La calle: Espacio geográfico y vivencia urbana en Santa Fé de Bogotá
Vladimir Melo Moreno
© Derechos Reservados de Autor

3.3. Siglo XIX: De los cambios que no cambian.  

La calle: Espacio geográfico y vivencia urbana en Santa Fé de Bogotá
Vladimir Melo Moreno
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3.3. Siglo XIX: De los cambios que no cambian.  

El siglo XIX en Colombia constituye un período histórico marcado por un gran cambio político: la independencia; y además por una gran inestabilidad en los gobiernos republicanos. La pugna interna de las clases dominantes se concreta en sucesivos golpes de estado, apoyados por incontables guerras civiles, los cuales aparentan ser una sola hasta 1903 cuando finaliza la Guerra de los Mil Días. Los cambios en el sistema económico, la implantación progresiva del sistema capitalista, revelan una lenta entrada del país a la "modernidad", conllevando lógicamente el surgimiento de la lucha de clases. Los cambios en la sociedad significan modificación de la construcción del espacio urbano; el crecimiento permanente en la población de la ciudad y la incapacidad del sistema económico urbano para asimilar la demanda laboral, generarán nuevos conflictos en Bogotá, su gente y su construcción.  

 El siglo XIX se presenta como un período en el cual la población de la ciudad crece mayormente dentro de los mismos límites que poseía en el siglo XVIII. Podemos referirnos, entonces, a una implosión urbana fruto de la cual cambia la estructura de la construcción residencial atendiendo a nuevos procesos de especulación generados por la nueva demanda de vivienda. "El área poblada de la ciudad comprendía el terreno que se extiende entre las actuales calles 3a. y 24, de sur a norte, y de la carrera 2a. a la 13, de oriente a occidente. A lo largo de todo el siglo XIX, esta área urbana casi no creció a pesar de que la población se quintuplicó entre comienzos y finales de siglo, como resultado de una utilización más intensiva del espacio urbano gracias a un paulatino achicamiento de las nuevas casas construidas y, sobre todo, a la subdivisión de muchas de las ya existentes"[1]. Siguiendo esta reflexión se agrega que: "de todas maneras, el hecho cierto es que desde mediados de siglo la ciudad entró en un proceso muy apreciable de remodelaciones, construcciones y aperturas de nuevas vías"[2]. La implosión que sufrió la ciudad debió traducirse en una mayor congestión del espacio público donde la calle incrementa su capacidad como espacio de socialización. 

Casi todo el siglo XIX transcurre en la calle de finales del siglo XVIII, algunas con la configuración de andenes, calzada y acequia en el medio; y otras sólo con calzada y caño, como describen Vargas y Zambrano: "La ciudad conservaba un desagüe superficial en el centro de la calle, cuyo cauce, bastante amplio, obstaculizaba el paso de carruajes"[3]

De otro lado el cuarto elemento: la fachada, sigue siendo objeto de reglamentaciones, pero la ventana aún se constituye como elemento para la socialización, además, la construcción en altura agregó una nueva forma: el balcón. Así, la ventana saliente, en parte, migra al segundo piso y con ello se redefinen los encuentros entre las personas que se hallan dentro y fuera de la calle. " A Manuel Arrubla se atribuye también haber empezado a suprimir las incómodas ventanas salientes, peligrosas para los transeúntes...Raras eran las ventanas con vidrios y la generalidad tenían postigos de madera y rejas, las que, junto con los balcones, servían de punto de encuentro entre la vida doméstica y la vida de la calle"[4]

La lucha para que la calle deje de mediar entre el individuo y el edificio se nos presenta con más fuerza para este siglo XIX, logrando que este proceso tenga consecuencias importantes en la forma como se piensa la calle de la Bogotá del siglo XX. 

 

3.3.1. De la piedra y lo que la pisa.

En el siglo XIX, los empedrados, su estado y su mantenimiento tienen que ver con los medios de transporte utilizados. "Desde comienzos del siglo XIX empezó a utilizarse la carreta de llanta maciza como medio de transporte para materiales de construcción. Este medio fue reemplazado por otra versión de rueda con radios debido a los daños ocasionados por la rueda maciza sobre los canales del acueducto y el empedrado de la calles"[5].

