Provincia y cultura.


DAÑOS DE LA DESCENTRALIZACIÓN Y SUS EQUÍVOCOS 123


Me enorgullece y entusiasma la reunión con los escritores amigos de Boyacá y de Colombia. Ésta, "la docena de encuentros", nos facilita hacer explícita la solidaridad, reencontramos en interés de claridad sobre el rumbo cultural de Colombia y detenernos en el análisis de lo personal. Sólo el espíritu magnánimo de quienes lo organizaron, contribuye para que vuelva a sentir estímulos para mis afanes cotidianos. Entrego mis adjetivos de reconocimiento con sobriedad, pues bien sé que nuestra tarea la exige, y su dimensión y trascendencia nos la imponen.
Se me ha dicho con largueza que me confunde, pero que aviva mis obligaciones, que se me rinde este homenaje, porque, como ordenador permanente de palabras, me he inclinado por el rescate de la provincia y de sus valores culturales. Debo consentir, sin vanidad, esta afirmación. Mi obra converge a examinar temas que la definen y que buscan logre dimensiones de nacionalidad integral.


Solo miradas en torno.


Ello tiene que tener una explicación. Colaboradme, con paciencia, en hallarla. Nací entre las montañas, algunas favorecidas por el misterio y la leyenda. En sus entrañas moraba el oro que llevaba, una vez más, a las hazañas y las hechicerías. Mi niñez y mi juventud pasaron entre sus riscos, mis excursiones se dieron entre desfiladeros, peñascos, ríos sin remansos que se precipitaban en cascadas. Sus aguas sonaban ronco entre piedras de volúmenes impresionantes, más elevadas que nuestra parca estatura. Unas cimas inasequibles, altísimas, dejaban asomar el sol, a veces, con avaricia. Eso sí, con un privilegio que no siempre se presenta en todos los departamentos de Colombia y en tos diferentes países: eran cumbres verdes, con muchos árboles, de ricas variedades. Con bosques dominantes, casi aéreos. Flotaban en la lejanía. Teníamos que mirar, invariablemente, a las cúspides. Ello va formando el carácter para disciplinas arduas; para durezas humanas; para buscar el destino rompiendo barreras. Invariablemente hacia arriba. Ese fue el medio que me reté constantemente para el ascenso.
Allí, en mi pueblo entrañable, asistí a los debates de la ardentía en nombre de la provincia. Ésta, reclamaba a los poderes centrales -los de la capital del departamento o del país - cosas muy elementales: unas buenas semillas para la nueva cosecha, que nunca aparecieron. Unos auxilios para el hospital que estaba más maltrecho que la mermada salud de los mineros que emergían de los socavones, como fantasmas, con los pulmones deshechos, tosiendo los tóxicos de la tierra y de la pólvora. Una ayuda, por precaria que fuese, para un acueducto que nacía al pie del cerro tutelar. Unos centavos para unos caminos veredales, que se abrían y sostenían con mano de obra voluntaria de los vecinos. Alguna vigilancia a las compañías extranjeras que reducían los precios del café, en las cosechas. Garantía del gobierno sobre unos créditos muy parcos, para no quedar como estaban en las manos estranguladoras de los monopolios transnacionales, en esa época que también fue de apertura o de neoliberalismo, como hoy. Y había convites - las mujeres cantaban para animar a los hombres- para construir un nuevo local para una escuela, para apuntalar el colegio cuyas maderas dolientes crujían con el paso de alumnos y profesores. Mientras tanto, la biblioteca no se usaba porque había censura religiosa y política. Nuestros padres y los principales del pueblo, traían libros, que circulaban apresuradamente de mano en mano. Además, favorecían el arribo de escritores, poetas, artistas. Desde ese período inconscientemente feliz y remoto viene nuestra devoción por el destino de la provincia.


Popayán, la culta.


