La calle: Espacio geográfico y vivencia urbana en Santa Fé de Bogotá
Vladimir Melo Moreno
© Derechos Reservados de Autor

"En un principio, el estado de las calles dependía en esencia de la intensidad de la circulación; con pocas salvedades, éstas permanecían cubiertas de yerbas... entonces las calles santafereñas, igual que si fueran trochas agrestes, reflejaban crudamente los altibajos del clima sabanero. En verano, las ráfagas de viento que bajaban de los boquerones vecinos levantaban en las mal llamadas calles agresivas nubes de polvo que hacían el ambiente irrespirable. Por el contrario, en invierno, quien no dispusiera de buenas cabalgaduras, o al menos altas y gruesas botas, se veía abocado a zozobrar en el magma lodoso que cubría el suelo... La gran pendiente y el poder abrasivo del agua puede apreciarse en los profundos cauces de los ríos que cruzaban la ciudad en esta dirección (oriente -occidente). Un efecto semejante producían las calles desempedradas pues corrían en esta dirección"[1]. Esta deprimente condición trae como consecuencia que: "Cuando se construyeron los primeros enlozados estas calles se dotaron con unos pequeños puentes que hoy llamaríamos "peatonales" destinados a cruzar los caños"[2].

Para las primeras décadas del siglo XVII se inicia un lento e interrumpido proceso de empedrado contando con la mano de obra indígena, el cual llegaría a buen término solo un siglo después. Los empedrados se concluyen -la mayoría- en la segunda mitad del siglo XVIII, y su construcción se encontraba "delegada" a los particulares -proceso análogo a la de la ciudad de la Edad Media europea-, quienes a través de las disposiciones de los regidores eran obligados a llevar a cabo el empedrado de los frentes de sus viviendas y negocios no sin oponer alguna resistencia: "En 1785, en los capítulos sobre el buen gobierno, se incluye el numeral 5 que dice: "Todo dueño de casa, o tienda hará empedrar y barrer a lo menos un día a la semana el terreno correspondiente a su habitación" "[3].

De otro lado, "las autoridades iniciaron el empedrado de los lugares y calles correspondientes a edificios públicos, representados en las siguientes obras: "Empedrado del cuartel de la guardia de caballería, empedrado de los dos costados de la capilla del auxiar, seguida de las Aulas y el Cuartel de Milicias hasta la esquina frente al señor Bastidas; empedrado de dos costados de la calle para Egipto y la Biblioteca" "[4].

Es importante anotar que al adelantarse la construcción de los empedrados surge al mismo tiempo la necesidad de mantenimiento, pues la utilización de la calle desgasta los materiales, situación descrita de la siguiente forma:

"... [en un] expediente se hace mención a los factores de desaliño en las calles debido a: "las carreras de caballos, manadas de perros y cerdos que a todas horas se veían en la plaza". La incuria en el mantenimiento agravaba muchas veces el estado de las calles. El adoquinado era objeto de vandalismo: "...quitan y sacan las piedras, sin volverlas a poner, de que resulta que aflojados y destruidos se las llevan con facilidad los carros y caballerizas y se hacen grandes hoyos que llenan las calles de lodazales y basuras y sirven de tropiezo a los que pasan por ellas con incomodidad y peligro y con deformidad y desaseo de la ciudad..." "[5]. La situación de deterioro del empedrado exige su recuperación como patrimonio público pero de nuevo el Estado ante su incapacidad administrativa obliga otra vez a la comunidad a asumir este deber, en "1789 El Virrey expidió un decreto por el cual se conmina (so pena de cárcel) a los vecinos de las vías principales, no solo a remendarlas sino a empedrarlas de nuevo cuando estuviesen deterioradas"[6].

La calle colonial, en principio, es una construcción casi exclusiva para el peatón pues: "El caballo llegó tarde a Santa Fe. Durante buena parte del siglo XVI, la gran disponibilidad de trabajo servil hizo que se utilizaran a los indígenas como "bestias de arria", es decir tanto para carga bruta como para transporte de humanos.