Sin embargo, y pese a las modificaciones, el tránsito del tráfico rodado iba en detrimento de la calidad de las calzadas, lo cual obligó a que el gobierno determinara a mediados de siglo la prohibición de vehículos -aunque de todas formas no fueran populares debido a la restricción que generaba el desagüe a cielo abierto en el centro de la calle- por las calles de la ciudad durante más de 30 años, como en la Roma de Julio Cesar: "El gobernador de Bogotá, Alfonso Acevedo, en el informe que se presentó a la cámara provincial en 1844, solicitó que se prohibiera el tránsito de carros por las calles de Bogotá porque destruían los empedrados y enlozados, e inutilizaban los acueductos y los puentes...En 1877 seguía aún vigente la prohibición del tránsito de carros y carretas por las calles principales de la ciudad debido al deterioro que causaban en los adoquinados y acueductos. La municipalidad exhortaba periódicamente a los comerciantes a contribuir en el buen mantenimiento de las vías, pero estos se negaban y preferían seguir transportando sus mercancías por la Calle Real a lomo de mula o indio" [6]. Dada esta reglamentación para el transporte los bogotanos recurrieron a formas alternas a la rueda: "fue ampliamente utilizada una tabla de manos llamada "parihuela" en el transporte de fardos pequeños y medianos así como para trasteos"[7].

Ya para finales del siglo no solo se permite la utilización de vehículos para el transporte de pasajeros, "a fines de 1877, la Municipalidad acordó otorgar una licencia restringida para el tránsito de carruajes de resortes, autorizándolo sólo para aquellos que transportaran personas. También advertía que los dueños de los carros se harían responsables de los daños que causaran en las calles"[8]; además para 1884 se introdujo el servicio de transporte público a través del tranvía de mulas y del ómnibus (carruajes también tirados por mulas). Lo cual, generando un nuevo volumen de tráfico, conllevó el rápido deterioro del empedrado. Estas líneas no solo facilitaron la consolidación de barrios en la periferia, como Chapinero, sino que como posteriormente sucedería en el siglo XX, las calles por donde pasaba el tranvía reconstituían el uso del suelo en un uso de carácter mixto comercial-residencial[9].

El tranvía y los carruajes representaron el nuevo ritmo de la ciudad, la necesidad del movimiento rápido y eficaz para cubrir "largas distancias". Esto era clave en la relación Chapinero-Bogotá, pero para barrios como: Las Cruces, Egipto, o San Victorino, se trata más del expresar unas expectativas sociales diferentes, pues no se trata de "distancias insalvables", además el mal servicio hacía que en muchas ocasiones fuera más efectivo caminar que tomar el tranvía, sobre todo en los primeros años de su implementación. Nos encontramos, entonces, frente a la lucha de las élites por la modernización.

Respecto al alumbrado público, la luz nocturna en la calle, ha de decirse, fue un servicio de muy baja calidad hasta 1900 cuando se consolida el servicio de luz eléctrica. Antes de ésta fueron utilizadas muchas formas de iluminación dado que en el siglo XIX existió una fuerte presión social para la instalación del alumbrado poeque los cambios sociales y políticos vividos por la ciudad conllevaban transformaciones en la vida nocturna de sus habitantes, entre ellas las actividades delictivas y antigubernamentales. "A partir de la República, la mayor vida nocturna hizo más acuciante la necesidad de iluminación pública. Hasta 1865 una hilera de lámparas de petróleo tan sólo alcanzaban a insinuar las moles de los edificios y el trazado de su calle principal. La administración municipal no pudo sostener ni siquiera un pobre alumbrado público. Cuando no había luna no se veía nada a riesgo de accidentarse... Gas carbónico, fallida solución, en 1882 el alumbrado público no había mejorado mucho, pero en cambio si se había diversificado ante la incapacidad del gas para reemplazar los métodos tradicionales. Coexistían faroles de velas de sebo, de reverbero de petróleo y de gas"[10].

Respecto al servicio de luz eléctrica, fue hasta 1889 cuando se inauguró el primer alumbrado público con electricidad, pero su servicio fue bastante deficiente en un principio, compartiendo entonces su función con "los faroles [de vela de sebo, petróleo y aceite de linaza]"[11], hasta cuando para 1900 los Samper Brush inauguran la Planta de El Charquito con lo cual se consolida el servicio de energía eléctrica y por consiguiente el alumbrado público de Bogotá.

El siglo XIX se caracteriza por el intento de mejoramiento del estado físico de las calles, nuevas técnicas se incorporaron para su construcción e iluminación; proceso que sin embargo no se presenta de manera homogénea en la ciudad.