Nunca estudié en la capital de la república. A ella me vinculé muy tarde, cuando mi visión de la patria y mi concepción de mis deberes públicos, me lo impusieron. De mi pueblo di el salto a Popayán, la culta. Lo he dicho muchas veces: su contorno humano, su paisaje y su constante fluir estético en el diario existir, marcaron mi vida con vocaciones ya irrenunciables.
Asistí a otras bichas provincianas, más recias, de un contenido social más profundo, que rozaban con la historia nacional. He amado el bullicio popular, donde la gente se congrega a comentar, a reír, a protestar, a soñar, escuchando la exposición doctrinaria de los oradores. Esto sucedía ampliamente en mi adolescencia, porque quienes hacían política estaban comprometidos con la tierra y no con artes publicitarias para confundir la voluntad pública. Entonces, en las primeras conferencias que escuché, los temas se relacionaban con el problema de la tierra. Se mencionaba un nombre que por primera vez oí reclamando por sus prisiones: Quintín Lame. Reviví así parte de lo que en mi pueblo se refería a Quiebralomo y Lomaprieta, dos parcialidades indígenas que, también, peleaban por sus terrenos. El silencio centralista sobre el Cauca se prolongó durante tantos años, porque no existía una política agraria. Por ello la guerrilla y el crimen ahí se asentaron tan holgadamente. Se demanda una voluntad permanente de la nación para recuperar el dominio de la paz sobre esa tierra que, al nombrarla, nos trae, reminiscencias de la grandeza patria.
También confronté fuertes y melancólicas alusiones a las escuelas de la esclavitud. El centralismo, no ha permitido que una vía racional y aprovechable acerque el Pacífico a su aprovechamiento económico. Eran y son propuestas inquietantes al poder central, que no podían ser absueltas con los recursos locales.
Otra vez la cultura en la provincia volvía a tener primacía, la ciudad se recogía en torno de su universidad, fundada, como todas las mayores y guiadoras de la nación, por Francisco de Paula Santander. Había una apetencia intelectual que contagiaba a todos sus habitantes en esa ciudad ilustre, que peleaba contra formas mentales y económicas del centralismo.


Medellín, la de las claras enseñanzas.


