Oro y esmeraldas en el culto de indios y españoles en el Nuevo Reino de Granada

POR LUIS DUQUE GÓMEZ

José de Galaz. Custodia de la Iglesia de San Iganacio  de  a . Bogotá. 1700 a 1707. 4.902,60 gramos.

 

Nicolás Burgos. Custodia Grande de Santa Clara la Real de Tunja. 1734 y 1737. 4.230,72 gramos.

Casi la totalidad de las tribus que tenían su asiento en la zona andina explotaban los ricos yacimientos auríferos allí existentes.

La orfebrería alcanzó un alto grado de desarrollo en distintas áreas desde varios siglos antes de la era cristiana, como lo atestiguan las más recientes investigaciones arqueológicas realizadas en las regiones del centro y suroccidente del país. Fue un prolongado proceso hasta lograr el perfeccionamiento en las técnicas y en los aspectos decorativos, que se prolongó hasta la llegada de los colonos europeos. Son numerosos los testimonios dejados en las crónicas de la Conquista acerca del primor de los objetos que elaboraban los nativos para el adorno personal y como ofrenda para propiciar el favor de sus deidades tradicionales. El Museo del Oro del Banco de la República es una muestra de aquel fastuoso tesoro sagrado, que la piedad de los nativos acumuló durante largos siglos en las lagunas sagradas, en las tumbas de sus dignatarios, en las cuevas, en las cimas de las cordilleras, en fin, en donde quiera que se cumplían sus prácticas y ceremonias mágico-religiosas.

Logrados los primeros desembarcos en Tierra Firme, precisamente en las costas de los territorios de Venezuela y Colombia, la ruta del oro fue trasegada presurosamente por los capitanes y soldados españoles y en no pocos casos sembró la ruina y la desolación en vastas poblaciones de nativos, cuyo saldo trágico fueron incontables víctimas, a las que se despojó de la rica joyería, que señalaba la dignidad de sus jefes y que en sus santuarios se ofrecía a las divinidades de la tribu. Los grandes y pajizos templos fueron incendiados y en numerosos y sangrientos encuentros con los grupos rebeldes el oro que relucía en sus desnudos cuerpos era el principal halago que ofrecían los capitanes a la ruda soldadesca para que se empeñara con ahínco y entusiasmo en la contienda. Y en verdad, es de imaginar la codicia de estos trajinados expedicionarios a la vista de escuadrones de guerreros indios, que salían a su encuentro vestidos de oro de pies a cabeza, como los describe el cronista don Pedro Cieza de León, compañero de Jorge Robledo, cuando se refiere a las tribus que moraban en las quebradas montañas que bordean la cuenca del río Cauca, al norte del antiguo Caldas. No menos esplendorosas fueron las riquezas halladas entre muiscas, tolimas, taironas, sinúes, quimbayas, calimas, quillacingas y otros grupos, cuyos acabados objetos les ha merecido el calificativo de los mejores orfebres de la América precolombina.

Corrieron los años siguientes a las campañas descubridoras y vino con ellos una relativa calma y bonanza para los establecimientos de los españoles residentes en el interior del territorio nacional, hacia mediados del siglo XVII. Vencidos y sometidos los más pertinaces reductos de los valientes pijaos y paeces, las ciudades de Cartago, Popayán, Cali, Toro, La Plata, Roldanillo, Buga y otras, lo mismo que las poblaciones del oriente, en particular las de Cundinamarca y Boyacá, pudieron consolidarse e iniciar la explotación de los recursos naturales de sus distritos, en especial la minería. Paralelamente, se hizo manifiesto un florecimiento de las construcciones religiosas.

El padre Zamora refiere que durante el mandato eclesiástico de don Pedro García Matamoros se erigieron más de cuatrocientos casas religiosas, entre iglesias, capillas doctrineras y casas conventuales, de las cuales cerca de trescientas estaban ubicadas en pueblos indígenas. Era el fruto de la catequesis desplegada por misioneros entre los nativos y del concurso de los encomenderos españoles, a quienes las cédulas reales obligaban a contribuir para la digna exaltación del culto divino.

Humildes y modestas fueron las primeras manifestaciones arquitectónicas de los establecimientos iniciales de los españoles en estas tierras del Nuevo Reino de Granada, acordes con las peculiaridades de las construcciones de los grupos indígenas que aquí vivían y que, a diferencia de las de los pueblos peruanos y mesoamericanos, empleaban en sus moradas y casas ceremoniales exclusivamente el bahareque y la techumbre de paja, tanto las gentes del común como las que formaban la jerarquía política y religiosa.

Custodia de la Iglesia de San Ignacio de Bogotá

 

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