Buga contra la dictadura.


José Félix de Restrepo dijo en esa ocasión: "Vamos a librar una segunda guerra de Independencia: libertarnos de los Libertadores de Colombia". El sentimiento contra la dictadura, era proverbial en las provincias. Aún no se ha averiguado cómo fueron los cónclaves, reuniones, diálogos, seminarios contra la del Libertador. Es otra investigación que no se ha intentado. Contra la de Urdaneta principiaron a organizarse cruzadas nacionales. Ya hemos visto la actitud de Popayán. Para Buga se citó una reunión. Urdaneta le dice al general Murgueitio, el 2 de noviembre de 1830: "Si Us. duda de las buenas intenciones de la asamblea caucana que me dice debe reunirse, impida Us. dicha reunión y sobre todo esfuércese por librar al Cauca de los monstruos que la oprimen y deshonran, de los asesinos de Obando, López y su pandilla".
No hubo obstáculo que se propusiera, que no fuera vencido. El presbítero José Gregorio Benítez llevó la representación del cantón de Anserma. Esta pelea de Buga contra la dictadura de Urdaneta, es normal. López y Obando le escriben al general Pedro Murgueitio y le indican el deber de luchar contra la dictadura. José Antonio Arroyo - después del pacto de Japio, entre fuerzas de Cali y Popayán - convoca una asamblea en Buga. Para rechazar a Urdaneta, con ingenio proponen que regrese Bolívar a gobernar, sabiendo que su salud no toleraba la propuesta. Es una manera de repelerlo. Finalmente dicen que mientras se vuelve al régimen legal, gobierne - provisionalmente - Urdaneta. Pero que ajuste sus actos a la constitución y a la ley. Lo cual era imposible. Con firmeza republicana, terminó la Asamblea. Urdaneta no logró su objetivo. Buga señaló una pauta democrática.
Cuando terminó la Independencia, salimos a una democracia. Desde el primer momento, votamos para congresos; para elegir los mandatarios para constituyentes. Escogimos presidentes contra la costumbre universal de que gobernara la monarquía. No se le admitió a Bolívar la propuesta de un príncipe inglés o francés. Nos ganaban otros principios. La resistencia a la Colonia, había sido tan fuerte, que el criterio de la libertad era muy dinámico, arraigado hondamente. Por fortuna, prevaleció éste y mediante el tratado de Juntas de Apulo, firmado el 28 de abril de 1831, salió Urdaneta, y se ratificó el poder que ya venía ejerciendo Caicedo.


El resguardo de Indígenas.


