Tal vez, sin embargo, sea mejor buscar un orden distinto del muy aleatorio de la calidad de las obras. ¿Un orden cronológico?. Pero el arte del siglo XX es una mezcolanza caótica y contradictoria de cien escuelas y maneras y mil individualidades que se entrecruzan, o avanzan de forma paralela en lo cronológico pero a la vez se ignoran, o se combaten; y muchas de ellas están representadas en la colección Botero. Predomina lo figurativo, aunque hay un par de abstractos y en lo figurativo, viene de todo: realistas, surrealistas, hiperrealistas, cubistas, informalistas. Artistas de todos los orígenes: mucho francés, y mucho afrancesado españoles de París, norte y suramericanos de París, pero también italianos, holandeses de Nueva York, norteamericanos de Londres. El arte del siglo XX está hecho de un gran desorden; y, como consecuencia, este comentario irá forzosamente también en desorden.

Se parecerá en eso, supongo, a la colección misma de Botero, que es arbitraria, caprichosa, subjetiva. No es que dos arbitrariedades, la del coleccionista y la del comentarista, se complementen; pero creo que tampoco se rechazan. Y ninguna de las dos aspira a una función didáctica, sino que sólo quieren, ambas, transmitir el placer del arte.

Y que el lector no espere rigor académico. Lo que viene a continuación es pura crítica impresionista, en el sentido más fácil de la palabra crítica y de la palabra impresionista: son las impresiones personales y rápidas de un visitante de la exposición. Un visitante que, además, ignora cuál será el orden que escojan para colgarla los curadores de su sede definitiva en la Biblioteca Luis Ángel Arango. Esto, pues, no es más que un paseo sin rumbo fijo por entre las obras de la colección Botero, con idas y venidas, saltos y vueltas atrás, y sin duda, momentos de distracción y de fatiga. La distracción y la fatiga cuentan mucho en los asuntos del arte. Y otra advertencia: No es un paseo para un solo día (por eso mismo). Hablé en primer lugar de un Baño de Pierre Bonnardque en realidad (distracción) es un Desnudo con silla, de finesde los años treinta. El paseante lo ve de lejos y se encamina hacia allá, como chupado por la luz que desprende. Es un magnífico cuadro: tanto, que parece mucho más grande de que es (un metro por metro y pico). No es de extrañar que el pintor quisiera conservarlo en su estudio hasta su muerte, de donde habría de sacarlo finalmente su viuda, hastiada de sí misma: todos los retratos de Bonnard, por no decir que todos los cuadros de Bonnard, son retratos de su mujer. En éste, lo voluntariamente rudimentario del dibujo y la simplificación d la perspectiva dejan estallar libremente la insolencia luminosa del color, como volatilizado en el aire. El equilibrio, la simplicidad de lo natural. Y la luz: no es fácil retratar la luz. Más allá, poderosa, monumental, hay una Maternidad de Max Beckmann, del año 36. Imponente, pero sin tensión impostada, sin esfuerzo: natural también. Violenta, brusca, aunque entonada en ocres y sienas que amortiguan su ferocidad. Y de nuevo, también el equilibrio, inesperadamente matissiano; en la contención, en la medida, y hasta en la sutil audacia colorista y decorativa de unascruces naranjas sobre fondo amarillo.

El dibujo

Habría que ir a mirar algún Matisse, ese Henri Matisse que liga subterráneamente a dos pintores tan distintos como el suave y cálido Bonnard y el frío y áspero Beckmann. Infortunadamente, en la colección Botero no hay más que un Matisse, y es un dibujo. Pluma sobre papel, de 1944.

Una Mujer con un lazo en la cabeza, como envuelta para regalo. Es la comprensión verdadera del dibujo, que no está sólo en la precisión alada del trazo, sino en el resultado: el dibujo es un medio para un fin, pero ese fin es el dibujo mismo. Y lo que dice no se puede decir de otra manera; ni al óleo ni en mármol; ni con otro lenguaje: con la prosa, digamos, o la danza. El dibujo sólo puede ser dibujo.

Pierre Bonar
Fontenay-aux-Rose, 1867 - Le Cannet, 1947
Desnudo con silla 1935 - 1938
Óleo sobre lienzo 127 x 97

Otro tanto puede verse en otros ejemplos de la colección. En uno pequeño de Pablo Picasso, por ejemplo: Mujer reclinada (1972), en tinta que parece lápiz. La libertad olímpica de la línea única y continua que encuentra sin dificultad ninguna su objetivo previsto, que es ella misma. Es el Picasso sonámbulo ya la vez desentendido: si sale, sale, y si no, pues no. En este caso como casi siempre en Picasso sale: estaba ahí. Es famosa la declaración de Picasso: "Yo no busco: encuentro". Y también sale cuando la obra está más trabajada y es en apariencia más trabajosa: Mujer con sombrero (1943), en tinta y acuarela, con pluma y pincel, y trazando distraídas cuadrículas con la una y con el otro, como los niños que van rellenando sus dibujos por horror al vacío; o, mejor, como los ceramistas arábigo-andaluces. Valdría la pena que alguien aunque sin duda ya se ha hecho, pues con respecto a Picasso todo se ha hecho-estudiara el Picasso árabe de los arabescos. Encontraría también, sin necesidad de salir de esta colección, un cuadrito al óleo que... Pero no: sigamos con esto del dibujo, que en la muestra de Botero da para mucho; porque aunque sólo hay media docena de ejemplares, están sabiamente escogidos por el coleccionista.

Pablo picasso
Malaga 1881 - Mougins 1973
Mujer con sombrero 1943
Tinta china y acuarela sobre papel 54 x 53 cm

Así, hay un carboncillo de Edgar Degas de 1902, Mujer en el baño, rematado al pastel y tratado con los dedos, que a pesar de su rapidez descuidada de ejecución confina con la densidad de la escultura. Un dibujo escultórico. Pero no "de escultor" porque se trate de un boceto para una escultura, ni mucho menos de un estudio de academia que represente una escultura; sino concebido a partir del volumen, y no de la línea. (Más adelante veremos lo contrario en una pluma de Klimt, decorativa y plana). Y hay dos dibujos de Balthus, de concepción casi opuesta uno del otro. Un pequeño estudio utilitario para la famosa Lección guitarra del año 34: las piernas y la pelvis de una niña, más que desnuda, desnudada, con un apunte de drapeado renacentista. Y una grande y autosuficiente, Muchacha, de los años 60, también renacentista, pero con un tratamiento rembrandtiano de las luces y las sombras. La persistencia de lo clásico, en una atmósfera metafísico-erótica. Sí: esto del arte moderno es complejo.

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