I -LA IMPRENTA DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

En 1738 aparecen las dos primeras publicaciones conocidas hasta ahora, impresas en la Imprenta de la Compañía de Jesús: el "Septenario al Corazón Doloroso de María Santísima" y la "Novena del Sagrado Corazón de Jesús". Se da prioridad al Septenario en vista de que la licencia está fechada en Santafé a 16 de febrero de 1738, y la otra, fuera del año de impresión, no tiene ningún otro dato que nos pueda guiar sobre el mes en que fue impresa.

En una carta del P. Diego de Moya a la Madre Francisca del Niño Jesús, religiosa del Convento de Santa Clara de Tunja, fechada en 1746, le sugiere la necesidad de que se imprima la oración fúnebre pronunciada en las honras de la Madre Castillo. Le aconseja que "escriba al Padre Provincial, y a su hermano Don Luis, y al Padre Ignacio Meaurio (al Padre Casabona le he hallado tibio en estas cosas) para que hechas las diligencias de exámenes, y aprobaciones, se ponga el sermón a la prensa: lo cual hará el Hermano Francisco de la Peña, que es impresor de oficio, y aunque ahora está de labrador en el campo, podrá venir a imprimirlo, supliéndole otro el ministerio de su hacienda, que es el Espinar, por un par de meses a lo más largo [. .. ] que como se han estampado Catecismos, y Novenas, podrá esta obra semejante imprimirse en cuartillas, pues hay moldes y letras suficientes para esto" (Vida de la V. M. Francisca Josefa de la Concepción, religiosa del Convento de Santa Clara de la Ciudad de Tunja en el Nuevo Reino de Granada. Escrita por ella misma, de orden de sus confesores, Filadelfia, T. H. Palmer, 1817. Carta Duodécima, pág. XLIX ss.).

La carta del Padre Moya suministra datos preciosos sobre la primera imprenta de Santafé: en primer lugar, el nombre del impresor, el Hermano FRANCISCO DE LA PEÑA. Se sabe que este religioso nació en Madrid el 23 de enero de 1716; entró en la Compañía el 25 de octubre de 1734, vino al Nuevo Reino al año siguiente, y en 1763 vivía en el colegio de Las Nieves y administraba las haciendas (Juan Manuel Pacheco, S. J. Los Jesuítas en el Nuevo Reino de Granada, expulsados en 1767, en E eclesiástica, Xaveriana, Vol. III, 1953, pág. 47). En la lista nominal de los Jesuítas expulsados de Nueva Granada en 1767, que trae el señor Groot en su Historia Eclesiástica y Civil de la Nueva Granada, aparece que el día 6 de agosto se agregaron en Honda a los que salieron de Santafé, entre otros el Padre Francisco Peña, que es seguramente el benemérito impresor (Tomo II, Apéndice No 11).

Otra información de importancia nos suministra la mencionada carta y es la de que por aquel tiempo (noviembre de 1746) la imprenta se encontraba paralizada, mientras el impresor se dedicaba a las faenas del campo. Se dice también que imprimieron "catecismos y novenas"; no ha llegado hasta nosotros ninguno de los primeros, que seguramente fueron impresos, pero que debido a su condición de tales, sometidos a estar principalmente en manos de los niños, desaparecieron muy pronto.

Don Eduardo Posada, en su libro citado, da por hecho que la imprenta de la Compañía desapareció en 1742: "El hecho que parece evidente es que después de 1742 nada salió de tales prensas, y que esa pequeña imprenta desapareció completamente". Don Gustavo Otero Muñoz en su documentado libro sobre el periodismo colombiano, hace la misma afirmación: "La imprenta de los Padres de la Compañía de Jesús se ocupó en la publicación de algunos cuadernos de rezos, hojas volantes, inscripciones, tiquetes y papeles de ninguna importancia, hasta el año de 1742, en que llegó una Orden del Consejo de Indias, fechada en febrero del año anterior, en la cual se negaba una solicitud del Padre Diego Terreros, Procurador de la Provincia de los Jesuítas de Nueva Granada, para establecer "en uno o más colegios imprenta de libros". Por este motivo el taller fue abandonado, y el decano de los tipógrafos nacionales, el hermano impresor Francisco de la Peña, hubo de dedicarse a las labores campestres" (Historia del Periodismo en Colombia, Bogotá, Editorial Minerva, 1925, pág. 15).

