Don Andrés Santa María y los suyos seguían encantados con los cromos que les permitían mantener en presente los rostros y la figura de la familia. En 31 Bold S' & 34 Castle S' de Liverpool, han decidido llevar al niño Andrés, que aún no sabe que ha de ser pintor. La casa es el estudio de los fotógrafos Vandyke & Brown. El muchacho ha sido ataviado con un disfraz, como acostumbran hacerlo quienes van a donde un profesional de la talbotipia y lo han parado en pose al lado de unas rocas de utilería. La insistencia con estos antecedentes harán que Santa María sienta como pintor una gran atracción por el rostro. Al respecto, la crítica Marta Traba -citada por Beatriz González- al captar este sentido profesional, dirá: "Santa María utiliza precisamente el retrato para hacer su revolución. Sobrepasando los procedimientos impresionistas, se instala en una suerte de expresionismo sui generis, consistente en reforzar el empaste mediante la acumulación de materia y la huella espesa de la espátula o del cuchillo. Este tratamiento bárbaro de la materia, acentuado por una real exasperación del color y un brusco desajuste de las convenciones cromáticas imperantes, lleva al cuadro a un tono sostenido, sin caídas en el vacío"5.

Más o menos para la misma fecha en que el niño Andrés está en el puerto de Liverpool gracias a los negocios de su padre y todos los de su casa repasan con comentarios y risas las fotografías, en el taller del pintor Claude Monet, con un cuarto de siglo de vida cumplido, se dedica a hacer sus primeros ensayos de yuxtaposición cromática. Labora con sus óleos sobre un lienzo que ha denominado Almuerzo campestre (1864-1865) y que ha resuelto realizar después del éxito que en 1863 su amigo Manet ha obtenido con Desayuno en la hierba. Monet, en la medida en que desarrolla su nueva obra, se apoya en una de esas fotografías artísticas con las cuales se recuerdan los almuerzos que se festejan en el campo. Pero al meter sus manos en los bolsillos de su pantalón, el pintor Monet descubre que no tiene ni una sola moneda para pagar su alquiler al hotelero, y no tiene más remedio que dejar en prenda el enorme lienzo de 6,40 x 4,65 metros en la fonda de Chailly en la que se hospeda. En 1866 sigue yuxtaponiendo colores. Pero esta vez prefiere hacerlo, como desde hace años lo imponía la escuela de Barbizon, al aire libre, y de la cual el futuro pintor Santa María, con gusto por el campo abierto aceptaría.

Monet se halla en Ville d'Avray con otro lienzo de gran formato que titula Mujeres en el jardín. El pintor Gustave Courbet (1819-1877), quien suele acompañarlo, ve como, con un paso y otro, se acerca y se aleja de su obra con el objeto de encontrar el violento contraste de la luz solar con respecto a las sombras. Pero lo que ha tenido sorprendido a Courbet es el hecho de ver que Monet ha mandado a cavar, en el jardín de su casa alquilada, un estrecho y profundo foso en el que con una polea sube y baja el lienzo que se hallaba sujeto a su bastidor. La luz cae sobre las cuatro figuras femeninas que pinta bajo los efectos sutiles o agrestes del sol.

Cuando el turno de pintar le llegue a Andrés de Santa María, buscará, al igual que los pintores europeos, escenas espontáneas y al aire libre. Santa María necesitará de los dos continentes, Europa y América, para encontrar para su creación esa multiplicidad de factores cromáticos que han de determinar cambios en sus obras. El realismo implícito de los impresionistas no lo abandona del todo. Por eso, a veces, sus motivos pueden ser las mujeres que lavan, los obreros que a campo abierto trabajan en La arenera (1893), o la ingenua libertad que tiene, al aire libre, la jovencita con perro en la playa (1893). Mueve espacios, aquellos mismos sobre los cuales tuvo conocimiento crítico cuando siendo aún joven, asumió en Bruselas su propia búsqueda. En este probar de estilos, Andrés de Santa María se hace maestro de la pintura, es decir, descubre para todos lo que está invisible a pesar de su evidencia.

