de veinticinco a cien
pesos'".
Con la bandera de la federación, y acosados por la política de
represión, se levantaron los jefes militares en las provincias y
cada uno se llamó "jefe supremo". De allí viene
el nombre de la guerra. Les faltó, unidad y por ello fueron
derrotados. Las causas fundamentales que los impulsaron,
fueron:
1. Apoyar a Obando;
2. Desalojar las tropas invasoras de Flores, de las cuales se
consideraba que rompían la soberanía nacional, a pesar de que,
equivocadamente, hubieran sido llamadas por el gobierno de Márquez,
pues se conocían sus aspiraciones a varias provincias del sur,
según notas que rebosaban en la cancillería;
3. La supresión de los conventos;
4. Defensa de la H. Corte Suprema en sus fallos, que debían
dictarse con total independencia;
5. Por lograr la libertad de pensamiento en la prensa y en la
universidad;
6. Por impedir que la política de represión pudiera crear y
fortalecerse más en la república;
7. Por recobrar el imperio de la libertad, que había sido el signo
de la guerra de independencia.
Uno de los fusilados, en Cartago, es Salvador Córdova 118, prócer de la patria.
Hermano de José María, Salvador ha servido, con eficacia, heroísmo
e inteligencia, a Antioquia, al Valle, a la Costa Atlántica. Para
rememorar esta parte me apoyo en una investigación de alta
categoría histórica del académico Gabriel Camargo Pérez. Peleé
contra la dictadura de Rafael Urdaneta y, como es de lógica
política, no compartió la de Bolívar. Dio ejemplo de largueza en
sus heroísmos y de confianza en la necesidad de luchar por la
integridad de la patria. Por eso siempre rechazó las invasiones del
venezolano Flores que gobernaba en el Ecuador. Precisamente con
José María Obando combatió en 1831 y 32 contra las pretensiones de
éste. Ahora, en 1841, flores está invitado por el gobierno de
Márquez para invadir, y así poder derrotar la "guerra de
los supremos". Córdova, el 19 de octubre de 1840, en
Medellín, lanza una proclama en la cual, con ardor, manifiesta:
"Granadinos: Vehementes indicios acreditan que el gobierno
de Bogotá, rompiendo el artículo 2o. de la Constitución, trafica
con el territorio nacional, ofreciendo al General Flores la
provincia de Pasto, en cambio de ochocientos verdugos que derramen
la sangre granadina. A los crímenes de la administración del doctor
Márquez sólo falta el de traición, y ya la obra parece
consumarse".
Salvador Córdova peleaba no sólo una guerra de facciones
colombianas. Su lucha se enderezaba a la defensa de la integridad
de la patria. Por eso su fusilamiento no se justifica.
Hay una carta de Mosquera a Herrán en que le dice, desde Túquerres,
el 24 de septiembre de 1840: "Mi querido Perucho:...
Debiéramos donarle al Ecuador la tal provincia, con Timbío de
encima". Y de la misma ciudad le manifiesta el 25:
"Deseo que salgamos de esto pronto, para que se lleve el
Ecuador o el demonio esta provincia.... Cada día me convenzo más de
que si no nos unimos a Flores, perdemos nuestra reputación en esta
guerra...".
El 12 de noviembre, Córdova lanza otra proclama que sostiene
ardientemente: "Caucanos: Yo marcho hacia esas provincias
con quinientos soldados resueltos a triunfar o perecer conmigo en
la demanda". Y, al comienzo, interroga "El
coronel Borrero pregunta: ¿qué hará Antioquia cuando el Cauca sea
del Ecuador?... Me anticipo a contestar, porque mi respuesta puede
ser fecunda en buenos resultados. La provincia de Antioquia,
siempre granadina, jamás mendigará un amo en países
extranjeros...".
El 16 de diciembre de 1840, José Ignacio de Márquez, presidente,
escribe a flores: "Mi estimado amigo: La revolución que
los demagogos han extendido en algunas provincias de esta
República, no sólo atenta ante la existencia de este gobierno, sino
que amenaza muy directamente la paz y la tranquilidad de Ecuador.
