Esta actitud diferenciadora descubre el propósito de Suárez de llamar la atención sobre la artificialidad de la perspectiva y, por consiguiente, sobre el peligro de las "mediciones", lo cual también ayudaría a justificar el tamaño tradicional de sus trabajos. Una imagen es "grande" sólo en relación con la mente educada y no con el ojo entrenado, parece sugerir Suárez. La mente del espectador es más bien el ojo ciclópeo de una cultura privada, que escudriña calladamente los preciosos detalles de una semilla casi fosilizada o los encuentros laberínticos de una línea que dibuja tanto hombres como palabras. De cierto modo, Suárez entiende el mundo como el Cíclope amenazador que lo observa constantemente y al cual tiene que estar evadiendo a cada rato para no ser devorado. Ese escape continuo se logra con un cambio permanente de estrategia visual, por lo que es mejor tener listo siempre un arsenal de pequeñas imágenes.

 

José Antonio Suárez,  Dibujos de 1 a 15, 1992.

 

Tal vez por ello, la obra de Suárez puede ser vista como una tarea de supervivencia, con todas las características religiosas que esto connota. Su trabajo, pues, sí podría ser considerado como el de cualquier monje-artista y de cualquier época y lugar:

China del siglo Xl, Cuzco del XVI o Medellín del XX.
 

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