El gran atractivo satisface ambiciones materiales 

La historia del textil es de las disciplinas más difíciles de estudiar por tratarse de un material frágil que exige una excelente conservación. Además, es una expresión que oscila entre lo contemplativo y lo utilitario y con mucha frecuencia, es considerado un arte menor, concepción que lo coloca en desventaja con las expresiones como la pintura, la escultura y la arquitectura, las cuales recibieron, a partir del Renacimiento, la denominación de artes mayores. Hoy, en pleno fin del siglo XX, el hombre está llamado a concebir sus expresiones de una manera integradora, razón que hace más apremiante y decisiva acabar con el menosprecio o la antipática compartimentación del conocimiento. 

Entre los años 3000 al 2500 a. de C. usaban espléndidas vestimentas en las cortes de las civilizaciones orientales egipcias, chinas, persas, islámicas, japonesas y bizantinas. A estas sociedades les acompañaban variados tejidos y éstos siempre fueron sinónimo de poderío y riqueza. Poseer las excelentes calidades de productos tejidos en seda, lino, lana o algodón eran propios de la realeza. Pertenecer a ella era estar rodeado de los tapices, mantas, tapetes, ricas telas, damascos, terciopelos, percales, “bhadana”, los cuales abundaban en regiones amantes de la ostentación a través de los tejidos elaborados con hilos de oro, plata y seda. En parte, los motines de guerra llegaron a tener importancia según los textiles incluidos en el saqueo. 

El lujo, el más rico espectáculo de la vida, convenía a las clases dirigentes del Estado. Para quienes los tejidos elaborados en tiempo inmemoriales fueron importantes y valiosos. Es de entender que en aquellos lugares donde las costumbres funerarias fueron estrictas, sellando sus tumbas, obedeciendo en llevarse al otro mundo los objetos materiales de esta vida, sin estas creencias, no habríamos podido alcanzar un conocimiento sobre las glorias y posesiones de estos pueblos. 

Los reyes y altos mandatarios fueron patrocinadores de las artes, además de estar fuertemente interesados en los dibujos y tejidos que los artesanos producían en los telares. Los talleres reales -“Hoteles de Tiraz” ­en el Oriente Medio, con frecuencia estaban unidos a los palacios, como parte de la vida de los califas quienes muy pronto entendieron que su superioridad en gran parte residía en sus vestidos, túnicas, tapices o alfombras que les servían para cubrir en el interior de las tiendas armadas durante su vida nómada. Cuentan que en el siglo X uno de los príncipes fatimitas, para comprobar la gran estima que le tenía a los lujosos tejidos, al morir, dejó en su inventario más de 30.000 piezas de bordados sicilianos, mientras otro, hermano del anterior dejo en su inventario 12.000 trajes (9)

Para los árabes era muy importante contar con finas sedas, que en ocasiones algunos vestidos podían pasar por el aro de un anillo. La producción del lino más fino, llamado “kasab”, era destinado exclusivamente a turbantes. Cuando el “fular” o “kasab” era de fina seda veinte metros de él podían ser guardados en una nuez de plata. 

El arte de tejer alcanzó un alto grado de perfección en el Oriente y llegó a ser muy codiciado por las cortes occidentales, las cuales sintieron el deseo de poseer los mismos objetos textiles, imitando su ostentación. Importaron productos que paulatinamente, fueron aprendiendo el oficio y sus secretos hasta producirlos con gran, en el continente europeo. A partir del siglo VIII, con la presencia de los árabes y moros en España su esplendor y refinamiento apareció lo cual impulsó el trabajo en los talleres reales. De igual, la corte Bizantina tomó como modelo a las cortes de China. 

Entre las vestimentas elaboradas y afamadas están las capas o mantas que sirvieron para las coronaciones. Se destaca la que usó Rogerio II (1130-1154), y posteriormente la usaron los emperadores del Sacro Impero Romano Germano. Esta capa realizada por bordadores árabes establecidos en Sicilia es adornada con motivos de animales exóticos -tigres, camellos- divididos por una palmera oriental. 

Tal vez, uno de los tejidos más notables que se conoce hoy en día, son los fabricados en el centro textil de Lucca en 1304. La más conocida es la capa dalmática papal destinada a ser el traje de enterramiento del Papa Benedicto XI. Va decorada con motivos florales y símbolos religiosos, combinados con símbolos típicamente chinos. Desde entonces aparecen en Europa las denominadas “Bandas de Colonia”, tiras estrechas, fabricadas en pequeños telares manuales, son usadas como orifrés aplicadas a las vestiduras eclesiásticas con motivos centrales, predominan las figuras de Cristo, la Virgen y los Santos, acompañados de inscripciones latinas. Símbolos sagrados y delicadas flores, tejidas en pura seda e hilos de oro, enriquecidas con bordados se convierten en obras de arte de reducido tamaño y elevado costo. Las piezas más hermosas procedían de Alemania y Flandes. Su origen es el causante del nombre y compiten con las ejecutadas en Lucca y Siena. 

Para el funeral de Felipe II de España en 1598, el sacerdote quien tuvo a su cargo las exequias, vistió una casulla ricamente bordada en hilos de oro sobre una tela de terciopelo negra, y que hoy en día se exhibe en el Palacio del Escorial de Madrid (10)  

Durante siglos los artistas diseñaron y aplicaron sus conocimientos en la elaboración de diseños llevados al arte textil. Entendieron la necesidad e importancia del desarrollo del tacto y la vista y a la vez, los favorecía en poderío y riqueza los tejidos en la vida diaria. El objeto textil acompaña al hombre desde el momento en que nace hasta que muere, pero su tergiversación lo ha llevado a considerarlo como una expresión menor, olvidando que los textiles están presentes en los cambios de moda y entorno; sirven de aglutinadores de la sociedad en respuesta a la necesidad de refinamiento y gusto. El exceso de cercanía del hombre a los tejidos lo ha llevado a sufrir una evidente pérdida de valoración y estudio. Inclusive, muchos museos o galerías olvidan la exaltación de ellos y por ende el observador en encontrar su belleza y calidad. Difícil encontrar en el ser humano un constante interés hacia lo que le da abrigo, cubre su cuerpo, le da status, lo requiere en todo momento y en cualquier situación social o profesional.

 

Tejer y mujer se convierten en sinónimos  

La acción de tejer da una diversa solución a la vida y la transpone en tiempo y necesidades. El sentido inicial con la que el hombre acudió a esta acción y al transcurrir los siglos deja de tener la fuerza inicial que le dio la humanidad durante los primeros tiempos. Desaparece por completo la concepción de símbolo, de origen de vida, de paz. de enseñanzas, de cualidades intrínsecas al ser, de ambiciones de poder o lujo.

 

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(9) Ethel Lewis, La novelesca historia de los tejidos, Aguilar, Madrid, 1959, pág. 122, 153. (Regresar a 9)

(10) Madeleine Ginsburg, La historia de los textiles. Editorial Libsa, Madrid. 1993, pág. 49. (Regresar a 10)

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