Fuera de la mula y el burro, más frecuentes que el caballo, no existió prácticamente otro medio de locomoción durante la Colonia"[7].

En el desarrollo de la forma de la calle existe un proceso de especialización en el cual al viandante se le confina poco a poco hacia un nuevo componente "arquitectónico": la acera o andén; normatizando aun más los comportamientos en el espacio público, donde los peatones anteriormente habían concebido estrategias para desplazarse bajo distintas circunstancias meteorológicas: "Los andenes fueron desconocidos en Santafé hasta fines del siglo XVIII, cuando las autoridades comenzaron a pensar en la necesidad de fijar sectores de la calle exclusivamente para viandantes. Hasta entonces, los transeúntes solían andar próximos a las casas, generalmente bajo los aleros, que los protegían con eficacia de las frecuentes lluvias"[8].

Para finales del siglo XVIII la calle se consolida como una construcción "física" la cual posee cuatro elementos fundamentales a saber: Las aceras, la calzada, un canal central que servía como desagüe de aguas lluvias y cañería de las aguas residuales residenciales; y el cuarto elemento lo constituye la fachada.

Las fachadas jugaron un papel muy importante en el desarrollo de la cremallera calle/edificio (público/privado), las ventanas y los escalones de las puertas, por ejemplo, se constituían en lugares para la socialización, lugares de comunicación y consolidación de afectos. Llegó a ser el lugar para el amor. No obstante, estos elementos socialmente ricos, eran poco "prácticos y cómodos" para el desplazamiento peatonal rompiendo así la eficiencia de la ciudad perfecta que además necesitaba de un comportamiento social (moral) perfecto. Así, pues, "en las postrimerías del XVIII se expidieron reglamentaciones tales como aquellas dirigidas a evitar los obstáculos que representaban las ventanas demasiado bajas, los escalones de algunas puertas, las enormes vasijas y tinajas panzudas de las chicherías y los animales estacionados en plena calle. También hubo reglamentaciones sobre la obligación de encalar las viviendas con el fin de uniformar el clásico paisaje blanco que aún hoy admiramos en las casas supérstites de esos tiempos"[9].

Otro elemento constitutivo de la construcción física de la calle fue el alumbrado público, el cual en la historia de la ciudad significa para la calle una nueva temporalización de las actividades que allí se llevan a cabo, modificando los comportamientos nocturnos de la población en el espacio público.

El alumbrado no cuenta con una proyección avanzada en la ciudad colonial, donde se restringe la actividad nocturna. Frente al estado del alumbrado público en la colonia Vargas & Zambrano se refieren de esta forma: "El alumbrado público, no existió hasta fines del siglo XVIII cuando se obligó a alumbrar tenuemente algunos edificios de la Calle Real (debido a los frecuentes robos a los comercios). Una forma de iluminación nocturna era la tea que con combustibles variados utilizaban las rondas nocturnas, efectuadas por Oidores y Alcaldes, y de quien se atreviera a interrumpir, por alguna urgencia en el tenebroso ambiente nocturno. De manera alternativa, se utilizó un farol hecho de papelillo"[10].

Así, la noche se convierte en una circunstancia propicia para confabulaciones y fechorías; la actividad nocturna en la calle era restringida, marginal (por las personas que ya entonces habitaban la calle), o delictiva. No obstante "la luz pública no mejoró sustancialmente desde los intentos de los virreyes ilustrados por iluminar a la recatada Santa Fe. El alumbrado público siguió siendo tan precario hasta mitad del siglo XIX, cuando en otras capitales de hispanoamérica ya existía un desarrollo apreciable en este aspecto desde mediados del siglo XVIII"[11].

Finalizamos observando cómo a través del período colonial el desarrollo físico de la calle fue bastante lento, marcado por la ineficiencia del gobierno local, hecho bastante común en su futuro.