Posada y Otero Muñoz siguen en este punto a don José Toribio Medina, en su libro sobre La Imprenta en Bogotá, don de habla "de un informe dado al Consejo de Indias por un fiscal en la instancia de don Alejandro Coronado para establecer una imprenta en Quito, en el cual afirma que el Consejo en 16 de febrero de 1741, denegó al P. Diego Terreros, procurador de la provincia de los Jesuítas de Nueva Granada, la licencia que pidió para establecer "en uno o dos colegios de aquella Provincia imprenta de libros". Si de este hecho no puede dudarse, continúa el autor, parece pues, que la orden solicitó la licencia después de llevada la imprenta. Es posible asimismo que en vista de la denegación del Consejo, se suspendieron las impresiones que los Jesuítas habían comenzado a hacer, ya que no se conoce ninguna posterior a 1740" (La Imprenta en Bogotá y la Inquisición en Cartagena de Indias. Bogotá, Editorial ABC, 1952, pág. 11).

Como se ve claramente, los historiadores Posada y Otero Muñoz, acogen plenamente la opinión del señor Medina, y expiden partida de defunción a la benemérita imprenta dos años más tarde, en 1742. Pero cabe hacer algunas observaciones al argumento del ilustre bibliógrafo chileno, o sea a la denegación por parte del Consejo al Padre Terreros de establecer imprentas. Una lectura atenta de las palabras citadas es suficiente para hacernos comprender que no se trata precisamente de la imprenta que ya funcionaba en Santafé, sino de establecer "en uno o dos colegios de aquella Provincia imprenta de libros", es decir nuevas imprentas, pues no parece posible que el Procurador de la Compañía pidiera permiso de establecer una imprenta que llevaba por lo menos tres años de existencia. Pero no se trata de una simple conjetura: el hecho fue que la Imprenta de la Compañía siguió imprimiendo hojas y folletos después de 1742, el último de los impresos que se conoce es de 1753. En esta forma se prolonga la vida de nuestra primera imprenta por once años más de los que se le habían dado de vida.
Aun más, es de creer que la imprenta funcionó hasta la expulsión de los jesuítas en 1767, o por lo menos hasta una época cercana, y que por una razón u otra, pero no por prohibición real, cesó sus funciones para quedar relegada al cuarto de los trastos viejos. Es cierto por lo visto, que hacia 1746 en que el Padre Moya escribe su carta, la imprenta estaba en receso y el Hermano Peña entregado a las faenas del campo, pero debió volver a funcionar con el mismo impresor, que seguramente en 1763 estaba en Santafé, o con otro distinto, ya que encontramos impresos de los años 1748, 1750 y 1753, fuera de otros que no tienen año de impresión.

¿Qué suerte corrió la imprenta después de la expulsión de los jesuítas? Es sabido que al tiempo de la expulsión la Compañía tenía tres casas en Santafé: el Colegio Máximo, en el que funcionaba la Universidad Javeriana, el Colegio Seminario de San Bartolomé y el Colegio de Nuestra Señora de las Nieves, que era una simple residencia. En el curioso "Inventario del dinero y alhajas pertenecientes a la Universidad de San Javier que estaba a cargo de este Colegio Máximo de Santafé", publicado en la Revista, del Archivo Nacional (tomo III, Nos. 25 a 27, abril a junio de 1939, págs. 158 ss.) se lleva la cuenta hasta de "dos pares de calzones de paño negro, forrados en lienzo, los unos buenos y los otros viejos", y de "un poco de cera en velas empezadas", y no dice nada de la imprenta. ¿Estaba relegada en la carpintería? pues allí mismo consta que "se reconoció otra puerta cerrada por la parte de adentro, que según demuestra pertenece a una de las piezas de la carpintería, por cuyo motivo se omite incluirla en este inventario y se reserva hacerlo cuando se verifique el de la dicha carpintería". No se conoce ningún documento que diga si se efectuó dicho reconocimiento. Pudo estar allí o en alguna de las otras dos casas de la Compañía, y con mayor verosimilitud en el Colegio de Las Nieves, ya que sabemos que residía allí el Hermano Peña. En todo caso, no desapareció del todo, como veremos luego.

En esta meritoria imprenta, pequeña si se quiere, y que no dejó sino unos cuantos folletos, está la semilla y la primicia de nuestras artes tipográficas. Su recuerdo no puede borrarse, y el nombre del primer impresor conocido, el del Hermano Francisco de la Peña, seguirá siendo patrimonio de la cultura nacional.

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