La calle: Espacio geográfico y vivencia urbana en Santa Fé de Bogotá
Vladimir Melo Moreno
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4.5.3. Del Parche.

El compartir la vida en la calle conlleva la construcción de comunidad, consolidándose entonces el reconocimiento del otro como semejante. Se generan lenguajes verbales y no verbales los cuales, al funcionar en algunos casos, se recrean como códigos restringidos; que surgen como estrategia para el funcionamiento y auto-defensa propia del individuo y del grupo.

Los grupos se componen "por personas aliadas unas con otras por lazos de amistad y parentesco. En algunos casos se elige, también por acuerdo a un jefe o líder. Este acuerdo común produce la cohesión social que es característico de la gallada"[1]. La construcción social del espacio, en este caso la calle, tiene una connotación única cuando hablamos del "Parche" que "es el nombre que el carrero [indigente reciclador] da a su territorio y al mismo tiempo a su organización social"[2].

La apropiación del espacio es paralela a la construcción de comunidad, proceso restringido en el sistema capitalista en la medida en que el espacio se consume en primera instancia.

Los indigentes utilizan la calle para llevar a cabo casi todas, si no todas, sus actividades vitales, incluyendo el juego, el consumo de drogas: "dando la vuelta por la carrera 12 cambia el paisaje. Es la cuadra del consumo o calle del humo como la llaman"[3]. No obstante la actividad sexual no es tan frecuente en la calle como se podría suponer: En Palabras del Comanche: "El sexo no se ve así en la calle. Si se quieren exponer al sexo por droga se van para una residencia. Pero en la calle, por lo menos en el Cartucho yo no lo aceptaría, en los cambuches casi no viven parejas, y las que son parejas tienen un cambuche bien armadito donde nadie se podría dar cuenta qué se está haciendo adentro. No se ve lo que llaman depravados, en ese sentido la gente se reserva, buscan especialmente las residencias"[4].

En este proceso de construcción de comunidad, existe entre los individuos la conformación de contratos para la convivencia; generándose así una normatividad específica legitimada por una aceptación consensual. La normatividad del grupo modifica el espacio al no coincidir con la normatividad que la sociedad en su generalidad establece a través de la ley.

La apropiación de espacio y las consideraciones de territorialización deben partir de la condición de permanencia. Existen autores que intentan definir a los indigentes como una población "semejante a una sociedad nómada", porque suponen que todos los individuos duermen en el lugar donde coincida el final de su jornada, en la acera o dentro de su carro de reciclador (si lo tiene), y por consiguiente una consideración de apropiación y territorialización del espacio, de la calle, es un hecho improbable: "Los indigentes se asemejan mucho a las sociedades nómadas porque no son estacionarios, no limitan su territorio a una casa o una calle; simplemente son y viven donde se les permita vivir"[5]. Al respecto anotamos cómo todos en esta sociedad somos y vivimos donde se nos permita vivir, tanto para las clases sometidas que no pueden acceder al consumo de espacio, como para las clases dominantes quienes tienen que protegerse para dominar, encerrándose en un espacio específico.

Por otro lado, al realizarse la analogía entre los indigentes y las sociedades nómadas, se debe aclarar que en estas últimas la familia extensa, parte del clan o grupo; se traslada permanentemente como comunidad unida. Sin embargo observamos cómo entre más se consolida la comunidad entre la población indigente, el grupo se congrega en un punto específico de la ciudad y se consolida la permanencia del lugar acordado, como en el caso concreto de los puentes o como las calles del Cartucho, hecho que rompe definitivamente la analogía. Ahora, el lugar de encuentro que implica el pernoctar puede desplazarse con facilidad, es cierto que el indigente carga su home a diario, pero ésto no implica un nomadismo, pues si lo concibiéramos de esta forma las familias pobres las cuales se trasladan entre inquilinatos durante el año -durante muchos años-, serían igualmente nómadas. Además, el desplazamiento del lugar de encuentro no significa necesariamente que no haya apropiación de espacio ni construcción de territorio como se observa en la perspectiva propuesta por Salcedo, en la que: "Para su definición [de Parche] es muy útil el concepto de territorio que emplea Service para las bandas y referido al "circuito de movimientos de los campamentos en su búsqueda de alimentos""[6]. La realidad de la permanencia del punto de encuentro del grupo, origina procesos de apropiación los cuales llevan dentro de sí formas específicas de identificación del espacio, lográndose a partir de la consolidación de la comunidad procesos de territorialización específicos descritos de la siguiente forma: "Entre los carreros, los límites de un territorio presentan diferentes variaciones; en primera instancia están determinados por la calle o calles donde se agrupa una gallada; entonces es preciso hacer coincidir algunas calles bogotanas con los parches que puedan formarse en éstas, para poder concebir la delimitación territorial del carrero"[7].

