4.4.3. De la temporalidad.
En primer lugar necesitamos ubicarnos en una
temporalidad no simétrica propia de las condiciones de producción económica. Jiménez[1] propone la
actividad informal como una manifestación económica contra-cíclica respecto del
comportamiento de la producción formal, donde en momentos de recesión de la economía
formal el trabajo informal se incrementa, mientras que en los períodos de auge de la
economía formal la actividad informal se retrae. Esta formulación es sólo una
hipótesis no corroborada para el caso bogotano, pues no hay ningún estudio que demuestre
cómo en la ciudad el trabajo informal se reduce con el auge de la economía formal. Esta
hipótesis resulta lógica teóricamente si y solo si: a) el crecimiento de la población
es mínimo -con tendencia a 0-; b) la implementación de nuevas técnicas y tecnologías
implantadas en los auges de la producción formal no desplaza el trabajo humano; c) las
políticas estatales de eficiencia y reducción del gasto público y no se limitaran a
suprimir la mitad de la nómina de las entidades públicas; y finalmente, d) si no
existieran políticas de control de espacio público que restrinjan el trabajo en la
calle, como comprobamos anteriormente.
La relación entre la economía formal e informal
no es de opuestos, pues en las condiciones actuales del país el crecimiento de la
economía formal generando empleo y mejorando salarios fortalece la economía informal,
sobretodo el comercio informal el cual ve incrementar las ventas a partir de las ventajas
(no: arriendo, servicios, impuestos, plusvalía) que posee para competir en la
distribución minorista con el comercio formal.
Respecto a la temporalidad concreta del espacio
callejero construido desde la actividad económica, hemos de anotar una
multidimensionalidad representada por variaciones de carácter anual, mensual, semanal y
diario.
Anualmente la época de primas, especialmente la
que coincide con fin de año, genera un incremento no sólo en las ventas, también en el
número de personas trabajando en la calle; a su vez las características de la mercancía
cambian dando paso a juguetes de todo tipo y a la mercancía relacionada con el tema
navideño (tarjetas, adornos, luces, etc.).
Por otro lado, mensualmente existen hitos como el
cambio en el comportamiento de las ventas y la prostitución, ligado al pago de quincenas
y mensualidades a obreros y empleados del sector formal.
Además, la semana se divide en dos segmentos: los
fines de semana y el resto de la semana. Dependiendo del tipo de actividad desarrollada en
la calle, tiene mayor o menor intensidad los fines de semana: Las ventas de cacharrería
disminuyen los fines de semana en algunas horas, los vendedores de alimentos de los
centros administrativos no trabajan allí los fines de semana; pero los vendedores de
artículos religiosos como en el caso del 20 de julio, o los vendedores de los
"mercados de las pulgas", trabajan básicamente los fines de semana,
concretamente los domingos.
Finalmente, los comportamientos diarios son muy
diversos dependiendo del tipo de labor a la que las personas se dediquen: la prostitución
tiene mayor auge en la noche que en día, mientras que la venta de fruta no se presenta en
la noche. Generalmente la jornada de los comerciantes callejeros es de 8 am a 8 pm, en un
día entre semana, y se configura internamente por las actividades cotidianas de los
trabajadores formales en las calles -sobre todo en el centro- como la hora del almuerzo y
la hora de salida al final de la jornada. No obstante, algunas personas, algunos mendigos
y vendedores ambulantes por ejemplo, no trabajan con un horario fijo ni poseen un plan
para trabajar como lo indican los siguientes testimonios: "Un limosnero se refiere a
esto, diciendo: "Uno no se queda en un solo lado. En el día pido plata hasta que me
canse." (...) Un lustra-botas dice refiriéndose a su tiempo: "Yo no tengo
horario, estoy apegado a la calle por la independencia de tiempo, de lo que hago"
"[2].
Estos fenómenos de temporalidad nos revelan la
facilidad con que muta el espacio público, la calle; que se construye y reconstruye
varias veces en el día, la semana, el mes, y el año; a través (y a partir) del trabajo
realizado por la población que ejerce en la calle.
4.4.4. De vivir en la calle.
El trabajar en la calle implica vivir este espacio
de forma singular. En el sentido temporal por ejemplo, el horario laboral, que significa
en este caso el tiempo de permanencia en la calle, es sumamente prolongado y puede llegar
a sobrepasar las 10 horas diarias y las 68 horas semanales, "siendo común la semana
laboral de siete días, particularmente en las ventas que abastecen productos cuya demanda
se realiza también en días festivos"[3].
