EL FRESCO DEL MAESTRO PEDRO NEL GOMEZ 
EN EL VESTIBULO PRINCIPAL DEL BANCO DE LA REPUBLICA

 

Escribe: JORGE ENRIQUE LEAL G.  

I

El Pintor—En 1899, Anorí, un pueblecito minero del departamento de Antioquia, vio nacer en su seno, de una antigua familia de buscadores de oro, a Pedro Nel Gómez. 

Luego de graduarse de ingeniero civil y de arquitecto en Medellín, realizó la ambición de su vida: viajar a Europa a escudriñar en los centros de arte, con preferencia en los italianos, la técnica sutil y los secretos de los muralistas del renacimiento. En Florencia, cuna de la pintura al fresco, adivinó cómo la fuerza expresiva y la disciplina intelectual, son bases inconmovibles sobre las cuales se cimientan, para la inmortalidad, las obras maravillosas de sus iglesias y museos. 

Allí, en esa tierra privilegiada de atmósfera transparente como un cristal. Pedro Nel Gómez intuyó en los frescos de Masaccio de la capilla Brancacci que el arte no es mera fórmula, sino creación; de él seguramente aprendió también que bastaban el claroscuro y la iluminación sabiamente distribuidos, para que las formas adquirieran ese sorprendente volumen que las destaca sobre los muros a manera de milagrosos bloques de granito; en Filippo Lippi encontró el camino para alejarse de los convencionalismos; en Andrea del Castagno admiró el naturalismo; en Fiero della Francesca la impersonalidad; en Pollaiuolo el movimiento; en Boticelli la intensidad en la expresión. Con este bagaje de conocimientos, el maestro Gómez ha cooperado decisivamente a que la pintura mural latinoamericana, en la técnica del fresco, haya surgido en el panorama mundial como un hecho histórico y portentoso de trascendencia incalculable, al decir del profesor Enzo Carli, autoridad indiscutida en estas materias.  

Entregado con amor, mística y paciencia a su arte, en cuya ara oficia con la devoción de un sacerdote, el maestro Pedro Nel Gómez mantiene una sorprendente afinidad espiritual con Ghirlandajo, aquel lejano e impaciente florentino que lamentaba no poder cubrir con pinturas el recinto de las murallas de Florencia. 

La técnica—Se ha afirmado, con razón, que la pintura es el lenguaje de las incertidumbres, de los arranques y de los desfallecimientos del corazón; que es el grito de la pasión intelectual. Si, por otra parte, se tiene en cuenta que son las paredes de los palacios, de los edificios públicos y de los templos, las únicas que presentan la suficiente amplitud y visibilidad como para dejar satisfecha el ansia del artista, se comprende cómo espíritus creadores, ávidos de horizontes ilímites, buscaran en el mural el sitio donde ofrecer sus felices alumbramientos a la admiración de las inteligencias reflexivas. Había que pensar, asimismo, en que esa obra no fuera efímera, sino que se enfrentara victoriosa a los embates del tiempo: surgió entonces el fresco con sus diversas técnicas, tan depuradas estas que alguien con toda verdad aseguró cómo el ardor de los corazones parece todavía abrasar las paredes donde se admira alguno de ellos.  

Debe quedar bien claro, si, que el fresco y la arquitectura se complementan, se hermanan, se necesitan mutuamente; no se puede iniciar la obra sobre el muro porque si; se hace indispensable, por el contrario, un minucioso estudio de espacios y volúmenes, de perspectivas y profundidades. El fresco está llamado a infundirle alma a un ámbito, a acentuar o a suavizar sus líneas, a inundar de luz un recinto, a plasmar ideas, en fin, sobre una fría superficie que al contacto de colores y pinceles mañana palpitará saturada de vida para siempre.  

