En ello se basa para afirmar que el arte no es un estado ni un formulismo. Es una manera de vivir, como los es el misticismo. Eso explica por qué no le interesan las imágenes de las cosas sino la identidad de esas cosas a través de sus estados. Su fin es lograr la unidad con la naturaleza, que es su espacio vital. Rojas es panteísta.
La idea de ese dios lo obsesiona desde la infancia. Tal vez por haber pensado tanto en la muerte. Porque a su debilidad física le agregó un pánico paralizante frente a las enfermedades.
Una infección en la cabeza suscitó un miedo contagioso a que pudiera deformarse. Ayudándose de un lado teatral (que no ha perdido), reforzó esas fobias como si quisiera singularizarse aún más.
Ese dios no podía ser el de su padre -era ateo- ni el de su madre, quien también lo era. Lo comprobó cuando, al borde de la muerte, le preguntó si necesitaba un sacerdote. "No he pecado", le respondió ella. Tenía unos 60 años.
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Tras ese dios se fue a los doce años y medio hasta el seminario de Tuta en Boyacá. Salió un lunes a las 8 de la mañana. Era su primera gran separación del hogar y a todo el mundo le pareció bien. Iba a hacerse santo y santo para siempre. Dejaba su casa situada en la calle principal, abajo de la iglesia y cerca del cementerio; una calle llena de polvo. Su casa, con cuartos para cada uno, era tan inmensa que por el solar pasaba el ferrocarril.
Se dijo que iba a extrañar los papayos, los saucos, el matorral de hojas de chirgua, los dos rieles y una roca enorme bajo la cual había construido un refugio con su hermano Fabio.
El era uno de sus raros referentes. Eran distintos. Su hermano era activo, salía al campo, montaba a caballo. . . El no. Se ocupaba leyendo solo o con su mamá. Lo hacía en su cuarto o en el baño. Allí pasaba horas sin que nadie lo molestara. Eran horas de verdadero beneplácito. También iba a extrañar a sus hermanas, a Julieta, A Rosemary y a Chabita.
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La roca del solar lo subyugaba pero menos que El Tablazo, una enorme peña, que lo protegía y lo dominaba. Siempre pensó que un día se abriría para devorarlo o para revelarle su secreto. Con los años se dio cuenta de que había una relación de causa y efecto entre esa piedra y la serie de cuadros que bautizó: " hay detrás de la pared?" Nadie escapa a su pasado.
A Vicente y a Efraín, los cuidanderos que le había puesto su padre, también los iba a rememorar. Y, por supuesto, a Mercedes, la sirvienta. Echaría de menos sus historias de dolor y de magia. No sabía si eran ciertas, pero eran de una rara fantasía. Oírlas en la cocina o en el cuarto, con luz de velas o lámparas de petróleo, era una lección que, hoy cuando la repasa, no puede evitar comparar con su mejor experiencia cinematográfica.
Aquel lunes llegó a las 7 de la noche. Tuta le pareció desértica, sola, miserable. Poca cosa para tan bello nombre. El seminario estaba bastante separado de la estación. Caminó con la maleta al hombro como si se tratara de su primera penitencia.
No es raro que un sitio tan austero conserve tan pocas imágenes: la hilera de camas en esos cuartos enormes, las tareas compartidas (barrer, cocinar...), los maitines y las vísperas y su violenta sed de mística. Claro que la comunión tan ansiada se hizo esperar.
Con los días de percató de que, como su madre, no había pecado. "¿Qué es eso?, le preguntó al confesor. Este le explicó. "En aquel momento aprendí a pecar. Física pero no mentalmente."
De ese seminario pasó a otro, a nueve cuadras de su casa en Albán, muy cerca de donde había cursado sus primeros años de primaria. Supo entonces cómo su familia consciente de que la escuela pública era sucia, les había regalado una casa a las monjas terciarias para inaugurar el colegio donde había estudiado.
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Hasta ese momento no había tenido contacto con otros niños. La idea no lo convenció y se dedicó a jugar, como en el solar de su casa, con musgo y flores bajo la gigantesca palma de cera que había en el patio. Recordó que sor Sara María quería mucho a su hermano y sor Matilde a él. Sí, llegó a la conclusión de que habían sido años felices durante los cuales fueron tratados excelentemente. Hoy él supone que había una razón: su padre se portaba económicamente muy bien con las monjitas.
En el seminario tuvo buena acogida. Geografía, historia, latín, griego, francés... Todo ello lo asumió. Pero le hacían falta las manifestaciones extraordinarias y místicas, tal y como las había imaginado. Dudó. Y esa incertidumbre lo mareó. Preguntó y las explicaciones no lo motivaron. Repitió la experiencia y obtuvo el mismo resultado. Dos meses después tomo una decisión: irse para nunca regresar. "Si sigo en eso hoy sería un chamán impresionante porque mi deseo de perfección era absoluto".
A Facatativá, adonde tenía que ir para proseguir sus estudios en el colegio Emilio Cifuentes, ya lo conocía. Ahí había nacido y vivía su abuela. Además, los viajes que hizo con su padre en tren le habían parecido inolvidables. ¿Cómo decir esa sabana sin límites con tierras negras y generosas que se abre al llegar a La Tribuna, un alto que él sólo atinó a comparar con una garganta gigantesca? ¿Cómo decir la belleza de sus fincas y la pasmosa quietud de sus gentes aglutinadas, en ese entonces, alrededor de una calle, la Segunda, que sigue atravesando esa ciudad?
De Facatativá también venían las paletas que su padre se obstinaba en llevarles guarecidas en una caja llena de aserrín y de hielo. Ningún padre hacía eso por sus hijos en ese sitio, donde ni siquiera se oía hablar de un producto tan exótico.