 

3.2.2. De la caca, los cerdos y los chulos.

El papel que adquiere la calle como alcantarilla en Santa Fe se hace evidente desde el siglo XVII, cuando se comienza la labor de empedrado pues "los vecinos tenían muy claro que el empedrado traía consigo el inmenso beneficio de los desagües, indispensables para evacuar toda suerte de aguas sucias y desechos (aprovechando la pendiente natural)"[12]. De la misma forma, dentro de la estructura "física" de la ciudad los espacios (como vacíos) entre construcciones eran utilizados frecuentemente para tal fin no solo en el XVIII sino probablemente hasta el siglo XIX. "...(las) construcciones se encontraban levemente separadas por un pequeño callejón, que servía de desagüe o alcantarilla para ambas residencias.

No sabemos si este desagüe, que salía directamente a la calle, se entroncaba con un caño principal que servía de receptor de las aguas sucias de las casas, tal como se conoce para el siglo XVIII"[13].

La calle en la Santa Fe colonial fue entonces, no solo la alcantarilla, sino el basurero de la ciudad -luego remplazada por los ríos-; a esta condición se suma la presencia de animales y la falta de mantenimiento de la infraestructura, lo cual la constituyó en un problema higiénico y en dolor de cabeza para los gobernantes que intentaban instaurar un orden policivo, como lo revela la siguiente carta:

" Hago presente a V. E, que las casas y calles están llenas de inmundicias, o por mejor decir, convertidas en muladares que apestan; que los cerdos y demás animales corren en manadas por las calles principales; que por las noches no se puede caminar sin tropezar con los burros que hacen su alojamiento, o en los zaguanes o junto a las paredes, que es por donde se camina para aprovechar mejor el piso. Los perros incomodan de noche, no menos que de día, habiendo llegado el caso de acometer uno al señor don Juan Martín, superintendente de la real casa de moneda con grave peligro de su salud. Los carros y maderas arrastrados por las calles y las perjudiciales chicherías han arrancado las piedras de las calles dejando el piso desigual e incómodo, a lo que también ha contribuido la frecuencia con que se abren las cañerías y el poco discernimiento con que esto se ejecuta, causándole un considerable quebranto a los vecinos que gastaron su dinero en los empedrados, y a mí el dolor de haber introducido el desorden, detenido mi trabajo y aún perdidos muchos pesos que invertí en estas obras por el bien público. Por último concluyo manifestando a V. E. que la salud pública padece mucho con este abandono, pues respirándose un aire corrompido, no es posible dejar de contraerse muchas enfermedades..."[14].

Siguiendo con el análisis del ítem encontramos que, no bastando el ser basurero y alcantarilla, la calle se convierte en letrina; constituyéndose entonces, en términos sanitarios también, en el espacio de mayor multiplicidad de usos de la historia de la ciudad. Este hecho conllevó una seria respuesta normativa por parte de la autoridades coloniales:

" Se hará velar por medio de los ministros a diferentes horas del día y de la noche a las muchas personas de la plebe que con inclusión de muchas mujeres, y sin rubor alguno, acostumbran hacer las necesidades comunes en las mismas calles, por cuya razón no puede lograrse el aseo de ellas, tan importante aún para la salud, haciendo que las personas que fueren aprehendidas sean conducidas sobre el mismo hecho a la vergüenza pública en las rejas de esta Real Cárcel de Corte por el espacio de dos horas"[15].

Para el Siglo XVIII el incremento del volumen de basuras generado por la ciudad en crecimiento conllevó graves problemas sanitarios entre otros el aumento del número de animales en la calles santafereñas: "hasta tales extremos llegó la proliferación de animales en las calles santafereñas, que el Cabildo se vio obligado a crear un corral o coso para encerrar allí las bestias que fueran atrapadas en las vías públicas sin dueño conocido"[16].

Concluímos cómo el problema de higiene en las calles de Bogotá tiene su origen en este período, pero, como si se hubiera presentado el tránsito entre una ciudad medieval y una barroca, los problemas sanitarios más graves se afrontaron en el siglo XIX.