Los negocios se han complicado en términos que hace urgentemente un
auxilio de dos mil hombres, con usted a la cabeza, para que
ochocientos obren por el Cauca sobre Antioquia, dirigiéndose el
resto con usted hacia esta capital". Creemos innecesario
hacer comentarios. Es la entrega de la patria.
A Salvador Córdova lo exalta José Hilario López en sus
Memorias. Don Joaquín Mosquera lo considera fundamental en
la lucha contra Urdaneta. Cuando pide su retiro del ejército para
atender a su familia, el general Santander le dice: "Lo
que debe tomar son Letras de Cuartel. Usted está joven, y por sus
cualidades está llamado a ser uno de los principales jefes del
ejército republicano granadino". De suerte que estamos
ante un hombre de jerarquía y condiciones militares de excepcional
calidad.
El 27 de mayo de 1841 le da el gobierno las gracias a Flores
"por la importante cooperación que ha prestado a la
división de operaciones del Sur". El 2 de mayo había
asumido el mando Herrán, el yerno de Mosquera.
Córdova, que ha avanzado sobre el Valle, regresa a Cartago. Allí se
entrevista con su cuñado, el exgobernador de Antioquia, doctor
Manuel Antonio Jaramillo. En "El Naranjo" fueron
detenidos. El 1º de junio se ordena conducir los presos a Bogotá.
Desde Ibagué el 21, le escribe Córdova a Mosquera: "No
obstante que nuestras opiniones no han estado conformes, aunque en
el fondo quizá pudieran serlo, yo deseaba que usted hubiese venido
a ésta, antes de mi regreso a Cartago, pues que no dudo habría
evitado algunos padecimientos al hallarme a disposición de un jefe
noble y caballeroso".
¡Qué profunda equivocación sufría Córdova!
Esta solicitud fue puesta en conocimiento del presidente por
despacho que le hizo Mosquera el día 17, al llegar a Ibagué,
procedente de Neiva. En él manifiesta: "Los reos que están
aquí, traídos del Cauca, son famosos criminales... Si hay riesgo
que Córdova se vaya, porque no puede haber un juicio pronto, lo
fusilo pare en lo que parare mi reputación".
Desde Pasto, el 29 de julio de 1845, Herrán escribe a Mosquera, su
suegro: "El suceso de Córdova: Mis respetables
amigos don Joaquín y don Rafael Mosquera me avisaron con urgencia y
sobresalto la orden que V. E. había despachado para fusilar a
Córdova. Me manifestaron que este golpe sería funesto para mi
admirable administración e ignominioso para mí como Presidente...
Entonces V.E. me impuso la condición de que revocara mi orden de
hacer pasar a Córdova a Bogotá, y que dispusiera que pasase a
Cartago, comprometiéndose V.E. la palabra, que allí sería
juzgado".
Mosquera llega a Cartago el 7 de julio de 1841, como lo recuerda
José Manuel Restrepo, en carta del 17 de julio de 1859. Reclama a
los presos... "El jefe político le contestó no poder
entregárselos, por cuanto habían sido puestos a disposición de la
autoridad judicial... No hubo poder humano que salvara a esos
desgraciados".
Así llegó a los escaños de Cartago. Salvador Córdova, escribió a
Anita, su esposa, el 8 de junio, fecha de su ajusticiamiento:
"Parece que el Creador decretó ya nuestra separación
eterna. Toda la noche he estado en capilla. Son ya las seis de la
mañana, y a las siete está decretada mi muerte, y la de Manuel
Antonio, Camacho, Robledo, Castrillón y dos señores más. Nada me ha
alterado".
Recado personal.
Estas páginas sobre Cartago deben tener un fin, sabiendo que sólo
hemos rozado su grandeza. Nos asomamos al linaje espiritual de sus
hombres y mujeres. Sentimos el aleteo refrescante de sus luchas
populares. Nos detuvimos en el huracán de sus pasiones patrióticas.
Desde la Colonia hasta hoy, vimos desfilar el signo de la comarca,
en su historia local. Que se va entrelazando con la de la
patria.
