Las Religiosas Monjas Muertas

POR BEATRIZ GONZÁLEZ Y RODOLFO VALLÍN

 

1. La repatriación

En la década de 1960, las entidades privadas iniciaron en Colombia actividades en el campo del coleccionismo de obras de arte. Los artistas encontraron apoyo y estímulo por parte de compañías nacionales, de multinacionales, de la banca, las cuales, no solamente adquirían sus obras sino que creaban espacios para exhibirlas y sitios donde se daban cursos de aproximación al arduo tema del arte contemporáneo. Marta Traba fue la promotora de ese mecenazgo; gracias a su gestión, el recién fundado Museo de Arte Moderno (1962) y los salones nacionales de artistas recibieron apoyo económico.

Esta actividad nueva en el país, que seguía los pasos a la pasión por el arte de las empresas privadas en Nueva York, y en otras grandes ciudades norteamericanas, se caracterizó por estar dirigida primordialmente al arte moderno. Por ello aún se encuentran en las colecciones de empresas colombianas y en los edificios públicos, que fueron sus antiguas sedes, murales, pinturas y esculturas de notables artistas de la década tales como Alejandro Obregón, Eduardo Ramírez Villamizar, Fernando Botero, Enrique Grau y edgar Negret.

El Banco de Colombia inició su colección con algunas variaciones dentro del esquema de la época: si bien adquirió pinturas modernas como El cóndor de los Andes, de Obregón, igualmente incluyó obras como Simón Bolívar, de José María Espinosa, y trajo al país una serie de pinturas holandesas del siglo XV y francesas del siglo XIX.

La historia de los óleos que representan a las superioras de los conventos en su lecho de muerte constituye la crónica de una repatriación. Estas obras que pertenecieron al convento de la Concepción, salieron del país hacia 1977.

El porqué las superioras cedieron ante un comerciante de arte ecuatoriano para venderle, las imágenes de sus antecesoras de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX es un misterio, sin embargo, la mayoría de estos singulares retratos llegaron a París. Un cultor del arte religioso colombiano las descubrió en una afamada galería y desde allí convenció a las directivas del Banco de Colombia de la urgente necesidad de repatriarlas.

La serie no regresó completa. Se dice que la obra más bella se quedó en París en la colección privada del galerista que las tenía en consignación, otra en Washington en poder del comerciante que las adquirió en Colombia y una tercera se encuentra en Bogotá en una colección privada. De cualquier manera, diez de las monjas llegaron de nuevo al frío bogotano, su hábitat, hacia 1983. Estas obras, que antes de abandonar el país formaban de por sí una colección conventual, a su regreso entraron a hacer parte del acervo de dos entidades financieras, una de ellas Granahorrar, que con el tiempo adquirió el conjunto total.

2. La comunidad, la iglesia y el convento

La comunidad a la que pertenecieron los cuadros es la de las religiosas de la Inmaculada Concepción, la cual tenía su sede en la iglesia y convento situados en la actual carrera novena con calle décima. Fue declarado primer convento de clausura de Santafé de Bogotá en 1582; diez años después fueron consagradas las primeras religiosas. Según José Manuel Groot, historiador de la iglesia en Colombia, la fundación del convento fue costeada por "Cristóbal Rodríguez Cano y Luis López Ortiz, dando cada uno once mil pesos de oro de veinte quilates, y con igual cantidad contribuyó el Rey por su parte en las medias anatas de las encomiendas. Según la mente de Cano, la fundación se debía hacer para monjas de Santa Clara; pero muerto éste, resultó que sólo dejaba ocho mil pesos. Entonces López Ortiz resolvió hacer él por su cuenta la fundación para monjas de la Concepción; contribuyendo el Rey con mil ducados más para la obra del convento, la cual se concluyó en septiembre de 1595. Las primeras monjas que entraron como fundadoras, y primeras monjas que hubo en Santafé, fueron doña Catalina de Céspedes, doña Úrsula de Villagómez y doña Isabel Campuzano"1.

