Pancho Fierro

3.jpg (20312 bytes)

Los procesos de independencia de América Latina produjeron, además de las grandes transformaciones políticas conocidas por todos, sutiles cambios en costumbres y formas de sensibilidad. Sabemos, por ejemplo, que la muy rígida moralidad sexual, rota antes solamente en medio del escándalo y la clandestinidad, pareció disolverse rápidamente, en medio del fragor de la guerra y de la repentina movilidad de la sociedad. Sabemos también que en medio del desorden de la guerra se hicieron nuevas fortunas y se desbarataron otras, el rígido orden de castas fue reemplazado por una nueva jerarquía social; mulatos y mestizos encontraron oportunidades que antes no podían aprovechar.

Cambios igualmente notables se produjeron en la forma como muchos hispanoamericanos miraban al mundo y lo reproducían. La tímida apertura a la naturaleza como objeto científico, que se había efectuado en las décadas finales del siglo XVIII con las expediciones científicas y la visita de viajeros como Humboldt, padeció las consecuencias de la revolución. Aunque el interés por la ciencia continuaba y los gobiernos estimulaban la venida de expertos europeos y la formación de escuelas científicas, los recursos para ello se hicieron escasos y el impulso hacia la naturaleza se concentró en el sueño de promover unos cuantos productos vendibles en el mercado mundial. Mientras tanto, la abigarrada sociedad criolla empezó a ser mirada, por pintores y visitantes, con el interés que despertaba su carácter exótico, o pintoresco, o simplemente divertido. Pintores que provenían del ejercicio botánico, o autodidactas que imitaban las técnicas de algún pintor de iglesia, o aprendices ayudados por los viajeros acuarelistas que venían a descubrir el nuevo mundo ahora totalmente abierto, grabaron las imágenes de calles y mercados, de fiestas y funerales, y sobre todo de los personajes populares o patricios que habitaban nuestras ciudades.

Casi todo país latinoamericano tiene hoy una imagen de la primera mitad del siglo xlx que está conformada en buena parte por los trabajos de unos pocos dibujantes y pintores. En ellos puede advertirse un sutil contraste entre la mirada del extranjero, que mezclaba prejuicios y afanes de democracia, y la del criollo, en la que se alternaban la ingenuidad y las pretensiones de civilización. Los colombianos reproducen mentalmente los campos y pueblos de esta época a partir de Edward Mark y Ramón Torres Méndez, junto con las imágenes de la expedición corográfica elaboradas por Carmelo Fernández, Henry Price y Manuel María Paz.

Poco conocemos en cada país las obras de quienes, en los mismos años, emprendían trabajos similares, con perspectivas y miradas sorprendentemente originales. Los colombianos desconocen a Ramón Salas y Joaquín Pinto, a Emeric Vidal, José Agustín Arrieta, Claudio Gay, Frederic Bellerman, Daniel Egerton o johan Rugendas, a jean Baptiste Debret (menos desconocido, sin embargo, pues el Museo Nacional mostró hace poco su obra), extranjeros y criollos que dejaron un registro entre costumbrista y corográfco de Ecuador, Argentina, Chile, Venezuela, México o Brasil.

Creo que algo similar ocurre en cualquiera de nuestros países, con excepción de algunos pocos estudiosos de la pintura. No existe, que yo sepa, un solo libro que haga un estudio comparativo de estas imágenes que hicieron parte del proceso de conformación mental de las naciones independientes, un trabajo que trate de desentrañar las formas de sensibilidad que construyeron estos artistas, las convenciones iconográficas comunes, las diferencias que los marcaron.

Esta ausencia da especial valor a esta exhibición de la obra de Pancho Fierro, que es posible por el apoyo del Banco Central de Reserva del Perú y del Museo de Arte de Lima, y que debería continuar con exposiciones de otros pintores similares de otros países. Sus imágenes de la vida diaria de Lima, con su ingenuidad, su matiz caricaturesco, su espontaneidad, permitirán evocar las de sus contemporáneos neogranadinos y ver a nuestros pintores desde nuevos puntos de vista. Al mirar el Perú de Pancho Fierro, se nos abre la posibilidad de descubrirnos un poco más a nosotros mismos.

Jorge Orlando Melo

DIRECTOR DEPARTAMENTO DE BIBLIOTECAS Y ARTES

Comentarios (0) | Comente | Comparta c