La calle: Espacio geográfico y vivencia urbana en Santa Fé de Bogotá
Vladimir Melo Moreno
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3.4.4. De la lucha.

Bogotá se proletariza lentamente desde finales del siglo XIX, ya para 1918 las primeras protestas de la clase obrera con proyección en el espacio público: "en Noviembre de 1918, tuvo lugar una gran concentración obrera ante el Presidente de la República y el Congreso, ya con exigencias más concretas y fundamentales de reivindicaciones para la clase trabajadora ante el presidente de la república"[1]. Posteriormente frente a una coyuntura particular: "El 14 de marzo 1919 la adquisición de uniformes para el Ejército en los Estados Unidos genera una gran protesta obrera en las calles" [2]. La protesta obrera se concreta en la toma del espacio público, la calle, como espacio desde el cual se exige la reivindicación de los intereses y derechos de la clase.

Cierra este hilo conductor de la resolución del conflicto entre clases, en el período 1850-1950, el "bogotazo" del 9 de abril de 1948. La guerra estalló en el centro de la ciudad donde todas las fuerzas en conflicto en la ciudad convergen para "saldar cuentas pendientes", no solo "civiles" liberales, "civiles" conservadores o la fuerza pública dividida; se enfrentaban en las calles. También se zanjaron disputas personales o gremiales: los dueños de los buses junto con los conductores y ayudantes, quemaban los tranvías; pues en franca competencia el tranvía no dejaría de ser un rival permanente del bus. Concluye esta gran batalla del 48 con la destrucción de parte del centro de la ciudad "Una investigación realizada sobre los inventarios de la junta de reconstrucción, demostró que el total de edificios incendiados ascendió a 136, de los que sólo 7 eran oficiales.

Las mencionadas 136 edificaciones estaban situadas entre las calles 10 y 22 y las carreras 2a.y 13. Los incendios afectaron un poco menos de treinta manzanas"[3].

El bogotazo conllevó unas políticas de reconstrucción de la edificación y del espacio público, haciendo que esta parte del centro alrededor sde la zona de confrontación sufriera inevitablemente un despoblamiento progresivo, convirtiéndose luego en un sector marginal dedicado al comercio y la administración con lo cual cambia el uso cotidiano de la calle, ayudado además por las medidas policivas configuradas para que el individuo no permaneciera "quieto" en la calle.

Sin embargo, el golpe final que determinaría hacia el futuro las posibilidades de expresión política colectiva en las calles se presentó bajo el gobierno "pacificador" de Rojas Pinilla: 

"Junio de 1954. Durante una pacífica demostración estudiantil que tenía lugar en la Ciudad Universitaria para conmemorar la fecha clásica de los estudiantes, la fuerza pública hizo fuego de la manera más absurda y arbitraria, dando muerte al estudiante Uriel Gutiérrez. Al día siguiente, todos los estudiantes de Bogotá, sin exceptuar institución universitaria alguna, organizaron un desfile por la carrera Séptima...A la altura de la calle 13 con la carrera 7a.el contingente estudiantil, se vio obligado a detenerse... Un contingente del "Batallón Colombia", fuertemente armado cerraba el camino algunos de los que iban a la vanguardia se sentaron en el suelo... de súbito la tropa disparó una descarga nutrida de fusilería contra la masa inerme; contra la hueste universitaria cuyos únicos elementos de combate eran libros y estandartes. Doce estudiantes cayeron sin vida. Muchos otros, nunca se supo cuántos quedaron con heridas de diversa gravedad... Minutos más tarde, en la Avenida Jiménez abajo de la carrera 7a., cayó la víctima número 13: Otro estudiante abatido a sangre fría por la fuerza pública"[4].

 

Posteriormente se reglamentaría la manifestación política. Será entonces necesaria la autorización del gobierno y sus fuerzas represivas para que una colectividad se pueda manifestar de forma espontánea, pues cuando no fueran consultadas y permitidas serían duramente reprimidas por la fuerza "pública" al servicio de la clase dominante.

Hacia la mitad del siglo se presentan expresiones políticas cosmopolitas, que hacen referencia a la consolidación de una nueva "opinión pública" dirigida por parte de los medios de comunicación y su expectativa de información global. "Entre los años de 1958-1968 la capital de Colombia.... Se fue volcando hacia el exterior, ambos sucesos (la insurrección que derrocó la dictadura de Marcos Pérez en Venezuela y la fuga del dictador cubano Fulgencio Batista) provocaron en la ciudad ruidosas manifestaciones callejeras, síntoma inequívoco de mayor interés que experimentaban las gentes de esta capital antaño indiferente y aislada por la marcha de la historia más allá de sus linderos"[5].

