Los surrealistas

El de Barceló es el cuadro de fecha más reciente; pero todavía falta, todavía falta: esta colección de Fernando Botero tendrá sólo cien obras, pero es inagotable. Faltan nada menos que todos los surrealistas. Incluyendo entre ellos a uno que no lo fue, salvo de pasada, como en el cuadro que aquí se expone: Fernand Léger, con un Paisaje de 1936. Es un interesante injerto aunque no demasiado exitoso del habitual Léger arquitectónico y entusiasta con un ramalazo onírico tomado de Dalí. Paisaje, titula Léger. Y ante este torso mutilado y vagamente repulsivo vuelve uno a recordar la curiosa teoría de Dalí sobre los paisajes, que casi nunca lo son. Este, sin ir más lejos, es una figura. Si se puede pensar que el surrealismo racionalista de Léger es sólo pasajero y quizás involuntario, no cabe decir lo mismo del surrealismo voluntarista y esforzado de Max Ernst, y menos aún cuando, como en este cuadro de gran tamaño de 1960, es tardío: Explosión en una catedral. Incluso para ese entonces habían pasado ya los tiempos inocentes en que las explosiones en las catedrales podían ser consideradas surrealistas y no realistas, con esa realidad prosaica, monda y lironda, que sale en los periódicos. ¿En cuál catedral?. ¿Cuántos muertos?. Pero es un surrealismo mecánico, de fórmula. De fórmula agotada. No creo que le gustara mucho a Ernst al acabar de pintarlo, ni a Botero cuando decidió pese a todo comprarlo, ni a mí cuando, después de mirarlo, escribo sobre él. Pero es de Max Ernst. Como dije atrás, o anuncié que diría ahora, lo malo de los buenos enseña mucho.

¿Y lo malo de los mediocres? Lo digo por el cuadro del belga Paul Delvaux (1962), lleno de tranvías nocturnos y de mujeres desnudas. Tan literario. De una literatura que sólo puede expresarse pictóricamente, lo cual le imprime, convengamos, una cierta vaciedad en cuanto literatura. Tan erótico. De un erotismo, sin embargo, excesivamente elaborado y teatral, y en consecuencia bastante insípido. Tan onírico. Pero ni siquiera los surrealistas profesionales tienen sueños así. ¿Pictórico? Yo no diría, o no sé. En fin:un Delvaux como son los Delvaux. Quizás, en cierto modo, la monotonía sea el estilo.

Joan Miro
Barcelona, 1893 - Palma de Mallorca, 1983
El disco rojo persiguiendo a la alondra 1953
Óleo sobre lienzo 129 x 96 cm.

Así parece demostrarlo el Wifredo Lam que nos presenta Botero: un Tótem del cincuenta y siete. Sí, es un tótem, qué duda cabe, y sin duda también es un Lam: un trozo de Lam. Pues Lam, más que un pintor repetitivo al estilo Delvaux, es un vasto pintor de un solo, inmenso, único cuadro, recortado por segmentos. Este segmento es bueno, como lo es casi cualquier trozo de Lam escogido al azar. No un falso sueño inventado para impresionar, sino la vaguedad de la memoria que no se deja atrapar. En el año cincuenta y siete hacía ya
décadas que Lam, cubano de París, no veía ni en foto un paisaje tropical, y mucho menos una jungla tropical, que por otra parte no hay en Cuba desde el Descubrimiento. Pero seguía pintando, de memoria, la inacabable jungla tropical de los cuentos de infancia de sus bisabuelos.

Joan Miró: otro que pinta de memoria con la memoria borrosa de la infancia. Disco rojo persiguiendo a la alondra, del cincuenta y tres. Un título de cuento para niños. Un enigmático personaje negro, de ilustración de cuento para niños, hecho de manchas masivas y líneas finas. Unos colores calculados de niño aplicado, y a veces burlón y brutal. Y una firmita de niño, caligrafiada con mimo: Eme, i, ere, o: Miró. Un bello y un buen Miró, de un gran pintor que pintó tantos Mirós malos, de serie. Y qué dificil tiene que ser encontrar todavía en el mercado del arte uno que, como éste, no lo sea.

Esto de la repetición de la repetidera les pasa a todos, y es normal: en el fondo todo pintor aspira solamente a pintar un cuadro único, del cual no consigue hacer más que aproximaciones o fragmentos. El fenómeno es más notorio en los surrealistas: tal vez porque lo surreal-lo super-real-se parece siempre más a sí mismo que lo real, que es más variado por ser más numeroso. Lo cierto es que todos los pintores que aparecen aquíincluyendo al metamórfico Picasso- pintan siempre el mismo cuadro. Pero así como en los impresionistas, o en los expresionistas, o en los naturalistas, o en los caricaturistas, ese mismo cuadro sempiterno pretende ser siempre distinto, en los surrealistas se conforma morosamente con ser siempre igual. Roberto Matta, digamos. Hay aquí un Matta que es puro Matta, copia de Matta por sí mismo; muy grande (de tres metros por dos), del año 59. Una vasta maquinaria de feria de pueblo o de guerra interplanetaria en óleo acuarelado, llena de verdes ácidos y de estridentes amarillos sobre una bruma rezumante de gris. Un Matta excelente. Pero ya no es descubrimiento: ya conoce la receta.

En cuanto a Giorgio de Chirico, no digamos: la conoce ya tanto que incluso la detesta. Por eso hay aquí un De Chirico "metafísico' pero del año 56: cuando el verdadero De Chirico de carne y hueso estaba dedicado a pintar briosos caballos blancos y neoclásicos con las crines al viento. Pero entre tanto, para sobrevivir y tener con qué dedicarse a pintar caballos neoclásicos de cartón, blancos y con las crines al viento, fabricaba Chiricos de cuarenta años antes: paisajes metafísicos con sombra y maniquí y una escapada de columnatas silenciosas, en los cuales ya no creía.

Todo pintor pinta siempre el mismo cuadro: a veces cada vez mejor, y a veces no. Y cuando, como De Chirico, intenta hacer otra cosa, esa otra cosa le sale mal. Pero el oficio, la rutina, la experiencia el aprendizaje, le permiten, si quiere, seguir pintando una vez y otra vez el mismo cuadro, y cada vez mejor. (O a veces peor). Esto es así incluso en el caso de los pintores más grandes, y hasta en los que en apariencia inventan y descubren sin cesar: sólo inventan lo que ya sabían, o descubren lo que querían encontrar. Dijo Picasso una vez, el inagotable Picasso: "También yo pinto falsos Picassos".

Con los coleccionistas pasa lo mismo: coleccionan siempre el mismo cuadro. En esta colección tenemos más de cien .

Gracias, Botero.
 

Comentarios (0) | Comente | Comparta