El espejo bogotano
Por: Claudia Mendoza
La ciudad se mira en el espejo de la caricatura y encuentra allí su evolución, sus personajes, sus tipos, sus vicios y virtudes apenas exagerados. La caricatura, manifestación humorística del pensamiento social, logra sintetizar en pocas líneas el espíritu crítico de una época, aun sus características más frívolas, dejando un registro de hechos y costumbres que documenta la historia de lo cotidiano y la de lo trascendente. La ciudad, sus habitantes, los problemas administrativos, los alcaldes, la ineficiencia en los servicios públicos, son vistos así con una mezcla de ironía y resignación: la risa de cachacos, filipichines y pepitos, se vuelca sobre Bogotá como un eco de las carcajadas de los conquistadores.
Es en crónicas de viajeros europeos del siglo pasado donde se deja por primera vez constancia de las manifestaciones de humor de los bogotanos: Augusto Le Moyne en 1834 reseña lo existencia de unas hojitas efímeras llamadas papeluchos" que se publican todos los domingos, con críticas al gobierno o polémicas personales escritas en tono serio o burlesco". Ha comenzado ya una tradición que se prolongará por más de un siglo, y que sienta sus bases en la mirada implacable que siempre descubre la paja en el ojo ajeno, y ocasionalmente la viga en el propio.
La risa bogotana cubre un amplio espectro dentro de las categorías del humor. Son sus víctimas las deficiencias en la administración municipal que critica y acusa de manera implacable, y el juego del gobierno que ve de cerca y ante el cual sonríe amargamente. Cada día surgen o se inventan nuevos blancos para la risa, y el mas importante después de la política, es el bogotano mismo. No hay mejor tema que el vecino con su rutina y excentricidades, aunque estas suelan ser idénticas a las propias. Así, la capacidad bogotana para el gracejo se ha desarrollado en la misma medida que su pretensión de ser diferente.
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102 ¡Qué comparsa tan chusca! ¿Van
para el festival de cultura popular?
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El altozano ha sido durante años el marco perfecto para el tipo bogotano: las torres de la catedral, flanqueadas por los cerros de Monserrate y Guadalupe, son el escenario por el cual desfila la ciudad ante sí misma en un espectáculo continuo. Momentos álgidos y episodios sublimes, ocasiones únicas y situaciones repetidas año tras año, seres inconfundibles y personajes casi prototípicos, apenas sí alcanzan a pasar por la plaza antes de convertirse en pretexto para la risa del "maquetas". Con los ojos brillantes, atento a cualquier comentario, dedicado con delicia a la búsqueda del juego de palabras, siempre listo para una justa de ingenio, el desocupado pasa las horas observándose en los paseantes, inventando sobre cada rostro y cada ademán una caricatura.
Al examinar los pocos ejemplos de caricaturas del siglo XIX estudiadas y difundidas, se podría pensar que en la base de este género en el país figuran únicamente las obras destinadas a la crítica política. En efecto, proliferaban las publicaciones de humor, muchas de ellas ilustradas con caricaturas, todas políticas. Uno de los conocidos artistas y periodistas del siglo pasado, Alberto Urdaneta, dejó en sus caricaturas el registro de los gobernantes del país, de sus ideas y de sus enfrentamientos; de la misma manera, los anónimos grabadores de publicaciones como "El Lábaro", "Don Quijote", o 'El Moscardón", buscaron con sus caricaturas editoriales atacar al enemigo político, algunas veces con más sevicia que ingenio. Pero con el cambio de siglo finalizan las guerras civiles y la politización es reemplazada por la economía. Ingresan al país grandes sumas provenientes de la indemnización por Panamá, del naciente comercio de petróleo y banano, y del floreciente mercado del café. La aparición de una clase comerciante sin tradición familiar de riquezas y posesión de tierras, propicia el surgimiento de revistas dedicadas al humor social: la burguesía necesita mirarse, disfruta cada posibilidad de conformarse como esquema, requiere de estereotipos que le permitan escalar sobre sus propias posiciones, y sobre todo sabe reírse de sí misma. Quienes son ahora mayoría entre los aficionados a las caricaturas, no temen al ridículo: sólo temen regresar a la pobreza. Ya no están exclusivamente interesados en la política: les importa más su propia imagen, y desde este momento cobra importancia la caricatura que retrata a los mismos lectores de la publicación.