 

3.2.3. Del mercado.

El intercambio de bienes y su proyección en el espacio público está ligado a un acontecimiento específico en la ciudad colonial, el mercado. El mercado no tenía una proyección en toda la ciudad -caso parecido al de las ciudades europeas planificadas en la Edad Media-, como sucedía en las ciudades "occidentales" de España, el mercado se concentraba casi por completo en la plaza. En esta ciudad la costumbre es reforzada por la preexistencia del mercado muisca en un lugar concreto: La Plaza de las Yerbas. El mercado entonces polariza la actividad económica incrementando a su paso la actividad social en la calle, "el hecho de que la plaza de las yerbas (mercado) compitiera con la Plaza Mayor explica la activa circulación que tuvo desde el principio la vía que las enlazaba (Calle Real, luego cra. 7a. entre calles 10 y 16)"[17].

El día de mercado no era un día común y corriente, el mercado era una fiesta, se constituía en el espacio-tiempo de encuentro de la gente de toda la sabana, transformando (incluso sanitariamente)  la ciudad y sus calles no sólo a través del intercambio de bienes, sino también del juego, el azar, y la chicha con sus encuentros y desencuentros. De esta forma lo plasman los autores de la Historia de Bogotá: "Lógicamente, el día de mercado era el mejor para las chicherías, cuyas ventas se mutiplicaban hasta lo inverosímil. Al caer la tarde eran frecuentes las riñas y a menudo los visitantes organizaban carreras de caballos con apuestas en las principales calles. Cantidades ingentes de caballos y mulas hacían intransitables las calles con sus desechos. Un documento se queja de los peligros que se podían correr con tal cantidad de bestias en la calle. Golpeaban en la cara con su cola a los transeúntes, quienes corrían con "los riesgos de una coz o atropellamiento con otros impolíticos incómodos [detritus organicos]". Había restos de viandas y basuras por doquier"[18].

No obstante, el mercado tuvo como núcleo la plaza en el día dedicado a dicha actividad, la calle como parte del continuo espacio público tuvo su propia expresión económica representada en el ofrecimiento y venta de productos puerta a puerta, el arte circense y la mendicidad. "Los vendedores ambulantes llenaban las calles con sus voces anunciando pan, esteras, velas o carbón. La animación también era aprovechada por mendigos que, vestidos de nazarenos, incomodaban con sus peticiones. Los maromeros y saltimbanquis aglomeraban a la gente en las esquinas"[19].

Así pues, la calle se constituye desde hace varios siglos en el espacio para la distribución e intercambio de bienes y servicios, constituyéndose en lugar de trabajo, función que sigue cumpliendo en la actualidad y que ha crecido proporcionalmente al tamaño, número de población y el desarrollo económico de la ciudad.

 

3.2.4. De mendigos, prostitutas y demás des-poseídos.

Vivir "en" y "de" la calle es un hecho familiar para cualquier bogotano contemporáneo del siglo XX. Dormir bajo los pórticos de las iglesias y los aleros de las casas es -por decirlo de algún modo- toda una tradición en esta ciudad. La estructura de la sociedad desde la colonia dejaba a una parte de la población fuera del proceso productivo por discriminación racial, sexual o económica, o las tres juntas; esta situación se ve agravada por el avanzado proceso de migración rural-urbana el cual comenzaba en el siglo XVIII del que formaban parte los mestizos, quienes no se consideraban a sí mismos indios, pero no eran considerados blancos por los demás; entonces, para dejar de ser indios sometidos y llegar a ser blancos, los mestizos, en algún momento, debían rehusar al trabajo en el campo como era propio del blanco español. "En la segunda mitad del siglo XVIII la ciudad de Santafé, por razones de crecimiento, excesiva migración procedente del campo, empezó a enfrentar serios problemas de proliferación de vagos, maleantes, mendigos, prostitutas y toda guisa de desechos sociales. Para 1792 se calculaba que en Santafé había unos 500 pordioseros que entonces representaban entre el 2.5 y 3 % de la población de la urbe"[20]. Podemos observar como: "La preocupación con respecto a la mendicidad se mantuvo hasta el final de la colonia. En 1807 se celebra en Santafé una campaña cívica bastante amplia emprendida por el virrey Amar y Borbón. Todos los vecinos barrieron las calles los sábados, se extendió la iluminación nocturna y colectivamente contribuyeron a recoger todos los mendigos que aún quedaban en las vías públicas"[21].

