ANDRÉS FISCHER

(SANTAFÉ DE BOGOTÁ, COLOMBIA) VIVE Y TRABAJA EN NUEVA YORK, ESTADOS UNIDOS


 

CRISTIANO EN SU TUMBA
1996
Óleo y laminilla de oro sobre madera 89 x 203 cm
Colección del artista

Conocí a Andrés Fischer hace poco tiempo, cuando andaba divagando por un tema para un documental acerca de colombianos en Nueva York. Aunque tuve la oportunidad de ver el trabajo de diversos artistas, la obra de Andrés me impactó por varias razones.
Si quisiera "deconstruir" en un relato lineal y temporal lo que se dio como percepción inmediata de su pintura, éste podría estar constituido por varias dimensiones, unas concretas y otras abstractas, unas fácilmente reconocibles y catalogables, otras que apuntan a experiencias emotivas profundas que inicialmente son difíciles de expresar.
En su trabajo existe un nivel alto de desarrollo técnico, ya que no sólo es capaz de manejar procedimientos "modernos" de expresión, sino también de aplicar métodos que delatan una exhaustiva investigación acerca del color y de los materiales usados por algunos de los antiguos maestros de la pintura. Esto ya denota para mí una responsabilidad intrínseca, de la cual algunos de nuestros pintores adolecen hoy en día.
El cuerpo humano ha tenido varias transformaciones a través de la historia de la pintura, hasta llegar a un punto en el que la figura es erradicada del lienzo un poco antes de que el lienzo fuera erradicado de las galerías. Este es un detalle que ayuda a comprender las consecuencias "subversivas" del trabajo de Andrés: se redescubre para nosotros la importancia de la figura humana. Pero él la presenta de una manera aparentemente clásica, y digo aparentemente, porque existe una tensión particular entre cuerpo y espacio, de donde se genera lo religioso, lo cósmico o lo mundano, dependiendo específicamente de la pintura que observemos.
"El todo es más que la suma de sus partes". Este ha sido un dictum que oímos a menudo cuando se analizan obras de arte. En el caso de las pinturas de Andrés descubrimos que, al aplicarlo, nos lleva a consecuencias estéticas que merecen ser tomadas en cuenta. Cuando admiro un cuerpo humano desnudo, yuxtapuesto a un fondo construido de láminas de oro, no sólo estoy viendo la conjunción de varios siglos de expresión pictórica: también estoy siendo testigo de un proceso cuasi alquímico, donde la suma de dos tiempos nos lleva a otro tiempo, donde la suma de dos espacios nos lleva a otro espacio. Pienso que la energía involucrada y liberada en esta travesía espaciotemporal es la que inconsciente o conscientemente nos atrae y determina la calidad de esta obra.
Una de las preguntas que le hice a Andrés -cuando trataba de obtener una idea base para el documental- fue si sus pinturas se originaban en ideas específicas. El contestó que una serie de sus pinturas surgió cuando oyó a un música de jazz practicando en un cuarto de un edificio. Que otra después de una relación intensa con una mujer. Y que otra más, para resolver un problema técnico específico. También me contó que una de sus pinturas la realizó en el instante en el cual la modelo que posaba para él atravesaba una crisis emocional intensa. Un día, en el que la pintura era bajada del camión que la transportaba, fue colocada por un breve momento en el andén y atrajo la atención de una mujer que se aproximaba. Ella se quedó mirándola por un rato y, de pronto, comenzó a llorar. Después de algunos años de ser pintada, y a unos miles de kilómetros de su origen, la emoción original Llegó. Si queremos, por último sacar a la luz la vieja polémica entre forma y contenido, es aquí donde ésta se diluye para mí: cuando la obra, sin más ni menos, transforma a la persona que la observa.

EDGAR GIL

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