Al estudio sube a horas diferentes, según las necesidades y el deseo que siente de 'fisicarlas'. Cualquiera de sus días comienza muy temprano, con lectura de periódicos y ración de compact disc. La música siempre ha sido una de sus pasiones, pero se le disparó en 1990 cuando compró un pequeño aparato de disco láser.

Su vida cambió. Su adhesión a los CD es absoluta y de muchas horas diarias. El engolosinamiento es de tal magnitud que en su cuarto ya son dos los armarios copados de discos. El problema es mayúsculo para sus amigos. Llevarle un disco es exponerse a oírlo decir -con la franqueza que lo caracteriza- que lo tiene en tres o más versiones.

Tiene voces, muchas voces. Su admiración por los tenores, contratenores, tenorinos. . . no tiene límite. Lo mismo le ocurre con el canto gregoriano y las músicas que él llama primitivas. Tiene discos de los sitios más recónditos y menos evidentes.

A los clásicos, los oye todos. Poco le interesa, en cambio, la música sinfónica. De rock algo sabe, aunque no lo sigue con asiduidad. En realidad, le interesa toda la música: la minimalista y la 'nueva era', los boleros y los tangos, las rancheras y los joropos, la contemporánea. . . No lo confiesa ante su repertorio de más de mil discos, pero sí al pasar por cualquier pueblo alguno de esos que visita con amigos los fines de semana. "La música es un apoyo ante la materia". Pero puede trabajar sin ella o, más exactamente, con las 'notas' que le lleguen de la calle atestada siempre de estudiantes.

Su desayuno se limita a una tostada y una taza de café con crema de leche en polvo. Después deja un espacio para el imprevisto, para el accidente. Detesta programarse pero se otorga una excepción diaria: subir al estudio. "Doy una vuelta, analizo, pienso mal de los amigos y bien de los deudores, y si estoy en vena para trabajar, arranco". Estar en vena para trabajar: lo dice fácilmente. Lo explica con giros que hacen pensar que es partidario de la fórmula ¿para qué ser concreto cuando se puede ser etéreo? Es su obra teatral: se pone serio, mira con insistencia, hace grandes gestos con las manos y suelta el discurso. Reitera el libreto cada vez que se le plantea la pregunta.

 

 

Insiste en una "actitud metafísica (una expresión que le encanta) y hasta surrealista". Habla de "creación incoherente", de "afinidad inexplicable entre una necesidad espiritual y esos materiales que esperan", de una "disposición más de destrucción que de construcción", de "materiales que un buen día me llaman", de esa posibilidad de ser "medio físico" para que una idea que ni siquiera ha llegado a mi cabeza se apoye sobre los materiales que voy cogiendo automáticamente.

Son frases que identifican más su pensamiento que su modus operando en el taller. Su trabajo muestra que tiene una relación muy física con sus obras. En todas interviene personalmente. "En esos gestos quedan las huellas de lo que uno es. Creo que el hombre se prolonga en sus objetos, en sus obras, en sus bienes".

Cuando empieza una obra no para hasta concluir lo que él llama "la actitud", que es - interpretándolo- una idea definida en sus formas esenciales. Dirá que no es eso. Esperar para ejecutarla sería tolerar que el tiempo cambie el proceso, la intención. Por ello afirma que la creación se hace en un segundo. Es más la traducción de un momento interior que una manera que muchos relamen ante la materia o ante el caballete. Mirado desde ese lado, el Rojas de estos últimos años sí tiene espíritu surrealista (escritura automática) o expresionista (gesto irrepetible).

Ejecutar rápidamente las ideas le evita vivir todo el día y todos los días en mal de creación. Su oficio no lo ritualiza. Si decide trabajar y hay alguien en el taller, no se altera ni le pide partir. Con la mayor naturalidad del mundo sigue charlando mientras remueve materiales. Lo que aparece ante uno como labor de simple aseo u orden es, de hecho, el nacimiento de otra obra.

Esa versatilidad no ha sido siempre bien entendida. La misma Marta Traba lo criticó públicamente por no tener un estilo que permitiera seguirlo. "Es posible que Marta tenga razón. Gracias, soy así: mutable, finito, impredecible. Son adjetivos que me enriquecen y ninguno me empeora. El arte no es una manera y hasta ahora los artistas que conozco son terriblemente amanerados. Todos tratan de tener, a la fuerza, un estilo porque no han entendido que el estilo son ellos. La unidad de la obra no está en un gesto".

¿Rojas, mutable? No en sus opciones esenciales. Lo sabe y lo pregona. ¿Entonces? Le fascina provocar, conmover, hacer pensar, inquietar. Y, últimamente se ha esmerado haciéndole odas - con basura y objetos reciclados- a lo que la gente clásica llama "mal gusto". Los está produciendo a sabiendas de que esos cuadros ni 'gustan' ni se venden.

