El trabajo inicial de Luis era casi alucinatorio y, aunque infernal en su visión, su capacidad de terror se hallaba algo disminuida por la posibilidad de distancia paródica que dejaba abierta. Al alelarse de la descripción de lo que está "allá afuera", ha desarrollado el valor de contemplar la manifestación completa de esta realidad dentro de su propia experiencia. Los horrores a los que había estado fijado durante dos décadas se conjugan recientemente en una red psicológica, como resultado de haberlos digerido. Sus imágenes poseen a veces la calidad escandalizada e indefensa de un niño que contempla con claridad algo que es horrible, y no responde a tal visión con explicaciones automáticas.
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Luis Cruz Azaceta, Hell/Act, 1988. |
Cruz permanece lúcido incluso en las más extremas figuraciones, sin capitular jamás ante ellas. Por ello su obra se ve agitada y animada por una continua tensión moral que gira en torno a quién es él realmente como cronista, y qué es lo que se propone lograr. Al abandonar el anuncio del espectáculo, la narrativa que surge en su lugar es una narrativa mucho más sosegada, incluso más urgente, de soledad y absoluta traición de la confianza. El relato es siempre personal y su más importante pregunta nos interroga acerca de cómo es posible vivir así.
La exuberancia y la fertilidad de su obra constituyen la
contraparte de su hipersensibilidad, como la otra mitad de la
ecuación entre la percepción externa y la interna. La inmediatez y
a fisicalidad de sus pinturas poseen un inmenso poder visual; no
obstante, en la poderosa contradicción entre su visión compasiva y
su visión de la brutalidad, las telas de Cruz se ciernen sobre
nosotros, llenas de presentimientos.