La lucha de la población se fragmentará, muchas veces en detrimento de sus reivindicaciones de clase; alienada por los medios de comunicación; así las oportunidades de ejercer su derecho de expresión e información a través de la convocatoria política espontánea en el espacio público serán reprimidas de forma tajante por el Estado.

Para finalizar, es conveniente anotar que en las manifestaciones políticas masivas se presenta un proceso no ajeno a la construcción física de la ciudad, aquí es donde nos vemos en la imposibilidad de fragmentar la construcción social, la construcción de espacio.

 

3.4.5. Del festejo.

Para el siglo XX, el festejo en la vía pública ya se ha reducido, a sólo parte de las procesiones religiosas y desfiles militares que le antecedieron. El festejo propiamente dicho pierde su carácter lúdico. La ciudad se ha comenzado a fragmentar y la agresividad -una de las nuevas condiciones sociales- de la metrópoli no permite el festejo en la vía pública. La situación para 1915 era la siguiente: "¿Acaso no se les ocurrió hace poco a unos incautos organizadores de festejos populares ofrecer al pueblo un baile público, que por poco se convierte en horrible tragedia? Decididamente, en materia de diversiones públicas solo servimos para las grandes procesiones, para esos desfiles silenciosos, solemnes, pausados. Aquí estar alegre es sinónimo de estar con tragos. No se concibe que uno esté contento, risueño porque si"[6].

En el siglo XX desaparecen festejos como las octavas y las carnestolendas. ¿Por qué?. Sugiero tres hipótesis complementarias: La primera tiene que ver con la necesidad de las clases dominantes en términos de restringir las oportunidades para la consolidación comunitaria en torno a reivindicaciones de clase, sabemos cómo las octavas eran un espacio simbólicamente rico, cohesionador, en los barrios de artesanos, eran lugar (espacio-tiempo) de la fiesta, pero también lugar de la conspiración. La segunda tiene que ver con la fragmentación de la ciudad espacial y socialmente, y la pérdida de la identidad con una ciudad completa. Por último, la tercera hipótesis se refiere al proceso de migración, tanto campo-ciudad, como intraurbana; la comunidad se deshace y se reconstruye con otros valores, ya que los ritos no solo tienen que ver con las personas, también tienen que ver con los lugares y su carácter como identificador común.

Para la década de 1920-1930, el festejo como expresión lúdica de una comunidad solo es posible entonces para la única comunidad activa que no representa exactamente un peligro para el régimen, la comunidad estudiantil. Los estudiantes generan entonces su propio carnaval, el cual tiene como escenario las calles bogotanas. El desarrollo de este carnaval estudiantil en los 20s se presenta de la siguiente forma: "Inmediatamente después de la cuarta Asamblea Permanente de Estudiantes (cuya finalidad era: la formación de una clase estudiantil compacta, fuerte y culta, capaz de ejercer una influencia eficaz en los destinos de la República y de la raza) de 1922 se celebraron en Bogotá las primeras fiestas estudiantiles con elección de reina, desfiles, mascaradas, bailes y otros regocijos que dieron al evento un marcado aire de carnaval y que transcurrieron dentro del más impecable civismo"[7].

Los carnavales universitarios continúan casi toda la década y se registra su desarrollo de esta forma: "Prensa 1924: Sí, es un nuevo Bogotá que al conjuro de las risas, de los entusiasmos y de las travesuras de los estudiantiles surge a la vida, a lo que pudiera llamarse la tercera vida de esta ciudad...Una Bogotá con disfraces y serpentinas, con carnavales y murgas por las calles y ansias de juveniles diversiones en todas las almas. Fiesta de los estudiantes: Ese es su nombre y hay que conservarlo... Pero ya no están solos, los acompaña la ciudad entera, que se divierte al tiempo con ellos. Antier vimos disfrazados a banqueros y a médicos, a agricultores y a periodistas... Las calles apretadas de millares de gentes, que aplaudían y lanzaban serpentinas y confetis... Es el carnaval, con todo su esplendor y su alegría, pero un carnaval muy nuestro. Los estudiantes le dan un sello inconfundible y encantador"[8]. Los carnavales congregan a propios -estudiantes- y extraños. No obstante es el carnaval de los estudiantes, no debe o debió ser de nadie más no era conveniente la presencia de una comunidad más amplia en el festejo. Esta manifestación desaparecerá para la década del 30 debido a la dificultad que presenta la metrópoli al desbordarse en violencia.

