Es una situación que ha vivido muchas veces. Todavía recuerda el día que descubrió dos cuadros de Figueroa -las cabezas de San Pablo y de San Juan- en un anticuario bogotano. Con qué júbilo secreto -para no dar pistas al dueño- celebró el acontecimiento. Y cuánta angustia lo invadió hasta que pudo conseguir el poco dinero que pedían. Andaba entonces muy mal de plata pero ya tenía muy buen ojo.

La pasión por los objetos Rojas la cultiva desde hace más de 40 años. De niño miraba las vitrinas y, en sus horas libres, frecuentaba la sala de antigüedades del señor Cancino en Bogotá. De tanto ir, él le puso cuidado, le dio explicaciones, lo ayudó a mirar.

Esa labor la continuaron Mary y María, hijas del señor Cancino, después que éste murió. En un principio, se interesó por todo. Por aquella época muy pocas personas coleccionaban cosas viejas; la moda era más bien deshacerse de ellas.

Los precolombinos sólo gozaban de reconocimiento entre los científicos extranjeros. Ese barro cocido, esos colores, esos dibujos, esas formas... "La pasión por el arte precolombino empezó a raíz de la necesidad de sentir una identidad con lo que me rodeaba" ¿Tan claro a los 17 años? Estimados Kant y Descartes, la duda metódica…

Ahora agrega otra explicación: su interés por el barro nació en los muros de tapia pisada que veía en los pueblos de Cundinamarca y Boyacá y en Facatativá, alrededor de los cementerios masón y católico. A este último entraba, siendo niño, a jugar apaches sobre las tumbas.

Precolombinos volvió a ver en Bogotá en el anticuario de un señor Jaramillo que quedaba en la carrera octava con calle 17. Y en el almacén El Mensajero, en la carrera séptima entre calles 12 y 13. Ahí la visión fue más integral: a su lado había libros, cuadros, esculturas. . . Fue su primer acercamiento al Arte. Empezó comprando husos y botones. Eran cosas muy pequeñas; nunca las que deseaba.

 

 

Salvo un par de urnas funerarias y unas ánforas, sigue coleccionando piezas discretas por su tamaño. "Un objeto demasiado grande, posiblemente me absorbería demasiado cerebro". Tiene cerámicas de todas las culturas en el piso superior de la estantería que bordea la bella chimenea, que ahora poco prende ¡Qué revoltijo! Ninguna mide más de 30 centímetros. Tiene vasijas ceremoniales, platos, vasos, copas, ollas, alcarrazas, cántaros, máscaras, figuras antropomorfas y urnas funerarias de todo tipo.

Sobre una mesa pequeña tiene también la cabeza, en cerámica de un guerrero mexicano que le regaló el escritor Carlos Pellicer, y sobre la del centro, en una caja de vidrio, la cabeza auténtica de un guerrero de Tierradentro, obsequio del antropólogo Alvaro Chávez,

La primera pieza que lo impresionó fue una olla de base tetrápode de Tierradentro. "Me pareció una forma violenta agresiva por lo levantada del espacio. Era casi una esfera flotante". Pero al meterse de cabeza en ese mundo, lo sedujo la cultura Tairona por su pulimento y la perfección de su concepto geométrico. "Prima la proporción, el manejo del material y la pureza de sus formas sobre cualquier otra cultura de América. Considero que son objetos de índole religiosa y no utilitaria".

Y por ahí hace una revelación un tanto sorprendente: "Creo que todas las estructuras que configuran mi trabajo se cifran en las estructuras aprendidas o dadas por el arte precolombino a través de la estatutaria de San Agustín y de la cerámica Tairona".

Aunque es menos contundente, reconoce igualmente una fuerte inclinación por la cultura Chibcha. Tiene una pieza de madera de apenas 15 centímetros de alto que asombra por su masividad y su textura, y un cuello de lo que debió de ser un recipiente con un diseño gráfico (una rana doble) de una rara belleza.

Lo colonial, en el cual su interés fue muy paralelo a lo precolombino, incidió en su vida y en su obra de la misma manera. Su obsesión era comprar pintura y escultura colonial. Santos. "La religiosidad del hombre se volcó en el rictus de amor o de dolor de un santo".

