EL ARTE DESCUBRE UN MUNDO7
GUILLERMO WIEDEMAN
EXPOSICION RETROSPECTIVA 1937 - 1965
Por WALTER ENGEL
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Girardot, 1957. Acuarela sobre papel, 53 x 73 cms. |
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En el año 1939, casi en vísperas de la segunda guerra mundial, desembarcó Guillermo Wiedemann en el puerto colombiano de Buenaventura. Llegó en buque directo desde Hamburgo, después de haber vencido un sinnúmero de obstáculos para poder abandonar a Alemania, cuya atmósfera de "cultura dirigida" bajo el nacionalsocialismo le resultó invivible, como hombre de profunda raigambre filosófica y humanista.
A sus dieciocho años, en 1933, había participado por primera y última vez en la exposición colectiva de la progresista Neue Sezession de Munich. Desde el advenimiento de Hitler al poder se abstuvo de toda participación en exposiciones públicas. En 1939, al fin dio el paso decisivo para recuperar su libertad, al emprender el viaje a Suramérica, que se pareció mucho a una fuga. Los alemanes ya no permitían a la sazón la salida del país de ciudadanos aptos para el servicio militar. Por eso, el equipaje del pintor fue insignificante, casi nulo. En cambio, trajo el imponderable patrimonio de una grande cultura artística. Esta se había iniciado en estudios de varios años, en la Academia de Munich, bajo la enseñanza del renombrado maestro Hugo von Habermann en pintura, y de Adolf Schinnerer en grabado.
Von Habermann, vigoroso y personal en muchos de sus cuadros, era netamente académico como profesor. Después de su muerte, Wiedemann se independizó y experimentó la primera vehemente reacción en su desenvolvimiento. En beligerante oposición contra el academismo se dedicó durante dos años a un expresionismo radical y exasperado. Luego sobrevino la segunda reacción: la ansiosa búsqueda de lo pictórico, de un arte consciente y depurado. Esta etapa significó para el artista un nuevo comienzo, la reconstrucción de su mundo desde la base.
Empujado por una permanente inquietud, Wiedemann emprende extensos viajes. Una vez separado de la Academia, vive dos años en Berlín. Es allá donde experimenta la disolvente fiebre expresionista. Luego va a París, Viena, Budapest, viaja a Italia y los Balcanes. Cuando se embarcó para Suramérica, en 1939, ya había vivido y trabajado en íntimo y prolongado contacto con el arte europeo y lo conocía a fondo, tanto en sus aspectos históricos como en sus corrientes contemporáneas.
En tales condiciones, preparado técnica y artísticamente, y por otra parte profundamente conmovido y herido por los acontecimientos en Europa, y más que todo en su país natal, donde el espíritu y la cultura yacían esclavizados y amordazados por los propios amos alemanes, Wiedemann experimentó el impacto de este nuevo, exuberante mundo tropical. La reacción fue violenta. En contraste con la Europa martirizada, con la Alemania militarizada y mortalmente "disciplinada", aquí estaba la libertad, desbordante, infinita, subyugadora, tal como se manifiesta en el ambiente y en las gentes de tierra caliente, en los puertos del río Magdalena -Girardot, Puerto Berrío, La Dorada-, donde el artista permanece durante semanas y meses, observador e intérprete incansable, insaciable de aquel magno espectáculo en el cual las nociones de existencia sin cohibiciones, sencilla, alegre, amena, de luz deslumbrante y jubilosos colores se confunden con esa otra, diariamente vivida con asombro y gratitud, como milagro perennemente repetido, la condición de hombre independiente, de artista libre, recuperada!
Los cuadros del trópico creados por Wiedemann tenían desde el principio un pujante estilo personal. Pero a veces pudo parecer -en ciertos paisajes ante todo- como si la exótica y caótica exuberancia tropical fuera a imponerse incondicionalmente. Por segunda vez en el curso de su carrera, el artista estaba entregado a un agresivo expresionismo. Antes, había sido como reacción contra la academia. Ahora fue la reacción contra un mundo en cadenas, fue el saludo arrebatado y extático a otro mundo, a un Nuevo Mundo, donde nuevamente se pudo respirar, vivir, opinar, trabajar. Ante la magnitud de este choque, el temperamento de un artista de tan aguda sensibilidad tuvo -irremediablemente- que desconcertarse, excederse, desbordarse. Sin embargo la conciencia plástica no demoró esta vez dos años en imponerse, como antes en Europa, después de la estada en Berlín. La recuperación de los principios constructivos se realizó con sorprendente rapidez. Y desde entonces, el desenvolvimiento es permanente, muchas veces radical, pero nunca más caótico o desenfrenado. El arte ha recuperado la plenitud de sus derechos y prerrogativas.
