Sin proponérselo explícitamente, González Camargo demostró que la adquisición de conocimientos en el exterior, como se imponía para todo artista que deseara "triunfar" en Colombia, podía ser superflua a la hora de atender los verdaderos dictados de la creación artística. Si sus ilustres antecesores, como Epifanio Garay, habían adoptado con fidelidad y notorio éxito social las soluciones académicas francesas, sus contemporáneos pronto se convirtieron en celebrados epígonos criollos de la españolería de Ignacio Zuloaga (1 870-1945) y Julio Romero de Torres (1874-1930), cuyas fórmulas artificiosas impulsó el Círculo de Bellas Artes en Bogotá, a partir de 1920.

A cambio del academicismo y la españolería, y acaso como consecuencia de sus circunstancias personales, González Camargo desarrolló una singular visión interior que, aferrada a la realidad, expresa las percepciones de los sentidos y un estado emocional. De esta manera, configura un lenguaje pictórico subjetivo y ensimismado, que desestima y sobrepasa la razón académica y los estilos de moda. La mayor parte de sus temas son los mismos que imperaron en su tiempo: escenas cotidianas, paisajes, retratos. Pero también abrió a la representación nuevos motivos: interiores en penumbra, figuras humanas presentadas de espalda, actividades femeninas y paisajes nocturnos.

Canteras, s.f. Pintura, óleo sobre cartón 12 x 17.6 cm. Colección Banco de la República. Reg. 3689.

Su lenguaje antiacadémico y precursor de la modernidad se nutre sutilmente de Cézanne (1939-1906), del post impresionismo y del simbolismo. Aunque nunca abandona la representación del mundo exterior, sobrepasa la narrativa de la anécdota, la descripción del detalle y la sensiblería del idealismo frente a la naturaleza terrígena, y funda su expresión en una novedosa econ6mía de elementos con los que aspira a encontrar lo esencial como argumento artístico. Una sólida conciencia pictórica le permite producir transformaciones plásticas de la realidad, en términos de visiones filtradas a través de los estados de ánimo de su mundo interior. González Camargo no muestra perfectamente lo que ve, ni lo embellece, sino que deposita la expresión de lo que siente en la representación de lo que conoce. Su color no es naturalista ni luminoso, y sus imágenes no son ni optimistas ni idealizadas. Sus escenas interiores están cargadas por la penumbra de la ausencia, el rictus de la pérdida y el misterio de la realidad diaria, que acecha junto a la máquina de coser, en una esquina del patio o del salón familiar. Por ello fue el único pintor colombiano que mantuvo, a principios del siglo XX, y a pesar de su marginalidad, una suerte de diálogo intelectual con las vanguardias europeas sin haberlas conocido de primera mano.

Sus huellas vitales se han borrado con indeseable facilidad y rapidez, al punto que de su biografía, como se ha visto, sólo se guardan unas cuantas fechas, así como escasas mundo interior. González Camargo no muestra perfectamente lo que ve, ni lo embellece, sino que deposita la expresión de lo que siente en la representación de lo que conoce. Su color no es naturalista ni luminoso, y sus imágenes no son ni optimistas ni idealizadas. Sus escenas interiores están cargadas por la penumbra de la ausencia, el rictus de la pérdida y el misterio de la realidad diaria, que acecha junto a la máquina de coser, en una esquina del patio o del salón familiar. Por ello fue el único pintor colombiano que mantuvo, a principios del siglo XX, y a pesar de su marginalidad, una suerte de diálogo intelectual con las vanguardias europeas sin haberlas conocido de primera mano.

Sus huellas vitales se han borrado con indeseable facilidad y rapidez, al punto que de su biografía, como se ha visto, sólo se guardan unas cuantas fechas, así como escasas referencias de quienes lo conocieron, que dejan entrever su genio y talante. Sus familiares y descendientes lo recordaron siempre como un hombre ensimismado, melancólico y amable, protegido sobremanera por su madre y sus hermanas. En medio de la incertidumbre derivada de la inestabilidad política y económica del país, tocado por el dolor de la orfandad, y ante los riesgos de una carrera modesta y sin mayores perspectivas, Fídolo eligió refugiarse en la tibia y acogedora seguridad del hogar familiar, localizado en la calle trece con carrera tercera. Allí tenía su taller y todo lo que necesitaba como pintor: libros y revistas, la compañía afectuosa y solícita de su madre y sus hermanas que en los cuadros y dibujos leen, cosen, dormitan o piensan, algunos alumnos, el solar, los patios, la penumbra de los espacios interiores y el paisaje aledaño. De baja estatura, desgarbado e irónico, su alma era "tímida si las ha habido, cortés y llena de escepticismo sobre la utilidad de las acciones humanas". La pesadumbre de sus ojos solo cambiaba con "...la quemante y devastadora fiebre de la creación", al decir de Lleras Camargo30. Es por ello que, al perder las fuentes de seguridad y afecto, el pintor se derrumbó y desertó de la realidad.

Quedan los dibujos y pinturas que sobrevivieron al aislamiento social y al olvido histórico en las que creó, por primera vez en el arte colombiano, la visión interior. Son ejemplos excepcionales de un gran artista que, refugiado en su más íntima verdad, se alejó del gusto de las elites y de las formas imperantes de la representación en su época, sin escándalos ni manifiestos, de manera callada, sabia y contemplativa. Es por todo ello que, junto con Andrés de Santa María, se le debe considerar como precursor del arte moderno en Colombia.

 

30
Ibid,
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