ZURBARAN EN AMÉRICA LATINA

Por Francisco Stastny

Entre las consecuencias más determinantes para la evolución histórica futura que tuvo el viaje emprendido por Colón en 1492 se cuenta, sin duda, la paulatina transferencia hacia el Atlántico del poder económico que durante milenios estuvo centrado en el Mediterráneo. Las minas de América sustituyeron las riquezas del Oriente. Y Venecia, la puerta abierta sobre el Este, cedió en el siglo XVI progresivamente su lugar a Sevilla, al convertirse ésta en el centro de recepción del oro y de la plata americanos. La pequeña ciudad andaluza dejó de ser un poblado de significación peninsular para asumir su nuevo papel de centro de comunicación desde el cual enrumbaban las flotas hispanas hacia el Nuevo Mundo y hacia las rutas oceánicas. De este modo se transformó en uno de los puertos europeos de proyección mundial junto con Lisboa, Amberes y Génova.

La afluencia trajo consigo otras novedades. Sevilla se convertirá en una encrucijada de factores encontrados. Asumirá la talla que le correspondía no sólo como sede del comercio de ultramar y de sectores importantes de la administración virreinal, sino como centro de una creciente actividad intelectual, artística y literaria. A inicios del siglo XVII el puerto del Guadalquivir ya había asumido el perfil de un conglomerado urbano bullicioso y dinámico.

Junto con el oro de los galeones llegó a sus orillas una humanidad polifacética en búsqueda de nuevas oportunidades. Al lado de la nobleza, de la administración real, de los banqueros y comerciantes, se instala el mundo de los bajos fondos compuesto por pícaros, mendigos, estudiantes, aventureros y mujeres de vida fácil descritos con tanto brillo por Cervantes, Quevedo y el anónimo autor del Lazarillo de Tormes. En ese ambiente desencantado, escenario a la vez de glorias y de miseria vergonzante o desenvuelta, se oye el juicio pesimista de Berganza, uno de los interlocutores del Coloquio de los Perros, quien dice con amargura que "Sevilla es amparo de pobres y refugio de desecha dos;... (y que) en su grandeza no sólo caben los pequeños, pero no se echan de ver los grandes".

No debe perderse de vista, no obstante, en este torbellino que el siglo XVII fue también, y sobretodo, el de la España mística, cuya percepción de lo trascendental se convirtió en el factor que aunó y otorgó un sentido a la aventura histórica de su pueblo. Entre 1618 y 1622 fueron canonizados los principales santos ibéricos: Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola, Santo Tomás de Villanueva, San Francisco Javier y San Isidro Labrador, el santo protector de Madrid. Es la época de los desbordes de fervor popular desatados por las celebraciones organizadas para exaltar el misterio de la Inmaculada Concepción, dispuestas por el piadoso Rey Felipe III. Tiempo de renovación de la vida monástica, de nuevas corrientes místicas y del pensamiento religioso. Surgen entonces movimientos como los de los quietistas del Padre Miguel de Molinos, quienes tuvieron su principal centro precisamente en Llerena, la ciudad donde Zurbarán empezó su carrera artística, y que influenció sin duda la modalidad concentrada y serena de su es tilo1.

Todos esos factores aparente mente opuestos que se entre cruzaban en las calles de la ciudad andaluza -afluencia y miseria, misticismo y picardía, administración virreinal y encargos artísticos- convivían, se complementaban entre sí y lejos de oponerse se exaltaban los unos a los otros. La pobreza y el infortunio diseminados, productos de la atracción que ejercía la abundancia de oro, conduce a menudo por desencanto a la religiosidad; las creaciones artísticas, promovidas por las órdenes eclesiásticas, se inspiran en la realidad social descarnada y en la crudeza del espectáculo cotidiano; y las lejanas colonias del Nuevo Continente americano, autoras del milagro económico, reclaman con afán, y cotizan en muy alto valor, los libros2,  las pinturas y las esculturas surgidas de la fragua cultural de Andalucía.

De ese medio y alimentando sus raíces en la combinación de aquellos factores contrapuestos, surgió el arte genial y la personalidad del tímido pintor extremeño Francisco de Zurbarán (1598-1664). La pasión por lo divino expresada en el nuevo misticismo severo y contemplativo de las órdenes monásticas; el mundo social humilde y poblado de objetos cotidianos sencillos de belleza rústica; y la relación con el continente americano para el cual ejecutó de cenas de lienzos, son algunos de los ingredientes que están presentes en el arte de ese pintor primitivo o sencillo, como ha sido calificado alguna vez, pero cuya grandeza ya fue percibida en sus días por Lope de Vega, quien lo calificó con frase exacta "gran poeta de los ojos".

A pesar de que los historiadores del arte, entre los cuales se cuentan mentes particularmente perspicaces3, hayan revelado en sus análisis los componentes heterogéneos en que se inspira ron las composiciones del maestro de Fuentes de Cantos (naturalismo caravaggista, grabados flamencos, sistema de construcción espacial de la manera, clasicismo boloñés), lo cierto es que el resultado final sobrepasa infinitamente la suma de las partes y una pintura de Zurbarán no deja de ser, como oda creación auténtica, un misterio que en último término es irreductible. Su posición en la constelación artística sevillana es, aunque explicable por sus fuentes, única y original por la ex presión individualizada y el estilo personal alcanzados. Lo es inclusive en aquello que nos llama la atención a quienes lo contemplamos desde la vertiente latino-americana: su relación con el Nuevo Mundo y los largos años dedicados al envío de pinturas y a transacciones comerciales con esta parte del globo.

