ANTIGUO MODO DE VIAJAR POR EL QUINDIO
CUADRO DE COSTUMBRES DE RAMÓN TORRES MÉNDEZ

Por José Caicedo Rojas

La litografía de los señores Martínez Hermanos reprodujo un paisaje, dibujado en la piedra por el señor Ramón Torres Méndez, que representa el modo de viajar por nuestras montañas; paisaje que debe llamar la atención de los curiosos, tanto de los que han atravesado la cordillera, como de los que solamente han dado la vuelta alrededor de su cuarto, como Mr. de Maitres. Este último modo de viajar es bastante común entre las señoritas de Bogotá, de las cuales algunas lo más que han extendido el radio de sus excursiones es hasta Chapinero, los Laches y Puente-Aranda. Sin embargo, tales mujeres son andariegas, comparadas con la señorita***, que materialmente no conoce sino la plazuela de San Diego por el norte, la de Las Cruces por el sur, La Peña por el oriente, y esa corraleja o quisicosa (entre paréntesis) que hay al entrar en la Alameda Nueva, frente al edificio del colegio del Espíritu Santo.

Es el caso que compré, en días pasados, uno de esos paisajes que dije, y, como quien no quiere la cosa, fui a ponerlo a los pies de la señorita de Tres Estrellas. La señorita lo merece, dígase lo que se quiera; la justicia por delante. He aquí un fragmento del diálogo a que dió margen mi obsequiosa galantería:

- ¿Usted ha pasado el Quindío?, me preguntó.

- Sí, señora, le contesté; y el Guanacas, el Al morzadero, Sonsón, Herbé, Remolino, Barragán y... ¡qué se yo!

- Es decir, ¿que usted es todo un doctor en eso de pasar montes?

- Sí, señora, respondí sonriéndome, y en esos montes me he graduado en pasar muchos malos ratos, y muchos malos pasos.

- En cambio de algunas horas deliciosas, ¿no es verdad?

- Sí, verdad es.

- ¡Oh, ¡cuando llueve! ¿Hay casas en la montaña?

- Cuando pasé el Quindío, en 1842, no había más que una casucha a la entrada, y otra a la salida. Ahora dicen que hay casas y tambos en La Palmilla, Las Tapias, El Moral, Buenavista, Toche, La Colorada, Las Cañas y Piedra de Moler; y dos poblaciones nacientes, una en Boquía y otra en La Balsa, poblaciones que apenas merecen el nombre de tales.

- Bien: ¿y qué representa esta lamina?

El modo de viajar por la cordillera. Ese que ve usted casi desnudo, es un fornido ibaguereño que lleva sobre las espaldas a un individuo, sentado en una silleta hecha de guaduas muy livianas, pero de mucha consistencia. El viajero lleva encogidas las piernas, y apoyados los pies en una tablilla. El carguero se apoya en el bordón, que maneja con la derecha, siendo de advertir que los antioqueños no lo usan. La selva primitiva, como usted puede ver, está dibujada con bastante naturalidad y desembarazo. Esos gran des árboles, esos troncos, esas enredaderas que cuelgan formando ricos pabellones de verdura, en fin.

- ¡Ya!, ¡ya!, me hago cargo. Muchas leguas de montañas, y subidas, bajadas, ríos y torrentes, precipicios y despeñaderos, de todo eso habrá
por allí

- Sí, señora, con sobrada abundancia.

- ¿Y quién será ese de la ruanita pintada?

- ¿Pues quién, sino nuestro célebre compatriota Ramón Torres?

- ¡Ah, ya se me había puesto en la cabeza que él había de ser! Si usted me guardara el secreto, añadió con tono misterioso, le recitaría un soneto compuesto en elogio de dicho Torres, que se me ha quedado en la memoria.

- ¡Bien! Prometido y ofrecido: sírvase usted recitármelo, que pronunciados por esa linda boca, deben sonar muy bien aún los peores versos.

- Yo no se cómo sonarán. El soneto dice así:

El azul de los cielos, el celaje,

Las caprichosas nubes, el torrente

y las palmas que ciñen la ancha frente

De la cascada en medio del paisaje

Imita tu pincel; y hasta el ropaje

De púrpura y de rosa transparente

Con que se adorna el sol en el oriente...

Mas no iba a hablarte de eso: me distraje.

Al niño, al hombre, a la mujer hermosa

Copia tu mano con destreza suma,

Los ojos engañando artificiosa;

Y por eso es en balde que presuma

disputarle la palma generosa

a tu pincel la más correcta pluma.

- Gracias, mil gracias por su fineza, señorita, dije yo, cuando ella hubo terminado. ¿Sabe usted quién comprondría ese soneto?

- Sí, señor, lo sé; pero no se lo puedo decir.

- ¡Bien!, será porque yo no puedo decir a usted los nombres del senador y de la senadora, que tiene usted delante de los ojos. ¡Justa represalia!

Ramón Torres Méndez. Mulero antioqueño. Sin fecha. Acuarela. 25.5 x 37 cms. 

- Si usted quisiera darme algunos informes más sobre ese peregrino modo de viajar en cabalga dura humana . . . porque, en fin, puede ofrecérseme algún día, y nunca está por demás..

