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EL GRAN VACIO

El vacío se refiere a la falta de largometrajes. Entre los últimos registrados en 1926 y Flores del Valle, de Máximo Calvo, en 1941, son casi quince años que la actividad del cine colombiano se reduce a los noticieros y algunos documentales muy espaciados. Se fundan empresas con grandes planes de filmaciones que se reducen a algunos cortometrajes, insistencia en los noticieros, antes de desaparecer por mala situación económica y, sobre todo, por delirante desorganización debida a falta de conocimiento sobre el cine, repitiéndose, pero agravadas, las mismas fallas de las películas mudas. Un vacío tan grande en largometrajes parece imposible pero los que trajinamos con esto de la historia del cine colombiano, nos complacería mucho que algún investigador demostrara con plenas pruebas que en realidad si se filmaron y estrenaron La divina ley y otras últimas filmaciones mudas registradas, o alguna desconocida posterior a 1930, para tratar por lo menos de acortar el enorme vacío de los 15 años sin largometrajes colombianos.

El cine parlante se estabiliza en el país hacia 1930 cuando la gente, además de ver, oye lo que está sucediendo en la pantalla, doble goce, digan lo que quieran los ilustres o anónimos enemigos del parlante. Los cines débiles como el colombiano desaparecen, porque se han duplicado o triplicado los gastos de filmación ante la inevitable importación del equipo técnico necesario para producir películas parlantes. Además y con la nueva técnica, el principal proveedor de películas, el cine norteamericano, reajusta y perfecciona su estilo, fabricando un material pluscuamperfecto desde el punto de vista técnico, aunque fuera muy discutible desde el artístico, lo mismo que algunas películas europeas. Entonces la competencia se vuelve excluyente para el cine colombiano por su imposibilidad de llegar a límites ya tan altos de técnica internacional. También debió faltar la iniciativa de adquirir, por los años 30, el equipo necesario para filmar películas parlantes, que a lo mejor era una inversión rentable por sus grandes posibilidades industriales.

De izquierda a derecha, Enrique Bello M., Domingo Torres, Federico Katz, Guillermo Schoeder, Enrique Ppedraza y Carlos E. Schoeder

Pero el ingenio criollo ayudado por la sangre alemana y bastante experiencia en equipos de proyección, formaron a Carlos Schroeder, quien en Colombia, en cierta forma, "reinventó" lo que ya estaba inventado: el  cine parlante. Hernando Martínez Pardo en su Historia del cine colombiano cita la siguiente información tomada de El Tiempo, noviembre de 1929: "Anoche se verificó en una casa particular de la calle 26, ante numeroso público y varios reporteros, el primer ensayo del nuevo aparato de cine parlante, invención de los señores Carlos E. Schroeder y F-lerriando Bernal, resultando tal ensayo enteramente satisfactorio. Este aparato, fabricado en esta ciudad, es el primero que se construye en Colombia y toda Suramérica, como lo dicen sus inventores, lo cual constituye un gran triunfo de la mecánica colombiana, si se tiene en cuenta la infinidad de obstáculos con que lucha aquí para hacer una obra como el 'cronofotófono' , construido sin tanta combinación como los aparatos parlantes americanos. El aparato a que nos referimos que vendrá a revolucionar el cine parlante, funcionó en el primer ensayo correctamente. El aparato será estrenado el jueves en el teatro Municipal, con otras obras netamente nacionales que es uno de los tantos méritos de los inventores: la construcción de los discos y su grabado, como la filmación de las películas, ha sido hecho, casi en su totalidad, con elementos propios, lo mismo que la mayor parte de las numerosas piezas que componen el aparato mecánico".

La entusiasta descripción citada, indica que los inventores colombianos optaron por el sistema Vitaphone de disco, cuando ya Movietone, R.C.A., Phono film y otros sistemas norteamericanos y europeos, imponían la grabación en la misma película, dejando atrás el incómodo sistema de discos que casi siempre desincronizaba el sonido con la imagen, causa del descrédito inicial del parlante y de que los espectadores clamaran por la vuelta al cine mudo.

De acuerdo con la noticia del ensayo del sistema parlante nacional, se efectuó en 1929 y sólo ocho años más tarde se vuelve a comentar y en referencia a un mediometraje de noticieros, |Olaya Herrera y Eduardo Santos, el sonido nacional a cargo de la firma Casa Acevedo & Schroeder, lo que comprueba que el ensayo de 1929 no tuvo aceptación ante el perfeccionamiento cada vez mayor del parlante norteamericano y europeo al oído de cualquier espectador. En el largo intervalo 1929-1937, es posible que el "reinvento" se abandonara o que tantos años fueron empleados en su perfeccionamiento hasta su registro en varias fotografías donde se observa a Carlos Schroeder y sus colaboradores, detrás de unos aparatos parecidos a proyectores, amplificadores y otros indefinibles para los profanos.

Es curioso que el sistema Schroeder se llamara "cronofotófono" nombre más que arcaico por su relación con el "cronófono", ya conocido por los lectores desde el cronófono Imperial exhibido en el teatro Municipal en 1909, sin olvidar el "sincrófono" que deleitaba a nuestros abuelos en el mismo teatro y en 1910, precursores del cine sonoro y parlante y, por lo tanto, del famoso "cronofotófono" nacional.

Todo esto que podría ser parte de nuestro pintoresco folclor cinematográfico, repleto de curiosidades como la descrita, plantea con qué películas nacionales ensayó Carlos Schroeder su aparato en 1929. Estando el "cronofotófono" en pleno proceso de experimentación, es posible que las películas empleadas para la prueba fueran planos fijos sobre cantantes, o sobre personas que decían algunas palabras, trozos cortos que facilitaran su penoso sincronismo con los discos que le servían de fondo sonoro, con poca o ninguna importancia fuera del motivo de su uso.

Claro que los demás países latinoamericanos que produjeron cine parlante, lógicamente compraron el equipo en Europa, o los Estados Unidos, sin preocuparse por nacionalizar lo que ya estaba inventado, intento que, además, debió de ser costoso, a lo mejor más costoso que comprar los equipos directamente. Al respecto, suponer el precio que costaría, por ejemplo, volver a inventar el automóvil... Pero de todas maneras los esfuerzos y habilidad de Carlos Schroeder, que a fuerza de datos de revistas extranjeras que trataban sobre el cine parlante construyó su aparato, tal como informa Hernando Martínez, quien también transcribe el éxito que tuvo en el teatro Municipal, posteriormente a la exhibición privada en la casa particular de la calle 26, y con el título de un aparato de cine parlante nacional, noticia publicada en El Espectador del 12 de octubre de 1929.

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