PROLOGO
Crónicas del cine colombiano - 1897-1950 presenta al desocupado
lector una serie de crónicas sobre un periodo que cubre más de 50
años iniciales de nuestro cine. Son crónicas en el sentido de que
ofrecen cronológicamente sólo los aspectos más generales del tema,
con el aporte de investigaciones personales y, un poco,
aprovechando las de algunos amigos que gentilmente me lo han
permitido. Inevitablemente las crónicas de cine se vuelven
costumbristas porque el cine también tiene que ver con la evolución
de las mismas formas de vida nacionales. Por eso aspiro a que el
presente libro sea colombiano por todos sus lados, tratando, hasta
donde sea posible, que el lector no adivine al crítico tras del
simple cronista-espectador que, sin conceptualizar demasiado,
intenta ante todo compartir con el lector su afecto por el cine
colombiano, algo así como alguna de esas películas modestas y que,
sin embargo, tienen un encanto particular.
Tal compromiso me ha puesto a pensar en la evolución, si no de
la crítica, por lo menos del comentarista de cine, gremio al que
pertenezco desde hace bastantes años y que me coloca en una tercera
generación que surge hacia los 1950. Eso de las generaciones es
bastante equívoco, sobre todo cuando se afirma que su vigencia
tiene tantos años determinados; pero en esto de escribir sobre cine
puede afirmarse que de los 19? (si es que en tales años
indeterminados alguien se ocupaba escribiendo sobre películas),
hasta los 1925, la revista Películas, órgano publicitario-literario
de los hermanos Di Domenico, en sus Nos. 150 y 51 de mayo y junio
de 1923 y a propósito de la película El puente de los suspiros, se
lee lo siguiente:
"Artistico y hermoso espectáculo será en la pantalla del Olympia la
proyección de esta serie fantástica y sentimental. Imaginad la
sugestiva belleza de las doncellas italianas, aprestigiada por la
lumbre plateada de la luna que se quiebra en cascadas de
opalescentes gemas sobre el oscuro espejo de aquellos canales, que
presenciaron sangrientas escenas de amor, desfiles milunanochescos,
y bodas simbólicas de apuestos Dux, con la esquiva y sollozante
deidad que palpita en las aguas juguetonas del mar latino, del mare
nóstrum, del autor de La catedral".
El estilo transcrito debe cargar la herencia de una pesadísima
poesía inscrita en cada renglón y pertenece a la generación que
hacia los 1930 debe ceder su puesto a otra, la segunda, que se
expresa en 1935 y a costa de Éxtasis, la famosa película del checo
Gustav Machaty en estos términos:
"En el decurso de las filosofías, nunca se pudo asistir a un
logrado proceso de complejos sino por disciplinas de imaginación,
más o menos nobles, a duros impulsos de lecturas. En Éxtasis
contemplamos con asombro a la génesis, gestación y parto de la
emoción más pura. Esta película es una exégesis de todo un
movimiento espiritual, que, nacido en el justo principio de una
sensación humana, va ascendiendo dentro de reflejos de alma
fotografiados hasta llegar a la culminación de una torturada y
exquisita expresión psíquica".
El oficio se ha vuelto intelectual pero se identifica con el
anterior al tratar de todo menos de la película en sí. No es
casualidad que mi primer comentario, Réquiem por Robert Flaherty,
date de 1951, ya que por esos años irrumpe la tercera generación a
la que pertenece plenamente este servidor.
Luego viene la cuarta, surgida de disciplinas universitarias,
preparada para enfrentarse con todo e, indudablemente, la más
profesional la que sí merece el nombre de crítica, aunque de pronto
sea difícil entenderla, caso que quizás lo expliqué un párrafo del
profesor Jesús Martín Barbero sobre la película Chinatown y que
hace parte de "Una lectura plural", publicado en el No. 3 de la
revista Ojo al Cine:
"La búsqueda de los niveles (isotopías), marca el comienzo de la
ruptura entre el ver y el leer: el ver sigue el encadenamiento
secuencial, basado en el tiempo y en relaciones de anterioridad -
posterioridad; el leer trabaja la estructura lógica basada en
relaciones de conjunción y disyunción, de implicación y
equivalencia. No es que el plano discursivo o encadenamiento
secuencial no tenga importancia (el antes y después como efectos de
montaje son de hecho un trabajo de selección y combinación
significante), sino que la significación misma de la temporalidad
nene su clave en otro lugar. El antes y después obedecen, en el
cine como en la literatura desde Joyce, a razones de estructura
narrativa".
