Provincia y cultura.
DAÑOS DE LA DESCENTRALIZACIÓN Y SUS EQUÍVOCOS 123
Me enorgullece y entusiasma la reunión con los escritores amigos de
Boyacá y de Colombia. Ésta, "la docena de
encuentros", nos facilita hacer explícita la solidaridad,
reencontramos en interés de claridad sobre el rumbo cultural de
Colombia y detenernos en el análisis de lo personal. Sólo el
espíritu magnánimo de quienes lo organizaron, contribuye para que
vuelva a sentir estímulos para mis afanes cotidianos. Entrego mis
adjetivos de reconocimiento con sobriedad, pues bien sé que nuestra
tarea la exige, y su dimensión y trascendencia nos la
imponen.
Se me ha dicho con largueza que me confunde, pero que aviva mis
obligaciones, que se me rinde este homenaje, porque, como ordenador
permanente de palabras, me he inclinado por el rescate de la
provincia y de sus valores culturales. Debo consentir, sin vanidad,
esta afirmación. Mi obra converge a examinar temas que la definen y
que buscan logre dimensiones de nacionalidad integral.
Solo miradas en torno.
Ello tiene que tener una explicación. Colaboradme, con paciencia,
en hallarla. Nací entre las montañas, algunas favorecidas por el
misterio y la leyenda. En sus entrañas moraba el oro que llevaba,
una vez más, a las hazañas y las hechicerías. Mi niñez y mi
juventud pasaron entre sus riscos, mis excursiones se dieron entre
desfiladeros, peñascos, ríos sin remansos que se precipitaban en
cascadas. Sus aguas sonaban ronco entre piedras de volúmenes
impresionantes, más elevadas que nuestra parca estatura. Unas cimas
inasequibles, altísimas, dejaban asomar el sol, a veces, con
avaricia. Eso sí, con un privilegio que no siempre se presenta en
todos los departamentos de Colombia y en tos diferentes países:
eran cumbres verdes, con muchos árboles, de ricas variedades. Con
bosques dominantes, casi aéreos. Flotaban en la lejanía. Teníamos
que mirar, invariablemente, a las cúspides. Ello va formando el
carácter para disciplinas arduas; para durezas humanas; para buscar
el destino rompiendo barreras. Invariablemente hacia arriba. Ese
fue el medio que me reté constantemente para el ascenso.
Allí, en mi pueblo entrañable, asistí a los debates de la ardentía
en nombre de la provincia. Ésta, reclamaba a los poderes centrales
-los de la capital del departamento o del país - cosas muy
elementales: unas buenas semillas para la nueva cosecha, que nunca
aparecieron. Unos auxilios para el hospital que estaba más
maltrecho que la mermada salud de los mineros que emergían de los
socavones, como fantasmas, con los pulmones deshechos, tosiendo los
tóxicos de la tierra y de la pólvora. Una ayuda, por precaria que
fuese, para un acueducto que nacía al pie del cerro tutelar. Unos
centavos para unos caminos veredales, que se abrían y sostenían con
mano de obra voluntaria de los vecinos. Alguna vigilancia a las
compañías extranjeras que reducían los precios del café, en las
cosechas. Garantía del gobierno sobre unos créditos muy parcos,
para no quedar como estaban en las manos estranguladoras de los
monopolios transnacionales, en esa época que también fue de
apertura o de neoliberalismo, como hoy. Y había convites - las
mujeres cantaban para animar a los hombres- para construir un nuevo
local para una escuela, para apuntalar el colegio cuyas maderas
dolientes crujían con el paso de alumnos y profesores. Mientras
tanto, la biblioteca no se usaba porque había censura religiosa y
política. Nuestros padres y los principales del pueblo, traían
libros, que circulaban apresuradamente de mano en mano. Además,
favorecían el arribo de escritores, poetas, artistas. Desde ese
período inconscientemente feliz y remoto viene nuestra devoción por
el destino de la provincia.
Popayán, la culta.