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La verdad, él pensaba que su padre no lo quería tanto como su madre. Pero era fabuloso ese padre. Una mezcla de liberal radical y humanista como él no ha vuelto a encontrar. Todavía se emociona contando cómo se instalaba a la entrada del pueblo y hacía que los campesinos se lavaran con creolina los pies poblados de niguas y otros bichos. Ese alivio nadie lo olvidaba.
Su padre iba siempre a caballo y se acompañaba de una vitrola que ponía a funcionar inmediatamente llegaba a un sitio. Amaba sobremanera la música y era un hombre fuera de lo común. Rojas siempre recuerda una anécdota: una vez compró un automóvil y lo llevó hasta Albán trepado en un carro de yunta pues no había ni carretera. Ni calles en buen estado. El hizo adecuar algunas para que sus hijos, sus amigos y sus vecinos vivieran esa experiencia. Herzog o Buñuel no hubieran desdeñado ese espectáculo.
En Facatativá, donde estudió interno y sin que se explique muy bien por qué, se le alborotó el lado artístico. Se le volvió una obsesión conocer a los "maestros" de la época. Pintar era una actividad que él conocía desde la infancia. En su casa había rayado papel hasta con el lápiz de las cejas de doña Elisa. Y con un deleite, mal disimulado, había comprobado que esa pasión satisfacía a sus padres: un retrato del padre Ruiz se lo habían enmarcado y colgado en la casa cural.
Ser buen alumno, como efectivamente lo era, y ser buen atleta, cualidad que se había descubierto recientemente, no menguaban para nada la procesión que iba por dentro. En ese internado, repasó su película. El acercamiento a la pubertad estaba marcado por una profunda espiritualidad. La soledad en la que se había movido ahora sí lo mortificaba: comprobó que no había logrado tejer puentes ni siquiera con su hermano Fabio, dos años mayor que él.
En el colegio, situado al lado de la estación del tren, supo que lo prohibido era interesante. El miedo lo torturó. Ya no eran los terrores que a veces experimentó oyendo las historias de Mercedes. Sentía "angustia, inquietud agónica, pánico de los dioses". De hecho, en esa intranquilidad se instaló desde que abandonó el seminario. En Facatativá tuvo las tentaciones de
San Antonio y sus actos estuvieron acompañados de un dolor íntimo al tratar de ser y encontrar su verdadera identidad. "Hasta los 30 años luché por aceptarme como era". Lo logró.
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A Bogotá llegó cuatro años después. Al colegio Virrey Solís, que seguía siendo de los franciscanos. En ese momento sintió la necesidad de ser artista. Pensaba en 'artista' porque era la palabra que todo el mundo utilizaba. En su cabeza quería dedicarse a la belleza por considerarla la puerta del paraíso perdido. "Ignoraba que la estética -que nada tiene que ver con lo bonito también duele porque es el equilibrio máximo entre extremos".
En Bogotá pintó más y empezó a vender en la puerta de la iglesia de La Porciúncula las copias de toreros sacados de cajas de fósforos y unos paisajes de tipo colombiano. Los clavaba sobre tablas de un gusto espantoso y los vendía. De esa época datan sus primeros dibujos.
Un sacerdote de apellido Olivares le encargó algunos animales para un libro de aves de Colombia. Las copió del natural en el Museo de Ciencia Natural de la Universidad Nacional. Ese sacerdote lo metió en la idea del arte como ciencia y con él se dio cuenta de que para pintar hay que pensar. También a ese sacerdote le debe la publicación de su primer dibujo. Salió en un revista al lado de otro de un dibujante importante; "creo que se llamaba Varela". Cuando lo vio supo que su destino era pintar, ser artista.
De alguna manera puso así fin a su deseo repentino de ser abogado. Era un sustituto, apenas velado, de su fracaso en el seminario. Una forma de decirse que como no iba a ser pastor de almas, se aferraría a las leyes para defender a la gente modesta.
Ser artista no significaba mucho en ese momento. De eso no se vivía. Se inscribió en la Universidad Javeriana en la Facultad de Arquitectura, arte al que vislumbraba como total: belleza, estructura, funcionalidad. Y como la pintura lo seguía rondando, se matriculó en los cursos de noche de la Academia de Bellas Artes. No terminó ninguna.
A la arquitectura la abandonó en cuarto año por considerar que no era su camino. En Bellas Artes rechazó el que los estudiantes se limitaran a copiar. "Sin embargo, allí aprendí a ser profesional. Desde el comienzo invité a Gil Tovar y a Casimiro Eiger a que vieran mi trabajo. Siempre confié mucho en ellos". En Tovar admiró su erudición: sus clases eran profundas. En Casimiro sus conferencias: era un hombre sensible e inquieto.
En el claustro de Santa Clara había más profesores importantes. Un Gómez Jaramillo. Pero Rojas descubrió que no tenía afinidad con las escuelas. Se sintió encasillado, bloqueado.
Sin diploma pero con un ansia creciente de ser artista, hizo lo que podía en ese momento: pintar, ir a las exposiciones que se realizaban en la Biblioteca Nacional y la Librería Central y frecuentar los círculos intelectuales. Así se puso en contacto con jóvenes que escribían y hablaban sobre todo de literatura española y latinoamericana. Ellos lo incitaron a leer.
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Rojas recuerda como gente estupenda, culta que hablaba mucho y producía poco. "Se pusieron felices cuando supieron que iba a hacer mi primera exposición a los 20 años. Para mí fue un éxito porque gracias a ella saqué fuerzas para dejar la Universidad y conseguí una beca para ir a estudiar a Italia".
Los fines de semana siguió yendo a Albán. A descansar, reflexionar y observar el horizonte, las neblinas, los surcos, los campos dorados.