De acuerdo con esta condición de permanencia en
la calle y el hecho de que el trabajo en este lugar es una actividad familiar la cual
incluye un alto porcentaje de mujeres (esposas, madres, hermanas); se permite la presencia
de los hijos, quienes pueden ser cuidados y atendidos en el mismo lugar de trabajo, ya sea
un quiosco, una caseta o inconcluso un cajón en una esquina donde las acciones cotidianas
del informal se conjugan de manera tal, que en su sitio de acción preparan sus alimentos,
comen, descansan, conversan, etc.[4].
Toda la actividad diaria de estas personas se
desarrolla en la calle. El trabajo, entonces, conlleva vivir en la calle, lo cual genera
una nueva connotación, una connotación distinta para la construcción del espacio
público peatonal, la cual sólo se observa como una expectativa más: "[La calle] Es
un lugar que siempre cambia, que posibilita cada día una experiencia nueva. Se intuye que
la calle para el grupo informal da más que el sustento para vivir, allí se divierte y se
aprende, no de una profesión sino de la vida. La calle es el lugar-trabajo,
lugar-vivienda, lugar-diversión, lugar-amigos, lugar-escuela. Así la
"informalidad" no es sólo una ocupación, es una forma de vida, de enfrentar el
mundo de la ciudad"[5].
La ocupación callejera genera una red de
relaciones sociales, donde las personas involucradas se consolidan como grupos de pares:
"Generalmente las agrupaciones en las calles representan algo diferente a las
organizaciones tradicionales urbanas como por ejemplo la familia nuclear. Existe toda una
red de referencia social que depende de la ocupación y de la zona de dominio escogida por
cada informal. De la calle surgen los amigos y las redes de solidaridad, que en ocasiones
empiezan a jugar un papel más importante que los padres o hermanos (familia
nuclear)" [6].
Es lógico llegar a la anterior conclusión si
tenemos en cuenta que las jornadas pueden durar más de 10 horas ininterrumpidas; la
convivencia genera sentimientos, afectos; se comparten vivencias entre los pares, se
concreta la comunidad en la calle. Pero es una comunidad singular y heterogénea donde la
tensión en las relaciones sociales es una constante que crea un estado una ambigüedad
permanente: "El vendedor ambulante dice: "La relación con los compañeros es
única, tu lo ves, todos se arriman, todos somos amigos. Hay distanciamiento entre
vendedores y vendedores pero casi siempre hay un respeto".
[Mientras que un] lustra botas dice: "Yo soy
amigo de todo el mundo, señorita. Amistad, pero amigos no. Amigos: Dios en el cielo y lo
que tenga en el bolsillo""[7].
Se trata entonces de un tira y afloje en la
relación del individuo y la comunidad -o por lo menos los demás trabajadores de la
calle-. Sin embargo, existen elementos que llevan a reflexionar en favor de la
conformación de comunidad, como por ejemplo la construcción de una jerga con códigos
propios relacionados con las situaciones específicas de su acontecer cotidiano. Por
ejemplo, para 1990 algunos grupos llamaban a los policías "espíritus malignos"[8], y para 1997
pronunciar la palabra "Mario" no solo se constituía en sujeto sino en acción:
"viene la policía". Las expresiones cambian bastante rápido en el tiempo pero
la esencia del código no, pues responde a las necesidades de comunicación internas de
los grupos de pares.
La resignificación del espacio a partir de la
vida cotidiana tiene su máxima expresión en los imaginarios de las personas que lo
construyen. La cotidianidad del trabajo en la calle transforma el espacio como
construcción física, simbólica y afectiva, condición retratada en la siguiente
entrevista:
" Vendedor ambulante: " La calle es uno
de los puntos más sagrados, para usted sostener la familia, para usted estar bien en su
casa, para usted tener su dinero, para usted tener diversiones. Porque ella nunca lo deja
a uno con hambre, así dice un vendedor que es un gran vendedor, que la calle es muy
importante porque uno no se va sin plata para la casa, en cambio uno ya se acostumbra a
este tipo de vida...""[9].