Quinchía fue un resguardo de indígenas. Esas tierras estaban atadas a sus habitantes. En este libro, nos damos cuenta de cómo fue de grave el desconocimiento de la reforma agraria iniciada en el gobierno de José Hilario López, que con disímiles medidas completó el Liberalismo Radical. Que, rabiosamente, borró de la legislación la Regeneración Conservadora de Núñez y de Caro. Comenzando por una previsión elemental: el control de la adjudicación de baldíos y la exigencia de la prueba del trabajo en ellos. Lo básico era que no podían adjudicarse sin límites.
El resguardo indígena ejercía el dominio sobre las tierras, las fuentes saladas, algunos aluviones auríferos y los afloramientos hulleros. El primer maestro arribó de Riosucio, don Juan José Taborda. Como no contaban con dinero para pagarle, establecieron los arriendos. Jamás volvieron al común lo que habían destinado para usufructo precario. En esa región, no había baldíos, pues comenzaron a adjudicar parcelas - con sólo el requisito de seis declarantes- y se fue rompiendo la unidad. Años después, aparecieron algunos antioqueños -los primeros colonizadores-, los cuales se ausentaron, pues les presentaron resistencia a sus ideas, unos indígenas homogéneamente liberales. Luego, la asamblea del Cauca consintió la venta, conduciendo a la desintegración del resguardo. La única orden perentoria, era reservar un número determinado de hectáreas para crear un poblado.
Hay otras consideraciones de la oscilación de esa política en materia tan primordial. El gobierno toleró las ventas, citando la ley 252 del 17 de septiembre de 1869. Como los resguardos no estaban bien delimitados, vino una avalancha de antioqueños. Por cierto, conservadores de gran dureza con los indígenas. Estas circunstancias, impulsaron multitud de conflictos. La tolerancia, la falta de reglas legales bien ajustadas; el deseo de rectificar las tesis acerca de la tierra por las cuales había peleado el liberalismo; las demandas inmediatas del resguardo y de los indígenas, fueron permitiendo la invasión de sus parcelas. Es una de las materias capitales que deja enunciado el texto que comentamos. En el futuro habría que volver sobre móviles tan explosivos y tan unidos a la existencia de la propia conservación de los valores populares del país. La producción agrícola ayuda al crecimiento y la presencia de la aldea. La aldea es "uno de los grandes secretos de la cultura". Allí se acumulan los simbolismos que van cediendo o pervirtiéndose en la ciudad. Aquélla los defiende en su discreta penumbra. No libra una batalla. Sencillamente -como no la invaden- no alcanzan a despojarla de ellos. De esa manera, los acendra, los pule, les da categoría de permanencia. Poseen la virtud de entrar a la memoria de los hombres. Así se forma la cultura popular. La labor del historiador es revivirla. Revelar la conciencia de sucesos ya pasados. Que deben regir, desatando su influencia, al despertarlos en el análisis y la recreación. No es una labor de arqueología. Al contrario, su misión es devolverle el poder a la voz, a las que se apagaron. Resucitar las voces que enmudecieron. Darle vitalidad a lo sumergido. Permitirle dar respuestas, hoy, que muestren las rutas.


Colonización.