Después, para continuar en mi formación de hombre y entender más profundamente sus combates, tuve el privilegio de estudiar en Medellín. Del suave valle de Pubenza, pequeño y acogedor en su dimensión maternal, viajé otra vez a una tierra de montañas. Eran más abruptas que las de mi infancia y primera juventud. Muchas, carentes de árboles. Estaba la peña dura, al descubierto. Con sus láminas de piedra que brillaban al paso del sol; o ligeramente grises, cayendo la luz de tal manera que se pronunciaban sus agudas aristas. Yo ya estaba comprometido con mis vocaciones políticas y literarias. Escribía y hacía discursos sobre las angustias colectivas de mi pueblo, pues tenía abiertas las canteras humanas de mi sensibilidad. Me golpeaban todos los hechos. Ninguno escapaba a mi avidez social e intelectual.
En Antioquia, la lucha centralista era común al lenguaje de todos los ciudadanos y las diferentes clases sociales. Me tocó comprobar cómo se consolidaba el crecimiento industrial; cómo se peleaba por unas licencias, que retenía el centralismo, para nuevas inversiones en bienes de capital. Cada nuevo empeño por organizar una fábrica, era una fatigosa súplica a los que dispensaban aprobaciones desde la capital. Oí, a la vez, las primeras voces de protestas sindicales. Veía crecer el país en su complejidad colectiva, en lo económico y en lo social. En las calles había manifestaciones para pedir la carretera al mar, que, si se hubiera construido con las especificaciones lógicas, habría logrado incorporar al Urabá a una economía positiva, sin los remezones de tragedia comunitaria que allí se han vivido. Caso semejante al Cauca en tratamiento político de la tierra. El gobierno central no tuvo conciencia sobre qué desniveles de orden público, caerían sobre estos dos departamentos. Se repetían las mismas angustias por los servicios públicos elementales que se obtuvieron con luchas muy constantes y se quitaron a compañías nacionales e internacionales en verdaderas batallas populares y que, en esta hora, veo que los pretenden en este delirante y dañino afán de empequeñecer el estado. En Antioquia asistí a algo que me impresionó profundamente: había una clase política de muy altas calificaciones. Venían estos jefes de la universidad; el ejercicio de la cultura; de oficios nobilísimos, que rozaban con el pensamiento. No comulgaban con las dañinas costumbres del clientelismo. Esto vino después. Esos conductores públicos se confundían con una clase empresarial, de varones conscientes de qué deberes cívicos les correspondía librar en favor de la comarca. Era una misma voz la que se repetía. Por ello había gran expectativa cuando se decía: "Habló Antioquia". Era una voz integral, sin disidencias, sin censuras, sin cábalas mezquinas.
El clientelismo y unas nuevas clases empresariales produjeron la ruptura de ese lenguaje común, pero la antorcha descentralista, sigue encendida. Ella ha incidido en parte muy esencial en dos de mis luchas: la política y la intelectual.
En Antioquia, la universidad tenía poder de irradiación. No es cierto que allí sólo lo económico tiene primacía. En cualquier género que se exprese la inteligencia, encontraremos dos o tres maestros en la montaña de la dura cerviz. Universidades, bibliotecas públicas, teatro, folclor creadores excepcionales de la pintura, de la escultura, representantes de la cultura popular, publicaciones de las más singulares obras, desde las científicas hasta la de los cronistas, reclaman sitio excepcional para Antioquia. Ahí se han levantado banderas que están definiendo la acción de la investigación nacional: el rescate de la memoria colectiva; el examen de las leyendas y mitos populares; las historias locales y regionales; la presencia de las "cajas viajeras de libros" en los barrios marginales y las zonas más lejanas, inhóspitas y hoy interferidas por el desorden público de la guerrilla; el rescate de los orígenes de la obra artística e intelectual -de cualquier orden en importancia y categoría- que exista en los pueblos y que exalta en libros ejemplares.


Mi formación.


Esto lo he contado para justificar el recibir este homenaje que me rinde la "Fundación Cultural Jetón Ferro". Las palabras de Javier Ocampo López, de Enrique Medina Flórez, de Alfonso Cuéllar, de Fernando Soto Aparicio, de Fernando Ayala Poveda, y de Víctor Raúl Rojas Peña, exaltando mi obra, me sacuden espiritualmente. Me vuelven a impulsar hacia mi destino público y cultural. Me llevan a sentirme, una vez más, atado a la provincia, que es como decir a la entraña y raíz de la patria.
Aquí se ha hecho referencia a los "Encuentros de la palabra" de Riosucio. Ellos son obra de gentes muy jóvenes de mi pueblo. Se han propuesto reunir a los más grandes escritores, poetas y artistas del país, que alternan con mis paisanos, comprometidos en respetar una tradición intelectual en la palabra, la pintura, la escultura, la música, que viene desde el primer día de nuestra fundación. Se han empeñado en rescatar la identidad cultural de la comarca y en hacer que la autenticidad sea el signo de cada uno de sus actos. Es una cruzada para no perder la personalidad comarcana. Han ennoblecido un clima cultural que todos debemos agradecerles.
Es el mismo desvelo de ustedes en estos doce encuentros. Que no se pierda el hilo de la imaginación soñadora. Que no se pierdan las virtudes de la raza. Que no se mancille una tradición, que es el origen de la grandeza nacional. Si no sabemos cada uno de nosotros qué somos y qué representamos en la provincia, no tenemos una manera de defender, con ímpetu, lo que es la tradición fecunda de la patria. De esa manera nos libramos de que nos llegue, desde el exterior imposición desde la capital o influencia dañina internacional- el mandato de la moda intelectual, artística. Tenemos mucho para entregar al país, y estos encuentros así lo demuestran con orgullosa constancia y fervor.