La construcción del espacio se logra y enriquece
a partir de perspectivas muy diversas de acuerdo a la forma de la cotidianidad de cada
individuo, quien puede o no pertenecer a un grupo o comunidad, pero inevitablemente
pertenece a una sociedad.
4.4.5. De la propiedad y el valor.
El trabajo en la calle genera muchas formas de
apropiación del espacio las cuales van desde los afectos hasta los procesos de
territorialización. Pero es la apropiación material del espacio, el trabajo realizado en
él, el proceso que directamente responde a causales económicos transformando la calle en
un espacio valorizado económicamente.
El trabajo en la calle le confiere al espacio un
valor de uso, pero más allá de ésto, el trabajo estacionario en la calle, sobretodo si
incluye infraestructura (modificación permanente de la construcción física) como las
casetas o kioskos, convierte el espacio en más que un objeto con valor de uso, lo vuelve
una mercadería, un objeto con valor de cambio. Esta situación se advierte cuando Marcela
Silva[10] se
refiere a las razones de localización de los negocios, donde el 11.67% de su muestra
compró el puesto. Ahora, Jiménez afirma que " El valor promedio de los negocios en
las once concentraciones públicas [de su estudio], oscila entre $ 148.000 y $ 2.900.000,
con un promedio general de $ 1.086.364"[11]. Sin embargo el autor no precisa si el
valor corresponde solamente a la mercancía o también incluye los elementos como la
caseta, la carreta, el triciclo, la vitrina o el catre; e intangibles transformables en
dinero como la ubicación del puesto en el sector, el barrio, o respecto a los demás
puestos de la concentración.
Esta situación de valorización económica del
espacio genera un fuerte conflicto entre el ordenamiento del espacio público por la ley y
la forma como la población (re)crea este espacio.
Se supone que un bien de uso público como la
calle se configura legalmente de la siguiente forma: El bien público es inalienable,
imprescriptible y ningún particular tiene derecho de uso, goce y abuso sobre éste[12]. Esto quiere
decir que el bien público no se puede truequiar; no puede ser adquirido ni usufructuado;
no puede ser usado para cualquier cosa; no se puede hacer que produzca otros bienes y
apropiarlos; ni se puede enajenar, o sea que no se puede transmitir el dominio o la
propiedad del objeto. En esta medida los permisos para laborar en la calle generan un
contrasentido ya que se otorga la posibilidad de usufructuar el espacio; esta ambigüedad
también es clara en las reglamentaciones del espacio público bogotano para principio de
los 80s, en "los artículos del decreto 1509 del 28 de julio de 1982., por el cual se
reglamenta el acuerdo No. 003 del 10 de mayo de 1977 [determina la división territorial]
en:
- áreas espaciales: son aquellas donde se
prohíbe ejercer la actividad comercial estacionaria o ambulante con excepción de
voceadores de prensa, lustrabotas, puestos de periódicos y revistas, vendedores de
frutas, fotógrafos y loteros no estacionarios. Esta comprende los siguientes sectores:
Plaza de Bolívar, Avenida Jiménez entre carreras 5a. y 7a., Plazoleta de las Nieves,
Parque Santander, Plazoleta del Rosario, Plazoleta de la Iglesia de Lourdes, Calle 19 por
ambos costados desde la carrera 3a. hasta la carrera 7a., Plazoleta de San Carlos, Parque
Nariño, Calle 13 entre carreras 7a. y 9a.
- áreas restringidas: son aquellas donde se
prohíbe ejercer la actividad ambulante o estacionaria, con excepción de los vendedores
de prensa, de frutas enteras, dulces, cigarrillos, flores, cosméticos, fantasías,
revistas y libros, vendedores de pinturas, de maíz frito, marroquinería, lustrabotas,
loteros y fotógrafos. Se dividen en los siguientes sectores:
Sector central: de la calle 26 a la calle 6a., de
la carrera 5a. a la 9a. exceptuando las zonas verdes.
Sector Internacional: de la avenida 26 a la
avenida 32, de la avenida caracas a la carrera 7a. por ésta subiendo a la calle 28 hasta
la carrera 5a. y por esta hasta la intersección de la avenida 26.
Sector Chapinero: las carreras 13 y 14 entre las
calles 56 a 64.
Sector de los Héroes: de la calle 77 a la calle
80 por ésta encontrar la tranversal 18 y la autopista norte.
Sector del lago: calle 72 a la 100 por la carrera
15.
