Lucha conservadora contra Quinchía.
Estas actitudes de las gentes de Quinchía, con resoluciones claras
ante mandatos del país; su postura abierta de combatientes
liberales, condujeron a múltiples desvíos frente a su porvenir.
Pretendieron torcerle éste. En 1870, el Cauca organizó el distrito
de Quinchía con la jurisdicción en Anserma, Guática, Arrayanales
(Mistrató). Cada vez que el poder cambiaba de brújula política,
venía un continuo forcejeo para impedir que avanzara en su destino.
Lo torcían, lo desviaban, lo confundían. Era sistemática la acerada
porfía contra su progreso.
Cuando los radicales pierden la guerra de 1885, Quinchía no contó
más con el impulso del Cauca liberal. Por ordenanza 3, se le
despojó de su entidad de distrito. Pasó a ser un corregimiento de
Guática. Más adelante, el 26 de junio de 1896, vuelve otra
reorganización y Quinchía queda dependiendo de Riosucio. Suprimen a
Nazareth (San Clemente) y lo anexan a Anserma. Después, Guática,
por sus casi homogéneas devociones, toma la primacía y de él
dependen Mistrató, Quinchía, Llano Grande y Belén. De inmediato,
los conservadores del norte del Cauca imponen un triunfo: restauran
a Nazareth. Naturalmente, golpeaban al resguardo indígena de
Guática. Por ley 17 del 11 de abril de 1905, se organiza el
departamento de Caldas. El 20 de abril de 1906, Alejandro Gutiérrez
"nombró" en Quinchía un concejo de antioqueños.
No designó un solo oriundo de la región. Se cobraba políticamente
la adhesión de sus habitantes al liberalismo. Para abundar en
datos: los vecinos, encabezados por el sacerdote, piden que les
permitan hacer un mercado los domingos. La solicitud la firman más
de quinientas personas. No les contestaban, no los autorizaban.
Resolvieron hacerlo por iniciativa de sus habitantes. Por este
acto, detuvieron, en dos ocasiones, a Melquisedec Gómez, quien
fungía de líder en la localidad.
Siguen las oscilaciones. Trasladan la cabecera a Arrayanales. No
contaba con la categoría de ninguno de los pueblos que le quedaban
subordinados. Más adelante, peleaban la cabecera para San Clemente
donde, hemos visto, se organizó una singular colonización de
carácter y alcance político.
Se tiene, entonces, la sensación de un maniqueísmo sectario. El
traslado de la cabecera municipal; el deseo de no permitir el
crecimiento de sus mercados locales para mantenerlo subyugado
económicamente; la lucha para que se respetara la representación
política local, auténtica, que se les desconocía; el imperio
atrevido del cura que pretendía determinar la totalidad de la vida
civil, facilitaban una atmósfera de desesperación. La acción no se
detenía. Es un asunto de capital significación: cómo se ha
integrado el país. Queda para esclarecer, en un severo análisis,
qué se impulsó: ¿las necesidades económicas en la integración de
los pueblos o el sectarismo político? Colombia, al explorar sus
derroteros; ¿tuvo más criterio de lo electoral que de la
integración de la nacionalidad? Y al lograr ésta, ¿cuáles perfiles
sobresalieron? Son materiales que van surgiendo de las historias
regionales. Éstas, definitivamente, nos van a permitir saber cómo
se fortalecieron las calidades de nuestro propio medio
comarcano.
Toda esta indagación, hay que hacerla aprovechando los datos
abundantes y eruditos que aporta este ensayo. Nos indican cómo
evolucionó la composición de la población indígena, rica en
jerarquías y autoridades. A la vez, van manifestándose las
costumbres, se relieva la dignidad que poseían, sitúa los vicios
que se destacaban entre los encomenderos, y los curas doctrineros
que desertaban de "apacentar las ovejas". Los
celos y dificultades entre un resguardo y otro vecino, por límites.