Caminos de la descentralización.


Escucho con alarma que muchas gentes repiten inconscientemente que, ahora, ¡por fin!, sin sospechas, por primera vez, se alcanzó la descentralización en el país. Es una demostración de grave ignorancia de la historia colombiana. Las tergiversaciones sofocan el ánimo nacional.
La historia colombiana, desde el orto de la Independencia, se ha debatido entre el centralismo y el federalismo. Las dos concepciones han determinado guerras, constituciones, políticas de gobierno, alinderamientos doctrinarios de los partidos. Parte de los grandes episodios del siglo XIX la determinaron estos dos conceptos. Y en el XX, las resistencias a la Regeneración Conservadora de Núñez y de Caros se fundamentaban en el rechazo a la extrema noción centralista de la constitución de 1886. Con las sesenta y cuatro reformas que se le indujeron, se logró equilibrar parte de las desazones nacionales.
Pero no hay que olvidar que el país se ha precipitado, en diferentes épocas, hacia una política descentralista o a otra centralista absoluta y ha tenido que rectificar. Nos hemos integrado en el ir y venir de ambas posiciones extremas. Por lo tanto, hay que volver al razonamiento equilibrado. Nos hemos aventurado en esta prédica alocada. Votamos alcaldes sin que existieran las disposiciones legales que les dieran cauce a sus acciones. No se han corregido esas causales de imprecisión administrativa, que, en un momento dado, pueden desatar agudos conflictos y, ya se comenta, con alarma, abusos de autoridad, sin control, y manejo de los dineros públicos, sin rigor ético. Lo mismo que ahora nos decidimos a votar por gobernadores sin saber cuáles son los límites entre su acción, la de los alcaldes y los alcances de los poderes del presidente. Pero cada cual vocea su alegría elemental, que le recomiendan los comunicadores de radio y de televisión. El oyente y el televidente, no tienen forma de apreciar el desequilibrio jurídico que se vive, porque la prensa comparte una zona de discreto mutismo en el análisis de los problemas nacionales. Se anuncia aumento de presupuestos municipales. ¿Cuáles son los instrumentos para su control? ¿Dónde aparecen las reglas explícitas? ¿Lo que se deja de tomar en el parlamento para jugosas ganancias personales, se va a reemplazar por lo que se pueda percibir en los municipios lejanos, o en aquellos en donde no habrá vigilancia porque están dominados por fuerzas disolventes, que usan sistemas contundentes de muerte? O, simplemente, ¿nos vamos a inclinar hacia una nueva mordaza nacional, donde vuelve a levantarse el estado de sitio intelectual?
Pero dentro de esta reciente apoteosis de la descentralización, ¿sí se ha intentado una confrontación entre lo que le van a entregar a los municipios en participaciones y las tareas que deben ellos afrontar? La nación se está despojando de la casi totalidad de sus deberes para que los asuman entidades donde no hay preparación para esto, ni experiencia, ni conocimientos técnicos, ni capacidad para invertir razonablemente. El estado está quitándose las responsabilidades - con la alharaca de la descentralización-. Lo que no logró hacer el estado, con todos los medios, ahora lo debe realizar el municipio o el departamento con precarios traslados. Es una manera de liberarse de lo que le corresponde cumplir como mandato y competencia y lo lanza a la deriva con el júbilo de quienes proclaman que ahora sí llegó la hora de la provincia. Quienes andamos en estos encuentros, tenemos que meditar en qué nos depara el porvenir. El compromiso de la inteligencia es prever, analizar, denunciar, convocar y condenar.


La descentralización de la cultura.