La colonización en el Gran Caldas tiene, por regiones, características peculiares. Al desentrañar diversos matices, debe ponerse demasiado cuidado en no caer en generalizaciones. Se pueden formular como que fue colectiva, de gentes misérrimas, con sentido de reivindicación de la tierra, con afán de que primara el criterio del trabajo sobre el de los títulos, realizados después de la Independencia. Se han destacado las que se adelantaron en el siglo XIX. Después aparecen orientaciones diversas, y parte en este siglo, en pueblos del oriente de Caldas y riberas del Magdalena.
Enumeremos varios -no la totalidad- de los episodios importantes de la colonización en el occidente de Caldas, que es la región por donde están ubicados los análisis que ahora nos preocupan:
1. En os juicios que suscita el occidente del antiguo Gran Caldas, es evidente que la colonización sufre otros desarrollos. Aquí unos terratenientes, consiguen adjudicaciones de la república. Antes eran mercedes de la colonia las que levantaban los de la concesión Aranzazu, en el norte, o la Compañía Burila, que presentaba otros derechos especiosos contra la del Quindío. En este libro de Cardona Tobón, hallamos que unos terratenientes compran baldíos al estado. Van vendiéndolos a algunos campesinos, cobrando y hostilizando. Es diferente la metodología. Han asimilado las dificultades de los sistemas represivos anteriores, y se amparan en otras soluciones. Los entusiasma la especulación con los terrenos. Es otro el comportamiento, y bien elocuente. Hay que explorarlo con mayor rigor en el futuro.
En caso de Quinchía, dos hombres que tuvieron singulares riquezas en la comarca -Rudesindo Ospina y Bartolomé Chaves- y algunos más, con marcada categoría de negociantes en minas y en tierras del Cauca, dieron estímulos a esas desconocidas singularidades de la colonización. La invasión al resguardo de Quinchía se precipitó con motivo de la guerra de 1860 que propició el avance de los antioqueños hacia tales terrenos.
2. Existe una colonización de orientación francamente política. En el caso que venimos estudiando, Clemente Díaz Morkum, jefe conservador de Riosucio, persona que tuvo notoriedad personal y administrativa, impulsó, en lo que hoy se llama San Clemente, una concentración de personas de Carmen de Viboral y Marinilla, y ejerció, a la vez, un control sobre el resguardo de San Lorenzo, con el objeto de presentar una resistencia a los liberales de Quinchía y Bonafont. Van surgiendo situaciones muy reveladoras. O cuando los conservadores de Manizales huyen en la guerra de 1876 y se instalan en Apía.
3. Los paisas localizaban tierras baldías. Otras veces, se veían obligados a adquirirlas a los terratenientes, quienes se las habían hecho adjudicar de la organización de la república - o para ser más exactos, de la falta de la orientación administrativa imperante- o como en el ejemplo de Pedro Orozco, oriundo de Sonsón, fundador de Támesis, y quien se radica en Anserma Viejo para ir adquiriendo los derechos de los indígenas de Tabuyo y Tachiguí. Se introduce un desconocido elemento: el remate de tierras por préstamos y la compra de baldíos a la nación. Otro matiz es el de la compañía de José María Mejía, de Manizales, que reclamaba como suyos baldíos entre el río Cauca y el alto de la Sierra. Cuando alegaba la posesión, se opusieron más de veintisiete colonos ante el personero de Anserma Viejo. Aquéllos enviaron representaciones ante el gobierno del Cauca y memoriales al ministro de hacienda, que conocía de las protestas. Éste escribe un mensaje en el cual no queda duda de los derechos de los campesinos. Después, los cambios políticos, consolidan las injusticias. Y los Mejías se posesionan.
4. Los paisas salieron de Támesis, de Jericó, de El Jardín. Colonizaron la franja occidental del río Cauca. Mulatos y negros de otra banda y de Girardota, avanzaron igualmente. Entremezclados, arribaban presos de Medellín y empresarios de Envigado. Después de la Guerra de los Mil Días, se produce el gran avance.
El liberalismo, con sus jefes y escritores, lanzaba críticas. Basta invocar las amonestaciones de Aníbal Galindo.
La concentración de la tierra, desatada por la Regeneración Conservadora, no se detenía: Juan Bautista González, vecino de Manizales, recibió de la nación miles de hectáreas a cambio de bonos territoriales. El estado no presentaba una política de tierras. Raramente, en el transcurso colombiano, se comprueba que la haya poseído. Pues aquél revendía a quienes ya eran colonizadores anteriores. Un ejemplo más sería el del doctor José Tomás Henao, de Manizales, que adquirió, con esa metodología rudimentaria que aquí hemos expuesto, extensiones en los campos en Apía. Su fortuna, con la venta de tierras que no había trabajado, fue fabulosa. En 1912, todavía se adjudicaban a Federico Delgado, a Efraín Eastman, a Rafael Velásquez, a Luis Robledo, a Pedro Henao. De esa manera se cumplió la colonización en esas laderas y en las márgenes del río Risaralda. Es un gran espectáculo de contradicciones jurídicas; de imprecisiones en las políticas del gobierno. De manotazos de los especuladores. Contaban ya con experiencias. Algunos, como Rudesindo Ospina, habían conocido en detalle lo de la Concesión Aranzazu. Sabían las peripecias de La Burila. Bien: en esta odisea humana, se ingeniaban otras particularidades para actuar contra los colonos. Y éstas, apenas las hemos enunciado. Están por investigarse.
5. El criterio de los vendedores de los baldíos que el estado les había cedido, se había modificado ante las dificultades anteriores, que les presentaron los campesinos. Cuando Rudesindo Ospina le vende a Pedro Orozco las doce mil hectáreas en la Cuchilla de Belalcázar - o cuando tomó baldíos cerca de Apía, o el resguardo de Tachiguí, en las proximidades del río Risaralda- los sistemas se habían transformado. Aparece otra modalidad: se traían los colonos y se les suministraba tierra, semillas, aperos, elementos de labranza. De esa manera, aquéllos reconocían que eran dueños los donantes. Se comenzaba a vender, de allí en adelante, a crédito. Orozco no se detenía: compraba tierras a los municipios de Anserma Viejo y de Supía.
En cuanto al resguardo de Quinchía, los jericuanos pusieron cañaduzales por Opiramá, sembraron los primeros palos de café cerca del cerro de Batero. Vicente Garcés abrió las tierras ganaderas sobre las orillas del río Cauca, los Cruz y los Sánchez poseían ímpetu invasor desde Santa Bárbara. Y se desarrolló un suceso muy peculiar: los indígenas del Chamí llegaron y se fueron filtrando dentro de los Quinchías. No se percataron del fenómeno. Fue una de las causas de la pérdida de su propiedad.
6. Interrelacionado con el problema de la tierra, se localiza el de las minas de oro, de sal, de carbón. Precisamente lo que constituía el patrimonio de los indígenas de Quinchía. En las zonas de colonización se repite el insuceso.
La aparición de nuevos grupos humanos se fue acelerando en la medida en que los gobiernos central y del Cauca no tuvieron visión de cómo administrar los terrenos. Para que funcionara la primera escuela, se toleró que al pedagogo Taborda le cedieran algunas extensiones en arrendamiento. No reingresaron al patrimonio. Para pagar al doctor Gonzalo Palau servicios de abogacía, le dieron lotes y minas. Éste es un personaje bien curioso. Hombre de dones intelectuales; con experiencias jurídicas; con señorío probado en cargos diplomáticos, vivió en Riosucio. Todavía cuentan sus anécdotas donde brilla la gracia sarcástica y las tendencias críticas. Tuvo una acción que oscilaba entre la defensa de los bienes públicos y el facilitar que los campesinos se dejaran despojar de ellos. Fue un raro equilibrio entre la equidad y la leyenda picaresca. Por lo que he escuchado, creo que se dedicaba más a ésta que al concepto integral de la justicia. Sobre cada una de estas peripecias y personajes, se pueden tejer las "historias regionales". Es lo que nos da matices, calidades y, a la vez, juglarescos placeres en el diálogo.