Nada tiene de extraño que un artista sevillano haya hecho remesas de lienzos religiosos a América. Todo lo contrario, investigaciones recientes4, han demostrado que la exportación alas Indias se había convertido en una especialidad lucrativa de algunos pintores quienes ejercían con exclusividad ese comercio y quienes no intervenían prácticamente en el mundo artístico propio de la ciudad ni participaban en las actividades de la Academia sevillana.
El caso de Zurbarán, sin embargo, asume un cariz particular en este contexto. Lejos de ser un artista de dotes limitadas en búsqueda de un mercado poco exigente, como se suele representar a los pintores que comer ciaban con las Indias, el maestro de Fuentes de Cantos inició sus tratos con ultramar en pleno apogeo de su carrera (1637 o antes) a poco tiempo de haber sido nombrado "pintor del Rey" en la corte madrileña y de tener abiertas todas las puertas en la Península. Fue la extensión de su fama a tierras lejanas, más que la retirada a una provincia escondida.

En parte su interés se explica por los vínculos establecidos con los territorios americanos por intermedio de parientes que se habían asentado en Lima, Cartagena, Puebla (México) y otros lugares. Entre ellos figuran su yerno José Gasso y miembros de la familia de Beatriz Morales, su segunda esposa5.

Es cierto que en la década siguiente, cuando se inició la crisis económica en Andalucía y Francisco de Zurbarán se vio enfrentado, además, a la competencia de las nuevas generaciones de artistas barrocos (Murillo, Herrera el Joven, Valdéz Leal), el pintor buscó mayor apoyo en las colonias, pero aquel no fue el origen de su conexión con las casas conventuales americanas.

Los documentos dados a conocer hasta la fecha permiten colegir que el maestro hizo al menos siete envíos importantes al Nuevo Mundo. Cuatro dirigidos a Lima, uno a Buenos Aires y dos indeterminados. Desde 1638 realizó esfuerzos para cobrar deudas en la Ciudad de los Reyes (Lima). Se ignora a quién estuvieron consignadas y cuántas fueron las pinturas vendidas. Un año después se sabe que habría de recibir un monto al retornar las galeras de América. En la década siguiente (1647) estableció un importante contrato con el monasterio de la Encarnación de la capital del Virreinato pe ruano ejecutar diez escenas de la Vida de la Virgen y veinticuatro Santas de cuerpo entero. En septiembre del mismo año otorgó poder para cobrar en Lima del Capitán Andrés Martínez lo que se le adeudaba por la venta de una serie de temática curiosa: "doce lienzos de pinturas de Sésares (sic) romanos a caballo". Y todavía en mayo obtuvo mil pesos por obras vendidas en la misma ciudad. Otro documento se refiere al envío a Buenos Aires, en febrero de 1649, de 54 lienzos que abarcaban santas mártires, patriarcas, reyes y hombres ilustres y algunos paisajes flamencos6. El último dato es de 1659, cuando Zurbarán ofrece en garantía de un préstamo veinte lienzos destinados a América. Entre ellos figuran dos Huidas a Egipto, advocaciones de la Virgen, patriarcas y una Piedad7.

La crucifixión. Ex-colección Lavalle, Lima.

Hasta aquí lo que dicen los documentos. Confrontados éstos con las piezas conservadas en Lima, que fue el principal centro receptor, hay pocas coincidencias. Sin embargo, como tres de los envíos registrados son indefinidos, es posible establecer algunas relaciones conjeturales. La excelente Crucifixión8 de ex-colección limeña y el Apostolado del convento de San Francisco corresponden por el estilo a la segunda mitad de la década de 1630 y pertenecen probablemente a las pinturas cobradas entre 1638 y: 1640. Los Arcángeles luminosos del monasterio de la Concepción, de los cuales nos ocuparemos más abajo, concuerdan tal vez con la cobranza de mayo de 1647. Y los Fundadores de Ordenes del Convento de la Buenamuerte podrían vincularse al documento de 1639. Las demás obras reseñadas en los archivos, lamentablemente, deben darse por perdidas por el momento, inclusive los grandes Césares Romanos, tan llamativos por su tema ecuestre y de los cuales existen réplicas en Madrid y Lisboa9.

1
Ver un resumen en M. S. Soria: The paintings of Zurbaran. Londres 1955, p. 23; J. Brown: Francisco de Zurbarán. Nueva York s/f.
2
Ver I. A. Leonard: Los libros del Conquistador. México, 1959.
3
Se han ocupado sistemáticamente del tema Paul Guinard, María Luisa Caturla, Martín Sebastián Soria, Jonathan Brown.
4
D.T. Kinkead: "Artistic trade between Seville and the New World in the midseventeenth century". Boletín del Centro de Investigaciones Históricas y Estéticas 1983, No. 25, p. 73.
5
Su yerno estuvo en un lugar indeterminado de las Indias; los Morales en Lima y Cartagena; y en Puebla, México, el marido fallecido de su tercera esposa, Leonor Tordera. Ver F. Castón: "Zurbarán y la casa de los Morales-Llerena". Revista de Extremadura, 1947, No. 3, p. 438.
6
La mayoría de los contratos están reseñados en C. López Martínez: Desde Martínez Montañés hasta Pedro Roldán. Sevilla 1932, p. 224.
7
Ver D. T. Kinkead, BCIHE, No. 25, p. 80.
8
F. Stastny: "Una Crucifixión de Zurbarán en Lima". Archivo Español de Arte, 1970, p. 83.
9
Ver M. L. Caturla: "Otros dos Césares a caballo zurbaranescos. Archivo Español de Arte. 1965, No.151-152, p. 197.
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