A todo lo largo de su carrera artística, Wiedemann cultiva en forma paralela -o más bien alternante- el óleo y la acuarela. Para él, la acuarela no es una técnica auxiliar, secundaria y subordinada. Tiene su plena validez e importancia propias. En ocasiones pasan muchos meses sin que pinte un solo óleo. Luego se dedica de lleno a éste y abandona transitoriamente la acuarela.
Su primera exposición en Colombia, 1941 [1940] en la Biblioteca Nacional de Bogotá, fue exclusivamente de acuarelas. Desde esta primera presentación pudieron observarse ciertas notas generales que se afirmaron e intensificaron luego en obras posteriores y son características a través de toda su producción. Wiedemann respeta -y emplea a fondo- la técnica de la acuarela, su liquidez, su fluidez, su transparencia. Sin embargo, un cuadro de él, realizado a la acuarela, es una pintura completa, integral. No tiene nada de un rápido boceto, de un apunte fugaz, de una ligera improvisación, apresuradamente vertidos sobre fondo blanco. Este fondo blanco desaparece en las grandes acuarelas de Wiedemann, grandes también en su tamaño. Toda la superficie queda cubierta de color, como plano completo, continuo, único.
En el desarrollo del artista encontramos una constante interdependencia entre óleo y acuarela. Por lo general el avance sorprendente hacia territorios inexplorados e inéditos se realiza en acuarelas. En esta técnica va naciendo cada transformación radical del estilo, pero estas hojas -el hecho es importante- tienen ya la categoría de obras, de pinturas completas y definitivas. A las acuarelas de audaz avance estilístico y conceptual siguen, meses más tarde, los óleos, en un proceso de maduración, de consolidación, de ahondamiento. Nunca se limitan los óleos a ser mera repetición o variación o ampliación de las acuarelas (por lo demás ya se anotó que también las acuarelas son de tamaño grande). Se trata aquí de un proceso mucho más trascendente, de un desarrollo orgánico inmensamente creativo y fecundo.
El doctor Enrique Uribe White escribió la introducción al catálogo de la primera exposición de Wiedemann, en 1941 [1940] Y todos los entendidos estuvieron de acuerdo con él, que aquí se presenciaba la exposición de un extraordinario acuarelista.
Los años siguientes están por completo bajo el signo del trópico. Vivir con el pueblo a orillas de los ríos, observarlo, compenetrarse con él y gozar de ese ambiente pletórico de insospechada belleza y grandeza se convierte en inagotable fuente de inspiración para el artista. Así lo demuestran los cuadros de su próxima exposición.
Esta muestra individual, inaugurada en abril de 1945 en la Biblioteca Nacional de Bogotá, tuvo muchos aspectos de un acontecimiento sensacional. Sorpresa inicial: Wiedemann, recordado desde 1941 como acuarelista, llenó los dos salones principales de la Biblioteca Nacional con ¡sesenta y tres óleos! Pero más importante que la técnica y la cantidad de estas pinturas fueron su concepto, su estilo y su calidad.
Durante toda su carrera, Wiedemann ha sido expresionista. Pero fue en la época que culmina en la exposición de 1945 cuando más se acercó al impresionismo, aunque se tratase de un impresionismo agresivo, brioso, tropical. Considero como elemento impresionista la no acentuación de la forma, el prescindir de planos claramente definidos, la construcción del cuadro mediante luz y color, primordialmente. La línea, tan fundamental en el desarrollo ulterior del artista, desempeña en ese momento un papel muy secundario, casi accidental, para marcar parte del contorno de una figura. En cambio los cuerpos tienen su volumen, su importancia, gracias a estratégicas manchas de color, colocadas con seguridad y energía. La mayoría de las pinturas de aquel momento se erigen de dramáticas masas cromáticas, en fulgurante luminosidad.
Desde la exposición de Bogotá en 1945, la fama de Wiedemann se difundió rápidamente. Aún a fines del mismo año exhibió sus obras en el Museo Zea de Medellín. En 1946, tuvo cuatro exposiciones individuales en los Estados Unidos: en Carstairs Gallery de Nueva York, Young Museum de San Francisco, Becker Gallery de Los Ángeles, y Pasadena Museum de Pasadena. Había obras suyas en las colecciones permanentes del Museo Nacional de Bogotá, Museo Zea de Medellín y Young Museum de San Francisco, y de muchos coleccionistas colombianos y extranjeros.
También en 1946, Guillermo Wiedemann se nacionalizó colombiano.
Cuando Alejandro Obregón organizó en 1948 el ya histórico Salón de los 26, en el Museo Nacional, hoy obligado punto de referencia sobre arte moderno en Colombia, invitó también a Wiedemann. Desde entonces, el artista participó en casi todas las exposiciones de alta selección realizadas en Bogotá y también en las bienales internacionales donde Colombia estuvo representada oficialmente.