-Areas libres: Son todas aquellas de la ciudad
distintas de las anteriores en las cuales podrá desarrollarse cualquier tipo de actividad
en la modalidad estacionaria o ambulante, previo el lleno de los requisitos respectivos.
-Areas vedadas: Son aquellas donde queda
terminantemente prohibido ejercer la actividad comercial de vendedores ambulantes o
estacionarios y que comprende las calzadas vehiculares, los separadores de las vías
públicas, los andenes a menos de 2 metros a partir del parámetro de las esquinas.
Parágrafo 1, en la calle 19 entre carreras 7a. a
10a. costado sur, previo el lleno de los requisitos, se podrán establecer ventas
estacionarias de libros.
Parágrafo 2, se permitirá establecer casetas
para la venta de comestibles preparados en el sector de la plaza de toros"[13].
Ahora, se supone que el permiso no constituye la
posibilidad de apropiar legalmente el espacio, se trata sólo de una concesión pues no
existe el derecho de uso, abuso y goce, sin embargo contrariamente a la norma, se
construye la realidad de la calle bogotana. Allí se ejerce la actividad que se quiere; en
algunos casos se producen y apropian bienes en este espacio, como el de los artesanos,
litógrafos, etc.; y se traspasa su "propiedad", como hemos visto. Esta
situación condujo a que las políticas sobre el espacio público se enfoquen en buscar la
relocalización de los comerciantes fuera del espacio público tratando de volver
coherentes las normas de propiedad con el ejercicio del orden policivo, es así como la
facultad para dar licencia que poseía el fondo de ventas populares y posteriormente las
alcaldías menores se transforma y ya en 1989 el código de policía distrital en su
artículo 464, faculta al alcalde mayor del distrito capital para expedir el reglamento
para las ventas ambulantes; establecer las obligaciones y prohibiciones para los
comerciantes informales y vendedores ambulantes. Con lo cual se da vía libre a la
implementación de las políticas de espacio público en la década.
4.4.6. Del conflicto.
El conflicto ocasionado por el trabajo en la calle
posee unas raíces muy profundas. Es el problema del "sueño de un orden", el
orden es impuesto por el "deber ser" de la sociedad que hace parte de la
ideología de la clase dominante, lo cual choca con el ser de las clases dominadas -y
algunas veces con su propio ser-. El deber ser, entonces, se nos presenta como una
expectativa de orden la cual generalmente no se conecta con los procesos reales de la
ciudad -las contraexpectativas-. Ahora, hemos planteado cómo la población ha sido
expulsada de la calle por el peligro que representa para las clases dominantes la
consolidación de una comunidad con proyección en el espacio público y expectativas
propias. Pues bien, las campañas de acoso, eliminación y reubicación que han existido
desde la conformación de las "Galerías Nariño" en 1964 [14]; y que se
intensifican al final de la década de los 80s, han tendido especialmente a resolver dos
problemas simultáneamente: primero quitar el "peligro" de las calles -la
comunidad-, y segundo hacer coincidir definitivamente la ciudad planeada (el deber ser)
con la ciudad real (el ser).
En estos términos, el conflicto generado por el
orden del y en el espacio, ha logrado que las políticas gubernamentales se hayan
concentrado, desde 1988, en la reubicación de la gente que trabaja en las calles dentro
de edificios o lotes permitiendo de cierta manera la formalización de su actividad, pero
hemos de preguntarnos ¿Estas personas dejan de ser vendedores de mercancía de
contrabando, reducidores, o pagan altos arriendos e impuestos como el comercio formal, al
ser reubicados en un "centro comercial"?. La respuesta siempre es no, por
ejemplo: Para 1992 el arriendo de un puesto en el "Ghetto de Venecia" como lo
llama Jiménez[15],
costaba $ 3.000, además ningún puesto en cualquier centro de relocalización informal
grava IVA. Entonces, si el quid económico no se transforma ¿A qué se debe este proceso
de desalojo?.
Recuperar el espacio público significa que los
peatones puedan desplazarse confortablemente o que se manejen de acuerdo con los
parámetros "socialmente" permitidos. De esta manera habitar el espacio
público, la calle, se transforma en la anomia del tránsito pues la comunidad es una
amenaza al orden de manera pre-su-puesta.
4.4.6.1 Del conflicto cotidiano con las
"fuerzas públicas".
