La calle: Espacio geográfico y vivencia urbana en Santa Fé de Bogotá
Vladimir Melo Moreno
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2.4. De la calle medieval.

La ciudad de la edad media y su construcción hacen que nos detengamos a pensar un momento en la relación calle-edificio y en la construcción de la morfología urbana, las cuales hemos concebido desde nuestra perspectiva moderna (¿o postmoderna?). "La calle ocupaba en la ciudad medieval un lugar muy diferente que en una época de transporte de vehículos con ruedas. Por lo común, pensamos en casa urbanas dispuestas a los lados de una línea de calles preestablecidas. Pero en los terrenos medievales menos regulares, las cosas sucedían a la inversa: grupos de artesanos o de edificios institucionales formaban barrios autónomos o "islas", sin que guardara relación la disposición de los edificios con las vías públicas. En el interior de estas islas, y a menudo afuera, los senderos señalaban las idas y venidas cotidianas de sus habitantes. La noción de "red de tránsito" estaba tan ausente como el propio tránsito constante de vehículos. Las "islas" formadas por el castillo, los monasterios o colegios y la sección industrial espacializada en las ciudades más adelantadas, como el Arsenal, en el caso de Venecia, interrumpían el dibujo más denso de las manzanas residenciales de pequeña escala"[1].
          
Las anteriores consideraciones nos permiten pensar -en parte- la calle de la ciudad medieval como resultado de la construcción del edificio, no como construcción simultánea o planificada de las dos estructuras.
        
Podemos complementar nuestra visión sobre el proceso de construcción del espacio público, y entender las formas resultantes en la ciudad de la edad media, si nos remitimos al siguiente fragmento del texto de Morris: "A lo largo de toda la edad media se manifiesta la tendencia de los edificios a invadir cada vez más las calles (e incluso los puentes) y los espacios públicos abiertos. Los intentos de regulación de esta estrangulación gradual fueron poco afortunados. Los pisos superiores fueron aumentando sus vuelos sobre la calle hasta el extremo de que llegó a ser literalmente posible estrechar la mano desde una ventana al vecino de enfrente. Así, la ciudad medieval adquirió su tradicional ambiente callejero, con su intimidad, su "romanticismo", y las repetidas sorpresas visuales. Por encima todo era aparentemente accidental, aunque hubo una acción colectiva con más frecuencia de la que podría suponerse"[2].

Las ciudades planificadas de la edad media representan una construcción nueva de los edificios que genera un cambio en la calle y en la jerarquización de la red vial: "En las nuevas villas medievales, las actas de fundación distinguían a menudo entre las calles de tránsito -que consistía principalmente en carros- y las calles menores; y en la villa uniforme de Montpazier, las casas tenían frente sobre dos calles a saber, un frente sobre una calle ancha de 7 mts., y otro sobre un callejón de 2 mts. de ancho. Pero, en general, la calle era una línea de comunicación para peatones y su utilidad para el transporte de vehículos era secundaria"[3].

Pasa el tiempo y el hombre en la Edad Media sigue intentando protegerse de las condiciones climáticas "extremas" buscando un medio medio, construyendo una calle con una estética especial: "No sólo ocurría que las calles eran angostas y a menudo irregulares, sino también que eran frecuentes las vueltas bruscas y los cercados. Cuando la calle era angosta y sinuosa, o cuando iba a terminar en un punto muerto, el trazado rompía la fuerza del viento y reducía la superficie de lodo. No fue accidental que el hombre de la ciudad medieval, buscando protección contra el viento invernal, evitara crear esos túneles de viento que pueden ser las calles anchas y rectas. La estrechez misma de las calles medievales hacía más cómodas sus actividades al aire libre en invierno. Pero, igualmente, en el sur, la calle angosta con aleros amplios protegía al peatón tanto de la lluvia como del resplandor directo del sol. Las pequeñas variaciones en la altura y el material de construcción, así como el perfil del techado y las variaciones en aberturas para las ventanas y puertas le daban a cada calle su fisonomía propia"[4].
  