Nunca estudié en la capital de la república. A ella me vinculé muy
tarde, cuando mi visión de la patria y mi concepción de mis deberes
públicos, me lo impusieron. De mi pueblo di el salto a Popayán, la
culta. Lo he dicho muchas veces: su contorno humano, su paisaje y
su constante fluir estético en el diario existir, marcaron mi vida
con vocaciones ya irrenunciables.
Asistí a otras bichas provincianas, más recias, de un contenido
social más profundo, que rozaban con la historia nacional. He amado
el bullicio popular, donde la gente se congrega a comentar, a reír,
a protestar, a soñar, escuchando la exposición doctrinaria de los
oradores. Esto sucedía ampliamente en mi adolescencia, porque
quienes hacían política estaban comprometidos con la tierra y no
con artes publicitarias para confundir la voluntad pública.
Entonces, en las primeras conferencias que escuché, los temas se
relacionaban con el problema de la tierra. Se mencionaba un nombre
que por primera vez oí reclamando por sus prisiones: Quintín Lame.
Reviví así parte de lo que en mi pueblo se refería a Quiebralomo y
Lomaprieta, dos parcialidades indígenas que, también, peleaban por
sus terrenos. El silencio centralista sobre el Cauca se prolongó
durante tantos años, porque no existía una política agraria. Por
ello la guerrilla y el crimen ahí se asentaron tan holgadamente. Se
demanda una voluntad permanente de la nación para recuperar el
dominio de la paz sobre esa tierra que, al nombrarla, nos trae,
reminiscencias de la grandeza patria.
También confronté fuertes y melancólicas alusiones a las escuelas
de la esclavitud. El centralismo, no ha permitido que una vía
racional y aprovechable acerque el Pacífico a su aprovechamiento
económico. Eran y son propuestas inquietantes al poder central, que
no podían ser absueltas con los recursos locales.
Otra vez la cultura en la provincia volvía a tener primacía, la
ciudad se recogía en torno de su universidad, fundada, como todas
las mayores y guiadoras de la nación, por Francisco de Paula
Santander. Había una apetencia intelectual que contagiaba a todos
sus habitantes en esa ciudad ilustre, que peleaba contra formas
mentales y económicas del centralismo.
Medellín, la de las claras enseñanzas.
Después, para continuar en mi formación de hombre y entender más
profundamente sus combates, tuve el privilegio de estudiar en
Medellín. Del suave valle de Pubenza, pequeño y acogedor en su
dimensión maternal, viajé otra vez a una tierra de montañas. Eran
más abruptas que las de mi infancia y primera juventud. Muchas,
carentes de árboles. Estaba la peña dura, al descubierto. Con sus
láminas de piedra que brillaban al paso del sol; o ligeramente
grises, cayendo la luz de tal manera que se pronunciaban sus agudas
aristas. Yo ya estaba comprometido con mis vocaciones políticas y
literarias. Escribía y hacía discursos sobre las angustias
colectivas de mi pueblo, pues tenía abiertas las canteras humanas
de mi sensibilidad. Me golpeaban todos los hechos. Ninguno escapaba
a mi avidez social e intelectual.
En Antioquia, la lucha centralista era común al lenguaje de todos
los ciudadanos y las diferentes clases sociales. Me tocó comprobar
cómo se consolidaba el crecimiento industrial; cómo se peleaba por
unas licencias, que retenía el centralismo, para nuevas inversiones
en bienes de capital. Cada nuevo empeño por organizar una fábrica,
era una fatigosa súplica a los que dispensaban aprobaciones desde
la capital. Oí, a la vez, las primeras voces de protestas
sindicales. Veía crecer el país en su complejidad colectiva, en lo
económico y en lo social. En las calles había manifestaciones para
pedir la carretera al mar, que, si se hubiera construido con las
especificaciones lógicas, habría logrado incorporar al Urabá a una
economía positiva, sin los remezones de tragedia comunitaria que
allí se han vivido. Caso semejante al Cauca en tratamiento político
de la tierra. El gobierno central no tuvo conciencia sobre qué
desniveles de orden público, caerían sobre estos dos departamentos.