Para los años 60s ya no existen fiestas que se proyecten en el espacio público como los carnavales, las mismas procesiones se reducen a tradiciones barriales en los sectores de más estabilidad y larga trayectoria como Egipto o La Perseverancia. Para 1965 entra con

"...la invasión de costumbres foráneas... la muy norteamericana fiesta de las brujas "Halloween" [la cual] se puso de moda y se afianzó definitivamente en Bogotá"[9], para convertirse por largo rato junto con la navidad en las fiestas más reconocidas con mayor proyección en el espacio público de la ciudad.

 

3.4.6 De la marginalidad.

Respecto a la gente viviendo en la calle, podemos afirmar que aumenta de la misma forma en la que aumenta la población total de la ciudad, sin embargo uno de los sectores más representativos de esta población son los niños y jóvenes habitantes permanentes de la calle. Dedicados a vocear periódicos o trabajando como emboladores los "chinos" son personajes representativos de la ciudad hasta la década de los 50s, no obstante algunos obtuvieron su sustento del trabajo informal otros lo hicieron de forma delictiva "Abundaban los hoy llamados gamines -entonces "chinos de la calle"-dedicados a pequeñas raterías y hacer el aprendizaje del delito mayor"[10]. Una de las soluciones a este problema fue la creación en 1967 del "Instituo Distrital para la Protección de la Niñez y de la Juventud, el cual ha contado con el apostolado permanente del Padre Javier de Nicoló"[11].

Esto no quiere decir que la población indigente adulta no haya crecido de la misma forma, constituyéndose para la sociedad formal en uno de los más graves problemas de la ciudad.

 

3.4.7. De cuando los peatones no circulan.

   

La calle se constituyó desde la fundación de Santa Fe en un lugar de encuentros y desencuentros, del reconocimiento de los individuos pertenecientes a una comunidad. La reunión a través del paseo y la tertulia fueron expresiones que hasta la mitad de este siglo, proyectaban a la comunidad en el espacio público para toda la ciudad. El lugar de reunión de las clases media y alta a principios de siglo nos revela la utilización del espacio público como indicador de las nuevas expectativas para la construcción de la ciudad en dirección al norte: " Hace pocos años el barrio Las Nieves era mal visto para la construcción de residencias. Hoy comienza a despertar interés. La tertulia de la tarde no se hace ya en el altozano de la Catedral. Empieza a generalizarse la costumbre de pasear en las tardes por la carrera 7a. hasta Las Nieves o San Diego"[12].

La reglamentación del espacio público que partía de la evolución del transporte urbano con el uso del tranvía, el coche o el automóvil, diferenció y restringió el espacio para el vehículo y el peatón. Esto contrastó con las posibilidades que ofrecía (ofrece) la calle aparte del desplazamiento, y con las expectativas de los habitantes respecto a éstas: "(Prensa 1925): La reglamentación del tráfico ha constituido en la historia del municipio de Bogotá, el más hondo de los problemas porque los bogotanos son antes que todo los partidarios más formidables del desorden, de la anarquía en el movimiento por las calles... El bogotano no ha nacido para dejarse reglamentar. No podemos imaginarnos, sino únicamente a manera de guasa a todos los bogotanos formados, serios, caminando unos tras otros en fila india, porque nuestras aceras angustiosamente estrechas no permiten otra formación. Y jamás creeremos en el fenecimiento de los mentideros, de los corrillos de las esquinas"[13].

La reunión en la calle, actividad singular en las formas de socialización de los ciudadanos, continúa riñendo con la evolución de la ciudad, pues en 1932 esta era la situación registrada por la prensa:

"Como para el clásico ateniense, para el bogotano la calle y la plaza no son solamente lugares de tránsito, sino también de reuniones y de citas. En las esquinas de las más importantes arterias se forman continuamente grupos de ciudadanos que discuten... Esta peculiarisima costumbre de la reunión al aire libre y en medio de las incomodidades del tránsito ha llamado la atención de los turistas"[14].