Por otra parte, el transporte y desplazamiento en por la calle se realiza sin gran cantidad de tráfico hasta el final del período: "...los desplazamientos en las ciudades medievales se efectuaban generalmente a pie y el transporte de mercancías se realizaba principalmente mediante animales de carga"[5]. No obstante, la ciudad involucró en su desarrollo nuevos elementos en su infraestructura entre los que se cuenta el pavimento: "Unos 3 siglos antes de que los vehículos con ruedas se hicieran comunes, perdió la calle su revestimiento natural. La pavimentación para el peatón apareció ya en 111, en París;; en 1235, en Florencia, y en 1310 en Lubeck; a decir verdad, hacia 1339, Florencia entera estaba pavimentada; en tanto que hacia fines del siglo XIV hasta en la algo atrasada Inglaterra William Langland podía recurrir al tropo "tan común como el pavimento para cualquier caminante". A menudo, estas mejoras sólo se aplicaban a una calle importante, y el movimiento se propagó con tanta lentitud que no llegó a Landshut, en Bavaria, hasta 1494, si bien esa otra gran innovación técnica, el vidrio para las ventas, era ya usada por los granjeros del sur de Bavaria, según Heyne, en el siglo XIII. En manos del empedrador medieval, la pavimentación se convirtió en un arte, repitiendo a menudo en la piedra el dibujo de la hoz del segador; en tanto que en Venecia, el color y no las líneas del pavimento se sumaba a la magnificiencia de la misma Piazza San Marcos.
La pavimentación y el esmero puesto en ella recuerdan otro rasgo propio de la administración de la ciudad medieval: También en este caso, era la asociación lo que tenía una base pública, en tanto que la organización física se realizaba, lo más a menudo, sobre una base privada"[6].    

Por otra parte, los problemas de higiene son significativos en la calle de la ciudad medieval. Para sobrellevar el problema existieron varias soluciones entre las cuales se incluyen la utilización de animales (lo que nos pone a pensar si la ciudad es sólo para el habitante humano), así como procesos colectivos que en algunos casos promovían reconstrucción comunitaria: "Tómese nota de la paradoja de prosperidad. En tanto que las condiciones fueron rudas -cuando la gente vivía a la intemperie, orinaba tranquilamente en el jardín o en la calle, compraba y vendía también al aire libre, abría sus póstigos y dejaba que entrara de lleno el sol; los defectos biológicos de la vivienda medieval eran muchos menos graves que cuando lo fueron más adelante, bajo un régimen más refinado.
Lo que es válido para los excrementos humanos se aplica también a la basura. Las sobras eran comidas por los perros, pollos y cerdos, que actuaban como basureros de la ciudad... En los primeros tiempos, el cerdo era miembro activo del Consejo de Higiene de la localidad.
Sin duda era más difícil deshacerse de los desperdicios no comestibles, como son las cenizas, los desechos de las curtiembres y los huesos grandes; pero, por cierto, estos desperdicios eran mucho más escasos que en la ciudad moderna, ya que las latas, el hierro, los vidrios rotos, las botellas y el papel eran escasos o incluso inexistentes. En su mayor parte, la basura medieval estaba constituida por materia orgánica, que se descomponía y mezclaba con la tierra. Y, en el ajuste final de cuentas, no se debe olvidar el germicida municipal decisivo: el fuego. En aquellos nodos de estructuras de madera, en particular durante los primeros siglos, estallaban grandes incendios, famosos en los anales de todas las ciudades. Esto sometía a calles y a barrios enteros al más poderoso de todos los desinfectantes. Esa función no dejó de ser reconocida. Stow señala que la costumbre de encender fogatas en los días festivos de verano no sólo daba ocasión para reconciliarse con los enemigos, sino que también tenía "la virtud que tiene una hoguera de purificar la infección del aire"[7].