De los oficios que ejercemos y de los que admiramos, integrantes de los afanes intelectuales, también se habla en cuanto a una descentralización cultural. La cultura, por fortuna, ha dejado de ser decorativa. Se ha convertido en "algo central" en el mundo colectivo. Néstor García Canclini ha advertido que "hay cultura en el pensamiento de los intelectuales tanto como en de los campesinos, y, también, en sus formas de cultivar y comerciar". Es, pues, una amplia gama de los aspectos de la actividad social. Para que primara esta tesis se tuvieron que derrotar muchos prejuicios. Fue indispensable que se admitiera que no era cierto que el don de la inteligencia fuera un privilegio que dimanaba de poderes divinos. Ni que sólo amparara a unos ciertos núcleos con cercanías al poder o al dinero. Ni que destacara una muestra elitista, reservada a una clase. Tuvo que producirse una democratización de la educación; que la información nacional e internacional llegara a más grupos por medios masivos; que las revistas extranjeras se abrieran para que ofrecieran la oportunidad de conocer las primicias de la información intelectual a los menos favorecidos de ventajas, como una revolución de los últimos años. Pero esta explosión de oportunidades, nos debe comprometer a estar muy alertas. A vigilar con mayor cuidado los aspectos de la honda, seria, trascendental y vigorosa tradición de la cultura de la provincia. Por ésta hay, generalmente, desdén e indiferencia. Ahora que se acercan los quinientos años del encuentro de Colón con nuestro continente, es fácil pensar por qué nos sucede ello. Es consecuencia de lo que repartió el imperio español con sus tesis de vilipendio para lo de este continente. Señaló que nuestros indígenas, los antecesores raciales de lo que somos, no tenían alma y, por lo tanto, estaban destituidos de la posibilidad de manifestarse en expresiones espirituales. Después, cuando el mestizo apareció en rebeliones culturales, políticas, sociales, se le decretó otro arrinconamiento en la clasificación de sus calidades mentales. Se creó una cultura oficial, la que el imperio imponía y a la cual debíamos someternos. Con esas orientaciones se escribieron la mayoría de los textos de los cronistas. Lo que se salía de esos cánones, se ocultaba; no se publicaba; se prohibía su lectura; se impedía su circulación. Las cartas de Turmequé -Don Diego de Torres- y de Tibasosa -Don Alonso Silva- al rey apenas se estudiaban por autores boyacenses o profesores vinculados a este departamento magnífico, en este siglo, y siguen siendo muy desconocidas en el país y en el continente. A Bartolomé de las Casas sólo se lo pudo leer en 1875; al Inca Garcilaso de la Vega -el primer escritor que tuvo el continente- se le impedía la circulación de sus obras; de Felipe Güamán Poma de Ayala, otro mestizo como el Inca, dejaron extraviado su texto en una biblioteca de Copenhague hasta 1936, que Paul Rivet lo editó en París. De Bernardino de Sahagún, quien escribió en Náhuatl, sólo se publica su historia en 1829. De sor Juana Inés de la Cruz, nacida en 1651 -que es una mestiza-, poco se menciona su defensa del espíritu libre, de su condición de mujer que protesta y que enciende su denuedo contra la sociedad colonial. En el Brasil, sucedió lo mismo, y para ello basta recordar a Pero Vaz de Camininha, cuya carta sólo circula en 1817, como las juglarescas de Gregorio de Matos, que se recogen en 1869. Y lo que era más auténticamente revelador de lo que aquí hallaron los españoles, el Popol Vuh o los códices, son descubrimientos de este siglo.
De esa vieja manía de desconocernos, nació la desestima por lo nuestro. Ésta se acentuó cuando los países fueron consolidando sus desarrollos políticos. Desde la capital se imponían las modas literarias. Quien no estaba en esa órbita de influencia no tenía existencia mental. Hoy mismo, la actividad intelectual y artística en los departamentos se desconoce. Pero había otro síntoma disociador de lo que éramos culturalmente como país: se mantenían las regiones culturales vivas, separadas, casi sin comunicación. Los sectarismos políticos se unían a las manifestaciones de beligerancia interna mental. Así se acentuaban las diferencias.


El destino a nivel de la comarca.