Conflicto entre Antioguia y el Cauca.


Cardona Tobón sostiene que, en las guerras que cruzaron territorios, se hace notoria una oposición entre Antioquia y el Cauca Es indispensable hacer un distingo - como decían los escolásticos-: en aquéllas se combatió por confrontaciones generales; por implicaciones nacionales; por determinantes en la conducción del estado. No se ceñían a lo local, a lo que impulsa el destino de los pueblos. Alcanzaban otras magnitudes.
Lo que sí es real, es que ellas tuvieron sus destellos de heroísmo en las tierras de la comarca. Los nombres de grandes líderes quedaron incrustados en la imaginación guerrera de las aldeas. Se iluminaban los contertulios, relatando la aventura creadora.
Hagamos referencia a algunos pocos acontecimientos con el objeto de que se marque bien la importancia que alcanzaron en los terrenos que nos desvelan estos apuntes. Cuando la guerra de Los Supremos, Salvador Córdoba fue derrotado en el alto del Chocho, en Riosucio. En 1862, las tropas unidas del Cauca y Antioquia - peleaban el destino nacional, común - vencieron en Cristales y Cabuyal. En 1865, el general caucano Joaquín María Córdoba es proclamado presidente por los rebeldes conservadores. Fue estimulado por Riosucio, Supía y por Tuluá. Lo derrotó Eliseo Payán. En 1876, los antioqueños propician la insurrección contra el gobierno del Cauca. Fueron sometidos en Batero, Los Chancos, Garrapata y Manizales. Los caucanos invadieron a Antioquia. En 1885, Uribe Uribe en Ouiebralomo derrota a los conservadores. En otra ocasión, éste había sido vencido. El 8 de julio de 1860, vecinos de Riosucio desconocen el gobierno de Mosquera y piden, al congreso nacional, que los anexionen a Antioquia. El 23 de mayo de 1864, las poblaciones de Riosucio, Anserma Viejo, Supía, San Juan de Marmato y Arreyanales, se conjuran contra el gobierno liberal del Cauca. Debemos anotar que las arremetidas antiliberales las patrocinaban y dirigían los terratenientes con servadores de Antioquia. Es un aspecto bien sugestivo, que requiere indagaciones, comparaciones y conclusiones. Está abierto el campo para la sagacidad de los hombres de afanes intelectuales que hayan aceptado la singularidad de las historias regionales.
Cuando en 1861 el gobierno liberal radical incautó los bienes de la Iglesia, se vio precisado a desterrar sacerdotes. La Iglesia inicia su lucha. El propósito del Radicalismo se centraba en llevar a la producción las tierras de aquélla, que no se aprovechaban económicamente. La reacción clerical fue violenta. Quinchía, -enclavado- entre resguardos conservadores, ante la colonización con sentido político que se favorecía en Pueblo Nuevo (San Clemente, posteriormente) dio una respuesta de cercanía a las tesis de avanzada. Es materia que anda enunciada en estos capítulos y requiere un examen riguroso de la posición de los pueblos. Ya hemos visto que contaban con la orientación de la historia nacional y no se les ha querido reconocer ante la apatía para juzgar el carácter de nuestras provincias. Este libro cumple, así, una embajada de reivindicación.


