En 1873, cuando va por sus trece años de vida, Andrés es de nuevo sustraído de su ambiente para retornar a París. La ciudad vive en relativa armonía. Hace dos años que se firmó la paz de Francfort del Meno entre alemanes y franceses. El 18 de marzo ha dejado de ser porque no queda ningún vestigio de la Comuna de París que duró sólo diez días, fugaz tiempo en el que trataron de establecer poder los-partidarios socialistas con varios regimientos galos. La vida de colegial continúa para Andrés. En esta ocasión se halla matriculado en el Liceo Fontanes que diez años más tarde cambiará su nombre por el de Condorcet. Se trata de un edificio neoclásico de piedra amarilla, un pequeño palacete al estilo de la monumental obra donde se alberga la Corte de Justicia de Bruselas. Sobre la calle húmeda que da al frente de la edificación parisina se hallan padres y madres en busca de sus hijos que han culminado un día más de clases. A la distancia, un coche tirado por un caballo parece salir de la fantasmal niebla, esa misma niebla que a futuro él pondrá en sus cuadros.
Cuando Andrés ronda por sus catorce años, la familia, en vacaciones, se desplaza de Bruselas al cercano balneario de Spa, provincia de Lieja. Al parecer, los primeros modelos son el paisaje y no la fotografía. Para realizar esta labor al aire libre cuenta con el permiso de sus padres y la asesoría artística del acuarelista Henri Marcette. El sol y el cielo del verano le proporcionan sus encuentros estéticos con la atmósfera y los colores. Sin que nadie lo sepa, está adquiriendo sus primeras habilidades técnicas y estilo por la pintura que algunos decenios atrás se hacía en Francia. En efecto, desde 1830, un grupo de pintores franceses se estableció en la localidad de Barbizon, al sudeste de París, para pintar al aire libre. Comenzaron a ser reconocidos como la escuela de Barbizon. Su propósito era pintar a plein air, directamente de la naturaleza y recuperar así el realismo del que carecía el paisaje oficial. Entre sus componentes se destacaron Théodore Rousseau, Camille Corot y Jean-Francois Míllet. Cuando Andrés crezca y llegué como maestro a la Escuela Nacional de Bellas Artes, en Bogotá, es posible que sólo él sea el portador de estos recuerdos que trasladará a quienes posteriormente serán sus alumnos. Spa estará de continuo en su vida: ahí, en uno de los salones del Casino de la ciudad balneario pintará, subido en un andamio de madera, con sombrero puesto y bata blanca larga el tríptico sobre la Campaña Libertadora que en 1926 el gobierno del presidente Pedro Nel Ospina le encargará para el Capitolio Nacional y que tanta incomprensión le traerá por parte de los senadores, quienes no entenderán por qué las figuras que el pintor realice no serán vigorosas sino escuálidas. Su hija Carmen, con casaca militar, subida sobre un tonel que hace las veces de un caballo, posará como Simón Bolívar en el paso de los Andes.
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Autorretrato 1942, Óleo sobre tela. 71,5 x 54 cm.
En las circunstancias en que le ha correspondido vivir desde que salió de su país natal casi de brazos, no ha tenido otra alternativa que respirar un aire muy europeo. Es políglota. Sus padres hablan español y deben recordar con sus hijos, en sus conversaciones, su tierra al otro lado del mundo. Andrés ha estado en Inglaterra hasta los ocho años, después en París y Bruselas. ¿Cómo estará viendo a Spa ahora? La está viendo con miles de belgas y gentes venidas de toda Europa que gustan meterse en los balnearios que huelen a diablo, a aguas sulfuradas; la está contemplando congestionada con miles de bañistas que compran maderas pintadas y barnizadas especialmente para extranjeros; la está observando con miles de hombres, mujeres y niños que recorren por avenidas, almacenes y hoteles donde aún se habla de la visita que en 1717 efectuara Pedro el Grande de Rusia y de los certificados que expidiera su médico por la curación que recibió el zar gracias a las aguas medicinales. Por la central avenida del Martillo que conduce a la plaza Real, Andrés, su familia y el maestro acuarelista Henri Marcette caminan en medio de una doble hilera de árboles y elegantes casas. ¿De qué hablaran en este veranos; Se habrá dicho algo sobre lo que ha significado en París durante la pasada primavera la primera exposición de los pintores impresionistas en el taller de Nadar? ¿El interés que se tiene para que Andrés practique la acuarela les habrá conducido al suceso? Si esto es así, este pudo haber sido el momento en que su mente entró a precisar escuelas, a tomar tempranamente posiciones por el realismo de Millet, el mismo que pintara tres segadoras que recogen trigo y que Santa María, en Bogotá, muchos años después en 1895, cuando estuviera en su país, llevaría al lienzo con características propias de los campos de la vecina sabana de Bogotá.
Del 15 de abril al 15 de mayo de 1874, los pintores impresionistas han decidido realizar la exposición colectiva más importante del siglo XIX en el taller del fotógrafo y aventurero de los cielos que se halla ubicado en el número 31 de Boulevard des Capucines. Nadie aún los conoce como impresionistas. Se les reconoce como los "independientes". Los organizadores del suceso son Píssarro y Monet y se suman Degas y Berthe Morisot, que han llamado a su proyecto Société Anonyme Coopératíve d'artistes Peintres, Sculptcurs et Graveurs.