El criterio primitivo de la propiedad, gobernaba. Muchos episodios
demandan aguda observación para reseñar cómo en la Conquista
hundieron y desaparecieron a los primitivos habitantes. Cómo la
república no tuvo criterio para conservar las líneas de defensa de
la propiedad comunal. Las incitaciones a la exploración, saltan y
provocan preocupaciones de conocimiento de la patria. En la raíz
local, está la tendencia impulsadora de la revocación de las
parcialidades que han desviado el criterio para organizar la
historia nacional.
La violencia.
Dentro de la complejidad de matices, impulsos, recreación del
pasado, proyección del porvenir de Quinchía, aparece una materia en
la cual, insoslayablemente, debemos detenernos: la violencia. Ésta
irrumpe, huracanadamente, en el año de 1946 en el departamento de
Caldas y en el país. La operación se dirigió desde el gobierno. En
esa batalla contra un pueblo desarmado, que no estaba en
beligerancia, los dirigentes del estado compro metieron a las
fuerzas armadas. Sus características, alcanzaron una sevicia sin
atenuantes. Fui testigo excepcional, pues presidía, en Caldas, el
directorio departamental del liberalismo. Durante años, pasé
escuchando el relato de salvajismos inimaginables, que no es capaz
de organizar la imaginación novelística más diabólica. No hubo
control en el terror.
En Caldas, sistematizaron el asedio a los grupos liberales. En el
país se escogieron los municipios de mayoría de nuestro partido. Se
pretendía eliminarla. Con la bandera del
"anticomunismo", se confundía a los
copartidarios, libres de toda tendencia marxista. Venía el
arrasamiento. La violencia no tuvo afán económico. Éste se presentó
más tarde, cuando los conservadores de las aldeas descubrieron que,
ejerciéndola, podían obtener propiedades con ventajas o usufructuar
negocios bien establecidos. Es una parte del fenómeno y no la
primordial, por cierto. Se desarrolló sin que existieran
guerrillas, ni desafíos, ni amenazas siquiera veladas. El partido,
por pugna interna, había perdido el poder, demostrando, con la suma
de sus guarismos, que era mayoría indiscutible. Aceptaba que
vendría el paso del desierto burocrático. El conservatismo perdió
dos elecciones, a pesar del manipuleo de la administración. Cada
vez; castigaban más duramente el hecho de que no doblegaran nuestro
tradicional imperio electoral. En esta oportunidad, lo hicieron con
sistemas contundentes: la muerte, la aplanchada, el acecho, el
asalto, la violación, el incendio. Los campos de Caldas, y con
especialidad en el occidente, veían las humaredas en la
noche.
La violencia fue planeada con sistema. No se estaba improvisando.
La metodología la copiaban de las enseñanzas de las derechas
europeas. Había similitudes en su despiadada aplicación. Contra
Quinchía, cayó la batalla de la arrogancia y la crueldad. Una
policía conducida por los jefes de cada localidad, con
instrucciones que estimulaban sus ancestros de repudio al
liberalismo, ejercitaba las más ciegas consignas. No había a quien
reclamarle. Rememoro mis largas actividades por despachos
municipales, departamentales, ministeriales, a veces recurriendo a
la jerarquía eclesiástica o a la presumible limpieza de sectarismo
que deberían exhibir los magistrados, y que perdieron en esos días,
para evitar muertes anunciadas. Evocamos rostros impasibles,
respuestas evasivas. Calificación de ligereza nuestra por la
preocupación ante el terror desatado.
Compartimos con los copartidarios, en los pueblos, noches de
amedrentamiento. Gentes armadas con peinillas - para aplicar lo que
llamó la "aplanchada', que desprendía los riñones-,
amparadas por la policía o el ejército. La serenata que delataba la
casa de los liberales para el forastero contratado - pagado para el
delito - que debía cumplir una "misión' en la alta noche.