Razones de las disputas.


Las guerras, exclusivamente, no determinaron roces entre antioqueños y caucanos. Pudieron dejar estelas, que más tarde se encendieron fácilmente. Creo que en la raíz hay unos acicates doctrinarios, que alcanzaron una dinámica. Que se pudo haber prolongado durante demasiados años, y perturbó sus buenas relaciones.
Repasando viejos semanarios de mi pueblo - entre ellos La Opinión que dirigía don Clemente Díaz, quien ejerció acción protagónica en la región- e leen informaciones, crónicas, editoriales, en los cuales hablan de la "restauración" del antiguo poder caucano. Es permanente la prédica, cuando se organiza el departamento de Caldas. En Riosucio había tal deseo de hacer explícita su posición, para lo cual promovió otro departamento que se prolongara hasta el mar Pacífico. ¡Era una iniciativa de gran alcance la de mis paisanos! Es una temática básica, que nos advierte que algo bullía en la inteligencia de las gentes.
Algunos consideran que la profusión de antioqueños fue posible, en la colonización, por los mismos estímulos que el Cauca, mediante disposiciones del 19 de noviembre de 1868, concedió a los cultivadores de café, cochinilla, añil, vainilla, achiote. Aún más, por ordenanza del 26 de octubre de 1855, asignó más ventajas: "Los individuos que, de extraña provincia y después de la publicación de esta ordenanza, se establezcan como vecinos en el distrito de Santa Rosa o en alguna de las aldeas de La Paz, Condina, María, Furatena, Boquía y Oraida, quedan exentos por el término de cuatro años del pago de la contribución provisional y del desempeño de destinos o empleos onerosos". La invasión colonizadora no se retardó, por lo tanto.
El tema de las disputas entre antioqueños y caucanos me ha desasosegado. Aún no se ha trabajado con seriedad. Desde hace tiempos lo he planteado en alguno de mis escritos. En la colonización del viejo y gran Caldas juega un papel principalísimo, y en lo que hoy se conoce como el norte del Valle. Ciertas características, que denotan un torrente de calidades, manifestaciones, medidas y poderes, se revelan como determinantes de esos antagonismos. En la acción política -que se hizo explícita en revueltas regionales- se patentizaron múltiples disputas. Después, en el criterio social de cómo se administraba y adquiría la tierra. En cómo nacieron villas y ciudades - para señalar dos referencias: Pereira y Villamaría- para detener el poder creciente de los antioqueños. Más tarde, la integración, que aún no se ha explorado por, los aspectos históricos con interés científico. En el estudio último, hay que indicar cuáles caracteres prevalecieron en la conducta comunitaria. Los historiadores locales encuentran allí materiales, en la cercanía de la raíz de sus existencias, acosándolos, incitándolos, llamándolos. En mi conferencia Los valores populares: la historia y la cultura regional 120, indiqué proyectos de investigación para que examinen las gentes jóvenes de Caldas. Es, realmente, algo de una riqueza insospechable, que debe engolosinar, en el futuro, a mentalidades alertas.


Quinchía y el Radicalismo.