Habiendo observado ya la constitución física de las calles y sus características y problemas, se hace necesario reconstruir entonces sus usos, la vida en la calle, donde las relaciones de carácter económico tienen en la calle medieval un gran esplendor.
Al respecto Morris señala lo siguiente:
"Todas las ciudades medievales disponían de un espacio, si no de varios, donde tenía lugar el mercado.
No obstante como Howard Saalman hace notar "la existencia de estos espacios especializados dedicados al comercio, no debiera hacernos olvidar un hecho básico: toda la ciudad medieval era un mercado. El comercio y la producción tenían lugar en todas partes en la ciudad: en espacios abiertos y en espacios cerrados; en espacios públicos y en espacios privados". En consecuencia, las principales vías públicas que unían el centro con las puertas de la ciudad, aunque con frecuencia eran poco más que estrechos e irregulares callejones en las ciudades de crecimiento orgánico, constituían tanto extensiones lineales del mercado como rutas de comunicación.
La fachada que se habría a la calle tenía por tanto, un notable valor comercial, especialmente en las inmediaciones de las puertas y del mercado, y su desarrollo en forma continua fue lo normal"[8].

De todas formas es necesario hacer precisión resistiéndonos a una generalización en el análisis de la ciudad de la edad media; "la calle del mercado se incorporaba con mucha menos frecuencia a las ciudades planeadas, y nunca a las bastides"[9]. De igual manera la ciudad islámica en España tiene una configuración y procesos sociales distintos del marco general de la ciudad europea contemporánea.

Podemos avanzar más allá en este redescubrimiento de la ciudad medieval y ver cómo detrás de las formas económicas que la sociedad plasmaba en la calle, la ciudad medieval y sus vías públicas cobran todo su sentido a través del rito religioso tanto con las celebraciones paganas como profanas, como con respecto a la iglesia católica: "según Christina Hole, todavía en el siglo VII de nuestra era las calendas de enero eran observadas por hombres cubiertos con pieles y cabezas de animales, quienes corrían dando saltos y haciendo cabriolas en las calles"[10]; o con la celebración misma del rito católico de la procesión. "Ni el estudioso sedentario que contempla esta arquitectura en fotografía, ni el observador superficial que adopta una posición e intenta reconstruir el plano de los ejes y las relaciones formales, están en condiciones de captar este escenario urbano ni siquiera en su aspecto puramente estético. Pues la clave de la ciudad visible está en el espectáculo en movimiento o la procesión; y, sobre todo, en la gran procesión religiosa que da vueltas por las calles y las plazas antes de ir a desembocar, finalmente, en la iglesia o la catedral para la celebración de la gran ceremonia propiamente dicha. No se trata aquí de arquitectura estática.
Los que caminaban por la ciudad en razón de sus obligaciones cotidianas, los que marchaban en una procesión religiosa o en un desfile militar, experimentaban estas sensaciones estéticas y en las vueltas mismas que daban aquellos que las precedían podían; por así decirlo verse por anticipado, como un espejo, observando las otras partes de la procesión; y, de este modo, el participante y el espectador eran uno mismo, lo que nunca puede ocurrir en un desfile ordenado en una calle recta"[11].

Pero en la edad media europea no sólo existió la ciudad "occidental", sino que como ya lo mencionamos, coexistió con la ciudad "oriental" construida por el pueblo musulmán en su proyección imperial, principalmente en lo que hoy es España.    

Este es un momento muy importante, pues se presenta la oportunidad de ejemplificar la concepción de la construcción social del espacio, de la ciudad y la calle. La sociedad islámica no era una sociedad que se volcara hacia la vida pública, por el contrario, las relaciones sociales se recogían en torno a la familia, donde cada hombre es un sacerdote y hace el papel de evangelizador.

Morris describe este hecho de la siguiente forma:             
"A menudo se daba el caso de que una gran familia, clan, o tribu, ocupara varias casas contiguas, accediéndose a este grupo de viviendas a través de un estrecho callejón que partía de la principal calle de tránsito. Era completamente lógico, aunque no hubiera sido planeado originariamente, que los callejones de acceso fueran callejones cerrados en uno de sus extremos, o adarves, sin salida, aumentando enormemente, en consecuencia, la intimidad y seguridad del grupo de casas. Ambas condiciones se acentuaron aún más a causa de un gradual estrechamiento de los callejones sin salida a medida que se alejaban de su entrada pública, y de su característico trazado sinuoso con quiebros y recodos. Explicando de esta manera con el abrumador efecto visual de la forma urbana residencial islámica, cuya impresión es la de un confuso laberinto de callejuelas sin ventanas.
La función de enlazar las callejuelas residenciales y dar acceso a los escasos centros públicos podía satisfacerse con un sistema relativamente limitado de calles principales transversales. Estas, generalmente, adoptaban la forma de vías radiales que partían de las puertas de entrada, enlazando estas con las mezquitas y mercados.
(Los mercados por su parte) se disponían formando estrechos callejones cubiertos para protegerse del sol. Generalmente cada callejón del mercado o Suq (Zoco) alojaba una rama particular del comercio"[12].

