Son treinta los artistas que concurren a colgar sus cuadros (Manet no lo hace): Astruc, Attendu, Béliard, Boudin, Bracquemond, Brandon, Bureau, Cals, Cézanne, Colin, Debras, Degas, Guillaumin, Latouche, Lepic, Lépine, Levert, Meyer, Auguste de Molins, Monet, Berthe Morisot, Mulot-Durivage, Giuseppe de Nittis, A. Ottin, P. L,. Ottin, Pissarro, Renoir, Robert, Rourt y Sisley. Entre los cuadros expuestos hay uno que no ha sido fácil de leer y cuyo autor, Monet, ha titulado Impresión, soleil levant. Será una pintura significativa porque de ella se ha de derivar el término impresionista que nace primero como burla en la pluma de la crítica. Se trata de una marina portuaria de Le Havre, al norte de Francia, alta Normandía, donde desemboca el Sena. Dos años atrás Monet había estado ahí. Para muchos de los visitantes a la exposición, el pintor no había captado nada del lugar porque predominaba en su obra lo impreciso, una atmósfera, unos desvanecidos colores. Los que se paraban frente al cuadro veían la panorámica más extraña del mundo: se trataba de algo así como el espejo empañado del río. Al fondo, bajo un resplandor tornasolado, aparecía una mancha estirada que a lo mejor quería representar la silueta de unos edificios bajo el velo vaporoso del amanecer.


Palmeras, paisaje de Macuto, 1904, Óleo sobre tela. 41,2x 50,8 cm.

Es posible que Andrés de Santa María Rovira, banquero y próspero comerciante, después de leer los comentarios que la prensa parisina publicara sobre los impresionistas, haya tomado precauciones para que su hijo Andrés, con gusto por el arte, no siguiera por ese camino. Con el tiempo se sabría que Andrés tuvo que enfrentarse a sus padres para poder dedicarse a la pintura y sólo en 1882, cuando muere Santa María Rovira, sintiéndose liberado de la prohibición, abandona el trabajo que por un año, a instancias de sus padres, desempeñaba en tres establecimientos bancarios, que para bien o para mal de no sabemos de quien, quiebran, para ingresar después en París, ya sin la presencia física del padre, en la Escuela de Bellas Artes8. Doña Manuela Hurtado, la madre del pintor fue una de las que más se opuso a los llamados de ese muchacho que no quería la rutina. Enterrado el padre se salió de la obligación de oficina y se fue para Montmartre. El mundo para él daría un giro total: Toulouse Lautrec, Monet y Manet fueron sus amigos. Entra al taller de Gervez y D'Humbert donde se hace condiscípulo de Zuloaga y Rusiñol y del príncipe Eugenio de Suecia 9.

Pero su caso no era único: entre los artistas había también hijos de banqueros: Paul Cézanne trabajo en la Banque Cézanne et Cabanol, de su padre, en Aix, y heredó de él una gran fortuna; Degas asumió, con venta de sus cuadros, la quiebra del banco de su padre una vez fallece éste; Mary Cassart, nacida en Pittsburg e hija de un banquero de Filadelfia, se unirá y expondrá posteriormente con el grupo de impresionistas. Santa María, hijo de banquero, tendrá después, en 1889, desde la misma Europa, el encargo de llevar a sus pinceles en óleo sobre lienzo, tres hombres de banco y comerciantes: Salomón F. Koopel, Matías de Francisco y Cecilio Cárdenas. En este sentido estaba abierto a todo, imbuido en lo nuevo y en lo viejo, en lo que el arte ha sido rigor de academia y en lo que está por ser como intuición o movimiento. Se identificaba con los pintores en el oficio y en el rechazo a la vida comercial para de este modo poder acercarse a escenas cotidianas donde el espectador es llevado para que aborde el color desde el agua, o lo haga en la luz que se halla sobre las escenas simples de la vida.

Cuando falten siete años para que termine el siglo XIX, Andrés de Santa María, casado, ha de regresar a su ciudad natal y es entonces cuando está por las calles de esta urbe que parece no moverse en el tiempo, al encuentro de los sucesos que rodearon sus primeros días, en la reconstrucción de los cañonazos del general Canal, esos mismos estruendos que lo sacaran del país. Traía toda una serie de manejos de la pintura que le permitieron estar más allá de aquellos pintores colombianos que habían pasado algunas temporadas en Europa metidos en escuelas, talleres y museos. Para muchos de ellos el recién llegado nada significa. Será necesario que pasen algunos años en su rutina de profesor en la Escuela de Bellas Artes 10, para que tres escritores ejerzan sobre su obra el papel de críticos. Se trata del abogado Ricardo Hinestrosa, quien tiene, junto con su hijo, una de las cuatro bibliotecas con servicio al público que funcionan en Bogotá; el periodista Maximiliano Grillo, quien firma como Max Grillo y edita Revista Gris, y el administrador del tranvía, el señor Baldomero Sanín Cano, quien aprendió de caballos consultando manuales o visitando caballerizas para saber cual era la justa alimentación que necesitaban los animales a su cargo en el transporte público. Santa María sería aficionado a ese tema de la caballería. En Inglaterra ya los había pintado. Pero más allá de las figuras equinas, el pintor bogotano está enseñando a ver el mundo a sus paisanos de otro modo. Es como si en un giro cromático, del que fuera primero profesor de la Escuela Nacional de Bellas Artes y posteriormente su director (1904-1911), estuviera colocando sobre los óleos, nuevos valores estéticos, de esos que por acumulación de factores o por puesta de hechos, ninguno de los artistas nacionales con idas y venidas al exterior, han propuesto.

8 El 2 de marzo de 1971, página 13 del periódico El Tiempo de Bogotá, con motivo de la retrospectiva organizada por El Museo de Arte Moderno de Bogotá en homenaje del pintor fallecido, dos de sus hijas, Carmen e Isabel, dieron la siguiente declaración: "[...] la familia no quería que fuese pintor; no le permitía ingresar a la Escuela de Bellas Artes porque eso no estaba bien visto e hizo todo lo posible por quitarle esas ideas artísticas de la cabeza".
9 Para el número de Colombia ilustrada, t. II, vol. 4, enero-abril de 1971, en entrevista, Carmen de Sama María recuerda que su padre, durante su juventud, fue amigo de Toulouse Lautrec, Monet y Manet.
10 La disciplina allí era rígida. El capítulo IX, artículo 31, página 11 del Reglamento de la Escueta Nacional de  Bellas Artes  editado en Bogotá en 1895 por la Imprenta de la Luz, decía: "Serán consideradas como faltas de conducta: la conversación en clase; ruido o actos ajenos al trabajo; el deteriorar los útiles que se hayan distribuido; ¡jugar, comer, fumar o ejecutar cualquiera otro acto inconveniente al orden y al respeto recíproco; desobedecer las órdenes de los superiores, contando entre ellos a los Ayudantes; y, en general, todo acto contrario a la moralidad v a la buena educación".
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