La creación en el siglo XVIII de la institución del Hospicio fue uno de los métodos empleados por las autoridades coloniales junto al clero para afrontar el problema de la indigencia en la calle, nos es necesario recordar la antipatía y repulsión que la población blanca de la ciudad sentía hacia sus congéneres "menos favorecidos" económica y socialmente, lo cual conllevó la necesidad de una "limpieza" lograda a través del hospicio, "desapareciendo de las calles y plazas de esta capital aquel tropel de mendigos, verdaderos o fingidos, que incomodan al paso, que compadecen y quitándose de la vista del público el lastimoso objeto"[22].

Así, pues, las condiciones de la marginalidad en la calle se observan como un elemento prácticamente inherente al hecho urbano en la ciudad de la América española, entonces, no es de extrañar que el fenómeno haya crecido con la ciudad, y quien haya dicho que Bogotá fue alguna vez una ciudad "fácil" erró.

 

3.2.5. Del festejo.

Cuando Mumford se refiere a la imposibilidad de comprender la estética de la ciudad medieval a menos que se le considerase como arquitectura viva, está hablando de la acción en la cual el acto religioso resignifica la calle y sus fachadas, en el motivo y momento del encuentro, en el reconocimiento de sí mismo a través de otro en el espejo del desfile: la procesión. En la Santa Fe colonial no sólo es posible observar este hecho, pues la resignificación de la calle se hizo a través de la procesión o el desfile como ritual formal, sino que también la fiesta con el juego, el teatro y el circo, lograron concretar distintas expectativas frente a la conformación del espacio público.

La iglesia en la colonia con su poder exclusivo, como identificador y ordenador de la vida del individuo, genera en esta una serie de hitos a los que corresponden diferentes ritos. Así, desde las primeras comuniones hasta los entierros se suceden una serie de rituales, muchos de los cuales tenían una expresión formal en el espacio público: "Las primeras comuniones y las confirmaciones se hacían colectivas en Santafé en la iglesia del Sagrario con la bendición del arzobispo y el desfile de las principales niñas, lujosamente ataviadas con sus vestidos blancos, daba un toque especial a la plaza...para los entierros se hacía una procesión desde la casa del muerto hasta el cementerio"[23].

La celebración religiosa, como sabemos, no se reducía a los ritos del ciclo vital de las personas miembros de la comunidad; la Iglesia Católica también celebra sus fetiches, los "patronatos": celebración de los santos; los cuales generan desfiles donde hasta la música modificaba el sonido de la calle reconstruyendo el espacio acústicamente convocando al recogimiento del acto religioso: "El desfile variaba en ritos, estaciones, y rutas según la fiesta. En general, el desfile daba la vuelta a la Plaza Mayor y recorría la Calle Real haciendo paradas en los templos de los conventos hacia el norte...Algunas cofradías, conventos o personas piadosas financiaban "los pasos", que variaban según el lujo y mantenían un "patronato" sobre ellos, organizando a las personas que se encargaban de llevarlos...Desde 1755 se acostumbraba a llevar el órgano de la Iglesia de Santo Domingo; paseado en andas, salía a la calle en las procesiones para ambientar el silencio de las antorchas, de las velas y el recogimiento rítmico de la procesión"[24].

Las grandes fiestas y su expresión en el espacio público podían considerarse en tres etapas: la víspera donde "en la iluminación de la ciudad con velitas participaba toda la población. En la oscura Santafé, con la perspectiva de sus rectas calles, encaladas en blanco, este era un espectáculo magnífico y fantasmagórico"[25]. El día principal, con la procesión y el ritual puramente religioso: la misa, "se hacía el desfile de figuras y cuadros alegóricos con participación de la mayor cantidad de gentes. El desfile, casi invariablemente, tenía un curso definido: De norte a sur (o viceversa), atravesando la Calle Real"[26].