La primera piedra del edificio se colocó en 1583. La iglesia posee en el presbiterio un artesonado mudéjar fabricado en Sevilla. Esta ornamentación procedía de la famosa casa del encomendero Juan Díaz Jaramillo en Tocaima. Una creciente del río Pití destruyó en 1581 todo el rico poblado. De los escombros de la casa "se trajeron muchas piezas para el adorno del artesonado de la iglesia del monasterio de la Concepción"2 . Poco a poco este convento se fue enriqueciendo con obras de los más importantes pintores de los siglos XVII y XVIII tales como Baltazar de Figueroa, Gregorio Vázquez y Pablo Caballero.

La orden de los concepcionistas permaneció allí hasta el año de 1863, cuando el decreto de bienes muertos expropió el convento. El convento fue demolido y el huerto se convirtió en plaza de mercado. La iglesia pertenece actualmente a la Orden Capuchina y de la rica ornamentación se conserva una ínfima parte.

3. La serie de retratos de monjas muertas

Los cuadros que forman la colección pertenecen al género del retrato. Sin embargo, al contrario de la mayoría de las obras de este género que se realizaron en el siglo XIX, éstos representan a sus modelos sin vida pero como ejemplo de vida. Se trata de mujeres que se han consagrado a Cristo. El convento significaba la renuncia a las vanidades del mundo.

Las monjas, según la costumbre de la sociedad colonial, se retrataban dos veces, cuando profesaban y cuando morían. En las dos oportunidades lucían coronas de flores. Las coronas están adornadas de flores, unas naturales y otras artificiales, realizadas en pasamanería. El artista seguía las pautas de la época y las representaba a la vez como esposas de Cristo y como mártires en su lucha contra el mundo, el demonio y la carne, con la corona y la palma en una versión florida.

El tema de la muerte aparece en el arte religioso en el siglo XIII. Se refiere inicialmente a "brevedad de la vida, incertidumbre del mañana, vanidad del poderío y de la gloria"3. Gracias a la Contrarreforma se convierte, por su puesta en escena del martirio, en un triunfo. La muerte tomó importancia en el arte a partir del siglo XVI, bajo la influencia de las obras de los jesuitas. El descubrimiento del cadáver intacto de la mártir Santa Cecilia que parecía dormir dulcemente en su ataúd causó una honda emoción. Algunos artistas alcanzaron a dibujarla, antes de ser colocada en una nueva urna; de esta manera el arte sirvió de ayuda para templar las almas novicias.

El tema de las abadesas en su lecho de muerte ha sido tratado con frecuencia en el Cuzco; sin embargo, dentro del contexto de la historia ha sido considerado inusual. "Caso curioso es el de los retratos de difuntos, muy practicado en los conventos femeninos. Conocido es el antirretratismo de las monjas, que con verdadera o falsa humildad estiman que el retrato es premio a la virtud en grado heroico y por ende sólo se retrata a las monjas difuntas en el momento que se consideran están en camino de la salvación final. Los retratos fúnebres del Convento de Santa Teresa del Cuzco, nos ilustran en cuanto a este género particular, que podríamos calificar de 'naturaleza muerta' con toda propiedad. Es una serie de seis retratos que comprende desde 1695, fecha del de la Madre Fundadora de Chuquisaca y Cuzco 'Sor Antonia Teresa del Espíritu Santo', hasta 1820, del de la 'Venerable Madre Manuela María Josefa de Santa Rosa´, Los seis cuadros son tan iguales y parecidos, tanto en su técnica como tamaños y actitudes, que desafían a la aguzada heurística de atribución. Aparecen las monjas con corona de oropel, como es costumbre, portando ramos de brillantes colores; en caso singular una de las monjas se halla en su ataúd. Contrasta este tipo de representación con el de las monjas mexicanas que a manera de novias sacras se retratan el día de su profesión llenas de vida, gracia y belleza formal, con atuendos barrocos"4

Las colecciones colombianas de pintura que representan superioras muertas son del arte de la Contrarreforma y de la escuela del Cuzco. No todos los artistas sentían placer en pintar a muerte. Ramón Torres Méndez publicó en 1848 en El Neogranadino un anuncio en el que se promocionaba como pintor pero en el que avisaba que "por falta de tiempo y por razones de salud no retrata sino Originales Vivos" Otros artistas, en cambio, trabajaron retratos de religiosas muertas como Pedro José Figueroa, su hijo José M Figueroa, y según se han atribuido, Joaquín Gutiérrez y Pablo Antonio Liarcía. José María Espinosa dibujó figuras masculinas muertas, con hábito religioso.