 

II

EL MURAL DEL BANCO

 

a) Pequeña historia—Luego de un viaje a Méjico del doctor Luis-Angel Arango, este, inteligencia abierta a todo lo que significaba adelanto y privilegiado espíritu que como los antiguos Médicis gozaban con la protección de las artes y la difusión de la cultura en sus manifestaciones más puras, llamó al maestro Pedro Nel Gómez para discutir con él la posibilidad de decorar el majestuoso vestíbulo del nuevo edificio del Banco, con un fresco al estilo de los que en la vieja ciudad del Aguila y del Nopal aprestigian sus construcciones públicas bajo las firmas famosas de Rivera, Siqueiros u Orozco. Mucho se discutió; muchas ideas fueron y vinieron; muchos puntos de vista se contrapusieron para, con concesiones de parte y parte, llegar a un acuerdo pleno acerca del motivo final de la composición. 

b) Significado—En el mural asistimos a varios momentos culminantes de nuestra historia patria; los temas que los simbolizan, aislados a primera vista los unos de los otros por motivos y por fechas, están en verdad ligados no solo por un sutil hilo de emoción, sino por un encadenamiento tan lógico, que nos recuerda esos cauces de aguas tumultuosas alimentados por fuentes de nacimientos distantes y que van a desembocar todos, ineludiblemente, a su destino común, el mar. 

De izquierda a derecha, desfilan, pues, las figuras de esos instantes estelares, así: 

En la parte superior, fray Domingo de las Casas que oficia ante la santidad de una tosca cruz de madera, la primera misa en este suelo e imprime con tal acto sagrado el carácter profundamente religioso que distingue a nuestro pueblo; en seguida la figura casi legendaria de don Blas de Lezo, quien con su heroica hazaña en las murallas de Cartagena, orientó hacia España la brújula de nuestro destino. En la parte inferior, ante la ira incontenible y el gesto impotente del pueblo congregado en el Socorro, la macabra exhibición de la pierna de Galán, acto de barbarie que en el pecho de los aguerridos santandereanos, como una chispa incendiaria prendió incontenibles anhelos de libertad, los cuales más tarde en Nariño y su prensa —que siguen a la escena anterior— hallaron cl Precursor y el medio de promulgar por todos los ámbitos los inalienables “Derechos del Hombre”; ávidamente conocidos estos, su consecuencia tenia que ser la emancipación de los pueblos sojuzgados y es así como en la ductilidad del pincel y con la eternidad del mármol, se perpetúan Bolívar y las cinco repúblicas que nacieron de su espada fulgurante, no sin sacrificios y lágrimas, sino al fin de una cruenta epopeya, representada a continuación por la carga de indómitos llaneros contra una fortificada posición española.  

Consolidada la República, aparece en la parte central inferior el general Tomás Cipriano de Mosquera, reminiscencia de luchas intestinas y progreso, junto al símbolo de nuestra nacionalidad, el escudo, al cual paradójicamente un siervo da, sobre el gorro frigio, los últimos toques a golpes de cincel. 

Nada, sin embargo, significarían los sacrificios de los próceres, si hubiera continuado la opresión entre nosotros: por ello aparece en seguida, con los brazos abiertos símbolo de redención, la recia figura de José Hilario López anunciando a todos los confines de la República, el acto transcendental de la manumisión de los esclavos; estos la reciben con diversas reacciones: el grupo de atrás con emoción y alegría; las dos mu­jeres de adelante, la una con lágrimas de incontenible agradecimiento y la otra con la serena tranquilidad de poder amamantar, ya libre, a su primogénito. 

Vienen luego nuestros máximos constitucionalistas Caro y Núñez, quienes no podían faltar en una nación de leyes como la nuestra y en el extremo inferior un grupo de tres mujeres que encarnan las principales fuentes de riqueza: la Agricultura, el Petróleo y la Industria; sobre la base de su rendimiento, los hombres de empresa reunidos en afán de progreso, planean la Colombia del futuro, de la cual se admiran en la lejanía las moles imponentes de bancos y de fábricas. 

Como puede concluirse, es este mural una composición vigorosa que obedece a una serie de ideas encaminadas a un fin común: en marcar desde el descubrimiento hasta nuestros días toda nuestra historia, señalada por acontecimientos de excepcional jerarquía, los cuales en realidad son hitos luminosos que la relievan de acuerdo con la personal concepción del autor. 

Para terminar, no sobra insistir en que el fresco está hecho para ser admirado desde la calle, ofreciéndose así a la primera impresión de los espectadores las figuras imperecederas de Bolívar y las cinco repúblicas redimidas por su genio.