Para el año de 1894 Andrés de Santa María, con pocos meses de estar en el país, se desempeña como profesor de paisaje de la Escuela Nacional de Bellas Artes. Ha conocido a don Luis de Llanos, con el mismo cargo y temática docente2. Antes de ir a su trabajo, Andrés de Santa María ha decidido recorrer las calles circunvecinas. Quiere terminar de conocer esa ciudad que de niño tanto le hablaron. La palabra que otros le enseñaron lo lleva al pasado. Ve a sus padres, hace 33 años, cuando todo en Bogotá estaba convulsionado en la sexta década del siglo XIX. Ve en las historias, de nuevo, la presencia de su fallecido progenitor, don Andrés de Santa María Rovira, un hombre de negocios y padre solícito muy preocupado por los estruendos que las armas de la guerra dejan en las calles. Observa desde la imaginación a su madre, doña Manuela Hurtado Díaz, tratando de distraer a sus tres pequeños hijos, entre quienes se halla él, el menor de todos a la fecha y que en ese momento ha vivido un año y dos meses. El zumbido de fusiles y ametralladoras y las explosiones cíe las balas de cañón han transformado la rutina. El reloj, para entonces, marca las once de la mañana. El calendario muestra en sus páginas 25 de febrero de 1862. El sol está por llegar a ese punto en el cielo en el que queda vertical para que los rayos caigan con más fuerza sobre las cabezas. La ciudad, militarmente, ha sido tomada. El general Canal, comandante de los invasores, resoba sus mostachos y levanta su espada para que sus 3.000 hombres, que conforman el ejército de centralistas y que han llegado del departamento de Santander, sigan con sus disparos contra el convento de San Agustín. En cuestión de segundos las largas paredes del edificio colonial en el que se ha refugiado el poder ejecutivo que está constituido como Consejo de Gobierno, parece un queso gruyer. A pie o a caballo, pasan armados los soldados del general Canal, frente al natural temor de los Santa María y de los otros vecinos. Se trata de los mismos hombres y de los mismos caballos escuálidos que años más tarde el pintor bogotano llevará a sus cuadros, ya sea pastando en la sabana de Bogotá, o que recreará en el tríptico sobre la Campaña Libertadora (1926) que se instalará en el Capitolio Nacional y que políticos y senadores de entonces y decenios venideros, no entenderán hasta cuando sea descolgado del lugar.

El pequeño Andrés, en sus primeros pasos, nada entiende de lo que está pasando. Su padre, un hombre de fortuna y de principios tradicionalistas, tiene simpatías por los centralistas, conservadores, que buscaban recuperar el poder con una batalla tan decisiva como la que ahora se da. Para ese ido amanecer del 26 del mes en que se ha efectuado el cerco militar, quien a bien tuviera pararse en uno de los balcones de los Santa María, podría contemplar los ardientes fogonazos que ha dejado el incendio de la casa de Grau, diagonal al convento. Sólo pasado el tiempo, en ese mismo balcón el artista pintará a su mujer que baña a uno de sus hijos en Arreglo del bebé (1904) y a los pequeños Carmen y Andrés (c 1906). Este escenario corresponde a la casa familiar de la Calle 10 con Carrera 6ª., en la que, como si el tiempo no hubiera pasado, ahora se aloja.

En el triste año de 1862, cuando la familia Santa María, forzada por el grave conflicto que vivía el país, decide viajar a Europa, Andrés apenas daba sus primeros pasos sobre sus propios pies. Las palabras que escucha apenas comenzaban a ser descifradas por su mente y los colores a tomar armonía con la luz. Para la estirpe, el mar es la ruta y Londres su primer destino. Para este año del viaje, el continente europeo está en paz, tiene en suspenso la guerra, sólo en suspenso, ya volverán las batallas como para que el futuro pintor sepa que es un sino que lo ha de perseguir siempre.