Para 1944, aunque la ciudad contaba con varios grandes parques y estadios, la reunión callejera sigue siendo la forma como los grupos de pares, dentro de gran parte de la población, conciertan la calle como espacio para socializar a través del juego, la tertulia y el coqueteo. La calle está ahí para apropiarla, reconstruirla y resignificarla, a partir de las vivencias compartidas por los grupos, construyendo afectos hacia las personas y lugares. Se trata entonces del disfrute de la ciudad "hasta el tuétano":

"Respecto de los hábitos bogotanos en materia de esparcimiento, cabe anotar que a pesar de que en 1944 ya la ciudad contaba con el Parque Nacional, el Lago Gaitán y el Luna Park, la Plaza de Toros y los estadios del Campín y la Ciudad Universitaria, persistía de una manera tenaz la antiquísima costumbre de la tertulia callejera, la cual se prolongó durante muchos años más y llegó a ser inclusive perjudicial para el tránsito decía una crónica periodística: "Hay zonas de nuestras calles sobre las que ejerce cierto grupo de individuos un `monopolio' definitivo, en donde se le hallará a las doce del día y a las seis de la tarde con cronométrica precisión. No importa que esté lloviendo atrozmente o que sea día de fiesta; allí estará siempre el mismo círculo de amigos, comentando los sucesos del momento, piropeando a las chicas... En otro sitio son intelectuales los que, de espaldas a la pared y sin importarles las vitrinas que ciegan con su sombra, se dan a tratar de interesantes temas de literatura y arte. Más adelante están los políticos que en dos o tres conocidos centros hacen debates sobre el último discurso de la Cámara. Y en un cierto lugar los comerciantes e industriales, los venderos y compradores de finca raíz, los chalanes en busca del cliente preciso para el caballo reproductor a la yegua de cría...""[15].

Hay que aclarar cómo el siglo XX es un período de grandes transformaciones sociales. El capitalismo se asienta definitivamente y la redefinición de las relaciones sociales de producción modifican la construcción de la ciudad. La fragmentación y segregación espacial por clases se desarrolla abriendo una brecha cada vez más grande entre las condiciones materiales de las clases alta, media y baja, llegando a la conformación de grandísimos cinturones de miseria los cuales prácticamente conforman un imaginario, donde se presenta la coexistencia de dos ciudades imbricadas, basado en la realidad que constituye la capacidad diferencial de consumo entre los diferentes sectores de la población.

Existe en la historia de la ciudad, de la calle de Bogotá en el siglo XX, un proceso peculiar: la lucha entre el peatón y el vehículo. Esta lucha no sólo fue física, fue también social. El vehículo público no "masivo" (coche) y el automóvil simbolizaban una nueva estructura social ligada en parte a las posibilidades de consumo de servicios; y es así como llegó a convertirse en catalizador de los procesos de tensión social, tal como lo refleja esta crónica de la década entre 1910 y 1920: "Está usted en la plaza de Bolívar. Si se siente fatigado, tiene alguna diligencia que surtir en el extremo norte de la ciudad -Las Nieves, San Diego- se pone a esperar un tranvía, a la hora de esperarlo, no aparece y en vista de ello, toma usted un coche por una carrera, para ganar tiempo y no `patonearse'. Pues en ocho o diez cuadras que viaja usted en coche se armará a unos cuantos enemigos por el simple hecho de no ir zapatiando por el asfalto. En un día de fiesta, si Usted resuelve meterse en un coche y descubrirlo, entonces, téngase de atrás. El número de enemigos será doble y si el asunto es en automóvil, peor que peor, los que se quedan parados en las esquinas y lo ven pasar a Usted volando, no le perdonaran ese pecado de leso movimiento y lesa velocidad"[16].

Para los años 30s los problemas de especulación en el transporte público y la nueva velocidad de los vehículos rodados transformaban las relaciones peatón-vehículo en las cuales la condición y actividad del peatón parece inerme frente a las nuevas características del tráfico rodado:

"Fue esta, por otra parte, la época en que la ciudadanía y las autoridades empezaron a preocuparse con el auge de los accidentes callejeros, los excesos de velocidad, la adulteración de los taxímetros, los sobrecupos en autobuses y tranvías y la guerra del centavo entre los choferes de buses. Como fácilmente puede apreciarse, son todos problemas a los que 50 años después no se les ha logrado dar solución. La única medida trascendental que se tomó entonces fue la instalación de los primeros semáforos.

En un principio los bogotanos tardaron en asimilar correctamente la presencia del automóvil dentro del espacio urbano debido en parte a la estrechez y malas condiciones de los andenes, así como la inveterada costumbre de las tertulias callejeras que por lo general obstaculizaban el tránsito peatonal y obligaban a las gentes que andaban a pie a utilizar el área destinada a los vehículos.