Por último encontramos la celebración pagana acompañante del rito religioso, allí se redefinían temporalmente las relaciones y comportamientos sociales con el desarrollo de la festividad, donde la calle reunía la lúdica, el azar, el circo, los sueños y las frustraciones: "Durante las fiestas muchas cosas eran permitidas. Se podía pedir limosna vestido de nazareno y en las calles había juegos de azar y atractivos especiales. Uno de ellos, muy apreciado en Santafé, eran los volantineros. Armaban tarima y allí realizaban toda clase de suertes. Otras veces armaban columpios o tendían una cuerda entre las torres y la pasaban ante la angustia de la población... No faltaban los toros en las celebraciones no religiosas. Durante toda la Colonia fue la diversión popular más apetecida y agradable. La pasión española por la tauromaquia mostraba diversas variaciones que se pueden encontrar en Santa Fe (como) las corridas de toros por las calles" [27].

Dentro de las principales celebraciones religiosas se encontraban la fiesta del San Juan, del Corpus, la Semana Santa y la Navidad.

Merecen mención aparte las fiestas del Corpus y de San Juan que presentaban ritos propios traducidos en actividades callejeras específicas: Las fiesta de San Juan "tenían lugar los días 23,24,25 de Junio. Acaso por que también se celebraba el San Pedro y como alusión al legendario gallo del episodio evangélico, se arraigó la costumbre de "correr" gallos por las calles,con el correspondiente estrépito, de ahí que a estas fiestas se les llamaran las chirreaderas"[28].

Por otra parte, las fiestas del Corpus nos muestran la celebración "mestiza", una hibridación entre la fiesta indígena, el rito católico y el carnaval europeo, donde se muestra la proyección social jerárquica del desfile pero donde elementos como la dramatización y la danza tienen escenario en la calle: "[en la fiesta del corpus] La participación indígena se hizo oficial; los indígenas se incluían en el desfile, pues significaba su integración a la fe católica, conmemorando una primera comunión colectiva de indígenas en los tiempos del arzobispo Fray Cristobal de Torres.

Esta participación permitió introducir dentro del desfile elementos que se podían llamar paganos al lado de escenas bíblicas. Animales, representación de fieras, mamarrachos, disfraces, animales mitológicos se combinaban perfectamente con pasos más ortodoxos.

En el desfile, que era uno de los centros de la celebración, participaban todos los estamentos sociales de la ciudad, cada cual, eso si, de acuerdo a su posición y preeminencia. No se escatimaban los gastos para la mejor preparación de los fetejos, actos, cuadros, dramatizaciones, y todo Santafé se veía envuelto desde varios días antes en una febril actividad" [29].

Tenemos que agregar a las fiestas de carácter religioso las fiestas paganas, las cuales aún siendo seculares se encontraban íntimamente ligadas a los ritos de la iglesia. Hubo entonces un espacio-tiempo socialmente aceptado para la celebración secular pagana y profana: las Carnestolendas; cuya descripción detallada ofrezco a continuación: 

"Su etimología (carnestolendas) connota "quitar la carne" puesto que a su finalización comienzan los ayunos y abstinencias de la cuaresma. Eran fiestas muy similares a las europeas, grandes mascaradas con profusión de danzas y disfraces. Aunque en Bogotá se perdió por completo esta tradición esta se conserva intacta en Barranquilla.

"Desde la esquina de El Cedro, dos cuadras arriba del Camarín del Carmen, está la Iglesia de la Peña,[donde] se convertía en aquella época cada tienda, zaguán, rancho, o casa en restaurante improvisado para servir a los innumerables concurrentes que iban a divertirse a las Carnestolendas".