Las relaciones que se dan entre la gente que
trabaja en la calle y la policía se caracterizan por la tensión permanente. La acción
de la "fuerza pública" no sólo se presenta como consecuencia de las políticas
de ordenamiento del espacio público, sino también a partir de la corrupción interna y
su carácter de institución de psicópatas, lo cual podemos observar en los siguientes
apartes de entrevistas con trabajadores callejeros: "Un vendedor ambulante se refiere
a la ley diciendo:" La policía es lo de menos, es el menor terror; ellos vienen es
por plata, ellos cobran el impuesto. Entonces viene el arreglo, la licencia son $ 2000.
Los vendedores seguimos en la guerra, guerra organizada del gobierno y el comercio
organizado." El vendedor de arte callejero se refiere a este punto diciendo: "Lo
único feo de lidiar es la policía, apenas llega toca... corra. O si ya los tiene uno
transados, vienen semanalmente y cogen una plata de todos nosotros, es una plata para que
lo dejen trabajar tranquilo, entre todos le damos $ 2000 o $ 3000." (...) Al lustra
botas cuando se le preguntó qué hace frente a la ley dijo: " Pues no, ventiarlos .
Como yo a ellos no les debo nada, no he estado en cárcel grande ni nada, entonces no les
temo yo así. Claro que permanecen, me han cogido varias veces. Claro que no pasa uno de
24 horas, eso ah! lo maltratan, le echan agua y joden. Al que está trabajando lo molestan
mucho"."[16].
Estos hechos nos (de)muestran cómo la posibilidad
para trabajar en el espacio público y su legitimidad, dependen de la paralegalidad
establecida a través de la ley del soborno, aunque como pudimos apreciar en la
declaraciones anteriores, se trata más bien de la ley de la extorsión ejercida por parte
del aparato represor del Estado.
Concluimos señalando a la calle como un espacio
de lucha de la gente que allí trabaja, no sólo por la supervivencia en la ciudad, sino
también contra las distintas formas de represión del estado, ejercida con miras a
conseguir el "orden obligado" del espacio, de la ciudad, de la calle.
El trabajar en la calle ofrece una perspectiva
particular en la construcción de este espacio, a la actividad económica se suma el
encuentro. La búsqueda de un ingreso que le permita al individuo subsistir, se constituye
en la búsqueda y encuentro de un espacio transformado significativamente a partir de ese
momento. Una nueva imagen, nuevas expectativas, nuevas vivencias de las personas que
trabajan en la calle, reconstruyen este espacio de forma particular para sí mismos
y para el resto de la sociedad a través de su relación con los transeúntes.
4.5. De la marginalidad.
"La calle es tan grande que todos podríamos
vivir en ella"[17]
Hemos observado la calle como exterior; cómo este
es un espacio con un origen funcional a través de la relación construcción blanda
(libre) vs. construcción sólida (edificio), donde al edificio se le asignan la mayoría
de las actividades sociales (el dormir, el trabajar, la recreación y la expresión
artística) en aras de su privatización. Sin embargo se ha observado cómo muchas de
estas actividades son proyectadas en la calle por la comunidad, especialmente en los
barrios populares. Cabe entonces preguntarse ¿Qué sucede cuando la calle se transforma
en edificio, cuando la calle se habita hasta la última consecuencia de la palabra?.
Cuando no existe diferencia entre edificio y espacio público toda la perspectiva de
construcción social del espacio se modifica porque la forma de vivir la ciudad se ha
transformado.
4.5.1. Por qué vivir en la calle.
Como en el caso de los "trabajadores en la
calle", el crecimiento de la población de la ciudad, la baja oferta laboral y la
inexistencia de un sistema de seguridad social efectivo y de amplia cobertura, generan
procesos de segregación urbana. Esta consideración de similitud se establece a partir de
la existencia de una "línea divisoria" muy estrecha entre el trabajo en la
calle y la vida en la calle (indigencia), como resalta el Comanche: "No todo
reciclador es ñero, el reciclaje es un trabajo y hay mucho reciclador que no es de la
calle, hay mucho reciclador que tiene su hogar, su casa, tiene sus hijos y esa persona,
digo yo, no puede ser un ñero. Entonces para mí, en esa rama se necesitaría una
distinción para poder identificar al verdadero reciclador del verdadero ñero. Para mi el
ñero es el de la calle"[18].