 

3.3.2. De la calle cañería.

Hasta las últimas dos décadas del siglo XIX la situación sanitaria de la calle no sólo no mejoraba respecto de su situación en el siglo XVIII sino que empeora con la implosión urbana. Una descripción del estado de la calle en Bogotá hacia el año 1862 nos la brinda Cordovez Moure: "Por en medio de las calles que tienen dirección de oriente a occidente , y en algunas de norte a sur, descendían caños superficiales cuyo principal alimento eran los desagües de las casas adyacentes, de manera que cuando soltaban el contenido salía una confusa fétida aglomeración de materias fecales que esparcían nauseabundas miasmas... En los puentes de la ciudad existían muladares centenarios ..., con la circunstancia especial de que esos sitios suplían para el pueblo las funciones de los actuales inodoros"[12].

Distintos agentes colaboraron en el siglo XIX en el aseo de las calles bogotanas entre los cuales se encontraban elementos meteorológicos y biológicos: "Cuentan algunos viajeros cómo, además de los presos, había en Bogotá agentes de aseo tan acuciosos como la lluvia, los gallinazos y los cerdos. La primera barría las inmundicias y los dos segundos las devoraban"[13]. No obstante "para 1856 encontramos que del aseo de la ciudad se encargaban treinta presidiarios. El 6 de agosto de ese año el Cabildo acordó que estos reclusos, para la recolección de las basuras, emplearan carretillas que pudieran ser manejadas cada una por dos hombres, y determinó que "el conductor de la carretilla tocará en cada casa, tienda u otro edificio habitado, a efecto de recibir la basura""[14]. De todas formas "...en 1882, según lo pudo constatar el alemán Alfred Hettner, las calles bogotanas todavía eran barridas por presidiarios que salían a ejecutar este menester custodiados por soldados. Entonces eran constantes las quejas de la ciudadanía contra la irregularidad y la indolencia de los carros recogedores de basura... En 1884 el municipio, apeló al viejo recurso de siempre: contratar este servicio con empresarios privados..-manteniéndose- limpia la ciudad... con quince carros de mulas y bueyes por un estipendio de $1800.oo mensuales"[15].

El espacio público, la calle, seguía siendo utilizada como letrina porque, aunque ya existían sanitarios en las casas de las familias de medios y altos recursos, en las habitaciones paupérrimas, fruto de la subdivisión y el arriendo, hizo que la única posibilidad para que la gente hiciera sus necesidades fuera en la calle, y la forma de evacuarlos fuera la utilización de la acequia como cañería, esto nos lo describe Isaac Holton en 1854 quien además lo hace como una valoración en torno a los procesos de marginalidad social en la ciudad: "Holton visitó a su lavandera, que vivía en un cuarto de estos, y se admiró de lo que encontró:

  "¿Y dónde está la puerta para entrar al patio [de la casa]? Naturalmente que no hay puerta ni derecho a tenerla. !Bonita cosa sería que una guaricha, por el sólo hecho de haber arrendado este miserable cuartucho, tuviera derecho a pasearse por el patio! Entonces, ¿qué puede hacer? ¿A dónde puede ir? Porque ni en sueños existe ninguna clase de comodidad moderna, ni siquiera alcantarillado. Fuera de su cuartico, apenas tiene libertad para ir a las calles, a los lotes vacíos y a las orillas del río. No culpemos entonces a la pobre mujer acuclillada al borde del río; hace todo lo que puede para guardar el decoro. El número de familias que vive en las mismas condiciones de mi lavandera excede en mucho al de las que viven realmente bien"[16].

Desde 1872 se comienza a construir lentamente el alcantarillado subterráneo, el cual consolidándose para el segundo lustro de la última década del siglo XIX, modifica, además de las condiciones sanitarias, la antigua estructura física de la calle, como lo describió en 1896 Miguel Samper: "[en las calles centrales] las aceras están embaldosadas. (...)Las antiguas acequias que corrían a lo largo de las calles arrastrando toda clase de inmundicias, están hoy sustituídas por alcantarillas, con lo cual se ha logrado ensanchar las calles, pues los caños las dividían en dos fajas aisladas. Ha seguido de esto la mayor atención que se consagra a los pavimentos, ya mejorando los antiguos empedrados, ya adoptando para las más concurridas calles el adoquinado o el camellón de macadam"[17].