No cito ejemplos de la tercera generación, porque todo el libro que
el lector tiene en la mano se refiere a uno de sus más típicos
representantes y que comenzó a amar el cine (no da miedo emplear el
verbo amar), desde muy pequeño en los inolvidables salones de cine
Olympia y Bogotá, afecto sostenido en viejos palacios bogotanos,
Real, Faenza, Nuevo, Alhambra, la mayoría desaparecidos y que
fueron especie de academias donde aprendí a apasionarme por algunas
actrices (quién se acuerda hoy de Esther Ralston, Anita Page,
Louise Moran, Francés Dee o Joan Fontaine?), y luego, a distinguir
a John Ford de Cecil B. de Mille; a Joseph von Sternberg de Mervin
Leroy; a Ernst Lubtisch de los hermanos Marx, lo que implica casi
las palmas académicas para un espectador que toda su vida no ha
querido ser respecto al cine más que eso: un espectador simple y
común sin "exégesis de movimientos espirituales" ni "estructuras
lógicas de conjunción y relación".
A mi generación pertenecen excelentes escritores que se han ocupado
del cine, superando ampliamente el indigesto estilo literario
anterior al concretarse dentro de sus gustos particulares a tratar
del cine y sólo del cine, concepto aplicado a determinadas
películas aunque sin llegar a la interesante concentración
ideológica de los últimos críticos. Con gran pudor evitamos el
empleo de adjetivos rotundos que, en su repetición, dicen tan poco
como cualquier anuncio comercial. En mi caso podría apropiarme de
un término de campaña militar, "táctica de aproximación indirecta",
para explicar mis tradicionales rodeos para entrarle a una película
determinada, táctica que se parece un poco a la de algunos críticos
literarios franceses del pasado y presente siglos, que gozaban más
en el contorno que en el mismo modelo, herencia de una cultura
general que relaciona al cine con sus inevitables dependencias
artísticas, y perdonar la pedante acotación.
Como los buenos soldados, nuestras escaramuzas, que no batallas,
se han librado en pleno campo, quiero decir, en los salones de cine
viendo muchas películas de toda clase, y sin la ayuda de teorías y
libros cinematográficos, condición que une las dos últimas
generaciones que amamos y nos entregamos al cine por el cine mismo,
entrega que diferencia fundamentalmente al crítico del simple
comentarista de cine, ya que este, al no oponer la muralla
conceptual entre espectador y película, inevitable posición del
verdadero crítico, tiende a cierta blandura de juicio, producto de
sus entusiasmos, de su calor, de su temperatura que sube
peligrosamente cuando se trata de alguna película o director
especialmente amado.
La "cultura" libresca también es muy peligrosa en los criterios
sobre cine, porque incitan a la pereza de no pensar por uno mismo,
sino de acuerdo con el último teórico de moda. Y aunque el
planteamiento resulte un poco bárbaro e irracionalista, siempre es
mejor escribir tonterías propias, por simplistas que sean, que
sutiles razonamientos... ajenos.
Comparto el grave problema con los críticos y comentaristas jóvenes
de desconocer el cine mudo al que, en mi caso particular, llegué
muy tarde. Es cierto que se conocen algunas películas fundamentales
del periodo, pero los verdaderos clásicos del cine sólo se conocen
fragmentariamente, estableciéndose el vacío que causaría en nuestra
formación literaria desconocer la obra completa de Shakespeare,
Cervantes, Dante o Goethe, símiles bastante aproximados a los
grandes maestros del cine que se caracterizan por la misma unidad
artística. Sin beaterías, a cada nueva y gran película del periodo
mudo que se conoce, aumenta la desesperación al desconocerlo y
darse cuenta de que podría ser patrón para el cine actual más
adelantado.