Para consolarnos, se habla entonces de la 'descentralización' cultural. Se declara que, ahora sí, se van a manejar los asuntos a nivel de la comarca. ¿Con cuáles recursos? Se enumeran y no llegan. Además, sin una línea nacional que integre el proceso del país. Aquélla, mal orientada o simplemente sin reglas, nos puede llevar a que se agudicen las separaciones en cuanto no hablaremos el mismo idioma nacional; ni se buscarán las identidades que nos atan; ni darán oportunidad de indagar los diversos motivos de autenticidad general, que nos dan una fisonomía y un carácter. Quizás ella nos pueda conducir a aparecer con desiguales expresiones en las manifestaciones de la inteligencia. Que puede acentuarse con la regionalización de que se habla en la nueva constitución y que no parece, tampoco, contribuir a consolidar la unidad colombiana. Analizando con cuidado y afán de comprensión, parece consagrada para asegurar espacios a ciertas delincuencias. Entonces se van viendo claras unas líneas inquietantes que se unen a la política económica de apertura. Parece que se impusiera lo que llaman el "productivismo economista". Lo que interesa en éste, son los índices materiales. Es cuando el estado, en lo cultural, debe asumir lo que demanda fuertes inversiones, como reconstruir zonas de arquitectura peculiar, y en todo lo que no sea rentable, según lo recuerdan críticos de estos aspectos. En Colombia, en consonancia con la privatización, principia a hablarse de que la cultura debe ser rentable. Se les escapa que es un servicio público y que su función es rescatar y acendrar valores. No dar rendimientos corno cualquier negocio mercantil. Olvidando que una utilización cultural prolonga sus ayudas sin término a la comunidad. Y al sector privado van los medios de información y de comunicación, que dan jugosas ganancias y que pueden contribuir a dañar el perfil mental del país. Principia el estado a abandonar su misión esencial, que es adelantar una defensa de los valores nacionales y de su función social.
Nadie podrá sensatamente decir que no se descentralice. Pero hay que examinar por qué y para qué se intenta. Que la autonomía no sea para romper más lo que ha sido tan difícil en nuestros años de independencia hasta hoy: tratar de armonizar las líneas generales de las expresiones mentales del país.


Privatización de la cultura.


Este criterio se acomoda a la prédica de los monetaristas. Quienes, a la vez, solicitan adelgazar el gasto en educación y cultura. Se vuelve, entonces, a la "privatización y elitización de actividades científicas", como nos lo rememora el mismo autor citado. La intención final es que la cultura sea administrada por los sectores privados. Éstos deben reemplazar al estado, a los partidos y a las organizaciones populares. Para ello se pueden reducir o hacer desaparecer los espacios públicos, evitando que se manifieste muy radicalmente la participación colectiva, que incomoda tanto a los monopolios y que desvía a las gentes de la especulación financiera y de un consumo acelerado. De esa manera, se logra cerrar "el juego plural"; se corta La competencia en lo cultural; las universidades quedan al servicio de la clase que pueda pagar sus tarifas.
De paso, desaparecen los disidentes, porque ya no hay universitarios contestatarios, los fondos públicos se extenúan, mientras se predica la descentralización, que a todos nos entusiasma y por la cual hemos beligerado. Pero, realmente, así es un espejismo. Es un despiste para la opinión. A la ve; se deja entregar por el estado lo "no rentable" y lo que no se "autofinancie". Pero, eso sí, se programan 'espectáculos de interés masivo". Con eso se da la impresión de estar atendiendo a la demanda popular de cultura. Esto es lo que vienen padeciendo los países indoamericanos, lo que se ata al neoliberalismo, a la privatización, a la apertura. Es parte de la "globalización". Mientras vocean la descentralización, ponen a la cultura en la órbita internacional para que pierdan los países la identidad. Es otra ventaja para quienes vienen comprometidos en éstas políticas: desaparecen los reclamos.
Es una advertencia que se me ocurre formular esta noche entre amigos, en un bello lugar de la patria, -en una tierra donde el sentimiento nacional se levanta en ardentía de independencia- mientras reflexionamos, entrañablemente unidos, sobre el destino de Colombia. Porque estamos convencidos de la "revalorización de lo cotidiano", como llamó alguien el exaltar lo que no es la "cultura de élite". Ya que nos preocupa que una descentralización - que ya vimos que en lo político-administrativo tiene muchos riesgo - vaya a producir igual número de estropicios al principiar, también, a arrasar nuestros valores tradicionales de las comarcas por una agresiva internacionalización. Y que contra ésta no tengamos una política nacional, general, que nos una y comprometa en identidades. Porque esos peligros son los que indican más la necesidad de la solidaridad nacional cultural. Que es lo que anhelan estos encuentros, al solicitar la colaboración de gentes de los más lejanos sitios. Es la provincia que, una vez más, se empeña en revalorizar la integración. En ir atando lo nacional y defenderlo de las eventualidades.