En la calle islámica se presentan, como en otras culturas, distintas formas de relación social entre los individuos, pero los procesos de socialización intrafamiliar y de la familia hacia el resto de la comunidad presentan su propio ámbito en la red vial, la calle no es entonces cualquier calle: "Las calles principales y las zonas del mercado también servían como espacios públicos para otros fines (el autor no describe cuales). Y las callejuelas residenciales a menudo formando plazuelas íntimas actúan como dominios de tránsito semipúblicos entre el hogar y la comunidad en general"[13].

Podemos concluir cómo aunque las formas son distintas existen ciertas relaciones básicas entre estas dos sociedades. Después de la edad media Europa se des-orientalizará, y el triunfo de las cruzadas marcará la europeización de Europa, constituyendo el tipo de sociedad que va a implantar las formas de construcción en América, incluyendo la calle.


2.5. De la avenida Barroca.

Los tiempos históricos poseen dentro de ellos tiempos cotidianos. Los cambios sociales hacia el siglo XV construían un tiempo cada vez más rápido a través del movimiento. La posibilidad de nuevas construcciones concebidas a partir de un nuevo orden con base en las reminiscencias greco-romanas, lo hallamos esta vez aún más grandilocuente, satisfaciendo el ego de la "real" clase dominante con su rey todo poderoso. " La avenida constituye el símbolo más importante y el dato principal en lo tocante a la ciudad barroca. No siempre fue posible proyectar toda una nueva ciudad al modo barroco, pero en el trazado de media docena de nuevas avenidas, o en un barrio nuevo, podría redefinirse su carácter. En la evolución lineal del plano urbano, el movimiento de vehículos de ruedas desempeñó un papel crítico, y la geometrización general del espacio, tan característica de este período, habría carecido totalmente de función si no hubiera facilitado el movimiento de tránsito y transporte, al mismo tiempo que servía como expresión del sentido de vida predominante"[14].

" Los símbolos de este nuevo movimiento son la calle recta, la línea ininterrumpida y horizontal de tejados, el arco redondo y la repetición en la fachada de elementos uniformes, de la cornisa, el dintel, la ventana y la columna"[15].

En su sentido estético la calle de la ciudad barroca se llena de nuevos signos del régimen: "A la verdad, la decoración de la calle constituyó una de las contribuciones no menos importantes de la tradición renacentista: el pavimento de piedra y de ladrillo, las escaleras de piedra, las fuentes esculpidas y las estatuas conmemorativas"[16].            

Pero además, la avenida tenía una nueva significación en la sociedad: "No obstante, el nuevo espíritu existente en la sociedad estaba de parte de los transportes rápidos. La premura en los movimientos y la conquista del espacio, el deseo febril de "llegar a alguna parte", eran manifestaciones de la invasora voluntad de poder. "El mundo", como observa Stow, cuando la moda empezaba a cundir en Londres, "se mueve sobre ruedas".
El movimiento en línea recta a lo largo de una avenida era no sólo una economía sino también un placer especial: introdujo en la ciudad el estímulo y el júbilo del movimiento veloz, que hasta entonces solo conociera el jinete que galopaba por los campos o por el coto de caza"[17].                

A su vez el espacio peatonal se reasigna: "Un buen número de recintos de extrema importancia fueron o bien completamente cerrados al tráfico rodado u ordenados de tal modo que, los viandantes no se vieran afectados en exceso por éste, por ejemplo, cuando el tráfico rodado no se establecía de modo continuo a través de los recintos o se restringía únicamente a un lado de éste; la mayoría de estos espacios servían de patios delanteros o de área de concurrencia pública situados frente a importantes edificios civiles, religiosos o de la realeza"[18].