El Radicalismo Liberal lo que revela es la experiencia de la inteligencia. Ese grupo afianzó los valores de la nacionalidad, Erradicó lo que seguía pesando en Colombia. Logró la propia autenticidad del país, para que así surgieran sus propias calidades mestizas. En el tozudo empeño de exaltar la Regeneración Conservadora de Núñez y de Caro, se les niegan a los Radicales sus virtudes y sus acciones. Es el denuedo por consagrar a la reacción. Y para esto presenta a sus integrantes como seres totalmente ajenos a la realidad; preocupados de razonamientos metafísicos. Libres de ser capaces de obrar sin estar atados a manías sociales. Debe desconocérseles su obra: inclusive la gran revolución educativa que provocaron. Ésta, transformó la dura vigencia del hispanismo religioso. Fue la primera manifestación de un estado de decir cómo deseaba la educación; de qué manera se debía formar los pedagogos, qué directrices laicas podían primar en el reparto de lo cultural. Pelearon duramente en favor de la libertad de prensa. Sin cortapisas, para que el pensamiento pudiera fluir con singularidad de matices. Fueron generosos y perdonaron a sus enemigos en las diferentes guerras que les provocaron. No querían un gobierno áspero. A que hubieran garantizarlo la paz religiosa no se le da importancia. En una etapa, por cierto, en la cual era acre, básicamente, la contienda permanente por materias religiosas. O quizás estamos diciendo mal: por actitudes clericales. No se le da crédito a su acción para robustecer el régimen federal, por el cual ha existido un gran reclamo tradicionalmente en tas comarcas colombianas, Nada se registra positivamente. De esa manera, el brillo de la Regeneración asegura su puesto, en contrapunto.
Quinchía aparece como el puntual del Radicalismo en el norte del Cauca. Jamás ha renunciado a esa predilección. Por ello, sufrió diversa clase de hostilidades reaccionarias, que se han prolongado hasta este siglo. Santiago Rico y Zoilo Bermúdez, eran las dos personalidades más destacadas y defensoras de ese credo. Comandados por éstas, los quinchía fueron el gran impedimento, para el predominio total de los conservadores de Anserma y de Riosucio, lo mismo que los de otra banda del río Cauca. Es bueno evocar que Rafael Díaz Morkum aparecía como el ídolo de los liberales de Irra y de Quinchía. Su apelativo era legendario. En Aguadulce - el 29 de julio de 1902- su carga de machete alcanzó el resplandor de la leyenda mítica. En este proceso político, la mujer cumplió, con desafiante entereza, su embajada. Demos su coraje, su estoicismo en la adversidad, su decisión en el combate. En la guerra, invariablemente actuó como la compañera solidaria. Para hacer sola referencia, apelamos a la de Natalia Monzón. Vivía dedicada a sus deberes familiares. Su esposo, Nicolás Trejos, es abatido. Ella no duda en reemplazarlo. Se convierte en una guerrillera que estimula la valentía de los hombres. Debajo de sus enaguas, pasaba pólvora y el plomo para los combatientes, atravesando los retenes del enemigo. No hubo acto de coraje que no adelantara para consagrarse ante la admiración colectiva.
En este libro se considera que hubo un aporte muy significativo de fidelidad al radicalismo liberal cuando llegaron los riosuceños. Sus nombres y apellidos se recuerdan: Teófilo Cataño, Diosdao Medina, Emiliano Quintero, los Gartner, los Garcías, los Pachecos, los Pizarros, Emilio Osorio de la Cuesta, Rafael Gironza, José Trejos, Ramón Rotavista. Entre todos, sobresalían los educadores; los letrados; recursivos en asuntos administrativos; eruditos en jurisprudencias. Con el ánimo en vilo. Explícitos para el sueño. Categóricos en decir verdades políticas. Habían resistido la reacción conservadora en Riosucio y, en esta hora, compartían la dedicación política en un ambiente abierto para escuchar sus enseñanzas.

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El texto aparece publicado en el libro II Encuentro de la palabra, Biblioteca de Escritores Caldenses, Manizales, Colombia, Ediciones "lngrumá', 1985.
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