Se repetían las mismas angustias por los servicios públicos
elementales que se obtuvieron con luchas muy constantes y se
quitaron a compañías nacionales e internacionales en verdaderas
batallas populares y que, en esta hora, veo que los pretenden en
este delirante y dañino afán de empequeñecer el estado. En
Antioquia asistí a algo que me impresionó profundamente: había una
clase política de muy altas calificaciones. Venían estos jefes de
la universidad; el ejercicio de la cultura; de oficios nobilísimos,
que rozaban con el pensamiento. No comulgaban con las dañinas
costumbres del clientelismo. Esto vino después. Esos conductores
públicos se confundían con una clase empresarial, de varones
conscientes de qué deberes cívicos les correspondía librar en favor
de la comarca. Era una misma voz la que se repetía. Por ello había
gran expectativa cuando se decía: "Habló
Antioquia". Era una voz integral, sin disidencias, sin
censuras, sin cábalas mezquinas.
El clientelismo y unas nuevas clases empresariales produjeron la
ruptura de ese lenguaje común, pero la antorcha descentralista,
sigue encendida. Ella ha incidido en parte muy esencial en dos de
mis luchas: la política y la intelectual.
En Antioquia, la universidad tenía poder de irradiación. No es
cierto que allí sólo lo económico tiene primacía. En cualquier
género que se exprese la inteligencia, encontraremos dos o tres
maestros en la montaña de la dura cerviz. Universidades,
bibliotecas públicas, teatro, folclor creadores excepcionales de la
pintura, de la escultura, representantes de la cultura popular,
publicaciones de las más singulares obras, desde las científicas
hasta la de los cronistas, reclaman sitio excepcional para
Antioquia. Ahí se han levantado banderas que están definiendo la
acción de la investigación nacional: el rescate de la memoria
colectiva; el examen de las leyendas y mitos populares; las
historias locales y regionales; la presencia de las "cajas
viajeras de libros" en los barrios marginales y las zonas
más lejanas, inhóspitas y hoy interferidas por el desorden público
de la guerrilla; el rescate de los orígenes de la obra artística e
intelectual -de cualquier orden en importancia y categoría- que
exista en los pueblos y que exalta en libros ejemplares.
Mi formación.
Esto lo he contado para justificar el recibir este homenaje que me
rinde la "Fundación Cultural Jetón Ferro". Las
palabras de Javier Ocampo López, de Enrique Medina Flórez, de
Alfonso Cuéllar, de Fernando Soto Aparicio, de Fernando Ayala
Poveda, y de Víctor Raúl Rojas Peña, exaltando mi obra, me sacuden
espiritualmente. Me vuelven a impulsar hacia mi destino público y
cultural. Me llevan a sentirme, una vez más, atado a la provincia,
que es como decir a la entraña y raíz de la patria.
Aquí se ha hecho referencia a los "Encuentros de la
palabra" de Riosucio. Ellos son obra de gentes muy jóvenes
de mi pueblo. Se han propuesto reunir a los más grandes escritores,
poetas y artistas del país, que alternan con mis paisanos,
comprometidos en respetar una tradición intelectual en la palabra,
la pintura, la escultura, la música, que viene desde el primer día
de nuestra fundación. Se han empeñado en rescatar la identidad
cultural de la comarca y en hacer que la autenticidad sea el signo
de cada uno de sus actos. Es una cruzada para no perder la
personalidad comarcana. Han ennoblecido un clima cultural que todos
debemos agradecerles.
Es el mismo desvelo de ustedes en estos doce encuentros. Que no se
pierda el hilo de la imaginación soñadora. Que no se pierdan las
virtudes de la raza. Que no se mancille una tradición, que es el
origen de la grandeza nacional. Si no sabemos cada uno de nosotros
qué somos y qué representamos en la provincia, no tenemos una
manera de defender, con ímpetu, lo que es la tradición fecunda de
la patria. De esa manera nos libramos de que nos llegue, desde el
exterior imposición desde la capital o influencia dañina
internacional- el mandato de la moda intelectual, artística.
Tenemos mucho para entregar al país, y estos encuentros así lo
demuestran con orgullosa constancia y fervor.