Pero la nueva organización social jerárquica y despótica requería órganos de represión y expansión para los cuales se dispuso de una transformación del ámbito público:
"Al hacer hincapié en las exigencias del tránsito de vehículos, que se tornaron urgentes en el siglo XVII, no deseo pasar por alto una necesidad característica que ya se reveló en un período anterior: la necesidad de avenidas para los movimientos militares. Para citar nuevamente a Alberti, este autor hacía la distinción entre calles principales y subordinadas. A las primeras las llamó -y el nombre es importante- viae militares o calles militares, exigiendo que estas fueran rectas. Cualquiera que haya dirigido una compañía de hombres a través de una ciudad de trazado irregular conoce lo difícil que es conducirlos en orden marcial a través de sus tortuosidades, en particular cuando las calles no están niveladas; inevitablemente el individuo queda fuera de línea y las filas presentan una apariencia desordenada, para conseguir la máxima apariencia de orden y poderío en el desfile es necesario proporcionar al conjunto de soldados una plaza abierta o bien una larga avenida ininterrumpida.
En vista de la importancia del ejército para las clases dominantes, nada tiene de asombroso que el tránsito militar fuera el factor determinante en el nuevo plano urbano, desde la primera mutación, con Alberti, hasta la supervivencia última con el trazado de los boulevards por Haussman.
Además, en calles irregulares, mal pavimentadas, donde abundan los adoquines flojos y los lugares para esconderse, las formaciones espontáneas de las personas sin entrenamiento tienen una ventaja sobre los soldados disciplinados: los soldados no pueden tirar agazapados a la vuelta de la esquina, ni pueden protegerse de los ladrillos que llueven de las chimeneas que hay inmediatamente por encima de sus cabezas. Los soldados necesitan espacio para maniobrar. ¿Acaso no fueron las antiguas calles de París uno de los últimos refugios de las libertades urbanas?. No ha de asombrar pues, que Napoleón III aprobara la eliminación de calles angostas y callejones sin salida, así como la demolición de barrios enteros a fin de crear amplias avenidas: estas constituían la mejor protección posible contra los ataques desde adentro. Para gobernar simplemente por coerción, sin un asentimiento afectuoso, es necesario contar con el marco urbano apropiado"[19].

Entre los nuevos elementos del régimen, los desfiles llevados a cabo en la calle logran de ella una nueva confrontación del individuo y su sociedad: "En la nueva ciudad, o en los agregados formales de viejos centros, el edificio forma un marco para la avenida y la avenida es fundamentalmente un campo de desfiles, esto es, un lugar donde pueden congregarse espectadores, sobre las aceras o en las ventanas para admirar las evoluciones, los ejercicios y las marchas triunfales del ejército.
El espectador permanece fijo en su sitio. La vida marcha ante él, sin su licencia, sin su ayuda: el puede usar su vista pero si desea abrir la boca o abandonar su puesto, haría mejor en pedir primeramente permiso"[20].

La transformación de las jerarquías sociales, la nueva rigidez de los comportamientos de las castas en el espacio público, transforma la calle en el escenario de las contradicciones del poder, la mirada en la calle se convierte en la mirada de la diferencia, de la dominación, la sumisión y el conflicto. "En la ciudad medieval las clases superiores y las clases inferiores se habían codeado en la calle y en el mercado, lo mismo que en la catedral: el rico podía ir a caballo pero debía esperar que el pobre con su atado o el mendigo ciego, a tientas con su bastón, le dejara expedito el camino.
Ahora, con el desarrollo de la ancha avenida, adquiere forma en la ciudad misma la disociación entre las clases superiores e inferiores. Los ricos van en coche o a caballo, los pobres van a pie. Los ricos van por el eje mismo de la gran avenida, los pobres están fuera del centro, en la cuneta; y, con el correr del tiempo, se llega a establecer una franja especial para el peatón corriente: la acera.
El desfile cotidiano de los poderosos pasa a ser uno de los principales dramas de la ciudad barroca: una vida sustitutiva de ostentación, brillo y dispendio es brindada así al mandadero de la carnicería que lleva un cesto sobre la cabeza, el mercader retirado que sale a dar una vuelta, a la señora a la moda, que va de tiendas en busca de gangas y novedades.
Solo había una situación deseable en este despotismo: la del rico. Para él se trazaba la avenida, se emparejaba el pavimento y agregaban elásticos y almohadones al carruaje; para protegerlo a él marchaban los soldados. Tener coche y caballo era un rasgo indispensable de éxito comercial y social; tener todo un establo era un signo de opulencia"[21].

