PROLOGO
En la introducción a su "Diccionario de Artistas de Colombia",
Carmen Ortega explica claramente los propósitos y alcances de la
obra. Sería superfluo, pues, que yo los repitiera.
Lo que quiero subrayar es la importancia que un trabajo de tal
naturaleza, en apariencia impersonal y árido, tiene para una
cultura tan nueva como la nuestra, donde, a defecto del documento
inexistente, siempre se echa mano de la fantasía o de la
improvisación. Una cultura comienza a ser seria, cuando va
acumulando sus libros de consulta, cuando el creador de tesis
originales acerca de las formas de expresión de un país, puede
apoyarse sobre el investigador y el recopilador de datos y
estadísticas.
Carmen Ortega ha querido mantener la mayor neutralidad en su tarea
de recopilación y evitar los enjuiciamientos personales. Hay que
subrayar esta condición en un país ocasional como Colombia, como un
dato positivo, que relieva la seriedad de su investigación.
La dificultad de confeccionar este Diccionario no es menor;
pintores casi desconocidos, artistas sin bibliografía de ninguna
especie cuyas actividades no han sido consignadas ni archivadas por
nadie, son cuidado rescatados por el Diccionario para incorporarlos
al bloque general del arte en Colombia. Este bloque se ve, en peso,
mucho más grande de lo que su poníamos. Lo cual no autoriza, desde
luego, a considerar que número es igual a calidad y que por lo
tanto el arte colombiano ha sido extraordinario; por el contrario,
la extensión inusitada del Diccionario prueba una vez más la rareza
del genio y demuestra que se necesita un enorme "back-ground" de
gente anónima, oscura y mediocre, para que una cultura llegue a
expresar con alguna originalidad.
MARTA TRABA