Sin embargo, existen antecedentes de esta caricatura social. Desde las primeras décadas del siglo pasado, los pintores costumbristas procuran reflejar en sus obras la realidad de sus contemporáneos; dibujan con este espíritu los vestidos, las ocupaciones, los paisajes, las situaciones cotidianas de los pueblos y de las aún pequeñas ciudades. Entre ellos un acuarelista de mirada irónica, sin abandonar la intención realista, logra en sus retratos de personajes y costumbres una faceta que hasta entonces había sido ignorada: José María Domínguez Roche sabe ver lo ridículo, lo grotesco, lo artificioso, y lo dibuja con la inclemencia de un buen caricaturista.
Con una mirada similar a la de Domínguez Roche, en el altozano de la catedral son dibujadas las primeras representaciones explícitamente caricaturescas de los bogotanos: José María Espinosa, veterano de la independencia, entretiene la espera de la pensión de guerra retratando a sus contemporáneos.
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59. Distracción.
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El bogotano del siglo pasado encuentra de esta manera un nuevo recurso para reír de lo que es más suyo -la ciudad y su gente-, recurso al que seguirá acudiendo para burlarse de sus propios problemas, esgrimiendo cada caricatura como un arma de gran eficacia y perdurable efecto. La representación estereotipada de las carencias de la capital, de los prejuicios y vicios de sus habitantes, y la creación de una iconografía minuciosa de cada alcalde, son la mejor forma de ataque contra lo invencible; cada ciudadano hace con el chiste su propia versión de lo hechos, y escudado en una carcajada de pícara cofradía pone al descubierto lo que como individuo sería infructuoso atacar.
Día a día, en las hojas sueltas y en las páginas de los periódicos y revistas, se va conformando una historia de Bogotá que acopia los hechos con el único criterio del humor crítico. Todo lo reprobable puede ser sujeto de una caricatura: esta brinda igual atención a los sucesos que reseña la academia y a los temas cotidianos que cambian ligeramente a lo largo de los años, convirtiéndose casi en chistes de cajón. Alza de la leche, escasez de agua, racionamiento de energía, falta de transporte, deficiencias de higiene, se codean con denuncias a las roscas manzanillistas en la administración municipal, burlas y elogios a los alcaldes, manifestaciones de indignación ante masacres perpetradas en la capital, o comentario sobre eventos de importancia nacional que tienen su simbólico centro en la plaza de Bolívar. Alternando con las caricatura críticas sobre la ciudad, sus servicios públicos, sus lugares típicos, sus mandatarios se han hecho centenares de retratos humorísticos con los que se puede crear El álbum familiar del bogotano desde 1801 hasta nuestros días. En este álbum figurarían en lugar de honor los locos de la ciudad, desde la loca Benita y su pretendiente Vicente Montero, hasta el candidato presidencial Goyeneche, sin olvidar al bobo del tranvía, al artista colombiano, a célebre Mariaca, a Cuchuco y Pomponio por supuesto a la loca Margarita, y con ellos a los otros habitantes de las calles, desde el pelafustanillo, los maquetas, la beatas y el voceador de periódicos, hasta el gamín.
Resulta inevitable incluir también los grandes personajes de la vida social bogotana, sobre todo a principios de este siglo: los más tradicionales cachacos, que hicieron de sus vidas una escuela de corrección y amabilidad, de sus casas un altar de la patria y las buenas costumbres, y de su idioma un dialecto diplomático rico en expresiones de valor acerca del prójimo fueron a menudo -muchas veces por amistad personal con el artista- retratados en caricaturas en las que se adivinan su ingenio y agudeza, producto de largas sesiones de chispazos, ensaladillas, versos de doble sentido y comentarios punzantes.
Y a la cabeza del desfile de bogotanos ilustres y conocidos, prototipos personas reales, hombres y mujeres siempre a la moda del momento, capitalino por nacimiento, obligación o adopción sólo pueden estar los personajes que fueron concebidos como caricatura de todo los demás: Retabisca, de Pépe Gómez; Mojicón, de Adolfo Samper; Nepomuceno y Rodríguez, de Pepón; Copetín, de Ernesto Franco; Don Roque, de Al Donado.
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171. Rodríguez.
"Solución".
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Estos obras efímeras, creadas para un sólo día, dibujadas con la clara intención de divertir y educar gracias a la exageración, a la ironía, a la burla, en una casi siempre afortunada mezcla de arte y periodismo, vistas en conjunto demuestran que la caricatura, memoria del común, puede ser un provocativo y jugoso documento del pasado, y una creativa herramienta para la crítica del presente.
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316 Guía de Bogotá.
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