La consolidación de espacios como "El Cartucho", "Cinco Huecos" o "El Bronx", se encuentra ligada a la comunidad, con una cohesión y una normatividad interna produciendo reglas como: No se debe ser "sapo" o "faltón" y en el ajuste de cuentas nunca debe mediar la policía, por ejemplo[8]; las cuales le permiten al grupo confrontar el orden formal externo. Entonces, la apropiación del espacio es mayor en relación a su permanencia en él, debido a la seguridad que presenta el lugar de encuentro.

4.5.4. De la Temporalidad.

La temporalidad de la calle es bastante difusa, dependiendo de la labor o actividad que el individuo realice -porque la supervivencia sólo se vive en presente progresivo-, se puede configurar de distintas formas. La gente que ejerce una actividad en el día descansa en la noche. Los recicladores, quienes en su mayoría comienzan a trabajar cuando el comercio formal cierra y coloca los residuos en la calle, descansan a la madrugada. Un caso especial se produjo cuando en el segundo lustro de los años 80s el recrudecimiento de la "limpieza social" hizo que la mayoría de los indigentes durmieran en el día y estuvieran despiertos vigilantes en la noche[9].

No obstante la dinámica incierta de la actividad diaria, la calle, especialmente en las concentraciones como la del Cartucho, se transforma en el tránsito del día a la noche. En el día el comercio informal se apodera de la calle, el tráfico peatonal funciona y es constante. En la noche se construyen los cambuches contra las paredes, se prenden las hogueras y sólo queda la población que allí pernocta. Todo tiene su tiempo. El rito tiene su tiempo, pero no existe la rigidez temporal que la sociedad formal impone a la acción social.

 

4.5.5. De la significación y el rito.

Cuando el individuo en la comunidad construye espacio está construyendo al mismo tiempo un significado y un imaginario. El espacio es o se anhela en la medida en que se vive en un segundo a segundo, en donde toda acción que se sucede y acumula es vital para las expectativas de los individuos. Los indigentes construyen para sí la más amplia significación del espacio público urbano, concretándola en una forma simple, en el (sobre)vivir. Así lo describió el Comanche: "[Uno] solamente tiene enfocado en su mente la calle. El resto no le preocupa, por eso es que con personas de la calle no se puede contar para compromisos de responsabilidad, porque ellos no tienen de qué depender, solamente de la calle. Y es lo mismo estar en una calle que estar en otra, estar en un lugar o en otro es lo mismo, después de que la persona de la calle no sea presionada, hostigada, la persona vive tranquila. (...) Para nosotros la calle es nuestra cama, la calle es nuestra cobija, la calle es nuestro abrigo, la calle es la que nos da todo"[10].

Parte de la imagen que los indigentes construyen de la calle se origina en una búsqueda interna del individuo la cual ofrezca "coherencia" a sus ideas e ideales respecto a su situación. Se necesita, entonces, concretar un proyecto de vida. Desde este punto nace una idea clave en la significación de la calle por parte del indigente, LA LIBERTAD: "En la calle se piensa con una libertad diferente. Se piensa solamente que pase el tiempo, que pase el día y que pase la noche, esa es la libertad que tiene la persona de la calle: no tiene inconvenientes de compromisos. (...) Es lo que más le preocupa a uno en la calle: La Libertad. Y siempre va uno con ese ideal de ser independiente, de ser libre. Y se vuelve tan libre uno que si comió, comió, y si no comió pues no comió. (...) ...una persona de la calle, aprende a perder la vergüenza, se pierde tanto la vergüenza, que a uno no le preocupa que lo critiquen o no, se lleva uno de esa, que uno no vive por eso. Si lo critican no se le quita un pedazo. Esa es la gran independencia. A uno en la calle lo que más le gusta es la libertad. Uno sin libertad es totalmente nulo, muerto"[11].