Como soy colombiano, claro que ante todo me interesa el cine
colombiano, al que he dedicado buena parte de mi labor de
comentarista. Desgraciadamente, conozco pocas de sus películas,
porque no puede contarse la remota visión de María (Del Diestro-M.
Calvo), de la que sólo recuerdo un plano que mostraba las
impetuosas corrientes del río Cauca, ni algunos fragmentos de
antiguas películas de nuestro periodo mudo, admirados en el Archivo
Acevedo. En cambio creo conocer bien la mitad (unas 12 horas
continuas de proyección) del noticiero de los hermanos Acevedo,
quizás en sus notas más interesantes a lo largo de 25 años.
Efectivamente, poco bagaje real para enfrentarme a los cincuenta
años iniciales del cine colombiano ya presentados y de manera casi
exhaustiva por Hernando Martínez Pardo en su excelente Historia del
cine colombiano, indispensable referencia para los que nos ocupemos
de lejos o de cerca en el cine nacional. ¿Sería muy atrevido, o muy
ingenuo, plantear el asunto en términos seudosentimentales,
afirmando que a veces el afecto suple al conocimiento? Porque en
cuanto a afecto, me sobra por el cine colombiano de todas las
épocas, según observará el comprensivo lector.
Otra limitación es la del estilo. Se quisiera tener la
oportunidad y fluidez de mi colega Hernando Valencia Goelkel en sus
Crónicas de cine, otro libro indispensable en la bibliografía
cinematográfica colombiana. Al pertenecer a la generación que
olvida la gramática ante la acción casi cotidiana de escribir, el
estilo, como lo llamaría un académico, deja de ser medio de
comunicación entre un sujeto superior, el autor, y otro inferior,
el lector, para convertirse, hasta donde es posible, en puro
diálogo, característica que, por mi lado, algunos amigos ya han
advertido en su modesta calidad de charla, de manera que casi se
identifica la forma de hablar con lo que se escribe. Y como uno de
mis grandes, y honestos, placeres en la vida es charlar sobre cine,
entonces que el amable lector, más que leer el libro que tiene
entre las manos, trate de compartirlo en sus entusiasmos y errores
como si se tratara de una charla más sobre un tema tan importante
para todos nosotros: el cine colombiano en sus primeros cincuenta
años.
La parte principal del libro la forman algunas de las entrevistas
con antiguos realizadores de cine colombianos, testimonios muy
valiosos pero desgraciadamente incompletos por falla del
entrevistador. Es una lástima que teniendo la oportunidad de estar
frente a personajes claves de nuestro cine, por falta de práctica y
de un método serio de investigación, desaprovechara tales
oportunidades, ya imposibles de reconstruir, porque la gran mayoría
de los entrevistados fallecieron hace algunos años. Sin embargo,
ahí están sus testimonios aparecidos en Lecturas Dominicales, de El
Tiempo, cuando las dirigía Eduardo Mendoza Varela. Su repaso puede
servir, al interesado en el cine colombiano, de estímulo para
posteriores investigaciones o, por lo menos, para reflexionar sobre
el destino del cine colombiano en tantos años. Eso del destino
puede sonar un poco dramático a ciertos lectores, pero es que,
efectivamente, el destino del cine colombiano ha sido cruel porque,
hasta la fecha y por diversos motivos, no le ha permitido, por lo
menos, su lógico desarrollo.
Este prólogo, al mismo tiempo que justificativo por las
limitaciones ya explicadas del autor, intenta también ser
informativo sobre lo que se va a tratar. Por ejemplo, pienso que al
lector joven le interesarán mucho más los problemas actuales del
cortometraje nacional que la proliferación departamental del
periodo mudo colombiano en los 1920; más de Carlos Alvarez que de
Vicente di Domenico; más del revelado en color de nuestros
laboratorios que de las viejas cámaras francesas con que se
filmaron los largometrajes mudos. Este inconveniente quizás esté
compensado por la presentación de medio siglo que establece como
endémicos errores y problemas que, por desgracia, parece que se
perpetuaron en el cine colombiano de todas las épocas, a juzgar por
los últimos acontecimientos. Desde ahora agradezco al amable lector
el tiempo que gaste en la lectura del libro que tiene entre manos,
que, a lo mejor, puede serle más útil de lo que el mismo autor
cree.
HSS