Caminos de la descentralización.
Escucho con alarma que muchas gentes repiten inconscientemente que,
ahora, ¡por fin!, sin sospechas, por primera vez, se alcanzó la
descentralización en el país. Es una demostración de grave
ignorancia de la historia colombiana. Las tergiversaciones sofocan
el ánimo nacional.
La historia colombiana, desde el orto de la Independencia, se ha
debatido entre el centralismo y el federalismo. Las dos
concepciones han determinado guerras, constituciones, políticas de
gobierno, alinderamientos doctrinarios de los partidos. Parte de
los grandes episodios del siglo XIX la determinaron estos dos
conceptos. Y en el XX, las resistencias a la Regeneración
Conservadora de Núñez y de Caros se fundamentaban en el rechazo a
la extrema noción centralista de la constitución de 1886. Con las
sesenta y cuatro reformas que se le indujeron, se logró equilibrar
parte de las desazones nacionales.
Pero no hay que olvidar que el país se ha precipitado, en
diferentes épocas, hacia una política descentralista o a otra
centralista absoluta y ha tenido que rectificar. Nos hemos
integrado en el ir y venir de ambas posiciones extremas. Por lo
tanto, hay que volver al razonamiento equilibrado. Nos hemos
aventurado en esta prédica alocada. Votamos alcaldes sin que
existieran las disposiciones legales que les dieran cauce a sus
acciones. No se han corregido esas causales de imprecisión
administrativa, que, en un momento dado, pueden desatar agudos
conflictos y, ya se comenta, con alarma, abusos de autoridad, sin
control, y manejo de los dineros públicos, sin rigor ético. Lo
mismo que ahora nos decidimos a votar por gobernadores sin saber
cuáles son los límites entre su acción, la de los alcaldes y los
alcances de los poderes del presidente. Pero cada cual vocea su
alegría elemental, que le recomiendan los comunicadores de radio y
de televisión. El oyente y el televidente, no tienen forma de
apreciar el desequilibrio jurídico que se vive, porque la prensa
comparte una zona de discreto mutismo en el análisis de los
problemas nacionales. Se anuncia aumento de presupuestos
municipales. ¿Cuáles son los instrumentos para su control? ¿Dónde
aparecen las reglas explícitas? ¿Lo que se deja de tomar en el
parlamento para jugosas ganancias personales, se va a reemplazar
por lo que se pueda percibir en los municipios lejanos, o en
aquellos en donde no habrá vigilancia porque están dominados por
fuerzas disolventes, que usan sistemas contundentes de muerte? O,
simplemente, ¿nos vamos a inclinar hacia una nueva mordaza
nacional, donde vuelve a levantarse el estado de sitio
intelectual?
Pero dentro de esta reciente apoteosis de la descentralización, ¿sí
se ha intentado una confrontación entre lo que le van a entregar a
los municipios en participaciones y las tareas que deben ellos
afrontar? La nación se está despojando de la casi totalidad de sus
deberes para que los asuman entidades donde no hay preparación para
esto, ni experiencia, ni conocimientos técnicos, ni capacidad para
invertir razonablemente. El estado está quitándose las
responsabilidades - con la alharaca de la descentralización-. Lo
que no logró hacer el estado, con todos los medios, ahora lo debe
realizar el municipio o el departamento con precarios traslados. Es
una manera de liberarse de lo que le corresponde cumplir como
mandato y competencia y lo lanza a la deriva con el júbilo de
quienes proclaman que ahora sí llegó la hora de la provincia.
Quienes andamos en estos encuentros, tenemos que meditar en qué nos
depara el porvenir. El compromiso de la inteligencia es prever,
analizar, denunciar, convocar y condenar.
La descentralización de la cultura.