Por otra parte, la gran masa de inmigrantes campesinos que, por supuesto, no tenían los hábitos ni la disciplina del habitante de la ciudad, contribuía a agravar el problema. También ayudaba a intensificar el desorden el crecimiento urbano espontáneo, caótico y divorciado de un verdadero criterio planificador"[17].

Para los años 40s, podemos señalar la existencia de grandes problemas de contaminación auditiva en las calles como lo señaló Le Corbusier:" El ruido de las bocinas de los automóviles en Bogotá es infernal. Si esta situación continúa se experimentarán graves trastornos mentales colectivos"[18]. De la misma forma, la accidentalidad seguiría creciendo debido a los problemas de "disciplina" peatonal y vehicular que afrontaba la ciudad: "En gran síntesis, las calles bogotanas eran ya entonces (1941) una real amenaza para los ciudadanos"[19]. Esta situación no tiene pronto remedio pues aún para los 50s : "Los semáforos eran escasos y quienes controlaban el reducido tránsito eran los agentes, que encaramados en unas altas tarimas daban la vía"[20].

La disciplina de peatones y vehículos para 1998 no ha cambiado mucho, algunos avances se lograron en la administración Mockus-Bromberg 95-97. Pero lo único seguro es que el ganador en la puja peatón-vehículo en Bogotá fue este último.

3.4.8. Del trabajo en la calle.

En la segunda mitad del siglo XX, los progresos de la red de comunicaciones del país, la consolidación del contrabando y el desempleo urbano, hacen surgir en pleno la actividad económica en la calle como la conocemos hoy, apartándose del voceador de periódicos y del lustra-botas. "La primera concentración pública de vendedores estacionarios y ambulantes, tuvo lugar en la carrera décima con calle 12 en la década de los 50s"[21]. El desarrollo posterior de la actividad económica en la calle, por lo menos en términos de las ventas callejeras, lo describe Silva de la siguiente forma: " En 1968 se estimaba que en Bogotá existían alrededor de 3.000 buhoneros; ya para 1976 aproximadamente habían 32.000 vendedores ambulantes de los cuales 6.000 eran sindicalizados, 20.000 poseían licencias de funcionamiento, sin estar sindicalizados y el resto sin licencia ni sindicato"[22].

Observamos cómo la calle adquiere progresivamente su carácter como espacio económico. La calle, entonces, se constituye en el espacio para la supervivencia a través del autoempleo, de la población de la ciudad. No sobra decir que las transformaciones del espacio, a partir de su (re)construcción económica, fueron tanto de orden físico como de orden estético; y en los imaginarios de los habitantes, con sus elementos simbólicos y afectivos, la calle ya no volverá a ser la misma, como se evidencia en la transformación de Chapinero. 



     [1] Misión Colombia. Op.cit. Tomo III. P. 209

     [2] Ibíd. Op.cit. p. 209

     [3] Ibíd. Op.cit. p. 216-233

     [4] Ibíd. Op.cit. p. 119-120

     [5] Ibíd. Op.cit. p. 122

     [6] En: Misión Colombia. Op.cit. Tomo III. p. 92-93

     [7] Ibíd. Op.cit. p. 101-102

     [8] En: Misión Colombia. Op.cit. Tomo III. p. 101-102

     [9] Misión Colombia. Op.cit. Tomo III. p. 123

     [10] Ibíd. Op.cit. p. 102-103

     [11] Ibíd. Op.cit. p. 257

     [12] En: Misión Colombia. Op.cit. Tomo III. p. 19

     [13] En: Misión Colombia. Op.cit. Tomo III. p. 69

     [14] En: Misión Colombia. Op.cit. Tomo III. p. 102-103

     [15] Misión Colombia. Op.cit. Tomo III. p. 114

     [16] En: Misión Colombia. Op.cit. Tomo III. p. 92-93

     [17] Ibíd. Op.cit. p. 70

     [18] Ibíd. Op.cit. p. 71

     [19] Ibíd. Op.cit. p. 72

     [20] de Moreno, Elsa. Op.cit.

     [21] Jiménez, Luis. 1992. Las tendencias espaciales y temporales de los comerciantes informales estacionarios y ambulantes de Santa Fe de Bogotá D.C. Tesis de posgrado. UPTC-IGAC. Bogotá. p. 69

     [22] Silva, Marcela. 1987. Análisis económico y social de los vendedores callejeros en San Victorino. Tesis. Facultad de Antropología. Universidad de las Andes. Bogotá. p. 118

 

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