Se pervirtieron los criterios del decoro moral. Se doblegaron todas
las enseñanzas cristianas. Vuelve a nuestra memoria que, en esos
años de espanto, para infamar más a los feligreses católicos,
además, les pasearon por las zonas más desvastadas la figura de la
Virgen de Fátima, con el revoloteo de sus palomitas mensajeras de
paz y de amor. Todo esto nos persigue en la memoria. Nos vuelve a
poner el alma en vilo de dolor.
En Quinchía se ensañaron. Un día se reunieron las fuerzas
policiales de los municipios circunvecinos. Entraron ese domingo,
gritando: disparen que aquí no se desperdicia la munición: siempre
cae un "collarejo". Naturalmente, este adjetivo
lo adicionaban con otro calificativo denigrante de la condición de
las madres de los injuriados. La sangre corría por las calles. No
se detenía. Iba llevando el sello de la infamia a los sitios de la
aldea.
Con Carlos Lleras Restrepo, quien era el jefe del partido; con
Alfonso Palacio Rudas, con quien había compartido las bancas del
parlamento, viajamos al aniversario. Las mujeres y los hombres
enlutados; con las cabezas descubiertas; con el rostro lleno de
pavor. Era conmovedor ver avanzar una multitud silenciosa, donde
sólo era transparente la angustia colectiva. Más tarde, el atentado
contra la comitiva. Nos salvamos porque un carro tomó la delantera.
A sus ocupantes les alcanzó el rito de la muerte y de la
sangre.
El caso de Quinchía, permite investigar cómo nacieron las
guerrillas liberales. Cuando comenzó La Violencia, no se contaba
con ellas. Se congregaron casi tres años después de 1946. Fue una
reacción de los grupos campesinos. Solos, sin dirección, sin
ningunas guías mentales que los adoctrinaran, resolvieron resistir.
Tomaron acciones de una agresividad conturbadora. Aplicaban las
pedagogías que habían recibido de sus enemigos, del gobierno.
Es conveniente repetir. Se ha ido extendiendo un juicio del que
nadie piensa su alcance, suficientemente. Se sentencia:
"Fue una guerra civil no declarada". U otra: La
violencia arranca después del 9 de abril. O la que trata de
justificarla históricamente: cuando ganó el liberalismo en el
gobierno de Olaya Herrea, se presentó. Ésta, de 1946. Es una
continuación de aquélla. Con gran asombro, constato que las tres
versiones las repiten los liberales. Con esas palabras, están
justificando lo que sucedió de infame y cobarde en la patria. No
tuvo vislumbres de guerra, porque cuando comenzó no había
organización guerrillera, ni fuerzas paramilitares. El liberalismo
no proclamó ninguna amenaza hacia el gobierno conservador. No es
exacto que irrumpiera después del 9 de abril, porque Gaitán tuvo
que pronunciar "La Oración de la Paz", en la
conocida manifestación del silencio, en el mes de febrero del año
de su asesinato, pues ya había en el país más de cien mil muertos
liberales. Por último, en el primer gobierno liberal, éste no
dirigió la violencia, ni la ordenó, ni la condujo, ni la toleró.
Estuvo circunscrita a tres departamentos, en los cuales Olaya
nombró personalidades tan altas en su humanismo y sus condiciones
personales, como Eduardo Santos. Hubo una revuelta que se conoció
como la de "los curas guapos", en los dos
Santanderes y en parte de una provincia de Boyacá. Es exacto que
hubo muertos en algunos municipios. En Riosucio, verbigracia,
cuando, después de una reunión en el Teatro Puerta, resolvieron
tomarse el cuartel. Había una consigna de desconocimiento de la
autoridad. Igualmente, oportunidades en que los oradores
conservadores injuriaban el honor de las madres, esposas y novias
de nosotros, los liberales. Es bueno repasar los discursos de esos
días; lo que se predicaba; las amenazas que lanzaban; las
incitaciones al rencor que se desataban. No progresó la violencia
en el año treinta. Se contuvo y no se propició por la autoridad. Y
el liberalismo la condenó.
Estas tres reflexiones las formulo, porque de otra manera se rompe
el orden lógico de los relatos.
