LA FALSA LEYENDA DE IGNACIO GOMEZ JARAMILLO

 

Escribe: CASIMIRO EIGER  

El peligro de la opinión pública en su aplicación a las artes es que se estabiliza demasiado, se convierte en un criterio exclusivo e inamovible, no escolta fielmente al artista en sus cambios y vacilaciones, desea encerrar en una fórmula válida para siempre la obra esencialmente mutable de un artista. Pues la obra artística es como el hombre —ya lo dijo el Eclesiastés— “ondeante como el mar”; en progreso lento o brusco interrumpido por desconcertantes decaídas, imprecisa a veces y, en otras, fuertemente acentuada, reflejo de una tesis externa o resultado de una necesidad interior. Pero siempre cambiante en su rumbo, su calidad y su nivel. La opinión pública procede al contrario por grandes golpes. Las seguridades que adopta son más generales que particulares, nacen de una convicción brusca e indiscriminada y no admiten alteración sino después de un periodo bastante dilatado. Son además, radicales e inaccesibles a los detalles. Que el mundo evolucione lentamente, que un hombre se convierta poco a poco en otro ser, que su estilo se perfeccione o decaiga, la opinión general no se da cuenta de ello sino transcurrido un lapso largo y en forma de una nueva convicción definitiva. Para la opinión del vulgo todo es blanco o negro y permanece siéndolo por mucho tiempo. La opinión pública procede, pues, a manera de todos los mitos, es decir que se basa en una observación incompleta y en la falsa certeza, que se convierten poco a poco en artículos de fe. Fe inconmovible. Más peligrosa cuando se trata de problemas estéticos, siempre de difícil captación y sujetos a infinitas viceversas. Y francamente nociva al aplicarse al desarrollo de un artista y al valor de su obra. Que se saldrá siempre de los moldes admitidos y sobrepasará la observación precipitada de los contemporáneos. 

La obra de Ignacio Gómez Jaramillo —que nos sirvió de pretexto para las anteriores consideraciones— ha sido siempre discutida acerbamente y alrededor de ella se han formado, desde tiempo atrás, las más diversas y opuestas opiniones. A unos aparecía como obra revolucionada, capaz de redimir el arte nacional y devolverlo a sus cauces naturales, a otros no se les antojaba sino como una prolongación debilitada de algunos movimientos europeos —particularmente de la influencia cézanniana— sin valores propios bien caracterizados. Pero unos y otros coincidían en su novedad dentro del campo limitado del arte colombiano y recalcaban su efecto depurador frente al esparcimiento estético y a la inconsistencia de la antigua academia. Poco a poco el estilo “Gómez Jaramillo” que poseía unas características bien definidas, se iba imponiendo (un poco a regañadientes por parte de la opinión pública), y el pintor mismo se convirtió en un valor consagrado. Más, he aquí que el maestro reconocido de la línea apacible, de la composición equilibrada, de cierta frialdad intencional y de los tonos azules, grises y plateados, comenzó a cambiar, adoptando en su obra, ciertos ademanes violentos, ciertas audacias coloristicas, cierto expresionismo conceptual, los cuales todos se salían de las pautas hasta ahora seguidas por el artista y rompían —por lo menos en su aspecto externo— más o menos violentamente con el pasado. Muy diversamente ha sido apreciada aquella metamorfosis que desorientaba a la opinión pública, pero a la cual aun los críticos más afirmativos han reprochado la falta de necesidad interior, un deseo externo de renovarse, cierta superficialidad en el tratamiento de los temas, una sensibilidad social más fingida que real y una violencia formal dictada por ellos, pero en desacuerdo completo con las posibilidades del pintor. Y es cierto que todo, en aquella fase arrebatada y vistosa, constituía un error, menos el impulso mismo que le dictaba al artista la necesidad del cambio, bajo el riesgo, en el caso contrario, de ver estancarse su arte y convertir sus dotes en preludios de una nueva academia. Los temas, las modalidades, la disposición y carácter de esos cuadros eran absolutamente externos, no así el instinto que obligaba al artista a romper con sus antiguas seguridades y buscar a todo trance una expresión nueva. No obstante, la opinión pública se detuvo con preferencia en el rasgo exterior —y además, cierto— de la pintura nueva de Gómez Jaramillo y le reprochó (y ésta fue también la opinión de quien esto escribe), la índole artificial del cambio sucedido, la inútil violencia formal y el carácter literario de su inspiración. Y en la opinión general se formó un nuevo lema: los buenos tiempos de Gómez Jaramillo se sitúan atrás, su arte, desorientado e inútilmente caótico, está en plena decadencia. 

Pero el error de la opinión pública consistía en haber tomado “pars pro toto”, en lugar de la totalidad considerar solo una parte. Una parte de la evolución del pintor, la más vistosa, de la cual no quedan quizás obras valederas y cuya importancia se circunscribe a la transformación del artista. Pero éste seguía evolucionando. Descubriendo muy pronto el error en el punto de partida y la inadecuación de la nueva modalidad a la expresión de sus innatas cualidades, reaccionó violentamente frente a su propio intento, negándolo de plano y pasándose a expresión exactamente opuesta. Abandonando todo dinamismo, toda violencia formal e inclusive todo movimiento, Gómez Jaramillo buscó en sus nuevos lienzos realizados en 1967 —dos de los cuales estaban presentes en la exposición clausurada en días pasados en la Biblioteca “Luis-Angel Arango”— la arquitectura del cuadro, la disposición severa y armoniosa de las formas reducidas a unas superficies planas, prescindió de toda perspectiva y de todo relieve, obteniendo en “Objetos segmentados” y en “Cosas simples” una visión casi esquemática de los motivos representados, la cual, dentro de su voluntaria sequedad, no estaba exenta de una incipiente y severa armonía. Que para lograrlo el pintor se haya inspirado en los intentos similares de algunos artistas italianos no le quitaba nada al valor de su empeño, ya que se trataba aquí principalmente de un propósito de autodisciplina, de autocorrección y de severa amonestación frente a los errores del pasado.