La larga tradición cultural.


Esta consagración que entregan a mi obra, sé en dónde la recibo. Chiquinquirá tiene una larga tradición. Que no la abandona y, al contrario, la enriquece con expresiones desconocidas. Con los encuentros convocan a nuevas gentes y las están responsabilizando para el futuro. Cuando hablamos de esta tierra, van emergiendo sus epígonos: Fray Mariano Garnica, Julio Flórez, Jorge Mateus, José Domingo Arias Bernal, Julián Páez, Antonio José Rivadeneira Vargas, Pío Alberto Ferro, Octavio Quiñones Pardo, Rosa Otálora de Corsi, Carmen García Salazar, Homero Villamil Peralta, Gloria Dall, Magda Negri, William Massy Moor, Napoleón Peralta. Y en un solo nombre, el homenaje a los periodistas: Héctor Moreno. Se nos escapan creadores, sin ninguna duda. En el arte, están los maestros Rómulo Rozo, José Domingo Rodríguez y el más joven: César Gustavo García Páez, de quien ya se habla nacionalmente como uno de los escultores con más sólida obra e internacionalmente se encomia el "Libertador joven" -una concepción original que se levanta en la plaza de esta ciudad-. Su compañía es un privilegio artístico. Hay una vertiente popular de talladores de madera y de artesanos expertos en el manejo de la arcilla, por lo cual sus nombres deben repetirse al hacer la exaltación de la comarca.
He dejado para mencionar aparte, en gesto muy personal, a Carlos Martín, quien desde la Universidad de Utrecht, en Holanda, indica cómo Colombia, en la poesía, en el ensayo y la cátedra, tiene maestros a quienes escuchar. Sus amigos, los amigos del 'viejo Martín', como se le ha llamado desde su juventud, sentimos por él admiración por su cabal obra, que enaltece los anales de la inteligencia colombiana.
También quise referirme con exclusividad al Jetón Ferro - quien le da el nombre a estos encuentros-. A él lo recuerda el país por su ingenio y su devoción por quienes se dedicaban a los demás arrebatos intelectuales. Lo suyo recogido, es muy poco, por cierto, porque no existía la tendencia a rescatar la cultura a través de la tradición oral. Sus afirmaciones sonreídas, nos dejan la imagen fresca de la perspicacia en su reflexión. Con un aire de picaresca verbal que podría clasificar en lo juglaresco, dejó registrados episodios, personajes, situaciones humanas y políticas, que perdurarán amparados por su aguda inteligencia.
Gracias a quienes han hecho posible este acto de singular carácter intelectual. Gracias a mis colegas de todo el país - escritores, periodistas y creadores de varias artes- por haber venido a acompañarme. Lo que logran quienes lo concibieron e hicieron posible, es ligarme con mi obra y mi destino, otra vez, más entrañablemente, a la provincia y a Colombia. Nuevamente, gracias.

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Lectura hecha el 4 de octubre de 1991 en Chiquinquirá.
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