La calle barroca, más aún, la avenida barroca, nos significa hacia el presente más como símbolo que como construcción. La avenida significó el nuevo orden, una jerarquización y marginamiento del espacio acorde con la capacidad de consumo y el status del individuo. El capitalismo se asoma por una rendija de la historia y la sociedad en la calle se divide en dos grupos: los dueños de los vehículos, en la calzada; y los peatones en el andén. Aquí comienza una separación en el espacio utilizado, estableciéndose una brecha social la cual se desarrollará hasta nuestros días en la calle del Occidente capitalista.

       
2.6. De la calle española.

Es para nosotros necesario remitirnos específicamente a España y su desarrollo urbano en el período que precedió el "descubrimiento", conquista y colonia de América, para poder hacernos una idea de cómo se estructuraba la sociedad y como construía un espacio, dentro del cual enmarcamos al espacio público en los origenes del urbanismo occidental en Colombia. La ciudad española en general se desarrolla de forma natural, orgánica, sin planificación, aunque el trazado cambia entre los núcleos islámicos y la periferia europea, no quiere decir, en estos casos, que el "desorden" occidental sea más coherente. España, de herencia mora y romana, se unifica por medio de la guerra y finalmente son los reyes de Castilla quienes junto con la Iglesia Católica imponen un nuevo orden, con el cual nace una nueva vieja ciudad lejos de ser construida de la misma forma como la ciudad barroca del resto de europa.
    
"La más relevante aportación española al urbanismo europeo de este período fue la creación de las plazas mayores en numerosas ciudades importantes. Las plazas mayores atendían a actividades urbanas genuinamente españolas, las cuales determinaron sus características formales y arquitectónicas, constituyen el caso particular nacional equivalente a las plazas desarrolladas en torno a una estatua real del siglo XVIII y a los grandes boulevards, en Francia, y a las plazas residenciales georgianas en los siglos XVII y XVIII, en Londres.
Las plazas mayores fueron, no obstante, episodios urbanos aislados y extraordinarios, sin relación alguna con el contexto en que fueron "esculpidas", presentando una característica despreocupación por los modelos preexistentes. No existen ni grandes avenidas de acceso -en todo caso una vía de enlace con una residencia real o con la catedral- ni tampoco ninguna ampliación significativa fuera de sus perímetros rectilíneos, ni siquiera un principio de conexión intencionada con el resto de la ciudad. Si se tiene en cuenta el enorme poder de la iglesia Católica española y el de la Corona, no se dieron en España más que intervenciones urbanísticas de signo religioso muy estrictamente localizadas si se comparan, respectivamente, con el sistema viario procesional de Roma y con los Champs Elysées de París y la Unter den Linden de Berlín. En su conjunto, las ciudades españolas pasaron por los siglos del Renacimiento y del Barroco sin experimentar más que algunos cambios deliberados de escasa importancia en sus formas mientras que, en esa misma época, los administradores coloniales españoles estaban llevando a efecto una legislación "urbanística" de concepción muy estricta en la fundación y el ensanche controlado de los asentamientos coloniales del Nuevo Mundo"[22].                           