De los oficios que ejercemos y de los que admiramos, integrantes de
los afanes intelectuales, también se habla en cuanto a una
descentralización cultural. La cultura, por fortuna, ha dejado de
ser decorativa. Se ha convertido en "algo
central" en el mundo colectivo. Néstor García Canclini ha
advertido que "hay cultura en el pensamiento de los
intelectuales tanto como en de los campesinos, y, también, en sus
formas de cultivar y comerciar". Es, pues, una amplia gama
de los aspectos de la actividad social. Para que primara esta tesis
se tuvieron que derrotar muchos prejuicios. Fue indispensable que
se admitiera que no era cierto que el don de la inteligencia fuera
un privilegio que dimanaba de poderes divinos. Ni que sólo amparara
a unos ciertos núcleos con cercanías al poder o al dinero. Ni que
destacara una muestra elitista, reservada a una clase. Tuvo que
producirse una democratización de la educación; que la información
nacional e internacional llegara a más grupos por medios masivos;
que las revistas extranjeras se abrieran para que ofrecieran la
oportunidad de conocer las primicias de la información intelectual
a los menos favorecidos de ventajas, como una revolución de los
últimos años. Pero esta explosión de oportunidades, nos debe
comprometer a estar muy alertas. A vigilar con mayor cuidado los
aspectos de la honda, seria, trascendental y vigorosa tradición de
la cultura de la provincia. Por ésta hay, generalmente, desdén e
indiferencia. Ahora que se acercan los quinientos años del
encuentro de Colón con nuestro continente, es fácil pensar por qué
nos sucede ello. Es consecuencia de lo que repartió el imperio
español con sus tesis de vilipendio para lo de este continente.
Señaló que nuestros indígenas, los antecesores raciales de lo que
somos, no tenían alma y, por lo tanto, estaban destituidos de la
posibilidad de manifestarse en expresiones espirituales. Después,
cuando el mestizo apareció en rebeliones culturales, políticas,
sociales, se le decretó otro arrinconamiento en la clasificación de
sus calidades mentales. Se creó una cultura oficial, la que el
imperio imponía y a la cual debíamos someternos. Con esas
orientaciones se escribieron la mayoría de los textos de los
cronistas. Lo que se salía de esos cánones, se ocultaba; no se
publicaba; se prohibía su lectura; se impedía su circulación. Las
cartas de Turmequé -Don Diego de Torres- y de Tibasosa -Don Alonso
Silva- al rey apenas se estudiaban por autores boyacenses o
profesores vinculados a este departamento magnífico, en este siglo,
y siguen siendo muy desconocidas en el país y en el continente. A
Bartolomé de las Casas sólo se lo pudo leer en 1875; al Inca
Garcilaso de la Vega -el primer escritor que tuvo el continente- se
le impedía la circulación de sus obras; de Felipe Güamán Poma de
Ayala, otro mestizo como el Inca, dejaron extraviado su texto en
una biblioteca de Copenhague hasta 1936, que Paul Rivet lo editó en
París. De Bernardino de Sahagún, quien escribió en Náhuatl, sólo se
publica su historia en 1829. De sor Juana Inés de la Cruz, nacida
en 1651 -que es una mestiza-, poco se menciona su defensa del
espíritu libre, de su condición de mujer que protesta y que
enciende su denuedo contra la sociedad colonial. En el Brasil,
sucedió lo mismo, y para ello basta recordar a Pero Vaz de
Camininha, cuya carta sólo circula en 1817, como las juglarescas de
Gregorio de Matos, que se recogen en 1869. Y lo que era más
auténticamente revelador de lo que aquí hallaron los españoles, el
Popol Vuh o los códices, son descubrimientos de este siglo.
De esa vieja manía de desconocernos, nació la desestima por lo
nuestro. Ésta se acentuó cuando los países fueron consolidando sus
desarrollos políticos. Desde la capital se imponían las modas
literarias. Quien no estaba en esa órbita de influencia no tenía
existencia mental. Hoy mismo, la actividad intelectual y artística
en los departamentos se desconoce. Pero había otro síntoma
disociador de lo que éramos culturalmente como país: se mantenían
las regiones culturales vivas, separadas, casi sin comunicación.
Los sectarismos políticos se unían a las manifestaciones de
beligerancia interna mental. Así se acentuaban las diferencias.
El destino a nivel de la comarca.
