Los cruces del océano hacia Europa (dos que hará después de haber decidido vivir en Colombia) son definitivos para la obra de Andrés de Santa María. El primero corresponde a esas largas vacaciones (1901-1904) que tiene que tomar con motivo de la guerra de los mil días (1899-1902), que obliga al cierre de la Escuela. El descanso de Santa María es creador. El Viejo Mundo tiene nuevas propuestas en la pintura. Es un hervidero en la innovación. Pareciera que todos quisieran acabar con la pintura académica. Los colores chillan. Henri Matisse los hace gritar.

Santa María, por cuenta propia, en su indagación, hace coincidencia con algunos contenidos y temas de las innovaciones más controvertidas del arte. Su pintura se sintoniza con ese abanico exploratorio de casi un siglo en que naturalistas, impresionistas, fauvistas, cubistas y expresionistas quieren -desde el contenido, en unos casos; color, forma y sentimientos, en otros- enseñar a ver el mundo desde su creación. Santa María era uno de los autoelegidos, uno de esos seres probatorios que veía donde los otros no veían o se adelantaba a ver para que los otros vieran, lo que él, sin petulancia, establecía.

Es de nuevo un viaje el que trae los cambios en su manejo del arte. Una acumulación de situaciones, de sensibilidades y búsquedas a partir de establecer comparaciones entre un lugar y otro, permiten que, en su sensible mundo interno, se den los sentidos inacabables de la pintura. Ya a su regreso a la Bogotá de 1904, con el deseo de integrarse de nuevo a la dirección de la Escuela Nacional de Bellas Artes, debió traer el boceto de Palmeras, paisaje de Macuto (1904). Pintura experimental, de transición, que abre, con la luz del Caribe venezolano, su regreso a la técnica divisionista que ha aplicado Antoine Watteau y ha difundido Renoir entre los impresionistas, para convertirse en la entrada al colorido vivo que lo ha de llevar a esa nueva etapa en la que muestra un claro regodeo por el óleo como materia. El pincel como instrumento desaparece para dejar actuar de la mano del artista la espátula. El mar, entrecortado como el resto del paisaje, se forma con líneas de empaste.


Retrato de Jaime 1929, Óleo sobre tela. 46,8 x 36,6 cm.

Su trasatlántico cruce ha reactivado ese gusto por el paisaje del mar, que ya había acometido. Se repite aquí en su Marina (1904). Franjas horizontales hacen esa densidad que el primer plano está entre marrón y gris, seguido hacia el centro en crespas de olas, armonizado en otro nivel por un fondo de cielo que es tormenta y en el que lo matérico tiene un tratamiento atrevido. El 15 de mayo del mencionado año de su retorno, poco después de tomar cargo como director, se hace una exposición de pintura con motivo de las Fiestas de Instrucción Pública. Los cuadros de Santa María son bien recibidos. Uno de los comentaristas es un hombre nacido en Arauca, en la frontera de Colombia y Venezuela, Jacinto Albarracín (Albar), quien con el tiempo se le ha de ver como un agitador revolucionario, organizador de la marcha del primer 1.° de Mayo que conociera Colombia y en particular en la capital, donde habrán de desfilar, disciplinados y humildes, obreros en alpargatas y obreras de trenza, uniformadas ellas con faldones que les llegan a los pies, cubiertas desde los hombros con pañolones negros. Para la inauguración de la exposición Albarracín ve llegar al presidente José Manuel Marroquín. Todos los asistentes saben que durante su gobierno, el entonces departamento de Panamá se separó de Colombia. Es un hombre culto que habla latín y hace versos. Hoy ha tenido el elegante gesto de inaugurar la muestra en la que hacen presencia con su obra talentosos pintores como Roberto Páramo, Roberto A. Quijano o el joven paisajista Jesús María Zamora, entre otros. El jefe de Estado observa. Camina lento ante las obras de Santa María. Se detiene frente a algunas Marinas, nunca antes imaginadas por este presidente que no conoce el mar. Examina de inmediato Lavanderas de! Sena, Caballos, La niña a caballo y Los fusileros. Frente a este cuadro comienza su discurso. La imaginación del rebelde Jacinto se desborda ante ese hombre que detesta políticamente y decide, por lo mismo, preparar su próximo escrito que ha de aparecer en El Telegrama: "Mientras le oíamos [a Marroquín], nuestra vista se fijó en un admirable cuadro de Santa María, en el cual una línea de tiradores, rodilla en tierra, disparan sus proyectiles, y nos parecía ver en medio del humo una víctima de nuestras guerras civiles, y al mismo tiempo, por arte de encantamiento, se nos figuró oír las risas ocasionadas por los gracejos surgidos en un bautizo de muñecas, Terminado el discurso, el silencio fue más profundo: como que nadie creía"11. La política hacía su ronda. Entre el montón de seres interesados en el poder, sólo tres personas: Baldomero Sanín Cano, Ricardo Hinestrosa Daza y Max Grillo, se anticiparon para ver la obra de Santa María desde el ángulo que correspondía, desde el arte12.

11 El Telegrama, Bogotá, 17 de mayo de 1904.
12 Víctor Alberto Quinche Ramírez hace ver en su texto Andrés de Santa María y la identidad del arte colombiano, Bogotá, Universidad del Rosario, 2003, como los tres mencionados escritores cumplieron el papel de receptores, es decir, de críticos especializados que enseñaron al gran público a leer el color y el sentido de la pintura, cosa que por primera vez sucedía en el país.
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