La violencia no tiene justificación. Fui a Quinchía como miembro de
la "Comisión Investigadora de las Causas de la
Violencia". Fue el primer municipio que visitó ésta. Con
la acción que desplegamos; con la dirección del presidente Alberto
Lleras; con la política de rehabilitación - a pesar de que fue
torpeada- se alcanzó la pacificación del país, en 1960.
Después se han desencadenado otras furias. Volviendo la memoria
hacia los sufrimientos que nos produjo la primera Violencia, es
indispensable que unamos las concordancias los colombianos, para
impedir que ella prospere y se aclimate. No hay razón para que
persistan sus desgarramientos. Nada nos puede hacer temerosos de
volver al diálogo con quienes están y estarán separados de nuestras
vidas, ideológicamente. La virtualidad democrática nos permite
admitir contradictores.
Las múltiples incitaciones.
Este libro de Cardona Tobón me ha llevado a formular tantas
anotaciones, porque su escenario lo compartí en mi infancia. En él
estuve en hazañas de negocios detrás de mi padre. Fui amigo, desde
la más temprana edad, de sus habitantes. Cuando ejercí la jefatura
de mi partido en Caldas y en el país, recibí estímulos
democráticos. Con sus habitantes, padecí la desolación y las horas
de las amarguras colectivas. Jamás he estado ausente de sus afanes
sociales, económicos, políticos, culturales. Parte de su suerte,
nació en mis manos de legislador. Era una manera de agradecerles la
fidelidad humana y política de mi transcurrir. Es mi manera de
repetir mi fidelidad a la comarca.
Podríamos continuar la enumeración de diversos asuntos que se
tratan. Ya hemos visto que lo indígena, va entrelazado con las
confirmaciones municipales; con habitantes que acuden por diversos
caminos; con problemas de carácter político que dan el alcance de
los recios y abruptos sectarismos; los conflictos de la tierra en
la colonización; los matices políticos de ésta, antes inadvertidos;
la tendencia a protestar cuando se sienten mal gobernados. Para
comprobar estas reacciones, bastaría evocar que se pensó en la
anexión a Panamá como lo confirma una carta del general Leopoldo
Triana. El tema religioso, mirémoslo en su proyección de desapego,
en parte, al catolicismo, revisando la actitud desde los curas
doctrineros -en la Conquista y la Colonia- hasta la de desafío a un
conglomerado campesino, desde un púlpito incitador, arremetiendo
contra sus costumbres tradicionales. Cuando organizaron el centro
literario "Ariel", o editan sus semanarios, están
puntualizando cómo existe una tendencia hacia los sistemas
espirituales. Se hace apreciable que la delineación de una cultura
-como la caldense- o la inclinación hacia ella, si no queremos
extremar, es la reunión de mil pequeñas vocaciones; de la
realización de minúsculos actos literarios de esos centros casi
pueriles en sus intenciones. Pero ¡qué fecundo! De esa manera nos
liberamos y nos atamos a milagrosos desvelos intelectuales. El
resplandor de los grandes de la inteligencia manizaleña, no nos
encandiló. Lo que hay que reconocer es que sí nos dio luz, sin
mezquindades, para avanzar en otras rutas de la creación. Nos
situó, por fortuna, cerca a la realidad. Todavía quienes somos
provincianos, sabemos lo que gozamos y aprendimos del bohemio
local, del poeta romántico, del recitador de versos y discursos.
Parecían cátedras que avanzaban por las cantinas pueblerinas. Le
cantaban a la mujer y, a la vez, iban relatando los sucesos que nos
circundaban. Lo hacían en elogio o reproche. Así nos acercamos a la
tendencia hacia la historia y la leyenda.
Causa perplejidad ver cómo se mueven disímiles estímulos para los
avances sociales. A lo económico, se une el ingrediente de lo
regional. ¿Quién alcanza primacía: el caucano o el antioqueño?