Para consolarnos, se habla entonces de la 'descentralización'
cultural. Se declara que, ahora sí, se van a manejar los asuntos a
nivel de la comarca. ¿Con cuáles recursos? Se enumeran y no llegan.
Además, sin una línea nacional que integre el proceso del país.
Aquélla, mal orientada o simplemente sin reglas, nos puede llevar a
que se agudicen las separaciones en cuanto no hablaremos el mismo
idioma nacional; ni se buscarán las identidades que nos atan; ni
darán oportunidad de indagar los diversos motivos de autenticidad
general, que nos dan una fisonomía y un carácter. Quizás ella nos
pueda conducir a aparecer con desiguales expresiones en las
manifestaciones de la inteligencia. Que puede acentuarse con la
regionalización de que se habla en la nueva constitución y que no
parece, tampoco, contribuir a consolidar la unidad colombiana.
Analizando con cuidado y afán de comprensión, parece consagrada
para asegurar espacios a ciertas delincuencias. Entonces se van
viendo claras unas líneas inquietantes que se unen a la política
económica de apertura. Parece que se impusiera lo que llaman el
"productivismo economista". Lo que interesa en
éste, son los índices materiales. Es cuando el estado, en lo
cultural, debe asumir lo que demanda fuertes inversiones, como
reconstruir zonas de arquitectura peculiar, y en todo lo que no sea
rentable, según lo recuerdan críticos de estos aspectos. En
Colombia, en consonancia con la privatización, principia a hablarse
de que la cultura debe ser rentable. Se les escapa que es un
servicio público y que su función es rescatar y acendrar valores.
No dar rendimientos corno cualquier negocio mercantil. Olvidando
que una utilización cultural prolonga sus ayudas sin término a la
comunidad. Y al sector privado van los medios de información y de
comunicación, que dan jugosas ganancias y que pueden contribuir a
dañar el perfil mental del país. Principia el estado a abandonar su
misión esencial, que es adelantar una defensa de los valores
nacionales y de su función social.
Nadie podrá sensatamente decir que no se descentralice. Pero hay
que examinar por qué y para qué se intenta. Que la autonomía no sea
para romper más lo que ha sido tan difícil en nuestros años de
independencia hasta hoy: tratar de armonizar las líneas generales
de las expresiones mentales del país.
Privatización de la cultura.
Este criterio se acomoda a la prédica de los monetaristas. Quienes,
a la vez, solicitan adelgazar el gasto en educación y cultura. Se
vuelve, entonces, a la "privatización y elitización de
actividades científicas", como nos lo rememora el mismo
autor citado. La intención final es que la cultura sea administrada
por los sectores privados. Éstos deben reemplazar al estado, a los
partidos y a las organizaciones populares. Para ello se pueden
reducir o hacer desaparecer los espacios públicos, evitando que se
manifieste muy radicalmente la participación colectiva, que
incomoda tanto a los monopolios y que desvía a las gentes de la
especulación financiera y de un consumo acelerado. De esa manera,
se logra cerrar "el juego plural"; se corta La
competencia en lo cultural; las universidades quedan al servicio de
la clase que pueda pagar sus tarifas.
De paso, desaparecen los disidentes, porque ya no hay
universitarios contestatarios, los fondos públicos se extenúan,
mientras se predica la descentralización, que a todos nos
entusiasma y por la cual hemos beligerado. Pero, realmente, así es
un espejismo. Es un despiste para la opinión. A la ve; se deja
entregar por el estado lo "no rentable" y lo que
no se "autofinancie". Pero, eso sí, se programan
'espectáculos de interés masivo". Con eso se da la
impresión de estar atendiendo a la demanda popular de cultura. Esto
es lo que vienen padeciendo los países indoamericanos, lo que se
ata al neoliberalismo, a la privatización, a la apertura. Es parte
de la "globalización". Mientras vocean la
descentralización, ponen a la cultura en la órbita internacional
para que pierdan los países la identidad. Es otra ventaja para
quienes vienen comprometidos en éstas políticas: desaparecen los
reclamos.