La imposibilidad de consumo y de asumir la
normatización de una sociedad que niega el acceso al bienestar material, obliga al
individuo a desprenderse de su rol, de sí mismo, y a buscar una alternativa de vida -de
ser otro-, desde su marginamiento progresivo, despojándose de sus bienes materiales; la
persona, entonces, no acumula, sobrevive.
Parte de la población que vive en la calle está
compuesta por niños y jóvenes, o por personas que han vivido allí desde esa edad,
algunos han sido abandonados en ella. La llegada a la calle por parte de los niños no
concebidos por habitantes de la calle, se explica a través de los fenómenos de violencia
intrafamiliar de todo tipo, ligados al inconformismo por las carencias económicas,
distorsiones psicológicas, y al consumo de drogas -incluyendo el alcohol-;
generando comportamientos aberrantes en términos de expresiones de violencia física como
la tortura y la violación. La posibilidad de escape a este infierno y la consecución de
un grupo que lo reconozca y valore como igual se constituyen en un llamado permanente de
la calle.
Los niños que abandonan su hogar tienen un
contacto previo con la calle a partir de su contacto visual presencial o a través de los
medios, ligada muchas veces a su experimentación de la calle con el grupo de pares[19]. Porque
para salir de la casa hay que construir un referente para llegar.
4.5.2. De qué se vive en la calle.
La calle se transforma en el lugar-trabajo,
lugar-hogar, lugar-lugar. La calle se vive y se vive en la calle.
Respecto a las actividades de supervivencia,
conseguir dinero y conseguir comida no son siempre actividades coincidentes. Para
conseguir dinero se realizan varios tipos de actividades como: "Reciclaje,
mendicidad, de lustrabotas, cuidando carros, cantar en los buses"[20]. Pueden
también ejercerse actividades delictivas como complemento de una actividad legal, como un
acto circunstancial -por necesidad- o como una forma de subsistencia única: "En la
calle cuando se trata de sobrevivir cualquier medio es válido y la forma es lo de menos.
Los habitantes de la calle se mueven en el campo de la economía informal y en el
constante cruzamiento entre lo legal y lo ilegal. No tienen una actividad económica
estable, se rebuscan el sustento diario como sea, en <contratas> haciendo varios
oficios a cambio de comida, dinero o ropa, como ayudantes de construcción o
<retacando> (pidiendo dinero a la gente).
Las formas más comunes de ingreso son el robo y
el reciclaje. Se prefiere esta última aunque el recurso a una u otra, depende del grado
de adicción (de sustancias psicoactivas). Es muy probable que el consumo en alto grado
obligue a robar pero ésta no es la regla"[21].
La consecución de alimento no se hace
necesariamente a través del dinero conseguido en el trabajo, la gente lo obtiene pidiendo
en restaurantes y cafeterías, recogiendo desechos en las plazas de mercado, o acudiendo a
instituciones que regalan la alimentación o cobran muy barata la comida que se paga con
dinero del trabajo.
[1] Jiménez. Op.cit. p. 55
[2] En: Gómez. Op.cit. p.98
[3] FENALCO-BCH. 1986. El comercio informal, las ventas callejeras. Cámara de Comercio de
Bogotá. Bogotá. p. 32
[7] Ibíd. Op.cit. p. 101-102
[9] Ibíd. Op.cit. p. 96-97
[10] Silva. M. Op.cit. p. 92
[11] Jiménez. Op.cit. p. 91
[12] Arteaga C, Jaime. 199 . De los bienes y su dominio. Colegio Mayor de Nuestra Señora
del Rosario. Bogotá. p 93-99.
[13] Gonzáles, Luz. 1986. Vendedores ambulantes: Aspectos Socioeconómicos. Tesis.
Departamento de Sociología. Universidad Nacional de Colombia. Bogotá. p.21-23
[14] Jiménez. Op.cit. p. 69
[15] Jiménez. Op.cit p. 98
[16] En: Gómez. Op.cit. p. 99-100
[17] Entrevista con un niño pandillero de Usaquén. En: Ardila., Pombo & Puerto.
Op.cit
[18] Herrera, Darío. Op.cit. p. 104
[19] Granados, Marcos. 1976. Gamines. Editorial Temis. Bogotá. p. 13
[20] Granados. Op. Cit. p.41
[21] Herrera. Op.cit. p.144-145
-