Custodia Grande de Santa Clara la Real de Tunja

A estas pautas se ajustaron los nuevos colonos y el sillar de piedra o la mampostería sólo alcanzaron a las pequeñas fachadas, con excepción de los grandes templos que con la categoría de catedrales empezaron a levantarse hacia finales del siglo XVII o bien entrado el siglo XVIII.

Custodia Grande de Santa Clara la Real de Tunja

 

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Esta modestia arquitectónica de las casas religiosas se vio recompensada, en cambio, con el esplendor de la decoración interior, en la que los hijos de Santo Domingo, San Francisco, San Agustín y los del santo de Loyola no ahorraron esfuerzo ni caudal hasta llegar a revestir los muros y techumbres de tales fábricas con la rica obra de oribes y ensambladores, como digno marco para la imaginería, las pinturas de mérito, las custodias y cálices, los atriles de plata cincelada, los sagrarios, calderetas, sitiales, etc. Por ello bien puede afirmarse que la escultura, la talla, la pintura, la platería, la orfebrería, encontraron en estos tiempos en la Iglesia el mejor estímulo, y que la aspiración de los dueños de obradores era alcanzar un puesto destacado para sus obras en los retablos y muros de capillas, templos y conventos.

También las esmeraldas, piedras sagradas entre los indios muiscas de Cundinamarca y Boyacá, fueron incorporadas, como el oro, a los ornamentos religiosos, para dar más dignidad y esplendor al culto.

En este sentido puede decirse que hay una admirable continuidad en el empleo de dichos elementos como medio de exaltación de las devociones, de la fe de los cristianos y de los lares y divinidades tradicionales de la tribu. Gorachancha, hijo del sol, nacido de una esmeralda, es el origen que atribuye una hermosa leyenda a uno de los primeros mandatarios muiscas.

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