Como en cualquier fiesta de este tipo, en donde se reunía el pueblo, las actividades normales se desbordaban y el orden público y la calma de la ciudad se veían alterados por las muchedumbres ruidosas, que no dejaban de producir riñas, ajustes de cuentas, infidelidades, y enamoramientos, que hacían decir a los Cronistas que ésta era la ocasión propicia para que aumentara la población.

Proliferaban también los juegos de azar(toldos de juegos),con o sin el correspondiente permiso del Cabildo. Entre éstos se destacan el Bis Bis, La Oca, La Lotería, La Batea, El Beloso y El Trompo.

En estas fiestas, a diferencia de las celebraciones civiles y de procedencia real u oficial, no estaban regidas por más preeminencias y protocolos que los de la diversión y el jolgorio permitían.

Las fiesta era también familiar: hombres, mujeres y niños pasaban la mayor parte de los tres días en la celebración. Se comía, se bailaba, se bebía, se jugaba, se amaba y se reñía con la mayor naturalidad.

La fiesta permitía el desenvolvimiento de expresiones que en el transcurso de lo cotidiano eran reprimidas"[30].

Estas fiestas, reconstructoras del espacio urbano, de la calle, se llevaron a cabo desde el siglo XVII hasta más allá de la mitad del siglo XIX. Como veremos más adelante, las transformaciones de la sociedad republicana y su ciudad construirán nuevas formas de representación ritual en las calles en detrimento de la fiesta.

La calle en el período colonial de Santa Fe recoge el desarrollo urbano, desde su forma primera como plan pre/concebido, hasta su consolidación como construcción social de hecho. Muchas de sus características, como los problemas de construcción, higiene y alumbrado público; así como la posibilidad de albergar la tertulia y el festejo; son condiciones que se desarrollarán de forma importante en el siglo XIX, y que como problemas superados o como elementos eliminados -por su inconveniencia para las nuevas clases dominantes-; nos legan una herencia importante, o por lo menos, un pasado para reflexionar.

 

 


     [1] Misión Colombia. Op.cit. p 81-84

     [2] Misión Colombia. Op.cit. p. 98-101

     [3] Ibid. Op.cit. p 98-101

     [4] Misión Colombia. Op.cit. p 98-101

     [5] Misión Colombia. Op.cit. p 98-101

     [6] Ibid. Op.cit. p. 98-101

     [7] Vargas, J. & Zambrano, F. 1988. Evolución histórica y servicios públicos. En: IFEA. 1988. Bogotá 450 años Retos y Realidades. Bogotá. p 68-69

     [8] Misión Colombia. Op.cit. p.81-84

     [9] Misión Colombia Op.cit p. 81-84

     [10]Vargas, J. & Zambrano, F. 1988. Op.cit. p 54-68

     [11] Ibid. Op.cit. p. 54-68

     [12]Misión colombia. Op.cit. p 81-84

     [13] Vargas, J. 1990. La Sociedad de Santa Fe Colonial. Cinep. Bogotá. p. 135.

     [14] Misión Colombia. Op.cit. p. 81-84.

     [15] Misión colombia Op.cit. p. 81-84

     [16] Ibid. Op.cit. p. 81-84

     [17] Misión Colombia. Op.cit. p.76

     [18] Misión Colombia. Op.cit. p. 142

     [19] Misión Colombia. Op.cit p. 142

     [20] Vargas, J. 1990. Op.cit. p. 222

     [21] Vargas, J. Op.cit. p. 294

     [22] Vargas, J. 1990. Op.cit. p. 222

     [23] Misión Colombia. Op.cit. p. 276-284

     [24] Ibid. Op.cit. p. 276-284

     [25] Ibid. Op.cit. p. 276-284

     [26] Ibid. Op.cit. p. 276-284

     [27] Ibid. Op.cit. p. 276-284

     [28] Misión Colombia. Op.cit. p. 283

     [29] Vargas, J. 1990. Op.cit. p. 318-319

     [30] Misión Colombia. Op.cit. p. 281.

 

Índice

Anterior

Siguiente