A esa visión agrega un discurso de circunstancia que agrava su caso: que esos cuadros reflejan el drama de "los desechables", término macabro que señala a los miserables que está produciendo la sociedad colombiana.

¿Artista comprometido? Ciertamente esos problemas sociales mortifican al ciudadano Carlos Rojas. Su explicación está fabricada, sin embargo, para aquellos que le siguen preguntando por el tema y su dimensión social. Hay cosas que, para no herir, no explica. Se guía por el sentido común con el propósito de no repetir que el tema lo dejó de preocupar desde que se dedicó a la "Ingeniería de la visión".

En realidad, en las obras tampoco ha podido (nunca podrá) dejar de ser refinado. Lo es tanto como en la "Ingeniería de la visión", que es, tal vez, la serie más culta, más conceptual, más estetizante que ha hecho. "Era la presencia de la inteligencia en un momento en el que uno descubría la genialidad de Einstein". Durante los tres años que duró haciéndola se sintió absolutamente identificado con el orden, la rectitud y el bien. "Todo era perfecto: el color, la postura, el método, el material y la gente que compraba esos cuadros".

Es el único recuerdo de lo que podría ser un taller aséptico: dos tarros de pintura, uno negro y otro blanco; dos pinceles, uno negro y otro blanco; una regla con dos filos, uno negro y otro blanco; un mundo construido en dos bloques, uno negro, otro blanco. "Fue un momento de limpieza espiritual; el fin para mí, de la Bauhaus".

Que ese mundo se haya 'ensuciado' con materias, desechos, cenizas, arenas, colores ocres, verdes, rojos, grises. . . y que así haya vuelto a un barroquismo agresivo y violento, no lo preocupa. Porque barroquismo y lujuria son, en su caso sinónimos.

No se pregunta si lo que hace es arte (pero disfruta sembrando la duda). No le importa lo que dicen los críticos (siempre escriben bien de su obra) ni lo que piensan los galeristas (siempre lo exponen).

Algo que sí lo estimula es pensar que hace parte de la gente atraída por el arte de vivir. Obviamente, está lejos de ser un sibarita, pero la vida la quiere a borbotones. Cuando repasa su itinerario sólo acierta a decir que todo le ha costado mucho y que vivir no es fácil. "En esa dificultad es donde radica la belleza y el esplendor de las cosas. No son milagros que se le aparecen a uno".

No es una simple profesión de fe. Es su filosofía profunda y el formato con el que mide a las personas que se le acercan. "Cuando veo gente que no ha sacrificado nada para ser algo, me lleno de ira".

¿Y si ahí radicara el secreto de la soberbia que muchos le achacan? No oculta, en todo caso, su desprecio por las personas que no usan su inteligencia y que se ciñen a lo que para él son códigos vacuos. Y esas cosas las dice a quien sea y sin la urbanidad de Carreño en la mano.

Su mal genio es conocido y sus clases, bien apetecidas, eran temidas por sus estudiantes en la universidad, Si se le recuerda esa fama, desvía su problema: "Me deben estar confundiendo con Bernardo Salcedo, quien también dictaba clases conmigo".

Es soberbio porque es humano. Y franco tanto como apasionado. No hay discusión que no entable con una seriedad kantiana o cartesiana. Se le atropellan las ideas y, a veces, las lanza untadas de saliva. Es la característica menos intencional que posee.

En algunas conversaciones usa la misma técnica que los jugadores de cartas: cañar Levanta la voz, gesticula, finge ponerse bravo, dice cosas inexactas. . . Es el juego que le hace a cada rato a Leticia, su empleada, a Toño su ayudante, a Luis Fonseca y a su hijo, Fernando.

Fonseca es su eterno amigo. Un hombre fuerte y tranquilo que lo acompaña desde hace decenas de años (7.030, dice Rojas). Luis es pragmático, le encanta manejar (Rojas nunca lo ha hecho) y se ocupa de la organización de la vida cotidiana. Hasta mediados de 1992 pintaba bodegones y naturalezas muertas, pero prefirió parar y dedicarse a ayudar al "maestro" en el taller.

Fonseca, Fernando y su hijo Fabián son su familia más próxima y cotidiana. "Son seres fundamentales para mí. Fonseca me ha acompañado sin ningún interés por fuera del hecho de vivir, de compartir, de amar la vida. Hay cosas que la gente piensa, que no son verdad y que, de pronto, sería estupendo que lo fueran. El, Fernando y Fabián no son accidentes fortuitos en mi vida".

Tampoco lo es su manera de organizar sus días y de concebir su estudio. Todos han sido iguales: un depósito donde pone en escena lo que ya fabricó en el cerebro. "A él no voy a seleccionar una dicción. Cuando digo 'subo a hacer un cuadro', éste está hecho".

 

Comentarios (0) | Comente | Comparta