Primera reiteración: como no tenía dinero, empezó comprando tapas de frascos viejos de farmacia. "Eran como diamantes enormes de mil facetas". Sus aspiraciones lo hacían mirar, obviamente, del lado de Gregorio Vázquez de Arce y Ceballos, Pedro Lavoria, Figueroa. . Con nostalgia cuenta cómo le dolió no haber podido comprar un cuadro de Vázquez (Adán y Eva saliendo del paraíso) que terminó, con otros once del mismo artista, en una colección privada. (El mismo Rojas puede contar otro día que poseer las cosas no tiene mayor significado mientras se las puede gozar espiritualmente. "Es ahí donde uno es dueño y señor de la naturaleza". ¿A cuál creerle? Sin duda a los dos, aun sabiendo que no es géminis sino aries).

 

 

Colonial significa América toda. Y quien conjuga a América como verbo -como lo propuso Roberto Matta- debe incluir la destrucción de las culturas precolombinas y su sincretismo con otras. Rojas pensó que los objetos debían reflejar dichas mutaciones y se propuso descubrir la estética de esos desplazamientos.

No puede sentirse decepcionado. Tiene una buena cantidad de cuadros y objetos que le permiten, además de regodearse, seguir de cerca la historia de estos países. La serie "Monjas muertas" es, sin duda, un hito de esa época. "Esas monjas se nos aparecieron a los artistas antes que a los humanos". Con qué alegría fueron recibidas entre la gente acostumbrada a encontrarse en los anticuarios. "Rafael Puyana no podía creer que eso fuera posible".

Rojas alcanzó a tener tres cuadros de aquellos, que luego cambió por uno, magnífico, de Santa Inés. Ese cuadro es uno de los que mejor expone en su sala principal. Al lado tiene dos esculturas de Santa Bárbara, en actitudes diferentes, un San Francisco del Siglo XVI, un San Benito que presume mexicano, dos santas mártires, un retrato de Martínez Campañón que él estima excepcional. "Fue el primer arzobispo y el primer gobernador español que miró la creación de los pueblos de América como un hecho histórico".

 

 

Tiene también un cuadro de una Dolorosa que disuena pues es el único un poco sangriento. Cristiano pero no masoquista. Es para evitar esas imágenes tan típicas de la Iglesia Católica por lo que sólo conserva un Cristo antiguo. Tuvo otros. Pero los compraba y los vendía.

De hecho, esta es una de las características secretas de Rojas. Que explica, de paso, por qué posee un buen porcentaje de su obra: como no vendía (pocos han aceptado sus cuadros y escultura) y como su salario de docente era tan poco (eso no ha cambiado), tuvo que ayudarse, económicamente, negociando con arte colonial. En momentos difíciles salía de las obras.

Los dueños de los anticuarios le hacían rebajas porque él les procuraba nuevos clientes. "Les ayudaba más de lo que ellos me vendían, y al lado mío fue mucho lo que aprendieron, lo acepten o no. Pienso que todavía ellos consideran que tengo la colección más personal que existe en Colombia".

De los siglos posteriores lo atraen las barandas, las celosías, las tablas perforadas. "La República es una alacena, un balcón". Pero ni la pintura ni la escultura. "Hay cosas que tienen su medida. Un Borrero, un Cano y un Zamora hacen parte de un proceso que nunca será igual al impresionismo. Tal vez conducen a una expresión, a una identidad, pero en la manera, no en la esencia.

Todavía, sin embargo, tiene cuadros de esa época. No olvida que cuando empezó a comprarlos, a nadie le interesaban. Ahora tenerlos está de moda. "Se volvió una manera, no una identidad, y por eso me da miedo de que me confundan". Rojas llegó a tener hasta veinte Zamoras.

Sus jarrones, vasos y figuras art-deco y art-nouveau se integran perfectamente al concepto de diseño que tanto ha estudiado en todas las culturas. Con un nuevo ingrediente: esos objetos son producto de la máquina y, por ello, más ligados a la mente que en la actitud manual. Shoji Hamada y Bernard Leach están en su colección de ceramistas que han marcado este siglo.

Rojas viaja a través de los objetos con la convicción de que también en ellos encuentra ideas, logros y accidentes que les sirven de soporte a sus imágenes más íntimas.

 

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