Niño vestido de verde/ Niño sobre fondo rojo (1913) señala esa etapa de libertad; lo que él hace no ha surgido de la nada, sino de relaciones múltiples a plena conciencia de querer abordar lo suyo. En este caso el único valor que queda lo establece su creación, porque toda propuesta ideológica, temática o de contenido ha desaparecido, sólo queda el busto con los colores que están para hablar de ellos mismos y dejar que ese rostro sea el que exprese, sin deformaciones, a menos que se contemple como tal esa desaparición de los rasgos.

El arte en Santa María se está definiendo por sí mismo. Esa capa fantasmal que cubre a sus seres, esos ojos, nariz o boca insinuados o carentes de la realidad que reclamaban los tradicionalistas, lo va conduciendo a su propio lugar, a su propia identidad como pintor, aunque detrás de todo ello se puedan establecer relaciones con otros pintores, movimientos o escuelas. El retrato de Jaime (1929) trae tres colores básicos: camisa amarilla, cargadores azules y manzana roja sobre un fondo verde. De nuevo el empaste, el gusto por el óleo que sale a tercera dimensión plantea en las formas sin formas el deseo de querer desaparecer, de volver más alma la materialidad sobre la cual se constituye.

Andrés de Santa María desde su dedicación exclusiva a la pintura, metido en sus cuadros, sin otro recurso que la propia luz que logra con el manejo del color. La guerra mundial de 1914 lo hace abandonar Bruselas, ciudad en la que se había establecido con su familia, para ir a Londres. En la primera de las ciudades mencionadas expone En la playa de Macuto con el título El regreso del mercado, allí el mar es el mismo triángulo rectángulo que había concebido en Palmeras.

Lo que haga o deje de hacer ya no importa. Según su biógrafo, "el propio Andrés de Santa María explicaría tanto su aislamiento como su consagración 'a la religión del arte sin búsqueda de éxito y notoriedad1 con estas lapidarias palabras: 'Hay quienes son pintores porque pintan, hay quienes pintan porque son pintores'. Vermeyle -citado por Eduardo Serrano- quien transcribe la sentencia añade que 'uno ve enseguida a qué categoría pertenece Santa María'. Es decir, al artista le interesaban mucho más sus aportes, su creatividad cromática y matérica y expresarse pictóricamente, que el poder y la fama (que con tanta frecuencia desvían de su principal cometido a talentosos artistas)"20. El pintor bogotano, que nunca negó ser colombiano, está en el centro de ese lugar que buscaba. Viajará en 1915, durante la guerra de Europa a San Sebastián (España), a esperar a que termine el conflicto. Aprovecha su estancia para hacer una gran visita. Busca Las meninas de don Diego Velásquez, el pintor admirado por los impresionistas y observa con detención esa cabeza de la que cae el pelo rubio, casi blanco y los ojos redondos, casi gota de azabache de la infanta Margarita, así como de toda la familia real, donde la crítica, de igual modo, ha hallado semejanza entre Isabel y Helena, hijas del pintor bogotano, con El infante don Carlos. Clon el paso de los años, será acaso él, el colombiano, el rey Felipe IV, el padre y abuelo de esa infanta, que en el original está rodeada de meninas, y que el visitante pintor saca de su contexto para volverla suya a través de retratos de familia? ¿Será a su vez, en su homenaje y admiración, el giro del pintor sevillano cuyo recurso pictórico fue por excelencia la expresión? Niña de cuello blanco (1936) parece, en su visaje, una lejana evocación que se pierde hacia atrás, en el tiempo, en ese manejo de colores que son sello de Santa María, y llegan a ella, su personaje familiar, para que no sea cortesana de palacio español, y sea por ella misma definida en lo difuso y se vuelva perfecta al buen lector de rostros.


Retrato de mujer, 1918, Óleo sobre tela. 56*46 cm.

En 1930 y 1931, dos reconocimientos tienen que cruzar largas distancias para que el pintor bogotano se entere que en su país natal ha sido nombrado primero miembro correspondiente de la Academia Colombiana de Bellas Artes y un año después dos de sus obras han sido incluidas en la Exposición que efectúa la misma institución. Tal vez este reconocimiento se deba a que ya habrán desaparecido del panorama aquellos hombres grises que lo acusaron de todo. Otros pensarán que no todo silencio es absoluto y que por algún lado de la comunicación, el correo debe haber traído la noticia de varias exposiciones suyas, como aquella que tuvo en París (1917), al lado de Henri Matisse, Maurice Utrillo y Jean Peské, entre otros. Dichas exposiciones siguieron en el nuevo decenio de los años veinte, cuatro más en la misma ciudad. Ya había que quitarse el sombrero frente a él. Para el decenio de los años treinta habrá dos, una en 1936, la exposición retrospectiva de su obra en el Palacio de Bellas Artes de Bruselas y otra un año después, con el mismo carácter, en New Burlington Galleries de Londres. Para el año de la segunda exposición, la realizada en la capital del Reino Unido, un hombre delgado de similar estatura a la del pintor, llamado André de Ridder, ha escrito con altura en francés un modesto y rústico folleto que aparece en Editions de la Bascule, Bruselas (1937). Se trata de un profesor y crítico de arte que está de veras interesado en la pintura del colombiano. El alentador texto que ha escrito tiene tan solo 16 páginas y unas ilustraciones adicionales en blanco y negro sobre las obras del pintor que ha descubierto. Ridder tiene la figura de un Quijote calvo que ha metido su delgado cuerpo en un vestido de paño inglés que se halla realzado con una corbata anudada al estilo Windsor. Durante largas horas se ha detenido con el pintor, con el objeto de conocer los detalles de su vida y de su creación. Santa María, al momento con 76 años, está algo robusto, con un cabello negro donde las canas pueden hallarse espantadas con el truco de algún tinte. Un año antes de la exposición de Bruselas ha pintado Santo 'urnas (1935), un cuadro que se agrega al tema místico que ha venido realizando desde 1921. El apóstol de la duda está a la izquierda de Jesús. Cristo, quien es espíritu y luz en su pintura, claridad de centro que se halla entre el morado de los arcos en bóveda y el ocre del piso. A veces Cristo es Cristo o es el pintor en autorretrato, el Mesías, el sacrificado. Mujeres, flores, bodegones, carreras de caballos tendrán en esta etapa continuidad o aparición novedosa para el espacio de su creación, pero en los rostros de los temas místicos la expresión será significativa. La mujer, repetida en el trayecto de su creación, trae el sentido de la gratitud hacia lo femenino, el beneplácito ante la protección. En Retrato de mujer (1918) ya no importa que el color conserve la exactitud con las normas de la textura y de lo que debe ser según la variedad de lo humano. El Greco ha insinuado e! rostro alargado y el fauvismo ha contribuido a que a veces los colores deben ser muy distintos o contrarios a los reales. Desdémona (1936), pintado en la edad adulta, conserva en el nombre todo un significado. Es la víctima de los celos de Otelo. Tres años antes de su muerte acaecida en Bruselas en 1945, cuando tiene 84 años, querrá de nuevo verse a sí mismo a través de un nuevo y final Autorretrato (1942). El rostro está adolorido en un empaste menos intenso y donde las manos del pintor, mejor definidas, tratan de decirnos para siempre, que fueron ellas las que mucho trabajaron por su arte.

20 Eduardo Serrano, op. cit., pág. 192.
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