1949 trae una nueva exposición individual de óleos en las Galerías de Arte de la avenida Jiménez de Quesada. En momentos en que otros pintores están explotando el estilo de Wiedemann de años anteriores, el artista mismo ya lo ha superado y está renovando su pintura. La inquietud, la excitación, los ocasionales excesos en el uso del color rojo han cedido. Todo tiende ahora a composiciones clásicas en su estructura fundamental. Medias figuras y figuras enteras, todas de pie, se erigen en severa postura vertical. A los dramáticos fuegos cromáticos de antaño siguen ahora armonías no menos intensas, no menos hermosas, sino apenas más equilibradas, más ricas en sus infinitos matices nacarados, en sus exquisitos tonos rosados y verdes pálidos que se agregan a los profundos rojos e intensos azules siempre dilectos del artista. La "materia" de los óleos, antes a veces un tanto densa y espesa, ha llegado a un máximo de depuración, a una singular pureza y transparencia de fascinadora calidad.
En 1950, Wiedemann emprende su primer viaje a Europa después de la guerra mundial. Visita a Francia, Alemania y Holanda. Tiene una exposición individual en la galería Hielscher de Munich. La galería municipal de Munich adquiere una de sus obras para su colección permanente.
Durante todo el desenvolvimiento de Wiedemann, desde sus comienzos en Europa hasta hoy, encontramos en su obra un motivo central, un Leitmotiv: la figura humana. No olvidamos sus paisajes tropicales y urbanos, sus naturalezas muertas, flores e interiores. Todo eso tiene su importancia. Más encima está la figura, con todos los motivos que de ella emanan. Y es interesante observar cómo el artista vuelve sobre un mismo tema figural, tratado por él anteriormente, para verterlo en cuadros de acuerdo con la última evolución de su estilo. Entre estos temas pueden citarse -aparte de cabezas, medias figuras y figuras de pie- la mujer sentada, la hamaca, la pescadora, y ciertos grupos de figuras, entre ellos los músicos.
La línea de conducta del artista durante los últimos diez años es clara y consecuente. Es la de la abstracción cada vez más rigurosa, más libre, más puramente plástica. Esta tendencia cristaliza con toda claridad, primero en la exposición de acuarelas de 1957 en El Callejón y nuevamente en la muestra de la Biblioteca Nacional en 1958. Pero siempre se trata de la abstracción, es decir, plasmación de un nuevo hecho artístico sobre la base de un motivo, una visión "reales", una impresión percibida, transformados luego por la fantasía y un misterioso proceso de sublimación a fenómenos estéticos completamente inéditos, en maravillosa metamorfosis. Sin embargo, es importante la constancia -y el artista mismo insiste en ella- de que sus cuadros no son nunca producto de la especulación "abstracta", de juegos de formas a priori no-figurativas, fríamente geométricas y matemáticamente construidas.
Este origen que podríamos llamar orgánico, vivo, de percepción visual, fundado en una extraordinaria y milagrosa sensibilidad, se refleja en las obras. Porque antes que equilibrio premeditado y calculado, antes que compensaciones de masas y formas, estas pinturas irradian una vida palpitante, emocionante, un poder de comunicación inmediata que nos cautiva con una fuerza mucho más irresistible que cualquier juego de duras formas no-figurativas.
Los dos elementos básicos de los cuales se componen las obras recientes de Wiedemann son planos o manchas de color y líneas. Eso por sí sólo no dice casi nada. Lo significativo es la independencia de la línea, su autonomía completa. Unas veces raspada, otras veces pintada, tiene la misma validez en la construcción de los cuadros como el color. Frecuentemente no coincide con los bordes de los planos, no es contorno, no enmarca una forma o figura; las plasma, las traza, las construye directamente, complementando la arquitectura cromática. Este procedimiento presta a las obras un carácter de libertad, de espontaneidad, algo como si pudiéramos adivinar y compartir el proceso de creación de este misterioso y cautivador cosmos plástico.
Al ver por primera vez, por ejemplo, esa Figura en el espacio, uno de los últimos óleos de Wiedemann, creemos al principio que nos encontramos frente a una composición netamente abstracta. Pero allá esta la figura, y también el espacio, el cosmos que la rodea y del cual forma parte. Todo eso dicho en un lenguaje pictórico arrebatador, en armonías cromáticas audaces, sonoras, de vigorosa plenitud y consonancia.
Wiedemann parece un artista inagotable. Cuando creemos que haya llegado a las últimas consecuencias de su arte, cuando estamos asimilando de lleno lo que parece culminación definitiva, él va más lejos todavía, llega a nuevas conclusiones, nuevos hallazgos, nuevas y pasmosas verdades plásticas y cósmicas. Hoy creemos conocer todo el desarrollo de la ya magna obra de este pintor. Mañana podemos vernos ante la tarea -grata y excitante de ahondarnos en otras obras y otras evoluciones de su concepto y estilo. Un gran artista como Wiedémann se encuentra en un devenir perenne e interminable.
(Publicaciones de la División de Extensión Cultural del Distrito Especial de Bogotá, 1959)

