En la raíz de la búsqueda medio irónica de Duclos por el sentido
en aquellas formas establecidas para desviar el sentido, se oculta
una sensación encubierta de engaño. En su lucha por afirmar que la
necesidad humana de creer en los símbolos hunde sus raíces tanto en
la belleza como en el aspecto destructivo de la naturaleza humana,
está dispuesto a arriesgar su credibilidad como artista para
sugerir en qué forma una nueva ordenación de estos símbolos y de
sus interrelaciones puede llegar a desarrollarse con el transcurso
del tiempo. Integra así el discurso del significado y propone
simultáneamente nuevos derroteros que nos impidan ser engañados una
vez más. Explorar este territorio significa enfrentar la manera
como incide sobre el sentido inicial de sospecha, incluso sobre
nuestra pasiva complicidad con el engaño de que somos objeto. Es
casi como si Duclos nos permitiera colocarnos de nuevo en el límite
entre el territorio de la creencia y el del engaño -pues no puede
haber herida si no hay alguna forma de apego que aún prevalezca. No
frota al en la herida; corta más bien flores frescas para la tumba
de alguien cuya muerte ya no se recuerda, pero cuya ausencia se
siente aún vívidamente.
En las pinturas más recientes de Duclos el artista se ha tornado
más alegre, pero también se preocupa en mayor medida por las cosas
y los personajes que elige representar. Al igual que Picasso y
Braque al final de la fase analítica del cubismo, podríamos decir
que Duclos ha restaurado una lógica pictórica al personalizar las
referencias de su obra, llegando incluso hasta la
autobiografía.
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Arturo Duclos, Osculum Infame, 1992. (fuera de exhibicion) |
Mientras que la modalidad cotidiana se ha vuelto más pronun ciada, el tratamiento físico de la pintura se ha relajado y permite relatar los aspectos históricos de su tema casi en forma de caricatura. Hay algo vagamente tímido en el uso que hace Duclos del martillo y de la hoz como el único recuadro discordante de la mafia de 24 partes Banana Beef-Pink, como si la Unión Soviética, al dejar de existir, se hubiese convertido en una aberración histórica en lugar de una parte indiscutible del siglo XX. Conspicua por su ausencia en esta representación camufla da es la probabilidad de que quienes sufrieron, bien por los ideales del comunismo o a manos de sus intérpretes, puedan ver el tema en términos menos abstractos. Sin adoptar una posición al respecto -pues tales posiciones son poco más que un legado de anteriores contrastes entre parejas de términos conocidos y fundamentados más ideológicamente, cuyo resultado se conoce de antemano-, Duclos explora la manera en que resuenan los signos aún después que su contexto ha sido obliterado.

