Ricardo Borrero
La obra de Borrero permanece fiel a la naturaleza, aunque haciendo siempre
perceptible, tanto en sus amplios panoramas como en sus románticos parajes, un claro
objetivo de paisaje ideal, de paraíso terrenal donde reinan la paz y la armonía. Es
gracias a su continuo empleo de tonalidades compatibles, así como a su pincelada discreta
y a su color sin resonancias, que su trabajo consigue esa nostálgica serenidad que lo
define y particulariza.
A veces enmarca con árboles en primer plano una vista infinita; otras veces establece
patrones de líneas verticales con sus troncos; y en ocasiones parece destacar los
aspectos arquitectónicos del terreno, en particular en sus representaciones de quebradas
o riachuelos, en los cuales el agua corre por entre enormes rocas dispuestas de acuerdo
con claras diagonales compositivas. La estructura de su obra, en consecuencia, es
invariablemente estable y balanceada, bien por el color, o bien por el peso de sus
elementos.
La luz de sus paisajes es por regla general difusa, sin marcados contrastes ni enfáticas
sombras, lo que les aporta cierta apariencia de escena atmosférica. La mayoría parecen
pintadas temprano en la mañana o al caer la tarde, con cielos cargados, cubiertos,
andinos, que sirven de fondo a las formas esbeltas de la vegetación arbórea de la
región sabanera. El carácter sosegado y seductor de su pintura se acrecienta
notablemente con su manera suave de aplicar el óleo, y con la extrema finura de su
modulación de color.
Eduardo Serrano en: Ricardo Borrero. Tomado de: La escuela de la Sabana, Museo de Arte
Moderno de Bogotá, Novas ediciones, 1990. Pgs.69-81.
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