Para 1869 la familia Santa María se establece en París.

Sólo bastará el paso de un año para que la guerra franco-prusiana y la Comuna de París (1870-1871) cambien la suerte de todos los que por una u otra circunstancia se ven incluidos en el conflicto. Pintores impresionistas, fotógrafos y poetas del café Guerbois tienen que emigrar o participar directamente en los combates. La muerte (en 1870) frustra la carrera pictórica de Frédéric Bazille en el campo de batalla, en Beaune-la-Rolande.


Marina 1904, Óleo sobre tela. 42 x 63 cm.

De nuevo el comerciante Andrés de Santa María Rovira se ve en la necesidad de huir con su familia de las balas; por ello, Bruselas, la ciudad de las casas y palacios grises, espera a Andrés y a los suyos. La ciudad impone su estilo. Las fuentes adornan con gracia placas y avenidas. Toda la familia aprende que una de las fontanas, la llamada Manneken pis, "niño que orina", es una estatua de bronce de unos cincuenta centímetros que representa a un niño pequeño desnudo orinando dentro del cuenco de la fuente, lo que resulta un poco indecente para algunos de los ciudadanos. Cuando el futuro pintor, en su segundo viaje a Europa, vuelva a contemplar al efebo que hace aguas menores, es posible que asocie este acto natural con un incidente curioso que vivió en Bogotá, y que en buena parte entra a explicar cómo las presunciones éticas de los gobernantes pueden obstaculizar o permitir el desempeño del arte6. Bruselas continúa presente para la familia viajera. El Palacio de Justicia los sorprende con su enorme construcción de 26.000 metros cuadrados. El lujo arquitectónico sobrepasa a la Bogotá que han dejado, y que de modo comparativo está detenida en ese tiempo español de adobe colonial con paredes gruesas y tejas de techos. Por el contrario, la Bolsa de Bruselas es un partenón griego en el que las transacciones económicas van y vienen con un tilín dorado de monedas. El futuro artista comienza a estudiar en el colegio San Bonifacio y a recibir al mismo tiempo clases de modelación en el taller de un escultor. Años después, cuando ejerza la cátedra de escultura en la Escuela Nacional de Bellas Artes de su ciudad natal y haga escultura como artista, tendrá muy presente esos momentos en que otras técnicas del arte labraron en él un gusto por las tres dimensiones. Hay una sincronía en sus momentos, un encuentro con Antoine Bourdelle en la Escuela de Bellas Artes de París cuando teme ahí clases de escultura y una profunda admiración por Auguste Rodin al conocer su gran retrospectiva que tendrá lugar en París en 19017

5 Ibíd., pág. 34.
6 En el artículo "Andrés de Santa María, insigne pintor", escrito por Max Grillo en la Revista de América de julio de 1945, comenta que cuando el pintor bogotano era director de la Escuela de Bellas Artes tuvo que solicitar permiso ante el presidente Rafael Reyes para enseñar el desnudo en clases de pintura, debido a que uno de los ministros se oponía. Para salvar la controversia, el presidente llamó a su hija mayor anee el maestro y los alumnos solicitantes que habían acudido a palacio, y ante todos, incluido el ministro, la señora hija del mandatario dio la aprobación al declarar "que en todas las academias del mundo se estudiaba el cuerpo humano".
7 El crítico Eduardo Serrano, en el Magazín Dominical de El Espectador, Bogotá, 15 de abril de 1984, ha insistido en exaltar con comentarios justos el trabajo del pintor bogotano sobre este tema y ha sido quizá el primero en escri¬bir sobre su papel en la escultura: "Quien haya mirado -ha dicho- con algún cuidado su obra al óleo no puede sorprenderse con este hecho, puesto que su atención a la materia, su pasión por el pigmento y su regodeo con los empastes se orientan claramente hacia la tridimensionalidad".
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