Es una advertencia que se me ocurre formular esta noche entre
amigos, en un bello lugar de la patria, -en una tierra donde el
sentimiento nacional se levanta en ardentía de independencia-
mientras reflexionamos, entrañablemente unidos, sobre el destino de
Colombia. Porque estamos convencidos de la "revalorización
de lo cotidiano", como llamó alguien el exaltar lo que no
es la "cultura de élite". Ya que nos preocupa que
una descentralización - que ya vimos que en lo
político-administrativo tiene muchos riesgo - vaya a producir igual
número de estropicios al principiar, también, a arrasar nuestros
valores tradicionales de las comarcas por una agresiva
internacionalización. Y que contra ésta no tengamos una política
nacional, general, que nos una y comprometa en identidades. Porque
esos peligros son los que indican más la necesidad de la
solidaridad nacional cultural. Que es lo que anhelan estos
encuentros, al solicitar la colaboración de gentes de los más
lejanos sitios. Es la provincia que, una vez más, se empeña en
revalorizar la integración. En ir atando lo nacional y defenderlo
de las eventualidades.
La larga tradición cultural.
Esta consagración que entregan a mi obra, sé en dónde la recibo.
Chiquinquirá tiene una larga tradición. Que no la abandona y, al
contrario, la enriquece con expresiones desconocidas. Con los
encuentros convocan a nuevas gentes y las están responsabilizando
para el futuro. Cuando hablamos de esta tierra, van emergiendo sus
epígonos: Fray Mariano Garnica, Julio Flórez, Jorge Mateus, José
Domingo Arias Bernal, Julián Páez, Antonio José Rivadeneira Vargas,
Pío Alberto Ferro, Octavio Quiñones Pardo, Rosa Otálora de Corsi,
Carmen García Salazar, Homero Villamil Peralta, Gloria Dall, Magda
Negri, William Massy Moor, Napoleón Peralta. Y en un solo nombre,
el homenaje a los periodistas: Héctor Moreno. Se nos escapan
creadores, sin ninguna duda. En el arte, están los maestros Rómulo
Rozo, José Domingo Rodríguez y el más joven: César Gustavo García
Páez, de quien ya se habla nacionalmente como uno de los escultores
con más sólida obra e internacionalmente se encomia el
"Libertador joven" -una concepción original que
se levanta en la plaza de esta ciudad-. Su compañía es un
privilegio artístico. Hay una vertiente popular de talladores de
madera y de artesanos expertos en el manejo de la arcilla, por lo
cual sus nombres deben repetirse al hacer la exaltación de la
comarca.
He dejado para mencionar aparte, en gesto muy personal, a Carlos
Martín, quien desde la Universidad de Utrecht, en Holanda, indica
cómo Colombia, en la poesía, en el ensayo y la cátedra, tiene
maestros a quienes escuchar. Sus amigos, los amigos del 'viejo
Martín', como se le ha llamado desde su juventud, sentimos por él
admiración por su cabal obra, que enaltece los anales de la
inteligencia colombiana.
También quise referirme con exclusividad al Jetón Ferro - quien le
da el nombre a estos encuentros-. A él lo recuerda el país por su
ingenio y su devoción por quienes se dedicaban a los demás
arrebatos intelectuales. Lo suyo recogido, es muy poco, por cierto,
porque no existía la tendencia a rescatar la cultura a través de la
tradición oral. Sus afirmaciones sonreídas, nos dejan la imagen
fresca de la perspicacia en su reflexión. Con un aire de picaresca
verbal que podría clasificar en lo juglaresco, dejó registrados
episodios, personajes, situaciones humanas y políticas, que
perdurarán amparados por su aguda inteligencia.
Gracias a quienes han hecho posible este acto de singular carácter
intelectual. Gracias a mis colegas de todo el país - escritores,
periodistas y creadores de varias artes- por haber venido a
acompañarme. Lo que logran quienes lo concibieron e hicieron
posible, es ligarme con mi obra y mi destino, otra vez, más
entrañablemente, a la provincia y a Colombia. Nuevamente,
gracias.
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Lectura hecha el 4 de octubre de 1991 en Chiquinquirá. |