- A lo que comprendo, el pintor quiso retratar a uno de los senadores de la República, que vino al Congreso el año pasado, hombre enjuto de carnes, macilento de rostro, pensativo y ensimismado, que hablaba solo algunas veces y manoteaba, cual si estuviera perorando en el Congreso, en cuyas sesiones no se atrevió a chistar palabra. Aquella que ve usted en otro carguero es la esposa del senador, muchachota alegrona, de veintiséis años que pesaba entonces nueve arrobas, quince libras; y hacía pujar, sudar, estremecer (y maldecir a veces) al miserable carguero que trajo a cuestas su rolliza humanidad. Y ese otro que se divisa, trepando por allá arriba en el último término del cuadro, lleva un muchacho hijo del cejijunto senador, que viene a estudiar en un colegio de Bogotá, para salir tan doctor y tan hábil como su señor padre. Ni más ni menos.

Ramón Torres Méndez. La Ceja. Camino de Guanacas. Sin fecha. Acuarela. 27 x 33 cms. 

- ¿Y cómo sabe usted todo eso?

- Porque así lo he oído contar a personas que lo entienden.

- ¡Qué paisaje tan bonito, señor!, ¡qué bonito! ¿Y qué dirán en Europa de nuestro modo de viajar a mediados de este siglo tan vaporoso, tan civilizado y tan romántico?

- Dirán lo que se les antoje. Cada uno viaja como puede; y en la cordillera de los Andes, mientras se establecen los ferrocarriles, lo cual tardará su poquito, debemos dar gracias a Dios si conseguimos un carguero robusto, de anchas espaldas y fornidas piernas, para que nos conduzca; gracias debemos darle también si hallamos un árbol caído sobre un río invadeable; gracias, si encontramos un tambo donde pasar la noche; gracias, si no nos muerde una culebra, gracias, si no nos devora un tigre; gracias si no nos acometen los fríos y calenturas; gracias, si el carguero sale de paso, en vez de salir de trote; y gracias, última mente, si no nos riega por el suelo, como le su cedió al Libertador Bolívar.

- ¿Y quién habrá dibujado ese paisaje?, me preguntó con viveza la señorita de Tres Estrellas.

- Me gustan las moralejas de usted.

- Por fortuna son moralejas en diminutivo. La primera jornada es hasta el sitio que llaman La Palmilla: esto es de cajón, y de allí no pasan los cargueros ni hechos pedazos.

- ¿Y ese capricho por qué?

- Porque estando muy cerca de Ibagué, tienen tiempo de volver a la población, de donde parece que se separan con pesar, y pasan en ella la noche para despedirse con alguna diversión, y madrugar a tomar sus respectivas cargas.

- Según veo, estos bogas terrestres son también originales, y tienen sus puntos de contacto con los acuáticos o fluviales.

- Tiene usted razón: se parecen mucho los unos a los otros, ya en lo semi-desnudos que andan, ya en el bordón y la palanca, ya en los cuentos y chistes, ya en los caprichos y ya finalmente, en lo mucho que comen, pues es preciso saber que todo el avío que se saca de Ibagué o Cartago, que por lo regular es abundantísimo, lo devoran en pocos días; la cantidad de carne y panela que consumen es enorme, y frecuentemente el viajero que quiere tenerlos gratos, compra en el camino uno o más cerdos para obsequiarlos.

La Palmilla, donde se hace la primera jornada, es un sitio pintoresco por su situación: el paisaje que se presenta allí a la vista, es verdaderamente encantador, pues desde aquella eminencia se desarrolla a los pies del viajero y el más hermoso y risueño panorama que pueda imaginarse, y que abraza todas las faldas y vertientes de la gran cordillera, el plano donde está asentada la ciudad de Ibagué, con todas sus haciendas y labranzas, sus riachuelos y montecillos, y la ciudad misma.

- ¿Y no habiendo caseríos en el tránsito, dónde se pernocta?

Ramón Torres Méndez. En un mal camino. Sin fecha. Dibujo. 28 x 30 cms.

- Sí, señorita, con mucho gusto: continuaré mi descripción, que no será tan buena que merezca un soneto, pero sí verdadera.

- Figúrese usted que sale uno de la hermosa población de Ibagué, que, aunque pajiza en su mayor parte, tiene un aspecto risueño y agradable. Esta población, hoy capital de provincia, demora, como usted lo sabrá, al pie de la gran cordillera central de los Andes, que es esa que vemos desde Bogotá cerrando nuestro horizonte por el occidente en último término, y que eleva sus crestas de plata, entre las cuales domina el pico del Tolima, que en las mañanas y tardes despeja das se divisa claramente. Sale, pues, el viajero de esa ciudad, que la tradición ha hecho célebre por las antiguas invasiones de los belicosos indios Pijaos y por la famosa lanza de don Baltasar, en que dicen que los ensartaba, como escorzonera, hasta de a ciento cincuenta.

- Sí, ya recuerdo los versos de la novena de la lanza, que se adoraba en Ibagué:

Y era tanta la pujanza

del señor don Baltasar,

que dicen llegó a ensartar

ciento cincuenta en la lanza.

Y el pueblo respondía en coro el estribillo:

Lanza no caigas al suelo,

porque vienen los Pijaos.

Ramón Torres Méndez. Refrigerio en un camino. Sin fecha. Dibujo. 21 x 29.5 cms. 

 

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