Los pintores entraban en los conventos de clausura previo permiso del prelado para realizar estos retratos. Los distintos conventos femeninos como la Concepción, Santa Clara, Santa Inés, El Carmen y La Enseñanza quisieron conservar las imágenes de sus abadesas muertas como un verdadero programa iconográfico.

Estas pinturas dentro del arte colombiano pertenecen a la escuela neocolonial que seguía los parámetros fijados por Joaquín Gutiérrez para el retrato en el siglo XVIII: grandes simplificaciones de la forma combinadas con un tratamiento minucioso de los detalles. Los grandes planos de los hábitos contrastan con el realismo de los rostros y el tratamiento de las flores y las insignias propias de la orden. En los rostros no se omite "ni la lividez, ni el rictus final de la muerte"5

4. El pintor de la serie de monjas muertas del Convento de la Concepción

El autor de la mayoría de estas obras es el pintor bogotano Victorino García Romero (1791-1870), hijo de Pablo Antonio García del Campo, primer dibujante de la Expedición Botánica y último retratista del siglo XVIII. Era hermano del notable médico José Joaquín García. Estos datos sugieren su afición por el retrato, su sentido de observación particularmente evidente en el tratamiento de las flores, y la aproximación al estudio del trance de la muerte.

De su obra se conoce muy poco, realizó los llamados frisos de corpus y entre las obras firmadas se encuentran una copia de Santa Isabel de Hungría curando los enfermos de Bartolomé Esteban Murillo, en la catedral de Bogotá, y la restauración del retrato del niño José de Vergara y Azcárate, propiedad del Museo Nacional.

La serie de óleos de religiosas muertas son su mayor producción. El punto de partida para la atribución es la firma Victorvi García, faciebat año de 1809 que ostenta el retrato de la Madre María Josefa de la Concepción Estefanía. Como se puede leer en la inscripción, la religiosa había muerto en 1803, luego el artista no la pudo pintar del natural. Llama la atención dentro del conjunto de retratos -aparte de las dos religiosas no identificadas- que solamente uno de ellos debió ser realizado del natural; se trata del de Sor Teresa Juliana de Jesús, muerta en 1820. La mayoría de las religiosas habían muerto antes de nacer el autor o cuando estaba muy niño. Esto lleva a la conclusión de que se debe tratar de copias de retratos realizados por su padre Pablo Antonio García, o por pintores de la época como Joaquín Gutiérrez y Pedro José Figueroa. Por alguna razón, un temblor que estropeó la serie o algún deseo de las superioras de duplicarla, le fue encomendada la misión al joven artista.

Estas colecciones realizadas hasta mediados del siglo XIX fueron producto del afecto y de la reflexión. Con el paso del tiempo se han convertido en obras originales por sus valores pictóricos, históricos y documentales.

[Tomado de Granahorrar, Informe, 1994]

1
José Manuel Groot, Historia eclesiástica y civil de Nueva Granada, Bogotá, Ediciones de la Revista Bolívar, 1956.
2
Ibíd.
3
Emile Male, El arte religioso del siglo XII al siglo XVIII, México, Fondo de Cultura Económica, 1966.
4
José de Mesa, Teresa Gisbert, Historia de la pintura cuzqueña, Lima, Banco Wiese, 1982
5
Pilar Jaramillo de Zuleta, En olor de santidad: aspectos del convento colonial 1680-1830, Santafé de Bogotá, Colcultura, 1992.

 

 

Comentarios (0) | Comente | Comparta c