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De los otros "palacios" bogotanos el Cromos del 23 de febrero al lado de encantadoras fotografías de "Notas dominicales Parque de la Independencia", aparece la perspectiva entrada al telón de boca (sur a norte), del teatro Bogotá inaugurado mes. A diferencia del Olympia, que fue específicamente salón de cine, el Bogotá tenía pretensiones de teatro en hileras de palcos, su amplia luneta de bancas largas, durísimas para los glúteos de los asistentes (lo mismo que en el Olympia), pero sobre todo por un gran telón de boca lleno de alegorías como el del Colón. Según parece, el teatro Bogotá se construyó más con la intención de complementar al Colón y Municipal en espectáculos varios y baratos, que en su destino definitivo de salón de cine, aunque durante muchos años, indistintamente, sirvió para espectáculos vivos y cine. Posteriormente denominado Cuba, al formar la cadena de teatros de Cine Colombia, y hoy por fortuna rescatado por la Filarmónica de Bogotá para su sede permanente, el teatro Bogotá es pura nostalgia para bastantes espectadores que comenzaron a interesarse en el cine, conducidos por padres o abuelitas, a través de atrasados reestrenos de Los peligros de Paulina, con la maravilla de la Perla White, o Las dos niñas de París.

 

El Faenza data de 1924, y aunque su interior sea modesto, su me tiene que llamar la atención por su arco y detalles |art nouveau, una de las pocas y única en su estilo, que todavía se conservan en  Bogotá. Parece que el Faenza ha sido declarado monumento nacional y, por lo tanto, no puede destruirse. Daría  para otro libro el recordar las grandes películas que se vieron en el Faenza y los "populares" de los lunes, casi concentración escolar por el inmenso número de jovencitos que lo llenábamos hacia los 1934-37. Sin embargo, nunca tuvo la importancia del Olympia y del Bogotá.

Y menos el Real, "el salón de la aristocracia", situado en la séptima entre calles 13 y 14, inaugurado en 1927, que sobrevivió a muchas contingencias. En su ancha escalera, que conducía al balcón, se estableció en los primeros años de los 1930 una verdadera "bolsa de heraldos", de esas pequeñas hojas impresas en ingles y que servían de efectivísima publicidad a las películas que  se estrenaban, coleccionadas apasionadamente por los niños cinéfilos de la época.

 

Breve referencia al Alhambra, un pequeño salón de cine situado en el callejón del Banco Cafetero que une la calle 14 con la avenida Jiménez, de telón que ahora parecería diminuto, famoso por sus matinés de días ordinarios por ser lugar ideal para las parejas en trance de "amacice". Hernando Martínez en su Historia informa que en 1939 se exhibía el Noticiero del Alhambra que, por la indiscreción de algunas de sus notas, fue prohibido por la alcaldía de Bogotá, hecho que ignoramos los asistentes al saloncito, donde comenzaron algunos de nuestros mitos cinematográficos: Greta Garbo, Charles Chaplin, entre otros, a los que todavía se venera, mitos que comprenden también los "palacios" en referencia, tan pegados a nuestra nostalgia, o mejor, a nuestro afecto, por tantos ratos de felicidad que nos dieron.

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