LAS DOS MUERTES
Nada explica mejor los dos temperamentos que sus muertes. La de
Rendón, que todos creen conocer, es de un dramatismo brutal. Llegó
a un café de la carrera séptima, que no era el suyo. Se llamaba La
Gran Vía, y jamás fue de tertulia literaria. Pidió una cerveza,
sacó el lápiz como lo hacía siempre porque era su modo de
expresión, y con un revólver se voló los sesos. ¿Cómo lo consiguió,
por qué lo cargó, qué movió su mano acostumbrada a hacer las
caricaturas de los otros, y la suya propia, para convertirlo en el
instrumento de su propia muerte? De paso salgo a cortar una leyenda
que encuentro infeliz. Algunos decidieron que el comprador de sus
caricaturas, El Tiempo, lo tenía muerto de hambre. Nunca antes
caricaturista alguno fue pagado mejor que Rendón, y don Fabio, el
gerente, era infinitamente menos escatimador desde la caja del
periódico de lo que se dice. Si apuros tuvo Rendón, como era normal
entre nosotros, don Fabio no fue sordo para quien era el consentido
del diario. La gente se complace en inventar una sórdida leyenda,
por la natural tendencia a escuchar estas invenciones infelices.
No. Rendón se mató porque se mató. Era ácido y seguía la ruta que
le iban mostrando sus propias caricaturas. Inventó un fantasma que
a él mismo le royó las entrañas. Lo mismo le ocurría con los
personajes que caricaturizaba. Cuando hizo las primeras imágenes de
don Marco, fue acentuándole unos rasgos que luego la vida le iba
sacando al viejo, como si su destino fuera seguir las líneas de
Rendón. Es impresionante ver cómo al final don Marco vino a ser
como Rendón lo había previsto. Con mayor aproximación a una razón
que explicara el suicidio, se ha dicho que Rendón murió porque la
subida del liberalismo al poder lo dejó sin tema. Era él de la
oposición y punto. Destructivo, corrosivo, necesitaba que llegara
al poder alguien a quien tumbar.
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La muerte de Alberto Arango es al revés de la de Rendón. Alberto me
dijo, pocos días antes de largarse a trabajar en unas minas de oro
en el Tolima: "-Mira: lo único que me interesa en la vida
es la pintura. Quiero hacerme a un capital propio no para ser rico,
pero que me permita no hacer nada distinto de lo que me llena el
alma: pintar". Ese gusto de hacer monos se le veía en los
dibujos que iban llenando de imágenes suyas las paredes de su
taller imaginario. Rendón había hecho algo parecido en los tiempos
de Panida, cuando los trece de la academia de León, en Medellín,
llenaban sus noches de ilusiones con Ofelias o con búhos. Al dejar
a Medellín y meterse al túnel de la vida capitalina, lo agarró el
mal de la política. Nada lo sacaba de ese mundo en que se movían
Abadía Méndez y Jorge Roa, Jiménez López y Laureano, los Leopardos
y Chichimoco...Alberto,en Bogotá, por el contrario, seguía rodeado
de su gente campesina, sana y simple, que llevaba en el alma. Las
líneas de sus monos estaban más cerca de la vida que de la muerte.
Casi cantaba dibujando, con una mano fácil y gozosa. Como era de
rigor, hacía caricaturas, y era tan liberal como el que más, pero
sin ácidos y zarpazos. Respiraba mejor por fuera, en la calle, que
en el ambiente de cueva del Windsor. Su misma estampa de montañero
desenvuelto, sonriente, no parecía destinada a incursionar en el
alma o en la conciencia de esos gobernantes siniestros en cuyo
interior espantan, como decía el señor Caro. Alberto Arango era un
hombre bueno, y nada más. Así, y casi por eso mismo, murió
joven.
Se fue al Tolima, se metió a trabajar en la mina. Como lo imaginaba, la yeta era rica. De la negrura de la pizarra salía el oro como granitos de sol. Lo echaba en el morral y lo llevaba a Ibagué, al banco. A caballo, gozando el aire cálido de la tierra, se le abrían horizontes fabulosos. Esos sueños que sólo se sueñan cuando se está despierto y se pierden en espejismos deliciosos. Se olvidaba de las riendas entre las manos. Al fondo veía una casa de vidrios transparentes, un huerto, un jardín, una mesa con lápices y pinceles. Grandes pliegos de papel pesado, de dibujo, color marfil. Telas preparadas, bien templadas en los bastidores. Tubos de colores para pintar al óleo, a la acuarela... Pintaría flores, paisajes... Aquellas figuras de mujeres, de guerrilleros, de campesinos con los rastrillos al hombro que a tinta china dibujaba para ilustrar cuentos del Suplemento, se convertirían en estampas de colores. Su genio de dibujante, que lo era en grado sumo, saldría del periódico a la galería... El viento del llano le daba en la cara. El caballo corría tranquilo. Se olvidaba hasta del morral con el oro de la mina. No vería ni la víbora, ni la araña peluda que obligaba a la bestia a sacarle un quite. Y así, andando, soñando, límpidos los ojos, ya con una anticipada sonrisa de triunfo... No sintió el galope de otra bestia que se le adelantó. No tuvo tiempo para darse cuenta de los disparos... Cayó todavía sonriente, sobre la tierra polvoriento del camino. Era ya de la otra vida cuando los asesinos huían a galope con el oro robado entre las manos.