Debemos mirar las particularidades de las personas extrañas, que
van perfeccionando su propio ambiente de dominio e irradiación. Los
temas que quedan para desarrollar ya en otro tipo de libro, son las
mañas de don Vicente Garcés; o las del doctor Palau: lindan entre
el destello de lo inteligente y lo picaresco, de la mejor
juglaría.
Todavía hay que escribir sobre las vivezas de Melquisedec Gómez
para acertar en el monopolio del negocio de la sal. Buenos escritos
se deben concebir, de sabor entre romántico y de desgarrado
arrebato lúbrico, para contar las artes de Natividad, la iniciadora
en las lides del amor.
Se demanda continuar ahondando en la reacción que se produjo en
varios municipios cuando se fundó a Caldas. Cómo se hizo, - en ese
momento sí- alarde de disputa sorda entre el Cauca Grande y la
Antioquia de la dura cerviz.
La historia de lo cotidiano.
Es posible escribir lo local. Alguien dijo que "el dominio
histórico no tiene límites". Agregaba: "Nuevos
problemas ponen en tela de juicio la misma historia". De
esa manera se llega a enfoques desconocidos, a rastrear tramas
relegadas o despreciadas. Repetía, con energía: "Esto
refuerza al tendencia de la historia a sumergirse en el nivel de lo
cotidiano, de lo ordinario, de las 'menudencias". Nos
facilita que podamos apoyarnos en diferentes recursos como la
etnología, el marxismo, la historia social, la inmediata o la del
presente - que cambia la apreciación de que aquélla era sólo lo que
se relacionaba con el pasado-. La arqueología, la historia
económica, lo político, lo psicológico, lo cultural, lo
demográfico, el clima, el cuerpo, el mito, la fiesta, lo
inconsciente, la imagen cinematográfica, los sondeos de la opinión
pública, la cocina, la civilización material, las técnicas, el
libro considerado como producto de masas.
Estos medios de apoyo existen. Hay muchos más. Tenemos que vencer
la tendencia "claramente proclive a reducir al silencio lo
común y lo corriente". Hay que rescatarlo. Hacerlo con
humanidad, con paciencia, con inclinación del corazón y de la
inteligencia. Escuchando la voz de los maestros de la cultura
caldense -los grecocaldenses- que se exigieron nobleza en la frase;
buen discurrir con adjetivos de empinada alcurnia; con despliegue
de ensueño para contar las propias aventuras y las de los demás.
Como es elemental, así se reúnen los excelentes componentes para
contar hazañas y evocar situaciones.
"Generación de las identidades".
En un escrito que lleva por título Nuevo escrutinio de la
cultura caldense, sin prejuicios, tuve la oportunidad de
afirmar que las dos o tres últimas generaciones de escritores del
Gran Caldas, que venían de diferentes meridianos, con diversos
intereses, y con criterios intelectuales igualmente dispares,
tendían a descubrir su propia objetividad. A penetrarla y volverla
parte de la construcción del porvenir. No quieren estar desasidos
de su miedo. Al contrario, lo trataban de aprisionar en sus
fábulas; en la búsqueda de la historia - como lo ha hecho Cardona
Tobón en este texto que comento-; en el denuedo por calar, con
sagacidad, en las diferentes demandas y urgencias de hallar
respuestas culturales. Al hablar de las historias y culturas
regionales, indiqué que a esos escritores que cumplían tan noble
empeño, deberíamos llamarlos con el título amplio de
"generación de las identidades". Esa calificación
alianza sus preocupaciones y sus sueños.
A esta "generación de las identidades" es a la
que he querido convocar con estas palabras. Tomando acicate de
obras de esta naturaleza, incitarla hacia los apenas presentidos
derroteros de la historia regional. Lo he escrito: es la mejor
manera de penetrar en lo nacional. Mis palabras ojalá comprometan a
demasiados escritores en un afán por la verdad histórica de Caldas.
Las materias, singularidades y revelaciones, están para abrirse al
hombre de pensamiento. Acometamos con el brío del descubridor y la
alegría que engendra contribuir a armar la cultura popular.
Hacienda "Don Olimpo", Filadelfia, Caldas,
1987.