Filosóficamente es estrecha la relación entre la libertad y la esencia del significado de la calle. El sendero -como vía- es la forma de devenir, la vida es un sendero, lo que significa que la libertad en la vida sólo es medida por la libertad del sendero.

Se asume, entonces, la libertad en la búsqueda del vivir por fuera de la construcción social formal e impositiva -impone una responsabilidad para con el orden (pre)dispuesto- representada físicamente por el edificio y socialmente por la moral; de ahí la pérdida de la vergüenza.

Así, la comunión entre espacio y forma de vida se consolida en la idealización de la calle, es su sentido y significado, es la esperanza del ser.

La construcción y apropiación del espacio parten de su (re)conocimiento, proceso que implica un sentido -sentir- y una significación. De esta manera el proceso puede llevarse a cabo a través del rito.

El rito es el encuentro y el encuentro un rito. El encuentro del grupo, si existe, se realiza al final de la jornada cuando ésto ocurra. El grupo puede entonces reunirse alrededor de la hoguera encendida con chatarra, llantas, basura y papeles. El ritual posee varias partes: la comida, "la traba" y la charla, posiblemente en ese orden, pues como señala Salcedo: " El silencio es característico de este ritual del fuego, aun cuando bien entrada la noche se intercambian historias de los sucedido durante el día en los viajes, en las calles, con polícias y transeúntes"[12]. Cuando el silencio se rompe llega el momento de retomar una nueva tradición oral que se gesta lentamente dentro de la comunidad. Las historias contadas cobran el carácter de mito, revelando la forma como se ha ido construyendo la comunidad, la normatización de las relaciones en su interior, sus códigos y las imágenes que han creado de sus acciones, de sí mismos y de los otros.

 

4.5.6. Del conflicto.

Todo sistema socio-económico construye una ideología, ideología que permite su reproducción continua en el tiempo; allí se encuentra la norma. El orden social; al cual el individuo tiene que plegar sus expectativas -sacrificar el ser por el deber ser-, se constituye como la única opción de vida posible (correcta).

Cuando una persona o un grupo de personas no se vinculan efectivamente al desarrollo del sistema, se produce una tensión social de tal forma que la parte mayoritaria de la sociedad busca desesperadamente reintegrar o suprimir al grupo o individuo. "Las personas situadas "normalmente" dentro de la sociedad quieren que todos se rijan dentro de los parámetros imperantes y como lo indigentes no los cumplen, sienten que han transgredido esas reglas. Y claro, debe venir un castigo, o si no para que son las reglas. (...) Si cada ciudadano tiene que cumplir ciertas normas, ¿Porqué un grupo autoproclamado como "diferente" puede ir por las calles sin respetar esa normatividad sin consecuencia alguna? "[13].

Pero más allá de esta frustración social del no poder ser, pues en el comentario citado el problema es: ¿Por qué él puede romper las reglas y yo no, si yo también quiero hacerlo?; el conflicto llega a las raíces del aberrante comportamiento humano, al suprimir la existencia del otro si aquel no cumple con los requerimientos de la sociedad -ser eficiente en la formalidad del sistema productivo para reproducir el orden existente-, supresión simbólica como el de llamar a otro ser humano "desechable", lo cual concluye en la supresión física, como sucedió por ejemplo en el grotesco caso de la matanza de indigentes para la utilización de sus cadáveres como material académico en la Universidad Libre de Barranquilla descubierto en 1992; y finalmente en el genocidio, para Bogotá, sólo en 1993, fueron 316 las personas indigentes muertas por limpieza social[14]

El punto de partida del conflicto con la comunidad indigente no es el delito - no todos los indigentes se dedican permanentemente a actividades delictivas-, es la opción. En el sistema capitalista no hay opción (para ser indigente); claro, se puede ser pobre, rico, empleado, empleador y se puede competir en (¿)igualdad de condiciones(?) en la única carrera -con sus reglas- permitida la acumulación material.

La opción del indigente es parásita (no en un sentido peyorativo) al sistema, parte y hace parte del mismo; se trata de una opción que transgrede las normas de la sociedad proponiendo una alternativa tanto estética, como de convivencia y de habitar -reconstruir- el espacio urbano.