Esta nueva ciudad, como lo registra Morris, tiene una particular vida pública que se registra de forma especial en el espacio. El siguiente análisis del espacio público nos da una idea de cuál fue la carga de sentido poseida por los conquistadores y colonizadores de América Latina, de Colombia y de la sabana de Bogotá. "Las plazas mayores, encerradas al menos en parte por un espacio porticado cubierto, constituyen una característica de la forma urbana española. Las grandes ciudades pueden tener varias plazas, de las cuales una es la más importante; no hay población que no posea su plaza e incluso las aldeas de cierta importancia tienen sus lugares públicos de reunión. Las plazas mayores de las ciudades españolas importantes, que fueron utilizadas como lugares de celebración de espectáculos públicos desde la temprana época medieval, se originaron en su mayor parte en el emplazamiento en que tenía lugar el mercado. El toreo a caballo era una actividad secundaria a partir de la cual evoluciono el arte ochocentista del toreo a pie, a cuyo fin se creó la plaza de toros. En las pequeñas poblaciones y en las aldeas, la plaza del pueblo todavía se usa para las capeas en las que los jóvenes aficionados tratan de demostrar sus habilidades.
La inquisición introdujo un nuevo género de espectáculo público, genuinamente español, cuando el 6 de febrero de 1481 seis herejes fueron quemados en la hoguera, primer auto de fe, que tuvo lugar en la plaza mayor de Sevilla. Durante sus primeros 8 años de existencia el tribunal de Sevilla ordenó la ejecución en la hoguera de más de 700 herejes, condenando durante ese mismo período a otros 5.000 a sufrir castigo en público. El primer auto de fe en Barcelona tuvo lugar en 1488, convirtiéndose en algo común en todas las ciudades de España, así como en todo el imperio. En el año l500 la plaza mayor de Vivarrambla sirvió de marco a la quema ritual de más de un millón de libros prohibidos, entre los que figuraban obras únicas de la cultura arábiga"[23].

Sin duda, es la calle del sueño español la estructura que se implantaría en América. Todos estos usos y significaciones del espacio público se convertirán en un gran complejo antes que en una herencia constructora. Sin embargo, podemos entender muchos de los elementos de la Santa Fe colonial a partir del conocimiento de estas calle españolas.

Antes de empalmar con la historia bogotana, me gustaría abrir al lector dos incógnitas las cuales surgen en este análisis de la historia de la ciudad y la calle a partir de la obra de Lewis Mumford y de A.E. J. Morris. Hemos podido observar cómo la historia de la ciudad incluso dentro de la tradición occidental no presenta una evolución lineal, muchas sociedades han construido y reconstruido su espacio desde el mismo punto que ya había sido superado por civilizaciones anteriores. Podemos plantearnos entonces la duda de si la historia presenta ciclos que se repiten inevitablemente una y otra vez, dándonos la impresión de que en esencia nada cambia; y de otro lado nos tenemos que preguntar si al mirar atrás en el tiempo buscamos encontrar el presente en el pasado, es cierto que el pasado lo es en tanto sea memoria en el presente, pero cuando el pasado fue presente, ¿fue un futuro inevitable?.

[1] Mumford. 1966. Op.cit. p. 375-378 
[2] Morris. Op.cit. p. 107-108. 
[3] Mumford. 1966. Op.cit p. 375-378 
[4] Mumford. 1966. Op.cit. p. 378 
[5] Morris. Op.cit. p. 107 
[6] Mumford. 1966. Op.cit. p. 377-378 
[7] Mumford. 1966. Op.cit. p. 356-357 
[8] Morris. Op.cit. p. 106-108 
[9] Morris. Op.cit. p. 106-108 
[10] Mumford. 1966. Op.cit. p. 17 
[11] Mumford. 1966. Op.cit. p. 340-342 
[12] Morris. Op.cit. p. 160-166 
[13] Morris. Op.cit. p. 160-166 
[14] Mumford. 1966. Op.cit. p. 505-509 
[15] Mumford. 1966. Op.cit. p. 483 
[16] Mumford. 1966. Op.cit. p. 484 
[17] Mumford. 1966. Op.cit. p. 505-509
[18] Morris. Op.cit. p. 179-183 
[19] Mumford. 1966. Op.cit. p. 505-509 
[20] Ibid. 1966. Op.cit. p. 505-509 
[21] Ibid. 1966. Op.cit. p. 505-509 
[22] Morris. Op.cit. p. 335-337 
[23] Morris. Op.cit. p. 337

 

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