Mientras los Santa María se acomodaban a su nueva vida en Europa, en la pintura de este continente se comienza a originar un singular movimiento, del cual Andrés tendrá más adelante que reconocer y establecer una relación. Se trataba de un grupo de jóvenes entusiastas por la pintura, que estaban por dejar de ser estudiantes para convertirse, por cuenta propia, en los artistas de los colores. Se reunían frente a los caballetes del taller Gleyre. Estaban entre los veinte y treinta años, y aún no sabían que su estilo de arte sería conocido como impresionista. Por el momento nada son, sólo aprendices, seres deseosos de pintar al aire libre gracias a la novedad de los tubos de óleo y no únicamente a través de bocetos que posteriormente deberán ser empleados en los talleres. Sin embargo, no hay atisbos de claridad sobre las telas. Ahí está Pierre Auguste Renoir (1841-1919), el hijo del ayudante de un sastre, cuya única experiencia artística había sido pintar porcelanas; Camile Pissarro (1830-1903), con padres judíos dedicados al comercio, nacido cerca del puerto de Charlotte Amalie, capital de la entonces colonia danesa de Saint Thomas, en las Antillas, donde desde muy joven, frente al mar, en sus horas de ocio en el negocio de sus progenitores, se dedicaba en el Caribe a pintar cocoteros o mujeres de su isla que lavaban ropa, y más tarde, cuando se traslada al continente, llegará a Caracas con sus pinceles y lienzos a pintar los paisajes de las playas de Macuto, en la Guaira. Faltarán muchos años para que Andrés crezca y en 1904 pinte Palmeras, paisaje de Macuto, donde el pincel ha sido reemplazado por la espátula, para hacer trazos que se asocian a la técnica divisionista de Renoir. El mar, en el cuadro del bogotano, será un triángulo rectángulo con ángulo de 45° a la derecha del espectador y 90° a la izquierda, mientras que la playa hará las veces de hipotenusa. Ya llegará el momento para que digan que con este cuadro "Santa María ha empezado a descubrir un placer insospechado en las propiedades matéricas de la pintura, en los bordes abultados por la aplicación con espátula, en su brillo y consistencia"3. Mientras esto algún día se ha de dar, Monet, el sin dinero Claude Monet (1840-1926), estará ensayando, en sus cuadros, un subido cromatismo; Alfred Sisley (1839-1899), nacido en París, cuyo padre de origen inglés es un acaudalado exportador de seda lionesa, apoyará a su hijo, pero al momento de quebrar con motivo de la guerra franco-prusiana, el hijo no tendrá otra alternativa que adoptar la pintura como medio económico de vida; Paul Cézanne (1839-1906) -nacido en el seno de un hogar de fabricantes de sombreros donde el padre, el señor Auguste, era el dueño y la madre, la señora Honorine, una de las operarías-, está de igual modo trabajando sus colores, Este futuro pintor, primero estudiante de derecho, carrera que abandonará, sabía de banca dado que su progenitor había fundado, con un socio, la Banque Cézanne et Cabanol, en Aizy. Como precursor del cubismo, tendrá que apartarse del estilo que establecerán sus amigos cuando comiencen a llamarlos los impresionistas. Es un pequeño mundo el que se da aquí, entre ellos, un cenáculo, en el que en cualquier momento o en cualquier lugar, se hacen tanteos, descubrimientos con la espátula, que comienza a ser empleada con mayor intensidad. Son pintores serios, elegantes, vestidos de negro, con barba, como enseña la moda, y asisten el estudio de Frédéric Bazille (1841-1870), miembro de una adinerada familia cristiana de vinicultores, que con la facilidad que le daba el dinero enviado por sus padres, pudo ayudar con alojamiento y comida a Renoir y Monet. Esta lista parecía ser hecha para el niño recién llegado del otro lado del mundo, que en ese momento seguía sin saber nada de la pintura. Todos y cada uno de ellos se iban a convertir en su gran marco de referencia. Ricos o pobres, se metían en temas y técnicas que el bogotano, a su tiempo, con igual dedicación y entusiasmo, exploraría para así retirarse del agotamiento que iría a representar mantenerse por mucho tiempo en las reglas del clasicismo.

2 "La exposición de pintores colombianos y españoles", en El Gráfico, Bogotá, 18 cié agosto de 1928, habla de "un pintor poco conocido: el español don Luís de Llanos" de quien se publica "una curiosa fotografía". Se trata de un hombre de rostro joven, mirada frentera, con una enorme barba candado en el mentón y unos mostachos de delgadas puntas que ascienden. El anónimo articulista lo considera como "el iniciador del paisaje entre nosotros". Vino este artista a Bogotá como secretario de la Embajada de España hacia el año de 1883, Muere Llanos en la capital de Colombia en 18'J5, cuando se desempe¬ñaba, junto con Santa María, como profesor de la Escuela Nacional de Bellas Artes.
3 Eduardo Serrano, Andrés de Santa María pintor colombiano de resonancia universal, Bogotá, Museo de Arte Moderno de Bogotá, 1988, pág. 68
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