Es prudente anotar cómo el camellón de macadam al que hace referencia Samper es la técnica que universalizó John Loudon McAdam, quien a principios del siglo XIX "encontró que una capa de cascajo de 25 centímetros de grosor se comportaba como una masa unida. Apretada con pisones, una cubierta de gravilla resultaba una pista cómoda y barata; además si se le drenaba bien y se mantenía seco el fundamento, duraba comparativamente bastante"[18].

Así, podemos observar cómo el proceso que se venía gestando en la calle de la Bogotá colonial, en términos de higiene, se tranforma en una situación crónica para el siglo XIX, después de gravísimas consecuencias para la población (fiebres, epidemias), es sólo hasta el siglo XX cuando se ejecutan construcciones y se prestan servicios encaminados a la conservación de una buena condición sanitaria en la ciudad.

 

3.3.3. Vivir de la calle; Vivir en la calle.

Hasta 1864, el mercado en Bogotá se realizó al aire libre en la Plaza de Bolívar (antes Plaza Mayor), después se radicaría en un recinto cubierto llamado Plaza de la Concepción inagurada en 1864 hasta cuando en 1900 un incendio acabaría con la totalidad del edificio. Posteriormente, con el crecimiento de la ciudad y la consolidación de los distintos barrios surgirían diferentes plazas con lo cual se descentralizaría el mercado de la ciudad.

Probablemente como sucedió en la colonia, los vendedores ambulantes continuaron su labor en la calle los días de mercado principalmente. Ahora, con la ascención de la república la prensa es un nuevo elemento cotidiano de la ciudad y genera un tipo de empleo, un personaje citadino específico el cual tendrá una gran significación en la primera mitad del siglo XX, el chino voceador.

El trabajo en la calle de la Bogotá de finales del siglo XIX nos lo describe Tomás Rueda Vargas: "Por la ventana de la grande alcoba materna que miraba a la calle, pegada la cara a los vidrios, era mi entretención favorita mirar hacia afuera: a veces recuas de burros que bajaban con arena del cerro; aguadores con su múcura a la espalda; emboladores, muchachos que voceaban La Nación y La Reforma. Enfrente, la agencia de trasteos de Laverde, donde pasaban el día entero unos cuantos guaches jugando estrepitosamente en medio de la vía, amodorrados sobre las parihuelas o sobre tercios de estera tunjana..."[19].

Por otro lado, el desarrollo de la actividad artesanal y la progresiva especialización de la mano de obra fragmenta la ciudad. "Fue así como el inglés Richard Vawell destacó en sus notas de viaje el hecho de haber en la capital calles taxativamente destinadas a oficios específicos: calle de los plateros, de los talabarteros, etc." [20]. Esta situación no tiene que ver con la calle en términos de que la actividad manufacturera tuviera lugar al aire libre. Me refiero a que cuando se adjetiva un espacio crea en sus constructores nuevas significaciones, quiere decir que el desplazarse por una calle conlleva una serie de posibilidades dirigidas por esta nueva interpretación del espacio, lo cual puede incluir la generación de una identificación, identidad, pertenecia. En términos específicos, se genera una apropiación del espacio a través de una actividad de producción concreta.

El siglo XIX estuvo caracterizado realmente, más que por un gran desarrollo económico, por la guerra civil. Por lo menos es ésta última la circunstancia que más influyó en la actividad marginal (indigencia/delincuencia) de la calle en Bogotá. La guerra en los campos desplazó a muchas personas, viudas, huérfanos y soldados; a las que se sumaron los indígenas desplazados por la abolición de los resguardos y la posterior oferta hostil por parte de los terratenientes. Las mujeres en su mayoría llegarían a Bogotá solo con la posibilidad inmediata de ejercer la prostitución, mientras que los hombres, en su mayoría soldados lesionados y desempleados entre guerras se hallaban viviendo en la indigencia. Así pues, la calle, en parte, se desarrolla económicamente desde actividades marginales y delictivas, donde la mendicidad y el robo se constituyen en las fuentes de ingreso para muchas personas las cuales en su mayoría vivían de hecho en la calle, así expresado por Miguel Samper en su escrito: "La Miseria en Bogotá de 1867": "Los mendigos llenan calles y plazas, exhibiendo no tan sólo su desamparo, sino una insolencia que debe dar mucho en qué pensar, pues la limosna se exige y quien la rehuse, queda expuesto a insultos que nadie piensa en refrenar. (...) Las calles y plazas de la ciudad están infestadas por rateros, ebrios, lazarinos, holgazanes y aún locos. Hay calles y sitios que hasta cierto punto les pertenecen como domicilio,...La inseguridad ha llegado a tal punto, que se considera como acto de hostilidad el ser llamado rico..."[21].

