Arte colombiano del siglo xx

Si bien artistas como Andrés de Santa María y Fídolo Alfonso González Camargo
lograron -con la pintura como medio de expresión- construir su discurso a partir
de una necesidad individual y no del gusto de su época, el arte en nuestro país,
durante los años subsiguientes y hasta entrada la década de 1950, padeció del
regodeo de quienes se dedicaron más al ofício que a la pintura.
Dos grupos o corrientes, marcados, los primeros, por el concepto formal
del arte académico francés y, los que llegaron luego, por el anecdotario del
muralismo mexicano, produjeron en Colombia, en el primero de los casos, un
arte de petíte-bourgeoisie: paisajes, bodegones y retratos en los que la identidad
nacional se vio afectada por el afrancesamiento con el que se pintaba, y, en el
segundo caso, arte como testimonio social y político-crónica ilustrada de una
época que se olvidó de la pintura, la razón de la pintura como centro vital en el
cuadro.

Así pues, en Colombia, durante los decenios que siguieron a ese primer intento
de modernidad de la mano de artistas como Santa María y Fídolo, se produjo un
arte que, lejos de reflejar algo nacido de la tierra, es imagen y representación de
una élite social que nunca se aceptó como parte íntegra de la lógica del trópico
y, cuando pretendió incluir en su discurso político nuestras rafees-haciendo uso
del arte de Pedro Nel Gómez, Ignacio Gómez Jaramillo, Carlos Correa, Luis Alberto
Acuña o Rómulo Rozo-, olvidó revisar el pasado y de forma cómoda se adaptó a
lo que provenía desde afuera y, de nuevo, la ruta obvia, la más fácil y rápida, se
apoderó del gusto de una época en Colombia.

A partir de la década de 1950, artistas como Guillermo Wiedemann, Juan
Antonio Roda, Fernando Botero y Alejandro Obregón despertaron un nuevo
propósito en el arte colombiano. Formados algunos de ellos fuera de nuestro
país, su interés no fue ya constituir una pintura colombiana o latinoamericana,
una pintura, digamos, autóctona, -sino, de forma llana, pintar, aprender el oficio
de la pintura para obtener con él las herramientas del pintor. Su obra temprana se
caracterizó por la pintura como materia. Más allá de lo representado, su interés
fue pintar, en el vasto sentido de la palabra.

Con la visión que buscamos hacer de la colección Ganitsky Guberek, asistimos
a ese momento -llamémoslo así- en que renace una pintura-pintura en Colombia.
Es decir, un arte que rebasa los límites de la anécdota y se detiene, antes que
nada, en la pintura misma, en la paleta, en la pincelada, en el gusto del artista por
trasladar sus visceras a la obra. Tal es el caso de telas como Madame Cézanne en
la ventana de Fernando Botero, Flor calcinada de Alejandro Obregón, Felipe IV
de Juan Antonio Roda y la acuarela de 1961 de Guillermo Wiedemann, por
ejemplo.

 

Marta Traba

Marta Traba desempeñó un papel decisivo en la consolidación del arte moderno
en Colombia. No obstante que en el decenio de 1940 existía ya el testimonio
crítico de autores como Casimiro Eiger y Juan Friede, fue Marta quien cuestionó
los valores estéticos que imperaban. El tono beligerante que la caracterizó y que
aparecía por igual en su cátedra, en la prensa o en la televisión, opacó los nombres
de los artistas vigentes hasta entonces y entronizó un nuevo grupo de pintores y
escultores que haría posible la internacionalización del arte colombiano. Fernando
Botero, Alejandro Obregón, Feliza Bursztyn, Edgar Negret, Juan Antonio Roda,
Eduardo Ramírez Villamizar son los nombres más relevantes de las primeras
generaciones que lanzó con su tarea crítica.

Nacida en Buenos Aires el 25 de enero de 1930, estudió filosofía y letras en
su ciudad natal e historia del arte en la Sorbona (París). Vivió en Colombia entre
1954 y 1968 -país cuya nacionalidad adoptó en 1982-, en Uruguay, Venezuela,
Puerto Rico, Estados Unidos, España y Francia. Escribió más de veinte libros de
crítica de arte, principalmente sobre Colombia y Latinoamérica, ocho libros de
narrativa y un libro de poemas. Murió en Madrid, en un accidente aéreo cerca del
aeropuerto de Barajas, el 27 de noviembre de 1983.

A la crítica -escribe- me llevaron dos circunstancias: el deseo de que otros
experimentaran el mismo placer estético que yo sentía ante el arte contemporáneo,
y la necesidad de reglamentar una anarquía mental que me llevaba a aquel uso
de la palabra porque sí, por el solo placer de verla escrita. La crítica me enseñó a
pensar, a moderar y equilibrar ese pensamiento*.

 

 

* Citas de Marta Traba tomadas de: Historia abierta del arte colombiano, Marta Traba,
Secretaría de Educación Departamental del Valle del Cauca, Cali, 1974; Marta Traba, selección
de textos: Emma Araújo de Vallejo, Museo de Arte Moderno de Bogotá, Planeta Editorial,
Bogotá, 1984; 50 años, Salón Nacional de Artistas, selección de textos: Camilo Calderón
Schrader, Instituto Colombiano de Cultura, Bogotá, 1990; Hombre americano a todo color,
Marta Traba, Editorial Universidad Nacional, Museo de Arte Moderno de Bogotá, Ediciones
Uniandes, Bogotá, 1995; Arte de América Latina, 1900-1980, Marta Traba, Banco Interamericano
de Desarrollo, Washington D.C., 1994.

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