De la necesidad del sistema por reordenar la sociedad de forma homogénea parte el conflicto con los indigentes, surgen las fuerzas represivas del estado y las fuerzas para-militares ambas conformadas por psicópatas[15], donde de nuevo la paralegalidad se presenta a través del cobro de "impuesto" -para poder consumir o vender droga en la olla- o como limpieza social. La primera como mediación y la segunda como eliminación.

El conflicto por el espacio urbano surge con la opción. Opción del habitar la calle, pues el sistema capitalista impone la vivienda -el edificio- como uno de los bienes de consumo básico. Pero el conflicto cobra su verdadera dimensión a través de la apropiación que la comunidad indigente hace de la calle, apropiación que parte de su permanencia y actividad.

En realidad, la calle no se privatiza a menos que se construya físicamente sobre ella, como en el caso del "cambuche", y sin embargo esta construcción no es permanente ni en tiempo -hora del día- ni en lugar. El gran conflicto social en el espacio no lo representa directamente la falta de control social formal sobre la comunidad. Es la desvalorización del espacio, no totalmente en su venta, sino en las expectativas de orden social y de consumo, ya que el espacio se (re)construye ineficientemente dentro del sistema. Por ésto es importante para el estado modificar esta situación pues la normatividad del espacio es básica para la reproducción del sistema.

Vivir en la calle altera toda la significación formal atribuida a este espacio, habitarla genera en ella perspectivas que el resto de la sociedad propone u ordena para el edificio. La (re)construcción del espacio urbano por parte del indigente es total, generando entonces, un conflicto evidente de valores cuya resolución, en la misma calle, puede ser violenta.

4.6. De lo que trató este capítulo.

He intentado recoger cuatro perspectivas de acción en la calle, cada una de las cuales ofrece procesos concretos de identificación, significación, apropiación, en fin, de construcción del espacio. Estas cuatro perspectivas que no son excluyentes entre si, las elegí porque representan las situaciones más comunes para el habitante de Bogotá. Con esto espero haber (de)mostrado cómo el espacio en su construcción total, por parte de una sociedad, es tan múltiple que cuando intentamos fragmentarlo excluimos demasiados elementos presentes, y por consiguiente, para dar cuenta de su totalidad necesitaríamos cientos de estudios específicos y una grapadora industrial para poder unir las piezas. No se trata de dar cuenta de la calle en su totalidad, pero si de la forma como yo la veo, sin embargo espero haber logrado que usted se de cuenta de este hecho y de la necesidad de enfrentar su propia búsqueda para que seamos en la calle. 


     [1] Salcedo, María. 1994. Apuntes etnográficos sobre los cartoneros. En: Pobladores Urbanos. Julian Arturo (Como.). 1994. Tercer Mundo Editores. Bogotá. p. 203

     [2] Ibíd. Op.cit. p. 202

     [3] Herrera. Op. Cit. p. 125

     [4] Herrera. Op. Cit. p. 80

     [5] Mateus, Sandra. 1995. Limpieza social: la guerra contra la indigencia. Ed. Temas de Hoy. p. 133

     [6] Salcedo. Op.cit. p 202-203

     [7] Ibíd. Op.cit. p. 203

     [8] Herrera. Op.cit.

     [9] Ibíd. Op.cit. p. 140

     [10] Herrera. Op.cit. p.91,103

     [11] Herrera. Op.cit. p. 91-93

     [12] Salcedo. Op.cit. p. 207

     [13] Mateus, Sandra. 1995. Limpieza Social. Ediciones Temas de Hoy. Bogotá. p.141

     [14] Mateus. Op.cit. p. 104

     [15] "En septiembre de 1991, dos indigentes acusaron a varios agentes de un CAI de realizar torturas. Según uno de ellos, lo obligaron a subirse en el baúl de la radiopatrulla. Después de andar un buen rato, lo bajaron y lo obligaron a quitarse la ropa. Con el lazo de un bolillo le rodearon el cuello y le dieron vuelta para ahogarlo hasta que perdió el sentido, luego de lo cual lo botaron en la vía a La Calera". Uno de muchos casos en: Limpieza Social. Mateus. 1995. Op.cit.

 

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