Hay que agregar cómo los chicos de la calle hacían parte ya de los problemas de la ciudad, pues su número había aumentado para la segunda mitad del siglo XIX y muchos de ellos se habían entregado a actividades delictivas como lo indica "la siguiente [crónica], aparecida en El Nacional del mes de febrero de 1867 : "CRONICA DEL DIA 5 DE FEBRERO. Hay una turba de jóvenes y muchachos que... se han entregado a recorrer la ciudad mendigando los unos, y los otros observando las casas que están en estado fácil para entrarse y saquearlas, éstos son los mismos muchachos que tanto abundan los viernes en el mercado robándose la plata, los pañuelos, relojes, cadenas y por último, si se les presenta la facilidad, los costales o canastos con los víveres que las señoras o dependientes han comprado"[22].

El control de la población indigente en Bogotá se hizo principalmente de dos formas: en primer lugar el arresto; y en segundo lugar mediante la "recolección" de hombres para la guerra.

A finales del siglo, 1884, se normatiza la actividad en el espacio público lo cual se concreta en la calle a través de la represión ejercida por el nuevo cuerpo de policía profesionalizado, en el cual los gendarmes deberían cumplir con algunas funciones como: "impedir que las gentes hagan sus necesidades en las vías públicas; prohibir que cuelguen en las calles cabuyas con ropas; recoger todas las gallinas y cuadrúpedos que se hallen vagando; prohibir que los individuos que vayan cargados por las calles transiten por las aceras; impedir que los artesanos hagan fogatas en las calles; cuidar de que en las fuentes públicas no ocurran escándalos y desórdenes; impedir todo desorden y delito"[23].

La imposibilidad de utilizar la calle para otro fin distinto al considerado por la ley, o por el gobierno que impone la ley, concluye en la "satanización" de la calle, proceso evidenciado en la segunda mitad del siglo XX con el desalojo de la gente de las calles.

 

 


     [1] Misión Colombia. 1988. Historia de Bogotá. Tomo II (siglo XIX). Villegas Editores. Bogotá. p. 5

     [2] Misión Colombia. Op.cit. p. 13

     [3] Vargas, J. & Zambrano, F. 1988. Santa Fe y Bogotá: Evolución histórica y servicios públicos (1600-1957). En: Bogotá 450 años, Retos y Realidades. IFEA. Bogotá p. 68-69

     [4] Misión Colombia. Tomo II. Op.cit. p. 7

     [5] Vargas, J. & Zambrano, F. 1988. Op.cit p. 68-69

     [6] Misión Colombia. Tomo II. Op.Cit. p. 59

     [7] Vargas & Zambrano. Op.cit. p. 68-69

     [8] Misión Colombia. Op.cit. Tomo II. p. 59

     [9] Misión Colombia. Op.cit. Tomo II. Capitulos I y II

     [10] Vargas & Zambrano. Op.cit. p. 54

     [11] Misión Colombia. Op.cit. Tomo II p. 45

     [12] Cordovez Moure, J.M. 1978. Reminiscencias de Santafé y Bogotá. Colcultura. p 341-343

     [13] Misión Colombia. Op.cit. Tomo II. p. 49

     [14]Misión Colombia. Op.cit. Tomo II. p. 52

     [15] Misión Colombia. Op.cit. Tomo II. p. 54

     [16] En: Misión Colombia. Op.cit. Tomo II. p. 52

     [17] En: Misión Colombia. Op.cit. Tomo II. p. 54

     [18] Der Spiegel. La historia de la calle. En revista: Summa No. 98. agosto 1995. p. 41-42

     [19] Rueda Vargas, Tomás. 1938. A través de la vidriera. En: Bogotá retos y realidades. 1988. IFEA. Bogotá. p. 344-352

     [20] En: Misión Colombia. Op.cit. Tomo II. p. 138-139

     [21] En : Misión Colombia. Op.cit. Tomo II. p. 180.

     [22] En: Misión Colombia. Op.cit. Tomo II. p. 122.

     [23] Misión Colombia. Op.cit. Tomo II. p. 123

 

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