Ha sido, para mí, un peregrinaje grato. Estoy unido a Cartago desde
mi primera adolescencia. La ambición de alcanzar una formación
cultural, me trajo, desde Riosucio, hasta aquí, para recomenzar el
viaje, al día siguiente, hacia Popayán, la culta. Mis zozobras
provincianas se sacudían ante el destino. Cuando descendía hacía el
río La Vieja y veía, al fondo, la planicie, tuve la sensación de
despojarme de mi niñez feliz, de mis montañas y serranías, que
habían modelado mi concepción del universo. Me aproximaba a un mar
verde de pastos para mí desconocidos, de árboles frondosísimos, de
espectaculares hojas que crecían invasoras. El río, con sus aguas
serenas, atravesado por el puente, me notificaba que entraba a un
nuevo ciclo de la naturaleza: me esperaban planicies, lagos, ríos y
caños silenciosos. El río Cauca, majestuoso y potente, presidía ese
mundo natural alucinante. Llegué en las horas de la tarde al Hotel
Patria o la pensión de las Caicedos. Me solacé en el claustro que
le daba contorno a la casa. Las más variadas flores con sus
explosivos colores, custodiaban mi recorrido. Después salí a la
calle. Era la primera vez que me encontraba con otra arquitectura,
diferente de la guadua y cañabrava que amparó mi niñez. Las
palmeras, sacudidas por un viento que les peinaba sus hojas, lo
mismo que las cabelleras de las adolescentes que iluminaban con su
belleza y su gracia el parque, me ponían en vilo de admiración.
Unas calles anchas, solitarias, en el comienzo de la noche, eran
las que permitían escuchar el paso que repercutía con su extraña
solidaridad en el dominio de la soledad.
Después vine en muchas ocasiones. Al lado de mi padre, conocí
faenas de negocios, esparcimientos de la amistad, el diálogo
político. Ejercí aquí mi profesión, atado a abogados de la ciudad
que me enorgullecen con su amistad y su pericia jurídica, como
Rigoberto Orozco Cardona o Dagoberto Gutiérrez. Más tarde, enfrenté
mi vocación de ganadero. Mensualmente venía a aprender sabias
enseñanzas de negociantes que exhibían pericias y marrullerías. Me
discipliné en la humildad de apreciar a los animales taciturnos, o
en su abrupta briosidad vital. La política me comprometió con su
pueblo en huracanados debates. Y lo acompañé con discursos,
proclamas y arrebatos democráticos. Pasé por aquí buscando la paz
que había sido sacrificada por "La Violencia"
partidaria, que rompió los lazos de la convivencia colombiana.
Ahora regreso, otra vez ilusionado y conmovido de amor por el
pasado de Cartago. El "Centro de Historia Luis Alfonso
Delgado" me vuelve a convocar para demostrar mi fidelidad
a la ciudad y mis devociones por Colombia. Y yo cumplo.
Bogotá, Barrio "El Refugio", 1992.
| 110 |
PURIFICACIÓN CALVO DE VANEGAS: Riosucio, Biblioteca de Autores Caldenses, Manizales, Colombia. |
| 111 |
ISAAC F. HOLTON: ob. cit. |
| 112 |
DANIEL COLLAZOS ROJAS: Rostro lírico de Cartago, Cali, Colombia, Impresores Feriva LIda., 1990. |
| 113 |
JOSÉ IGNACIO VERNAZA: ob. cit. |
| 114 |
MAXIMILIANO CASTILLO RADA: "José Francisco Pereira" y "Si se acaba el mundo nos vamos a vivir a Cartago", Nos. 115 de 1963 y 301 de 1986 de la Revista El Valle en la Nación. |
| 115 |
CÉSAR MARTÍNEZ DELGADO: Remembranzas de Cartago, Bogotá, Colombia, Editorial Presencia, 1985. |
| 116 |
ROJAS EZEQUIEL: Obras, Tomo 1, Bogotá, 1882, pág. 349 'Alegato de Conclusión'. |
| 117 |
JESÚS TORRES ALMEIDA: Manuel Murillo Toro: caudillo radical y reformador social. Primer Premio Concurso de Historia "Eduardo Santos". Ediciones El Tiempo, Volumen III, Bogotá, 1984. |
| 118 |
GABRIEL CAMARGO PÉREZ: Salvador Córdova, prócer de la república, 1801-1841, Inédito. |
